Capítulo V

 

 

C A P I T U L O      V

 

 

EL GOLPE DE PIURA

 

 

 

-         Situación en abril de 1829

-         El hospital de Paita

-         Sanciones por actos de indisciplina

-         Prosigue la guerra en Guayaquil

-         Bolívar se desespera porque la paz no llega

-         Flores intenta ganar a marino peruano

-         Necochea asume comando de Guayaquil

-         Periódicos atacan a Gamarra

-         Formación de los batallones “Guayas” y N° 10

-         Salaverry en La Solana

-         Destrucción de la fragata “Presidente”

-         Bolívar pone su esperanza en un golpe militar

-         La Fuente depone al gobierno de Lima

-         Gamarra depone a La Mar

-         La carta

-         La versión del general Echenique

-         Confesiones del coronel Lira

-         Lira narra el embarque de La Mar

-         La versión de Francisco Vegas Seminario

-         Rázuri resiste en Monte Castillo

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SITUACIÓN EN ABRIL DE 1829

 

     En abril de 1829, no se podía decir en modo alguno que el Perú estaba enfrentando una guerra perdida. Muy al contrario.

     El ejército evacuado del Ecuador se había reorganizado en los diversos campamentos de Piura, y nuevas tropas frescas venidas del sur estaban afluyendo.

     Nuestra escuadra mantenía el bloqueo de toda la costa colombiana y estaba firmemente posesionada de Guayaquil,  que privaba a la región sur de la Gran Colombia  de su principal fuente de recursos lo que preocupaba tremendamente a Bolívar.

     La Mar había decidido fortalecer el dominio peruano en Guayaquil enviando tropas al puerto y nombrando al prestigioso general Necochea (Héroe de Junín),  como jefe de la plaza. Bolívar había puesto cerco, por tierra al puerto pero no podía avanzar un solo paso y se encontraba entrampado en una zona muy malsana que causaban muchas enfermedades a sus soldados.

     Por otra parte, le inquietaba la existencia del ejército peruano en Piura, que podía intentar un reingreso al Ecuador para atacar al ejército sitiador de Bolívar, por la espalda.

     Pero todo esto demandaba mucho gasto de dinero al Perú, y eso era lo que no siempre se tenía disponible, por cuyo motivo se tuvo que recurrir a la generosidad de los piuranos pudientes, para que proporcionaran préstamos al ejército, a los jefes y al mismo presidente La Mar.

     Sobre estos préstamos, nos da Miguel Seminario Ojeda una interesante información.

     Así tenemos que Francisco Távara, con la previa garantía del general Gamarra proporcionó a la Aduana de Paita 2,000 pesos, pues la Comisaría del Ejército necesitaba dinero para gastos urgentes. Ese dinero le fue devuelto meses más tarde o sea en agosto del mismo año.

     También José Lama, prestó a la Comisaría del Ejército, en abril 5,660 pesos con el compromiso de que le fueran reintegrados en Lima a los señores García y compañía, a su vez acreedores de Lama, debiendo cualquier saldo servir para cubrir el pago de impuestos que Lama tuviera pendiente en la aduana de Lima.

     Pero hay también la prueba de que Francisco Távara dio dinero en préstamo al presidente La Mar de quien era amigo. En efecto, cuando en junio el mariscal fue derrocado y deportado por Gamarra, tuvo tiempo en medio de sus grandes tribulaciones, de quedar bien con Távara que tan generosamente lo había servido, y fue así, que estando ya en los momentos de embarcarse en Paita rumbo al destierro, redactó y envió la siguiente carta.

     Paita, 8 de junio de 1829.

     Señor Carlos Lison.- Lima.

     Mi estimado paisano, voy a embarcarme y sólo tengo tiempo de decir a Ud. que si ha llegado a cobrar alguna cantidad de los sueldos que se me deben, se sirva ponerlos a disposición del señor don Francisco Távara, y los mismos que Ud. logre percibir.- Es de Ud. muy afectísimo amigo. José de La Mar.

     Así con esta breve y apurada nota, el honrado y noble La Mar no olvidaba en momentos de tanta angustia, la deuda, pero posiblemente era elevada por que correspondía a muchos sueldos que no le habían pagado al infortunado mandatario.

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EL HOSPITAL DE PAITA

 

     Cuando recién se iniciaron las acciones de guerra, en Paita había dos hospitales que pronto se congestionaron con los heridos de las acciones navales y luego, por los que provenían del frente de Guayaquil. En Piura el hospital Belén y otro de campaña atendía a los heridos y enfermos del ejército expedicionario. El investigador histórico Seminario Ojeda, ha establecido que el 8 de octubre de 1828 se fusionaron los hospitales en uno solo. Era contralor-administrador Vicente Otoya, sangrador Ignacio Olarte, cocinera Pascuala Escobar, empleado doméstico José Castillo. Se crearon en 1829 una olaza mas de servicio y una de lavandería. Aparte actuaban los médicos y auxiliares de enfermería.

     Cuando el ejército peruano dejó Loja, el mariscal La Mar se adelantó hacia Piura dejando atrás a Gamarra. Este envió al presidente una relación de los jefes y oficiales que se habían distinguido en la jornada de Portete de Tarqui. También agregó la relación de los muertos y heridos.

     Entre el personal que recomendaba Gamarra para que se rindieran honores y se les tributaran distinciones, no figuraban los jefes divisionarios. El presidente La Mar acordó distinciones especiales para el coronel Bermúdez y los generales Plaza, Cerdeña y Necochea. No figuraba Gamarra, lo cual resintió más a éste.

     Estando ya en Piura, Gamarra supo  que el presidente La Mar había nombrado al general Necochea, comandante general de la plaza de Guayaquil, pues se tenía intención de proseguir la guerra por ese lado. Simultáneamente dio orden el presidente de que la comisaría de guerra fuera traslada a Guayaquil, lo cual contrarió mucho a Gamarra que manifestó que era el comisario, pero no la comisaría la que debía ir a Guayaquil.

     Mientras tanto el famoso batallón Zepita, formado por cuzqueños y puneños con 900 soldados debía de llegar de un momento a otro a Paita. Los oficiales y los soldados eran muy adictos a Gamarra. Este para evitar el sofocante calor que aún reinaba en Piura, a gente que venían de la sierra sur, dispuso que desembarcaran en Lambayeque, pero La Mar que sólo pensaba en fortificar Guayaquil, ordenó que siguieran viaje al mencionado puerto. Al final el Zepita fue a alojarse a Piura, y allí parte de sus componentes bajo el mando del capitán Rufino Echenique mas tarde general y presidente del Perú, intervinieron en la deposición del presidente La Mar. En Portete combatió la columna Zepita.

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SANCIÓN POR ACTOS DE INDISCIPLINA

 

     El 11 de abril, el comandante general de la segunda división, comunicó al general Agustín Gamarra la suspensión del subteniente Manuel Salazar desde el 31 de marzo de 1829. Igualmente avisaba de la deposición de los sargentos José Domínguez, Andrés Galeano y Pedro Vizcarra desde el 12 de abril por faltas graves.

     Gamarra dio su aprobación a la medida disciplinaria y más tarde La Mar hizo lo mismo.

     Seminario Ojeda, relata como fue el problema suscitado con el subteniente Salazar.

     En Quiroz, estaba acampado el batallón “Ayacucho” bajo el mando del sargento mayor Pablo Fernandini, el mismo que años mas tarde fuera fusilado por Santa Cruz en Arequipa.

     Este jefe, el día 28 de marzo de 1829, cursó al jefe de la segunda división un informe contra el subteniente Salazar. Lo acusaba de llevar una conducta ajena a la delicadeza que correspondía a un oficial, que tenía en Quiroz como amante a una “mujer negra” a la que tildaba de prostituta. Continuaba el mayor Fernandini, de que había llamado la atención al subteniente en una forma decorosa, pero que a pesar de todo, seguía ridiculizando su grado.

     En realidad el problema surgió cuando el capitán de la compañía a la que pertenecía Salazar se quejó al mayor Fernandini, el cual de inmediato tomó cartas en el asunto. El subteniente Salazar se había negado a formular el informe escrito que le había solicitado el capitán de la comisaría, y no sólo eso, sino que se había embriagado en tal forma, que se atrasó y quedó rezagado en la marcha de Macará a Quiroz, reincorporándose a la unidad seis horas mas tarde por haberse quedado dormido en el camino.

     Parece que Fernandini y demás oficiales lo que mas los mortificaba era el hecho de que la amante del oficial fuera una negra, lo que muestra un sentimiento de racismo en las filas del ejército peruano. Es posible que la causante de tanto problema fuera una de las muchas mujeres de color que hay en la zona de Las Lomas y Quiroz; pero Fernandini quería mantener una severa disciplina para evitar ciertos brotes que ya se habían manifestado. En efecto, a la altura de Cariamanga, sancionó fuertemente al sargento Galeano, por haber descuidado la vigilancia de dos soldados castigados encomendados a su control, los que habían desertado.

     Para evitar que los campesinos dieran posada y amparasen a los desertores, el 28 de abril se dio una disposición general mediante la cual serían declarados cómplices y sancionados severamente, los dueños de casas en donde fueran encontrados desertores.

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PROSIGUE LA GUERRA EN GUAYAQUIL

 

     Habiendo La Mar dejado en suspenso el Convenio de Girón, pensó en proseguir la guerra.

     Desde Piura dispuso el reforzamiento de la guarnición de Guayaquil y del bloqueo de la costa colombiana. Gamarra se oponía a eso, bajo el pretexto de que era conveniente reiniciar las operaciones por Loja tan pronto como las lluvias cesaran. El astuto e intrigante general cuzqueño sólo quería ganar tiempo.

     Después de Saraguro y antes de la acción de Portete el general Juan Illingort que se había retirado de Guayaquil a Daule, había tratado de sostenerse en esa población pero no pudo hacerlo porque las enfermedades, las deserciones y los ataques continuos a que estaba sometido, le hicieron insostenible la situación. A mediados de febrero había sufrido un descalabro cuando grandes canoas tripuladas por 200 soldados colombianos fueron capturadas por barcos de la escuadra cuando se dirigían a capturar Samborondon que estaba en poder de los peruanos.

     El 23 de febrero, Illingort se retiró de Daule. En el lugar dejaron cuatro cañones y se vieron precisados a arrojar al río 600 fusiles y municiones, de donde fueron rescatadas por soldados peruanos. En los hospitales de Daule quedaron 80 soldados enfermos. En su precipitada huída hacia la sierra para juntarse con Sucre una gran cantidad desertaban para unirse a las partidas lanzadas en persecución.

     Al finalizar febrero, y después de la batalla de Portete de Tarqui, estaban en poder de las tropas peruanas las poblaciones de Daule, Samborondon, Palenque, Babá, Pueblo Viejo, Bodegas, Yahuachi, Machala, Balao, Puná, Morro, Santa Elena, Chanduy y Chongón.

     Bouchard, el jefe de la escuadra peruana en Guayaquil dispuso que el comandante Ignacio Mariátegui, al mando de la “Monteagudo” limpiara la costa de Ecuador y del sur de Colombia de lanchas y barcos enemigos, labor que se realizó en el mes de marzo. Mientras tanto a Boterín se le ordenó la captura de la goleta colombiana “Tipuani” que armada en corso hostigaba a barcos mercantes peruanos. Se le suponía en Panamá y hacia allá se dirigió Boterín con los bergantines “Arequipeña” y “Congreso”. Sólo pudieron capturar a la goleta “Francisca”. Llegaron hasta 10 millas del puerto de Panamá cuya rada exploraron con minuciosidad y no encontraron a la “Tipuani” pero si a una presa que había hecho, el bergantín John Cato, al que capturó no obstante estar protegido por los fuertes. En el viaje de retorno se encontró con la goleta mercante armada, “General La Mar” que le contó había tenido un cambio de disparo de cañón con la “Tipuani” el día 25 a la salida de Paita. Pero la nave corsaria se escabulló.

     Mientras tanto Bolívar había llegado al Ecuador con refuerzo de contingentes pues las tropas que antes combatían a Obando y a López en Pasto y Popayán había quedado libres tras de acogerse estos a la amnistía decretada por Bolívar.

     En Guayaquil habían 2,100 soldados peruanos, pero dominaban todos los accesos fluviales de tal modo  que nada podían hacer los 5,000 soldados que Bolívar tenía en torno de la zona peruana. Era una desesperante guerra estacionaria en la que los soldados colombianos expuestos a la intemperie resultaban enfermos en gran cantidad. La situación desesperaba a Bolívar que se veía impotente de proceder.

     Otros 5,000 soldados estaban llegando al norte del Ecuador y en Pasto, pero consumían y nada podían hacer.

     El 10 de mayo de 1829 el general Mosquera le escribía a Bolívar que entre Pasto y el sur del Ecuador habían 10,500 soldados mas algunos cuerpos de milicias, pero que las rentas de los departamentos del sur (Ecuador y Pasto), no daban sino 950 mil pesos de los que 500 mil producía Guayaquil que estaba bajo el control de los peruanos y que era necesario tener el puerto para “continuar la guerra como opinaba Flores, hasta el Perú”.

     El 11 de marzo, el comandante de la escuadra Hipólito Bouchard le enviaba una comunicación al ministro de guerra y marina del Perú don Rafael Jimena. Era este guayaquileño, que en tiempos en que Sucre llegó al puerto para incorporarlo a Colombia, se opuso, por cuyo motivo tuvo que asilarse en Paita. Luego se radicó en Lima y La Mar lo hizo ministro. Como se puede apreciar, no había problemas de nacionalidades y el conflicto más parecía una gigantesca guerra civil que internacional.

     Bouchard decía a Jimena que había recibido copia del Convenio de Girón y que en él habían puntos referentes a la entrega de la plaza de Guayaquil, por cuyo motivo celebró una junta de guerra con jefes de la escuadra y del ejército, resolviendo no desamparar el departamento de Guayaquil hasta la resolución del supremo gobierno, ya que suponían que el general en jefe (La Mar) no tenía dificultades para aprobar un convenio de la naturaleza del firmado en Girón.

     Comentaba Bouchard, que aprobar el convenio sería una eterna vergüenza. Que por diversas noticias se sabía “que el ejército peruano contaba aún con 5,000 hombres y que el ejército contrario ha sufrido gran destrozo, sin que sea comprensible el motivo que ha obligado a tales capitulaciones”. Luego dice “en estas circunstancias, estamos persuadidos que sería muy mal visto siguiésemos los movimientos del ejército y desistiésemos con la ignominia de la empresa que con tanto entusiasmo y honor de la nación se nos ha confiado para sostenerla y conserva sus derechos”.

     Luego expresa que se le había ordenado replegar la escuadra a Paita, y que sólo en caso necesario enviaría los barcos necesarios para el transporte de tropas, para seguir conservando y controlando Guayaquil.

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1.                                                                 BOLÍVAR SE DESESPERA PORQUE LA PAZ NO LLEGA

     Tras de Portete de Tarqui y de las arrogancias de Sucre, nada se había avanzado. El Convenio de Girón era un simple papel, pues la guerra seguía en Guayaquil favorable a los peruanos.

     Eso intranquilizaba a Bolívar. Ya desde que le anunciaron el Convenio, pensó que a Sucre se le había ido la mano y que posiblemente los peruanos se negarían a cumplirlo, por eso exclamaba ¡Dios quiera que los peruanos sean fieles al tratado! . No se recataba en decir que la paz era necesaria a todo trance, porque no juzgaba a Colombia capacitada para seguir la lucha.

     El 19 de marzo se quejaba de que la situación hacendaria era deplorable y que no sabía de donde lograr arbitrios para mantener el ejército hasta que se arreglase el tratado definitivo del Perú.

     El 1° de abril, el Libertador le escribía desde Rumipamapa al general José María Córdova (él de ¡Paso de Vencedores!) lo siguiente: “Hablo a Ud. con ingenuidad: deseo cordialmente la paz dificulto que los peruanos deseen nuevamente emprender la guerra; creo que no estén de acuerdo el gobierno y el pueblo. Por que aunque el último cuerpo del Perú repasaba el Macará el 15 de marzo, pudieron tal vez moverse nuevamente sobre Loja, batir nuestras fuerzas en detalle; reforzar a Guayaquil, rechazar los cuerpos opuestos que intenten recuperar aquella plaza, en fin despedazarnos miserablemente y por pequeño que fuese el triunfo les diésemos, sería contra nosotros de incalculable trascendencia”.

     Luego escribía a Urdaneta el 6 de abril: “Yo quiero la paz a todo trance, más nuestros enemigos nos desesperan con su cruel obstinación”.

     Estaban ya muy lejos esos tiempos en que se menos preciaba al solidado peruano y que se decía que un colombiano valía por cuatro peruanos (Sucre y O´Leary lo habían tomado como lema). No obstante los resultados de Portete, se sabía que no era muy fácil vencer a nuestros soldados. Por lo pronto y no obstante contar con fuerzas superiores en torno a Guayaquil, sus golpes se estrellaban.

     Bolívar sabía que ya no valía ni surtía ningún efecto el exagerar los triunfos. Al respecto se recuerda que le escribía el 13 de enero de 1829 a Urdaneta: “Los triunfos que se hayan obtenido o que se obtuvieran sobre el ejército peruano convendría publicarlos con alguna exageración, por medio de la imprenta para reanimar a los amigos del gobierno y de Colombia y para hacer desmayar a los que piensan en sentido contrario”.

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FLORES INTENTA GANAR A MARINO PERUANO

 

     El general Flores tenía prácticamente inmovilizados a 5,000 soldados en torno a Guayaquil. Ante esa situación ensayo la intriga. En la armada peruana había marinos extranjeros, a los que en forma general Bolívar trató mal cuando estuvo en el Perú.

     Flores, en forma zalamera pretendió iniciar una correspondencia secreta con algunos marinos y oficiales de Guayaquil para írselos ganando.

     Fue así como el 29 de marzo escribió desde Bobahoyo una carta al capitán de fragata Guillermo Prumier que comandaba la fragata “Presidente” que se estaba arreglando en los astilleros de Guayaquil. El intrigante general decía al marino que el Libertador al llegar a Quito el 17 de marzo, había hecho muy buenas referencias de él y lo había titulado su amigo.

     Luego pasaba a ofrecerle el astillero de Guayaquil, para que pudiera reparar la fragata “Presidente” a su mando y aún recursos pecuniarios, para que Ud. concluyera su trabajo, sin que la entrada de nuestras tropas, obste para que Ud. permanezca con la fragata en la ría”.

     Después de hacer tan ofensiva proposición, terminaba: “Suplico a Ud. para concluir, reserve el contenido de este papel si no quiere contestarlo...”

     Prunier, contestó con altivez y con mucha dignidad a tan deshonestas proposiciones, dándole al colombiano (en realidad  Flores era nacido en Venezuela) una verdadera lección.

     Le decía que hubiera deseado no contestar su comunicación, pero que lo hacía porque se consideraba en el “deber de desimpresionarlo de una equivocación, que a la verdad deshonra mi persona ante V.S. y a mis propios ojos”.

     Luego decía: “Dirigirse V.S. Sr. general, a un jefe subalterno como yo, para tratar privadamente asuntos del más alto interés, y que no están dentro del pequeño círculo de mis atribuciones, es en mi opinión ofender mi delicadeza como caballero, mi honor como militar y los respetos que se deben entre si, los súbditos de diversos gobiernos”.

     Luego le expresa, que sabiendo que es el capitán de navío Hipólito Buchard el jefe de la fuerza naval peruana, es a el a quien debe dirigirse en los ofrecimientos sobre la fragata...””no hacerlo así, sólo puede aparecer como un medio de seducción y ya verá V.S. Sr. general, que yo no podré concebir esa idea sin que me sienta gravemente injuriado”.

     Después refiriéndose a los elogios que Flores decía le había hecho Bolívar, el altivo marino peruano, expresaba que no lo comprendía pues en 1825 le dio muy duro tratamiento deportándolo ignominiosamente y si culpa, “del país que me honro en reconocer como patria”.

Rebate Prumier  la afirmación de Flores sobre los resultados de la acción de Portete de Tarqui, expresando: “... las esperanzas y los recursos de una nación como el Perú, no se destruyen, ni con aún la más completa victoria sobre uno de sus ejércitos; que el combate de Tarqui no tiene ciertamente toda la importancia que V.S. pretende darle, y que ni los jefes de Guayaquil hicieron otra cosa que suspender temporalmente los preliminares de Girón, ni ahora mismo hacen más, defendiendo el territorio que ocupan; que llenar las órdenes expresas de su gobierno”.

Por esas cosas del destino, la fragata “Presidente” se incendió y el gobierno de entonces bajo control de Gamarra, instauró juicio a Bouchard, a Prumier y a otros marinos.

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NECOCHEA ASUME EL MANDO DE GUAYAQUIL

 

El general La Mar decidido a continuar la lucha, tomaba en Piura una serie de decisiones con sus oficiales de más alta graduación pero siempre con la oposición persistente de Gamarra.

En la cuidad de Piura y en sus alrededores habían casi 4, 000 soldados. Las divisiones se habían rehecho y armado, y estaban completamente listas como para entrar en campaña.

La intención de La Mar era fortificar Guayaquil, cuya defensa era fácil y además se contaba con el apoyo de la escuadra cuyo potencial de fuego era apreciable y en caso necesario podía evacuar la tropa fácilmente hacia, la isla Puná.

Para dirigir las operaciones en Guayaquil, el general La Mar eligió al general Necochea, el héroe de Junín.

En el periódico “El Interior”, de Paita se daba la noticia de que el 19 de abril había salido hacia Guayaquil el general Mariano Necochea, nombrado como nuevo jefe de la plaza. Un día antes o sea el 18, había zarpado rumbo al mismo puerto la corbeta “Pichincha” y el bergantín “Mercurio” conduciendo a bordo 700 soldados del batallón 1° de Ayacucho. El día 20 salieron de Paita, “La Guayaquileña” y la “Monteagudo” con 800 soldados del batallón 1° del Callao; 400 hombres del “Húsares” y 200 soldados del 1er Escuadrón de Dragones de Arequipa. Todos iban perfectamente armados, con vestuarios y pertrechos completos. En Paita el fervor patriótico rayó en el paroxismo. No se contó con un solo desertor y más bien se hicieron grades esfuerzos para evitar que jóvenes del puerto, que se lanzaron al abordaje de los barcos de transporte, pudieron trepar en ellos, para integrarse al ejército. Los soldados se embarcaban lanzando vivas para el Perú, lo que era contestado por la enfervorizada multitud que colmaba las playas. Fueron casi cuatro días de ajetreos.

La goleta “Serena” con Necochea a bordo llegó a Guayaquil el 22 de abril, el 23 el general Flores le enviaba una comunicación pidiéndole la entrega de Guayaquil. El general Necochea el 24, lanza una proclama al pueblo de Guayaquil y les reitera el deseo de los peruanos de liberarlos de la dictadura de Bolívar. Luego lanza otra proclama para las tropas, para el 1° de mayo rechazar el pedido de Flores el cual tenía su cuartel general en Daule.

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PERIÓDICOS ATACAN A GAMARRA

En Guayaquil y en el ejército de ocupación, bien pronto se tuvo conocimiento del criterio de Gamarra con respecto a la terminación de la guerra y la conducta dudosa que había seguido en todo momento. Dentro de la oficialidad joven, había un sentimiento de repudio, lo cual se patentizó con la aparición del periódico “El Atleta de la Libertad” en donde fue atacado frontalmente el general cuzqueño, siendo su redacción obra del comandante Manuel Odriozola y de los capitanes Manuel Ignacio Vivanco ( Que más tarde fue residente del Perú) y Manuel Ros. También en el periódico “La Patria en Duelo”, se hicieron grandes inculpaciones a Gamarra. Tanto éste, como la oficialidad del batallón “Pichincha”, estacionado en Piura se sintieron ofendidos, por lo cual Gamarra dispuso que Necochea remitiese a Piura a Odriozola como a los demás oficiales que redactaban el periódico. Necochea prefirió enviar a Lima a los citados militares. De todos modos Gamarra logró su objetivo pues ya no siguió editándose “El Atleta de la Libertad”.

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LAS FORMACIONES DE LOS BATALLONES DEL “GUAYAS” Y N° 10

 

      Día a día era mayor el número de ecuatorianos y de colombianos adversarios de Bolívar que se incorporaban al ejército peruano.

Bolívar vio que era imposible sancionar a todos los que habían colaborado con el Perú en Cuenca y en Loja porque entonces hubiera tenido que reprimir a miles y optó entonces por el perdón y el olvido. Fue así que el 27 de abril de 1829 manifestaba: “ He dado un indulto a los habitantes del Azuay que se habían hecho cómplices de los peruanos. Con esto no puede nadie quejarse de la falta de clemencia”.

En Guayaquil habían formado una gran cantidad de cuerpos auxiliares. Algunos habían ya iniciado operaciones de guerra. Es así como un 30 de abril un oficial peruano escribía: “Con cien hombres sin paga y totalmente desnudos, nos hemos mantenido constantemente en campaña desde que llegamos a este departamento. Con ellos hemos tenido varios encuentros con el enemigo. Los hemos sorprendido diferentes veces, siempre hemos triunfado y en todo les hemos hecho 150 prisioneros, matándoles más de 60 hombres, entre los primeros u comandante, un capitán y 4 subalternos; y entre los segundos un general y dos subalternos”. Estos colombianos luchaban por el Perú.

Con la llegada del general Necochea el entusiasmo aumentó y se formó con guayaquileños el batallón Guayas con 500 soldados y sobre la base de los soldados que comandaba el coronel colombiano Bustamante, se constituyó el batallón N° 10 de 600 soldados. Una gran cantidad de estos soldados estaba constituida por los de la Tercera División, colombiana,  que salió de Lima a comienzos de 1827.

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VICTORIAS DE LOS COLOMBIANOS ENEMIGOS DE BOLÍVAR

 

El coronel José Bustamante desplegó gran actividad en el frente de lucha de Guayaquil. Con los soldados a sus órdenes llevó a cabo acciones victoriosas en las zonas Yahuachi, Samborondón, Babá y Balao, habiéndoles causado a los contrarios entre muertos, heridos y prisioneros no menos de 400 bajas.

El 4 de mayo, el coronel Bustamante con 120 soldados entre peruanos y colombianos marchó sobre Naranjal para sorprender la guarnición allí existente de 80 soldados colombianos, pertenecientes al batallón Yahuachi. Para atacar a los defensores viajaron en dos canoas, y a las 12 del día atacaron, causando una total derrota, tomándoles 9 prisioneros. El comandante enemigo el teniente  coronel Gutiérrez murió en la acción. Al siguiente día Bustamante atacó Balao y logró una nueva victoria, ocupándolo. El 19 de mayo hizo Bustamante otra salida de Samborondon y atacó Babá, habiéndose atrincherado los enemigos en el cuartel como último refugio; teniendo que rendirse los 50 soldados que quedaban y sus 4 oficiales.

Estas acciones y las enfermedades, así como también las deserciones tenían muy contrariado a Bolívar que por primera vez hacía frente a una guerra de desgaste a la que no estaba acostumbrado.

Los peruanos controlaban Guayaquil y numerosos pueblos de los alrededores, lo cual ponía bajo su mando apreciable territorio. Bolívar tenía 5,000 hombres al asedio pero el frente de lucha se había estabilizado, y sus hombres tenían que acampar a descubierto, mientras los peruanos estaban en las ciudades. El ejército colombiano sufría el efecto de las enfermedades que les causaban muchas bajas que había que reponer, pero lo que más preocupaba a Bolívar, era el gasto de mantener a cinco mil hombres sobre las armas y no disponer de recursos. Sabía el Libertador que no podría resistir así mucho tiempo, y necesitaba urgentemente la paz.

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SALAVERRY EN LA SOLANA

 

Felipe Santiago Salaverry, valiente y audaz, sólo tenía 23 años cuando era teniente coronel. En el conflicto con Colombia actúo como ayudante del general La Mar, mostrando en todo tiempo fidelidad hacia el presidente.

En la acción de Portete de Tarqui, el general Gamarra le encomendó en un momento crítico que escalara una escarpa, que no pudo lograr por el nutrido fuego enemigo y por la confusión que crearon los dispersos de la división del general Plaza, que acababa de ser diezmada en el Portete de Tarqui.

Cuando la retirada del ejército peruano, el general La Mar le dejó encomendada la vigilancia de la frontera, labor que cumplió hasta 1830 al frente de un destacamento acantonado en la zona de la Solana, frente a Zapotillo.

En la Solana conoció a Vicenta Ramírez hija de un acaudalado agricultor con la que sostuvo un tórrido romance, como resultado del cual nació en el año 1830 un niño al que llamaron Carlos Avelino, pero que posteriormente fue conocido como Carlos Augusto Salaverry Ramírez, el poeta romántico más notable del Perú en el siglo XIX

La cuna del  nacimiento de Carlos Augusto, se la han disputado Sullana (la Solana) y Piura, aún cuando el bautizo fue en esta última ciudad.

Cuando el niño nació, su padre Felipe Santiago Salaverry había sido trasladado a Tacna, e ignoraba tal suceso,  pero en su agitada vida de caudillo militar, volvió otra vez de huída por la Solana y allí vio a su hijo, el cual desde entonces siguió la azarosa existencia de su progenitor hasta su trágico fin en Arequipa frente a un pelotón de fusilamiento.

En la actualidad, algunos de los parajes que pudieron haber servido de marco al idilio de la sullanera con el joven y brillante militar, yacen en el fondo de la represa de Poechos.

Los restos del poeta Carlos Augusto, reposan desde 1964 en un mausoleo de mármol en el cementerio de Sullana.

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DESTRUCCIÓN DE LA FRAGATA “PRESIDENTE”

 

La fragata “Presidente” que se llamara “Prueba” cuando pertenecía a España, se encontraba anclada en el estuario del Guayas el día 18 de mayo de 1829. Era su comandante el capitán de fragata Guillermo Prunier, el mismo que el general Flores trató inútilmente de conquistar.

A las 12 del día se produjo un incendio a bordo, según se presume por descuido de un marinero. El personal encargado de sofocar el fuego, no lo hizo con la eficiencia necesaria y el incendio se propago. Tanto Bouchard con Prunier se constituyeron a bordo y con la tripulación trataron de aislar la Santa Bárbara en donde habían 100 quintales de pólvora. Se dispuso que los demás barcos se retirasen a una distancia que les diera seguridad. También los edificios próximos fueron protegidos porque se preveía una tremenda explosión de un momento a otro. Se trató entonces de inundar la Santa Bárbara, pero ante el avance del fuego se dispuso que la tripulación abandonara el barco. Sólo los dos jefes quedaron a bordo hasta que a las 4.30 p.m. se lanzaron al agua y a nado se alejaron del barco que explotó a los pocos minutos. Felizmente no tuvo el estallido las características que se había temido, porque la pólvora estaba mojada.

De esa forma se perdió el mejor barco de la escuadra y si bien es cierto que ésta siempre mantenía su dominio en el Pacífico, sin embargo su poder ofensivo había bajado grandemente. El Perú tenía todavía 7 barcos de guerra y estaba por culminar la compra de otro a Chile, era la corbeta “Independencia” uno de los barcos preferidos de Lord Cochrane por su maniobrabilidad.

La pérdida de la fragata “Presidente” causó conmoción en Piura en donde estaba el presidente La Mar. Para Gamarra fue un motivo más para imputárselo al mandatario y justificar el golpe que ya había madurado.

Colombia tenía en el Atlántico dos fragatas potentes y dos corbetas. Era sin duda una poderosa fuerza naval, pero habiendo Bolívar hecho ejecutar al almirante Padilla, el mejor marino colombiano, ahora se encontraban escasos los jefes. Por otra parte la travesía del Atlántico al Pacífico, no solo era larga sino también muy peligrosa pues había que pasar por el Cabo de Hornos, en donde muchos barcos zozobraban. Con todo, en el Perú se temía la llegada de esos barcos, lo que estaba también en los planes de Bolívar, para el caso de haberse prolongado la guerra.

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2.                                                                 BOLÍVAR PONE SU ESPERANZA EN UN GOLPE MILITAR

El 3 de junio de 1829 se encontraba Bolívar en Riobamba, listo a embarcarse para la zona de batalla de Guayaquil. De este lugar escribió al general Rafael Urdaneta que se encontraba como jefe militar de Bogotá.

Bolívar se refería largamente a la necesidad de contar en el Pacífico con las fragatas que Colombia tenía en el Atlántico. Daba la noticia de la voladura de la fragata peruana “Presidente” y lo hacía en forma muy alborozada. También pedía las dos corbetas que estaban en la zona del Caribe. Expresaba textualmente: “... si pueden venir todas las cuatro, es mejor porque los peruanos tienen muchos y arman todos los días muchos buques... este retardo nos va a perjudicar infinitamente, tendremos que sufrir seis meses más de campaña en el maldito clima de Guayaquil y cuando venga el invierno (la época de las lluvias), nos volveremos a encontrar en el mismo estado en que estamos ahora. Quiero decir que ¿quién sabe si por este retardo de los buques nos vuelve a coger el invierno (lluvias) sin haber ocupado Guayaquil?... Es verdad que no lo se, y lo que se es bien triste. Los peruanos harán fuego constantemente contra nosotros y nosotros sin un cañón. Destruirán la ciudad y tal vez nuestro ejército a fuerza de combates y por el mal clima. No hay reemplazo para el ejército, porque estos paisanos (los reclutas de Bolívar) huyen como liebres y no se coge uno, y cuando llegue la hora del combate, todos serán como en Tarqui. Esto quiere decir que necesitamos de más tropas y que Ud. tiene que hacer más sacrificios por causa de la tercera división de Santander, los negociadores de Girón y el general Illingworth. Todos ellos dirán que la culpa es mía y puede ser que así sea.

“Anoche ha venido Mosquera donde Flores. El me ha traído la respuesta de este general y además noticias de que viene (a Guayaquil) el general la Mar con 1,800 hombres más. Flores es de opinión que debemos hacer toda la campaña sobre Guayaquil. En este punto ha insistido siempre. Me he determinado pues que vayan dos batallones y dos escuadrones más, fuera de otro destacamento que mandamos sobre el pueblo de Yanahuachi. Yo mismo salgo de aquí mañana, a ver que podemos hacer sobre el tal Guayaquil. Más la cuestión es de tal naturaleza, que por ningún aspecto presenta un buen resultado. No hay más que una esperanza que es una revolución en el Perú. Sin embargo Gual que ha salido de Guayaquil, escribe que no debemos esperar nada del Perú, sino hacerle la guerra con mucho vigor. También es cierto que aunque nuestra posición en el sur es bien desagradable, la del Perú es muy violenta y su gobierno está altamente despreciado. Nuestros departamentos del sur sufren infinito, más sus sacrificios les parecen necesarios. No así en el Perú, pues allí parece la guerra un simple lujo de la ambición. Hay otra cosa desfavorable: los jefes del Perú no valen nada y sus tropas menos, pero sus buques de guerra, no los pueden coger sino con otros  buques de guerra. Al fin hemos de intentar la locura de abordarlos con canoas. Mande Ud. al istmo que armen cuanto buquecito puedan agarrar y nos mandan a la Bahía de Manta que estará ocupada por nosotros durante todos este mes, y que nos manden cañones y proyectiles, que es lo que más falta nos hacen y lo mismo el plomo. El general Montilla tiene que mandarnos por medio de Sardá, y haciendo cuanto sacrificio sean necesarios, municiones de artillería, armas y sobre todo buquecitos armados. Uno que ha salido del istmo les ha hecho mucho daño (se refería posiblemente a la goleta Tipuani) y por lo mismo es menester repetir”.

Como se puede apreciar, Bolívar desesperaba de poder tomar Guayaquil y toda su esperanza radicaba en que hubiera un golpe de estado en el Perú. En eso no andaba desacertado, pues ya en el sur del Perú había estallado una revolución alentada por Santa Cruz, mientras que en Lima estaba en vísperas el golpe de La Fuente, para casi inmediatamente producirse en Piura la deposición de La Mar por Gamarra.

Otra cosa que queda confirmado en esta comunicación de Bolívar, es que en la batalla de Portete de Tarqui, casi al final de la misma se produjo un tremendo desbande de reclutas en forma tal que Sucre no estaba en condiciones de reiniciar una acción militar contra las tropas peruanas  que en las pampas de Tarqui estuvieron formadas en orden de batalla. Fue sólo la audacia de Sucre, lo que lo llevó a proponer el Convenio, como si estuviera dominando la situación, guardando celosamente el secreto de la deserción que había sufrido para que no se supiera eso en el campo peruano. Además había el riesgo de que mas soldados del ejército colombiano, pudieran desertar en una nueva acción. Eso se vio por ejemplo en los combates que se desarrollaron en torno a Guayaquil, en donde diariamente se producía deserciones en el ejército colombiano y no por cobardía pues cuando se pasaban al bando del Perú, luchaban con valor.

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LA FUENTE DEPONE AL GOBIERNO DE LIMA

 

Al iniciarse el mes de abril de 1829, un  barco francés llevó al Callao el texto del Convenio de Girón, cuyo contenido fue de inmediato de conocimiento público.

La reacción fue instantánea y general, pues tanto en los círculos del gobierno como en la ciudadanía, fue rechazado y todos pedían que la guerra continuara tal como lo estaba haciendo La Mar en Piura. El Congreso se encontraba en receso y sólo funcionaba la Comisión Permanente que entró en actividad diaria convocando al Congreso a reuniones extraordinarias, por sugerencia del ministro de guerra general Rafael Jimena (guayaquileño), se reunió la Constituyente mientras que el vicepresidente de la república y encargado del poder ejecutivo Salazar y Baquíjano ordenaba a Bouchard que no se entregase Guayaquil. Se convocó a movilización general lo que fue acogido con gran fervor patriótico, pues centenares de jóvenes acudían diariamente a enrolarse.

Pero los conservadores del grupo de Gamarra no estaban quietos. Capitaneados por Pando iniciaron una campaña periodística de desprestigio contra La Mar culpándolo con toda desfachatez del resultado de la campaña, sin hacer sin embargo mención a la participación de Gamarra en la redacción del Convenio de Girón, de lo que en realidad era el gran culpable.

La Fuente hacia poco tiempo había llegado a Lima con la División que había traído de Arequipa, y actuando en forma coordinada con Gamarra. Se estacionó en la Magdalena, desobedeciendo las órdenes de Salazar y Baquíjano para que con su división se dirigiese a Paita y se pusiera a disposición de La Mar.

El intrigante Pando actuando también de acuerdo, pidió en forma pública el 4 de junio que La Fuente asumiera el poder. Entonces éste logró que un grupo de jefes de su división, se reuniera y tomara un acuerdo de lo que se elevó un acta, en el que se demandaba que asumiera las riendas del poder porque el gobierno era débil y nulo. Uno de los firmantes del mencionado documento era el coronel José María Raygada. El que fuera  subteniente del destacamento sechurano, de 1820 había logrado en 9 años escalar posiciones en el ejército y ahora debutaba malamente en política, en una acción criticable e innoble desde cualquier punto de vista, sobre todo cuando el país estaba en guerra. Otros firmantes fueron José Félix Castro que era también coronel y jefe de estado mayor. trujillano de nacimiento pero con residencia en Piura, y los coroneles Antonio Placencia y Juan Elespuru que había servido de correo entre Gamarra y La Fuente. Otros 10 jefes de menor graduación también firmaban.

El día 5 el general  La Fuente con gran aparato militar ocupó Palacio y obligó a Salazar y Baquíjano a renunciar. Muchos importantes líderes liberales fueron apresados y entre ellos como era lógico suponer Javier de Luna y Pizarro.

Ante el aparato de fuerza todo cedió. El municipio de Lima asumiendo una representatividad que no le correspondía, puso al Consejo de Gobierno en manos de La Fuente y después lo hizo también la Comisión Permanente del Congreso, pues no se había logrado reunir la constituyente. Por lo tanto asumió el poder el día 6 es decir el mismo día que Gamarra deponía a La Mar en Piura. El concierto había funcionado a la perfección. A todos los jefes militares golpistas se les dieron buenas colocaciones y a José María Raygada se le nombro jefe de la tercera división de reserva con acantonamiento en Lambayeque.

Los vehementes deseos de Bolívar de que estallara un motín militar en el Perú que detuviera la guerra, se veían cumplidos. Sobre todo se alegró mucho que los cabecillas fueran de La Fuente y Gamarra porque del primero decía le era fiel partidario y el segundo se encontraba comprometido desde el día del Convenio de Girón, de cesar la guerra conforme acuerdo personal y secreto que tuvo con el general Flores, del bando enemigo.

Durante los días del complot, La Fuente había ofrecido a los gamarristas que se iba a formar un consejo de gobierno, pero llegado el momento asumió en forma personal el poder. Mientras tanto Santa Cruz que también ambicionaba la presidencia del Perú, había estado sosteniendo comunicación desde Bolivia con La Fuente y parecía que éste había obrado en todo de acuerdo a los deseos del general boliviano. Por lo tanto Santa Cruz que tenía movido el sur del Perú consideró también que había llegado su momento propicio y estaba listo a cruzar el Desaguadero e ingresar al Perú con un poderoso ejército. Esto intranquilizó a de La Fuente que se vio obligado a buscar la coordinación con Gamarra poniéndose a su disposición. Para entonces ya el general cuzqueño había depuesto a La Mar y en Piura estaba con un ejército, frente al cual sin duda alguna que La Fuente nada podía hacer. Por lo tanto prefirió someterse voluntariamente.

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GAMARRA DEPONE A LA MAR

 

La Mar había logrado poner al ejército una vez más en pie de guerra en Piura. Las fuerzas acantonadas en el departamento estaban constituidos por 11 batallones de infantería, 4 regimientos de caballería y un cuerpo de artillería. Además en Lambayeque estaba la tercera división de reserva.

En los primeros días de junio La Mar estaba listo para trasladarse a Guayaquil y proseguir allí la guerra. Su dolencia de hidropesía se lo impidió. Gamarra entonces decidió acelerar el golpe.

El padre Vargas relata del siguiente modo la deposición del general La Mar:

Al día siguiente de la deposición de Salazar y Baquíjano (en Lima); a las 7 de la noche, una compañía de cazadores del batallón Pichincha, rodeó en Piura la casa de La Mar y el comandante San Ramón lo obligó a levantarse porque se encontraba enfermo. Luego que se vistió y salió a informarse de lo que pasaba, le entregó la carta de Gamarra…………La pintura que Gamarra hace de la situación del país ( en dicha carta),  era exagerada sin duda, pero los males de que se lamentaba hipócritamente no eran sino una consecuencia de sus propios manejos y de sus cómplices: La Fuente y Santa Cruz. Por supuesto que al final vuelve a echar mano del argumento que siempre esgrimieron los adversarios de La Mar, su condición de extranjero. Gamarra se lo dice claramente: “Usted no es peruano y ha quebrantado nuestra carta constitucional al aceptar el mando”. No tenía otro argumento que poder esgrimir y que justificara su felonía. Luego reincidieron en la falsía propia de su carácter y que llevaba en la sangre, dice no pretende sucederle en el puesto, sino que se cumpla la Constitución.”

Con sobrada razón pudo decir Nemesio Vargas (historiador) después de transcribir esta malhada carta: “¡Cuanta perfidia! El que huyó en el Portete hace gala de estar dispuesto a sacrificar la vida. El que pisoteó todos los derechos, se queja de esclavitud. El cobarde, apostrofa al heroísmo. Se exhibe como portador del cáncer social, el que llevaba el germen de las innumerables revoluciones de su período de gobierno”.

También inculpaba Gamarra a La Mar de haberse dejado influir por Luna y Pizarro hasta convertirse en instrumento suyo.

Leída la carta a La Mar, pidió que se llamase a Gamarra y como se le contestó que no podía venir preguntó en que términos presentaría la renuncia. San Román le respondió que lisa y llanamente y como se negase hacerlo, se le ordenó que se dispusiese a salir a Paita. Dejó la carta sobre la mesa, y desde ese momento se aprovechó Lira, segundo de San Román, para apoderarse de ella y de otros papeles que debían de hallarse en la secretaría. Poco después La Mar junto con el coronel Bermúdez se ponía en camino. No puede decirse con certeza si este último salía desterrado o en calidad de espía.

La carta que el día 8 le remitió Gamarra es lacónica y comienza por hacerle responsable de la desmoralización del ejército, cosa que no era verdad; y de haber tramado revoluciones que jefes de mas juicio han estorbado y luego dice que estará fuera del país por dos meses (carta a Bemúdez). A un revolucionario e intrigante no se impone una pena tan leve. Por lo demás, apenas llegado a Costa Rica (el P. Vargas se refiere a Bermúdez) recibió un pasaporte para que volviese cuando quisiera.

El coronel Llerena con una escolta acompañó los desterrados. A La Mar no se le dio su caballo sino otro mañoso, que dio con él en tierra. Al día siguiente, después de caminar toda la noche, arribaron al puerto de Paita y se le dio por habitación una miserable vivienda. Apenas se supo su llegada, varias personas acudieron a verle y los señores Tejerina y Urrutia, fueron los primeros que mandaron que se le trajese de cenar y le prepararon una cama decente. La indignación fue general. En  Paita. El coronel Salvador Soyer, dio orden al capitán  Valdez que condujera los presos a Costa Rica pero Valdez, para no obedecer la orden, se dio  a la vela a Guayaquil (es decir que Valdez se fue solo). En la bahía no quedaba sino la goleta “Mercedes”, falta de aparejos y en condiciones misérrimas. Se le abasteció con galletas, arroz y camotes; pero los caballeros antes citados procuraron remitir buenos víveres, y fruta en abundancia. El 9 de junio se dio a la vela la embarcación para Punta Arenas, llevando de guarnición dos oficiales y 17 cazadores. Llegaron el 23 y en San José de Costa Rica, el presidente Juan de Mora, los recibió con todos los honores debidos a su clase, incluyendo una salva de cañonazos. La Mar prefirió vivir en Cartago, que por su clima apacible y por la tranquilidad de que gozaba era más de su gusto y para convalecer de su enfermedad. Allí se hizo amar de todos cuantos lo visitaban y trataban  y contaba entre ellos al general Francisco Morazán que cuando estuvo en Lima (también desterrado de su patria) fue bien tratado por La Mar. Todos deploraban la desgracia del Perú, al haber perdido a un mandatario tan adornado de virtudes políticas y sociales.

Desde su retiro La Mar, invitó a Luna y Pizarro a acompañarlo, haciéndole ver que no le sería gravoso, porque la vida en aquél país era muy barata. Luna no pudo acceder a su súplica porque ya se había establecido en Chile, (también desterrado).

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LA CARTA

El padre Rubén Vargas, da en “Historia General del Perú” parte de la infame carta que Gamarra envió a La Mar, la misma que tras de ser leída por el depuesto presidente, fue guardada por el coronel Juan Agustín  Lira y devuelta al propio Gamarra. No se sabe como llegó a la posteridad ese texto, pues en sus memorias el mencionado coronel Lira, uno de los captores o “amarradores” de La Mar –como se le llamó desde entonces- no la reproduce.

Dice así Gamarra:

“Muy querido general y amigo:

Es llegado el momento preciso da hablar a Ud. con la última verdad. Más disimulo en estos lances sería un crimen imperdonable, cuando la salud de la patria implora el sacrificio de sus hijos y demanda una crisis que de otro modo es de esperar.

La esclavitud que tanto detestan los pueblos, va a ser el resultado de la anarquía en que nos hallamos, si medidas fuertes y extraordinarias, no cortan con el cáncer que ha corrompido hace tiempo los resortes principales de nuestra administración.

Por todas partes no se oyen más que clamores contra los desaciertos, con que el destino persigue al gobierno y a Ud. con desgracias. Partidos abierta y francamente pronunciados, dividen el estado y aún alguna pequeña parte de las fuerzas de nuestro ejército. La desconfianza mutua de individuos que por su instrucción debían de estar convencidos de la lealtad de sus compañeros, es el primer fruto de esos incendiarios papeles y mezquinas intrigas que han salido del palacio de Ud., más un nimio recelo de perder amistades que jamás le han hecho honor, ha sido quizá el miserable motivo de que se haya Ud. resuelto a proteger, a los que han puesto al Perú al borde del abismo en lo que miramos. Ha hecho Ud. propósito firme de procurarse un buen nombre a todo trance y este sistema ha desplomado la máquina política y entregado la suerte de los pueblos al capricho de una facción que domina a hombres de Ud., y oprime al que no se suscribe a sus temerarias arterías. Miles de hombres gimen bajo el peso del despotismo de Luna y Pizarro que, semejante al hijo de Temístocles, se ha hecho el regulador de nuestros destinos y el patriarca de esas nocturnas sesiones donde se juzga de todo, se dispone en jefe ordena y manda. Los dóciles peruanos han sobrellevado esta enorme carga, por consideraciones, que al fin se han agotado. Si señor, los departamentos del sur están conmovidos y Ud. lo ignora. Los documentos que mantengo, manifiestan que no he tenido parte en sus agitaciones”.

Hasta aquí, lo que reproduce el historiador, el padre Rubén Vargas y ha sido gracias a la acuciosidad y al afán investigador de Miguel Seminario, que hoy damos a conocer, integra esta carta del 7 de junio, que no por infame deja de ser tan interesante, porque pinta de cuerpo entero a los hombres de la época, sigue así:

“Los peruanos no son los que eran cuando Ud. después de Ayacucho conoció. Sus producciones públicas, las observaciones que continuamente hacen el gobierno, cuyo prestigio ha desaparecido hace tiempo, el rigor con que se desoyen sus votos, gustando de que se devoren los ciudadanos y se anulen muy particularmente los patriotas, todo da a conocer que no está el pueblo en consonancia con el sistema de Ud., ni el gobierno con las circunstancias del día y mucho menos con el adelantamiento de las luces, que tiene avanzado demasiado terreno, como para que Ud, lo pudiera alcanzar. No son los incautos jóvenes a quienes Ud. ha persuadido ideas subversivas, altaneras y desorganizadoras los que van a contener el desenfrenado paso con que trata la república de dejar sus quicios y verter sangre de sus propios hermanos. El Perú se ha cansado de tolerar tan desventajosa administración y he tomado la palabra a instancias de su apurado sufrimiento. Ud. nada sabe porque desgraciadamente se halla rodeado de personas, que solamente ponen en su conocimiento, lo que está en sus particulares intereses. Cumpliendo con los deberes de nuestra amistad, se lo he indicado a Ud. infinitas veces, más la añeja prevención con que recibe mis observaciones, le ha hecho concebir un celo, que jamás debió Ud. tenerlo conmigo. Este ha sido trascendental a los intereses del ejército y no ignora Ud. ya que los jefes de los cuerpos se quejan de tamaña imprudencia. Así que recibo diario, reclamos demandando mi sacrificio y asegurándome que no variando los negocios de aspecto, debemos ser presa de nuestras intestinas diferencias las que al frente de un enemigo victorioso, y otro que ataca los principios sagrados de nuestra independencia por Méjico, nos llevarán indispensablemente al coloniaje de la execrable dominación peninsular.

Esta es nuestra situación, y por más que aduladores informes bajo la máscara de patriotas aleguen a Ud. con noticias falsas, con esperanzas vanas, con consejos malignos y últimamente con el voto del pueblo que Ud. no lo disfruta, lo cierto es que el Perú está en una efervescencia, que en breve nos dirá cual es su carácter y nos desengañará de que no sufra por más tiempo el ultraje de su constitución, y la desfachatez con que se han reducido a teorías las leyes fundamentales de la nación. El Perú ha querido desde ahora, tras 15 meses que sancionó su carta, ser regido por un hijo suyo, Ud. no lo es y es preciso que no menosprecie la voluntad nacional, al tiempo mismo que ella ha emitido su primer fruto. Protesto a Ud. Que no soy yo el que trata de sucederle, pero hablando francamente, quiero que en cumplimiento, del artículo 85 que hemos jurado, sea el último de los peruanos que presida a los pueblos de este estado, que hasta hoy no ha podido ver realizada su soberana voluntad. Respete Ud. mi general ese código que está timbrado con su nombre y no haga a los hijos del país, el agravio grande de considerarnos incapaces de sostener nuestras leyes, nuestro territorio, nuestra libertad. A presencia de Ud. todo nos falta, porque su personería pública es azarosa a los pueblos de quienes todo esperamos. Sea Ud. generoso como lo ha ofrecido mil veces: renuncie Ud. el destino que lo mantiene anticonstitucionalmente y deje Ud. que los verdaderos interesados y los que tenemos una natural obligación, de sostenernos y defender nuestro suelo. Respondamos a nuestros hermanos de la suerte de esta república, que sin Ud. habría sido ya feliz. No más insultos, no más desconfianzas. Queremos hacer una familia y saber lo que somos; y pues que mis compatriotas, ponen en mi su confianza, me encargo desde luego de satisfacerlos exclusivamente a su vez con el resultado de mi acreditada buena fe. Soy de Ud. obsecuente servidor q.b.s.m.a Gamarra.”

El 9 del mismo mes, Gamarra escribía al general Orbegoso que estaba de prefecto en La Libertad y le contaba de que “ha sido preciso pasar por un cambiamiento pacífico y decoroso”, y que el presidente La Mar a “consecuencia de una carta franca que le remití, se ha resuelto renunciar a la presidencia y marchar fuera del país, como lo ha verificado”.

Era así como Gamarra falseaba la historia, y a su infame golpe, lo llamaba cambio pacífico y decoroso, tratando de hacer aparecer como renuncia de la presidencia, lo que era una deposición violenta y como retiro voluntario lo que fue una apurada deportación.

Gamarra puso todo lo que se le ocurrió en la carta, pero no se atrevió ponerse frente a frente ante su víctima.

El general cuzqueño, desde el momento mismo que La Mar fue elegido por el congreso tramó su caída complotándose con La Fuente y con Santa Cruz. Su acción en Piura no tiene nombre y solo su tremenda ansia de poder y su desenfrenada ambición, lo pudo arrastrar primero a cometer actos de traición en plena guerra y más tarde ir a la conjura y al golpismo.

Sólo su heroica muerte años más tarde en Ingavi, hizo posible lavar lo que lo que fue un verdadero baldón.

Los mismos participantes y protagonistas principales como el coronel Lira y el general Echenique, trataron más tarde en sus memorias de lavarse las manos, amparándose ambos en las circunstancias de que por ser militares no podían discutir ni desobedecer ordenes superiores, aún cuando al ejecutarlas dañaran su propio honor.

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LA VERSIÓN DEL GENERAL ECHENIQUE

 

El general José Rufino Echenique que llegó a ser presidente de la república, relata en “Memorias para la Historia del Perú”, la participación que tuvo en la prisión del presidente La Mar en Piura.

Echenique no era muy adicto a La Mar y en sus memorias critica la guerra, sin analizar que nosotros no la buscamos sino que fue Bolívar el que la declaró y el general Flores el que la incitó. En todo caso, fue el mismo Gamarra invadiendo a Bolivia y deponiendo a Sucre, el que creó las condiciones propicias preliminares para el conflicto. Sin embargo Echenique dice “la injusticia, con que hicimos esas campañas, que solo motivaron la odiosidad e ingratitud a Bolívar, del partido liberal, autor de ambas guerras...” Cuando se refiere a ambas guerras, es por las de Bolivia y Ecuador, en lo que parece estar Echenique completamente desinformado pues la acción contra Sucre en el Alto Perú, fue típicamente personal de Gamarra que en forma arbitraria actuó sin autorización del presidente La Mar.

Pero veamos lo que dice Echenique en su participación en el golpe de Piura.

Simple capitán yo entonces, es claro que no podía tener conocimiento de lo que se pensaba, ni estar al cabo de los planes o proyectos que tenían lugar entre generales y principales jefes. Inocente y ciego de lo que se proyectaba, me dijo una tarde como a las cinco de ella, el jefe de mi cuerpo que lo era entonces, el que después fue general San Román, que en la noche a las ocho me presentara en la casa del general Gamarra, jefe de estado mayor general, a recibir ordenes suyas. No quiero darla de inocente y por de tan poca malicia que no comprendiera fuese aquello para alguna cosa grave.

Cumpliendo la orden, acudí donde el expresado general a la hora que se me señaló y encontré ya allí a mi jefe. En presencia de este, me dijo el general que en esa noche se pondría a mis ordenes una fuerza y con ella cumpliera con exactitud las órdenes que me diera mi comandante. Aumentó esto mi malicia, pero yo no podía entrar en examen de lo que disponía el jefe de estado mayor, en presencia y por conducto de mi jefe, y mi deber era sólo obedecer. Como a las doce de la noche me ordenó mi jefe que tomara veinticinco hombres de mi compañía y que fuese con ellos a casa del ministro de guerra y le intimara orden de arresto en su casa, como a todos los que estuvieran en ella, cubriéndola de modo que nadie pudiera salir y conservara las cosas así hasta nueva orden. Verifiqué lo que se me mandó cumplidamente, pero guardando al ministro como a los demás jefes que estaban con él, los respetos y atenciones que debían.

Al mismo tiempo que yo verificaba esto, mi comandante San Román en persona destituía del poder y ponía en prisión al general La Mar y al coronel Bermúdez, su amigo y partidario, a lo que mandó desterrados a Costa Rica, quedando con sólo este hecho, verificada la revolución y en sus puestos todos los comandantes de los cuerpos, de lo que se deduce que todos tenían conocimiento de ella y nombrado Gamarra presidente provisorio.

Tal lo expresado por Echenique, que busca de justificar su incalificable y desleal proceder amparándose en la norma de que todo militar debe obedecer al superior sin dudas y murmuraciones, como un ente irracional y mecánico, incapaz de discernir y sin siquiera tener en cuenta que, quien iba injuriar era nada menos que a un jefe de más alto rango en lo militar, y la suprema autoridad civil del país.

Fácil expediente para algunos militares, que traten de escudar su falta de valor moral, en aquello que su deber es sólo obedecer, como si fueran simples robots.

Santiago Távara en “Historia de los Partidos” dice:

El atentado de Piura, no se cometió sin que en el ejército mismo, que servía de instrumento, se manifestaran síntomas de oposición y muy notables en el pueblo... los oficiales.... del ejército del norte, al saber el atentado que se cometía, se alarmaron, y el coronel Nieto, jefe de una parte de la caballería y multitud de paisanos de la ciudad, trataron de oponerse, pero su intento fue contenido por las fuerzas del sur, conservadas en buena organización, intactas y superiores al ejército del norte, desorganizado por los contrastes de la campaña, en cuyo estado se le conservó de intento”.

El general historiador Manuel Mendiburu, en sus Memorias, cuenta que; “Dormíamos en una habitación el mayor Castañeda, el graduado Sauri y el capitán de fragata d. Carlos Postigo (el héroe del malecón). Serían las doce y media de la noche, cuando entró con tropa el capitán Echenique del batallón Zepita, diciéndonos que quedamos arrestados. “Esto indudablemente fue en el local que servía de Ministerio de Guerra.

El coronel Lira, como primer ayudante de estado mayor era subordinado del coronel Pedro Bermúdez.

En sus Memorias, Lira manifiesta un profundo resentimiento contra varios jefes de los cuáles dice que no le hicieron justicia y lo postergaron en sus ascensos.

Fue Gamarra, contra quien más acerbas críticas formuló. Otra amargura que constantemente le roía el alma, era el que muchos militares que habían sido subordinados suyos, se convirtieron por azares de la vida en sus superiores jerárquicos. De su jefe el coronel Bermúdez da a entender que era un holgazán y un inepto que sólo se ocupaba en acicalarse, dejándole a él (a Lira) todo el peso del trabajo.

A Lira se le enrostró siempre el acto inicuo de haber comandado el grupo que apresó a La Mar. Se le llamaba el “amarrador” lo que lo sacaba de quicio. Fue pues para justificar sus actos y proclamar su inocencia, por lo que escribió sus Memorias.

Su narración en muchas veces enredada, ampulosa y difícil de entender, pero constituye un valioso documento histórico.

Dice Lira:

El día 6 de junio me fui temprano a la oficina a trabajar, y dejar las cosas con el día, porque habían llegado varios propios y concebí habría mucha labor. En efecto fue así y hasta las dos de la tarde todo lo puse al corriente, más el jefe estaba en el lecho de su descanso (Bermúdez), de su inercia. Recordele, le hice notar la hora y le pedí material para la orden general. Con los ojos entre abiertos me ordenó que fuera a tomarlos de su excelencia el general presidente (La Mar) y del general en jefe (Gamarra). Fui inmediatamente, y no encontrando en su casa al primero, me dirigía a la del segundo, cuando en la calle encontré a su excelencia (La Mar caminaba por las calles de Piura como cualquier ciudadano, y si estaba enfermo, no guardaba cama como aseguran algunos historiadores) lo instruí de mi objeto y me contestó que nada tenía que prevenirme. Parece que a todos había ganado el sopor de la inacción, pero me ordenó que fuera donde el otro (Gamarra), a quien sabía encontraría en la misma posición en que dejé a mi flamante zángano (se refería Lira a Bermúdez que descansaba en una hamaca). No me engañé. Tuve necesidad de tocar la puerta y entrar a tontas y a ciegas a rendir mis respetos y pedir órdenes. Igual contestación se me dio. Todos descansan tranquilos – me dije – las cosas irán bien, ¿cómo tanta indolencia en un tiempo en que declarada nuevamente la guerra, sin ejército, sin dinero, sin elementos, con un enemigo poderoso y vencedor, perdido el prestigio y la respetabilidad misma, expuesto el país más que nunca, con una división en Guayaquil que se disemina y destruye con solo las bajas, estimadas en cuatrocientos hombres muertos en dos meses al rigor del clima...

Fuíme a mi oficina, mas como el tiempo se había perdido en estas estaciones, coloquio y soliloquios, me avanzó la hora, cuando ocurrí al convite (Gamarra lo había invitado a cenar), ya encontré despejando la mesa en la que en ese día se apuraron botellas (dice Lira que Gamarra no fue borracho). Yo que iba más por condescender que por otra cosa; no quise entrar a componer el papel de burlado y como tenía mi triste dieta, me encaminé a mi casa, alimenté mi miserable existencia, tomé mi pluma para hacer mis apuntaciones y creí deber disculparme por la no asistencia (Lira llegó al alojamiento de Gamarra y como lo manifiesta, no ingresó). Ordene a mi criado fuera donde el general (le llamaba ex-general) a decirle que había tenido un pequeño impedimento, pues aún estaba convaleciente y bien extenuado, por cuyo motivo no concurrí a su convite y que se dignara dispensarme. Regresó (el criado) con una contestación cual demandaba mi urbanidad y juzgue quedara en eso. Continué mis apuntaciones y a pocos momentos entra en mi alojamiento con sus ayudantes los comandantes Elejalde, Arrisueño y otros a verme... Como me hallase en la posición en que me encontró, me disculpe como pude, por supuesto sonrosado, por que no hay cosa que me avergüence mas, que se me tome en una mentira (Lira de a entender que fue el mismo general Gamarra el que fue a verlo). Me convidó a paseo y salimos... nada me habló sobre lo que en la noche tenía proyectado hacer. Lo acompañé hasta las ocho de la noche, hora en que me retiré a mi alojamiento. Gamarra nada me dijo, ni aún me dio motivos de sospechar para inferir lo que haría. Ojalá me hubiera hablado como he dicho antes. Entonces quizá le evitaría ese negro borrón, con que ha ennegrecido también su vida pública.

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CONFESIONES DEL CORONEL LIRA

Continuaré refiriendo los lamentables acontecimientos de la funesta noche del 6 de junio. A la diez, cuando me disponía a meterme a la cama, viene un asistente a llamarme a nombre del general (Gamarra). Inmediatamente me fui tomando solo un capote y medio desnudo. Al verme, me dijo que no se me necesitaba en ese traje, sino en el que me correspondía. Regresé a tomar mi casaca, sombrero y espada, pues era tal en el que se me indicó y a la vuelta los encontré dispuestos a salir a la calle con toda su comitiva, compuesta de los señores general Blas Cerdeña (el que no supo defender a Paita ante Lord Cochrane), coronel Lastres, comandante del batallón segundo Ayacucho, y coroneles Llerena, San Román, Allende y sus ayudantes.

Dirigímonos todos como para la plaza, sin saber yo cual era el objeto –exceptuando al señor coronel Lastres que de la puerta se fue a poner a la cabeza de su cuerpo-, hasta la primera encrucijada de donde se tomaba la dirección a los cuarteles de los batallones de Pichincha y Zepita, el primero al mando del coronel San Román y el segundo, al de don Francisco Alvariño, a quien esa noche también se le puso preso. En ella se me dio la orden de acompañar al señor Cerdeña y señor San Román, quien al momento apuró los pasos y tomó la delantera. Llegamos al cuartel y ya encontramos la guardia y una compañía sobre las armas y todo el resto que a voces se le mandó alistar. Separó un piquete, que desfilando continuó el movimiento con dirección al alojamiento del general presidente. Pocos pasos antes se le ordenó hacer alto.

Me llamó el señor Cerdeña y me dijo, con el tono de voz con que manda siempre al que es su inferior: “Usted, acompañado del comandante San Román, llevará esta carta a su excelencia”. Como era horrible ese modo de dar ordenes, me sorprendió y le dije “¿Qué contiene?” A lo que me repuso: “En ella le dice el general en jefe, que haga su renuncia, porque ya no se puede sufrir, que por sus caprichos de llevar adelante la guerra con Colombia y que por odio particular al Libertador, arruine al Perú; Ud. la oirá y le hablará para persuadirlo, que no le queda más partido que tomar”. Confieso que el ángel de mi guarda me desamparó al oír que no le quedaba a un presidente más recurso que rendirse a ley tan injusta, degradante y rigurosa, como sujetarse a los caprichos de un imbécil y detestable ambicioso. Dígame ahora, aún el más encarnizado enemigo y detractor ¿qué hubiese hecho?. Diríanme Uds. que era un militar que debe de perder la vida, antes de contribuir a deponer al primer magistrado de la república, (luego dice Lira que solo Bruto o Solón pudieron hacerlo, pero que él no era Bruto).

Entré pues al aposento del ilustre La Mar, cerca de las doce de la noche, quien dormía con la calma con que reposa la inocencia. Me infunde respeto su sagrado lecho. Quedéme estático contemplando el degradante papel que iba a desempeñar en tan horrorosa escena y al que intrigas perversas me habían precipitado. Un grito involuntario arrojado por mi, fue el triste anuncio de que un profano había hollado el santuario de las virtudes. Un “¿Quién es?” de una voz tan respetuosa como angelical me volvió en mi. Respondí mi nombre y entramos en un diálogo, que sería tan minucioso como lastimoso recordatorio. Apure los recursos de mi pobre lógica para dulcificarle tan amargo trance. Se convino en hacer la renuncia y la extendió. Ya en él, le dije y expuse claramente lo que abrazan y significaban las sucintas palabras que me dijo el Sr. Cerdeña y que dejo indicadas. Creo que todo esto, lo resolvió hacer de buena fe su renuncia, mas quiso entregarla en manos de su asesino, en manos de su compadre, para el que me dijo se le llamara. Yo que quería expresarme mas y llorar mi desgracia al pie mismo del altar de la víctima, sin testigos que acriminasen mis palabras y demostraciones de respeto,  de dolor y de admiración y de cuanto mas santo puede acontecer en semejantes casos en que obra uno en contra de sus sentimientos, dije al Sr. San Román: “Oiga Ud. los deseos de Su Excelencia, vaya y llame al General”. “Saludó a su víctima y se fue. Quedéme solo con el hombre que sin conocerme, sino en el momento del tormento, me colmo de tantas satisfacciones, y me ofreció su corazón tan de veras, que si hasta entonces hubiera sido un perverso, sería ahora cuando menos un venerador de todo aquel que se le pareciese...... Regresó San. Román con la respuesta de que no quería venir (Gamarra). Así debió ser... Se inmutó (La Mar) y separando lo divino de lo humano dijo: “Aún soy Presidente de la República ¿y se me desprecia así?. Pues no. “Rompió la renuncia, en cuyo acto cayó la infernal carta de que fui su conductor; y pidió ser desterrado y también sus caballos. Nos impuso, y le dijo a San Román, que fuese a decírselo así a su general y lo hizo salir.- Quedamos solos y volvimos a nuestras reflexiones tristes y melancólicas hasta que se le avisó que todo está listo. Quedó la carta en el suelo, que no quise advertírselo, por no mostrarle el proceso de la sentencia de su muerte y origen de sus males. Después lo he sentido, por lo que con referencia a ella dice en su representación “que los fieles comisionados de Gamarra se la arrebataron”.

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LIRA NARRA EMBARQUE DE LA MAR

 

Lira asegura en sus Memorias que la carta se rodó del bufete, y que él respetaba mucho al depuesto presidente como para ponerse a luchar con él por tal documento y menos representar el papel de salteador, por que en tal caso no lo hubiera entregado a La Mar todos sus bienes, que en forma personal llevó a Paita el segundo y tercer día de su permanencia en el puerto. Tampoco La Mar le hubiera dado en Paita esa otra carta destinada a su amigo el general Necochea, jefe de armas de la plaza de Guayaquil, en el que se disponía se pusiera a órdenes de su verdugo (Gamarra), con las tropas peruanas que la guarnecían. Dice Lira que él pidió esa carta al depuesto presidente, para evitar la anarquía de las que se aprovecharía Bolívar para llevar adelante sus planes. Puntualiza Lira que la carta en mención se la entregó La Mar al momento mismo de embarcarse, asegurándole que sólo el amor a los peruanos los movía a entregar tal documento.

Asegura Lira que el general La Mar se condolía de haberlo conocido en tan adversas circunstancias, asegurándole que si el curso de los acontecimientos cambiaban, lo buscaría como amigo, lo cuál rubricó con un abrazo al mismo tiempo que le decía a su captor: Hago de cuenta que abrazo a todos mis buenos peruanos de quienes me separan violentamente.

Asegura Lira que algunos amigos del general La Mar, recibieron pruebas de sus sentimientos (de Lira) como el caso del comandante Javier Estrada, que presuroso se iba a Paita para acompañar al presidente en su destierro, pero que fue un gesto tarde, pues ya La Mar se había hecho a la vela y Lira retornaba ya de Paita, y estando a dos leguas del puerto se encontró con Estrada que iba hacia él. Dice el coronel Lira en sus Memorias: “Allí lloré con éste, nuestra común desgracia, y traté que regresase conmigo ofreciéndole mi valimento y cuanto yo pudiera hacer a su favor ante el general (Gamarra), quien el día anterior había insultado a Estrada, por lo cuál éste se mostraba temeroso”.

Gamarra había montado en cólera cuando Estrada le fue a pedir pasaporte para viajar acompañando a La Mar, enrostrándole el ser también extranjero. Sin embargo, cuando Lira lo acompañó, ya a Gamarra se le había pasado la cólera y lo recibió con buena disposición y hasta le pidió disculpas.

En años posteriores cuando a Lira lo hostilizaban como “amarrador” de La Mar, recurría a testimonio de Estrada, el cuál nunca olvidó la buena acción del captor del presidente.

También Lira menciona en sus Memorias, al que más tarde fue el infortunado general Felipe Santiago Salaverry, pues cuando Lira asumió por encargo la Jefatura de Estado Mayor en reemplazo de Bermúdez que partió también al destierro, envió a Estrada a La Solana en donde Salaverry era jefe de un destacamento de frontera, por que él (Estrada) quería estar con un jefe que hubiera sido leal a La Mar, el cual había apreciado como pocos a Salaverry y lo había distinguido como a un hijo.

Recuerda Lira, que años más tarde cuando tuvo que enfrentar a Luna y Pizarro, éste le enrostró el mal proceder que había tenido como captor de La Mar, sin creer en sus protestas de inocencia, circunstancia en que ingresaba al recinto donde estaban ambos, el comandante Estrada y fue el que aclaró la verdad. Dice Lira que el 11 de junio después de despedirse de La Mar, regresó a Piura y entregó a Gamarra la carta, que había logrado que La Mar enviase a Necochea, lo cual alegró mucho al general, recurso que a éste no se le había ocurrido, Se evitó de ese modo un enfrentamiento entre los soldados peruanos de la guarnición de Guayaquil y los que se encontraban en Piura.

Lira de todos modos fue premiado, pues se le dio la jefatura interina de Estado Mayor, de lo que dice “destino que por muchos años lo había desempeñado por mí sólo (como ayudante), para que otros se llevasen los premios, no podía lisonjearme, por que aún mi salud no era la mejor (en marzo había estado muy enfermo) y por que el trabajo debía ser duplicadísimo para reparar el desgreño en que estaba esa oficina... El señor general La Mar tuvo la desgracia de tener a un Bermúdez en ese cargo.

Lira sólo estuvo en el cargo 60 días y luego volvió a sentirse postergado, aumentando su resentimiento contra Gamarra.

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LA VERSIÓN DE FRANCISCO VEGAS SEMINARIO

 

Fue don Francisco Vegas Seminario un hombre verdaderamente polifacético. Había nacido en Piura, en la calle Lima. Dentista de profesión, se desempeñó sin embargo como diplomático. Destacó como periodista, escritor e historiador muy fecundo. Entre sus muchas obras tiene una titulada “Cuando los Mariscales combatían”. En ella narra la vida del mariscal La Mar presentándola bajo la forma de una novela histórica o una historia novelada, en la que los pasajes más importantes se desarrollan en Piura, durante el conflicto con Bolívar. Según Vegas Seminario, el mariscal La Mar, era viudo de doña Josefa Rocafuerte de Rodríguez Bejarano, y la desaparición de su esposa lo dejó con una profunda huella en su espíritu.

La Mar llegó a Paita con numerosa comitiva militar, entre los cuáles estaba el recientemente ascendido comandante Felipe Santiago Salaverry, que se había convertido en un personaje de su círculo íntimo de amigos después del audaz lance que tuvo con el coronel Huavique, ex famoso jefe de guerrillas, que habiéndose sublevado contra La Mar, fue vencido por Salaverry en sangriento duelo personal. Desde ese momento el joven militar Salaverry se hizo notar.

La llegada de La Mar en Paita, despertó entusiasmo general y regocijo, las campanas se lanzaron al vuelo por que era primera vez que un presidente de la república llegaba al puerto. La Mar pasó la noche en el puerto, visitó el templo y departió con don Clemente Merino, administrador de aduanas y ex-delegado de Piura, participante de la proclamación de la independencia de Trujillo y padre del joven pintor Ignacio Merino al cual La Mar había dado una beca para que estudiara en París.

La Mar y su brillante comitiva, cruzó el poblado de Congorá y en Piura fue recibido en forma muy entusiasta.

El historiador Vegas Seminario menciona a Tomás Cortés del Castillo, hermano del héroe inmolado en Junín, Miguel Jerónimo Seminario y Jaime, Juan Miguel de la Sota, Joaquín Helguero. José María León, los Valdivieso, Pablo de la Barra, Manuel Carrasco, el marqués de Salinas, los Escudero, Vicente y Fernando Navarrete, Toribio(Farfán de los) Godos, José Lama, los Váscones, el general Frías, Rufino Jaime de los Ríos y otros.

Los vecinos de Piura, dieron muy buen recibimiento a La Mar y su comitiva. La gente apostada a lo largo de las calles lo aplaudía. Entre las curiosas estaban Paula y Francisca Otoya Navarrete, muy jóvenes y bellas.

Tomás Cortés del Castillo, condujo a La Mar a su espaciosa casa solariega construida en el siglo XVIII con balcón morisco en la calle San Francisco y otro, formando escuadra que daba al río.

La primera gran recepción que se le brindó a La Mar, fue la que organizó la acaudalada matrona Juana Vda. de Otoya, en su mansión de la calle Real (después  Instituto Tecnológico Cosmos). Fue una fiesta brillante, a la cuál asistió la oficialidad en pleno. Se veía a los generales Plaza, Cerdeña y Necochea, también Nieto, Orbegoso y Salaverry, el cuál bailaba animadamente con Vicenta Faustina Ramírez que había llegado de la Solana. Esto último no puede tomarse como un dato seguro del historiador Vegas Seminario, pues la generalidad de los biógrafos de Salaverry afirman que a esta dama la conoció en su misma hacienda cuando quedó al mando de una guarnición en la frontera. No menciona como presente en la reunión al mayor José Andrés Rázuri.

Para Vegas Seminario, los amores de Panchita Otoya y el mariscal La Mar principiaron esa misma noche y es muy posible que así fuera. La jovencita que estaba casada, había quedado deslumbrada por el personaje.

Mucho se discutió entre la oficialidad, si La Mar debía de inmediato iniciar operaciones contra el sur de la Gran Colombia, antes de que pudieran organizarse. Cerdeña era uno de los más insistentes y expresaba que no tenía por que esperarse a Gamarra (con el tiempo Cerdeña se alió con Gamarra para derrocar en Piura a La Mar).

La Mar decidió esperar a Gamarra en Tambogrande. Al menos el estar fuera de la ciudad y vivaquear en el campo daba al soldado la impresión de que estaba en campaña, pero en vista de que pasaba el tiempo, decidió iniciar el avance sobre el Ecuador. Por las torrenciales lluvias los caminos estaban llenos de lodo.

Sin haberse empeñado en ninguna acción de guerra y sólo tras de algunas pequeñas escaramuzas, llegó a Loja cuando llovía intensamente  en la ciudad, lo cuál no impidió que la población se lanzara a las calles para aclamarlo. Indudablemente no lo consideraba como un enemigo. Cientos de soldados colombianos desertaban de su ejército y se plegaban a las fuerzas del Perú. A fines de enero de 1829 llegó Gamarra con el ejército del sur y casi de inmediato planteó a La Mar la nueva organización del ejército. El presidente cedió y el 29 de enero, fue nombrado Gamarra jefe del ejército. Una de las primeras medidas de Gamarra, fue enviar un sobre cerrado y urgente al coronel Jiménez que custodiaba el parque de casi todo el ejército en Saraguro. El mandadero fue el alférez Menacho. Se supone que allí iban las pérfidas instrucciones de dejar sin vigilancia a la mencionada guarnición.

El historiador Vegas Seminario, relata todas las incidencias de la guerra y el desleal papel que le cupo a Gamarra.

Cuando La Mar regresó a Piura, concentró todo su afán en reorganizar el ejército para proseguir la guerra.

Piura estaba repleto de oficiales, muchos de los cuáles llegarían con el correr del tiempo a ser presidentes del Perú. Se podían mencionar a Gamarra, Bermúdez, Orbegoso, San Román, Vivanco, Vidal, Echenique, Salaverry, Nieto y Torrico.

La Mar reinicia su idilio con Panchita en Piura pero en forma muy discreta.

Ahora vamos a relatar el apresamiento de La Mar, tal como lo cuenta el historiador Vegas Seminario.

Dice que cuando Lira y San Román irrumpieron en la casa de la calle San Francisco en donde sin mayor protección dormía el presidente, el primero en salir al ruido que hacían los soldados, fue el coronel Bermúdez jefe de estado mayor, el que llegó al patio abotonándose la chaqueta, intentando interceptar a los asaltantes al mismo tiempo que encarándolos les decía “Que quieren aquí? – El Mariscal duerme”. De inmediato San Román dio orden a  dos soldados lo recluyeran en una habitación.

Titubeando, Lira empezó: ¡Mariscal, disculpe...! La Mar lo interrumpió diciendo ¿Quién es Ud.? El coronel Lira; fue la respuesta. Volvió el presidente a preguntar ¿Qué desea? Entregarle esta carta, dijo Lira acompañando la palabra con la acción. ¿A esta hora y en tal forma? Es que... ¿de quién es? Del mariscal Gamarra; se le respondió.

“Me lo figuraba –dijo La Mar- Nada bueno puede contener.

La Mar prendió el candelero del velador. Bajo la luz difusa se le notaba muy pálido. Estaba cubierto con una bata floreada y empezó a leer. Mientras tanto San Román permanecía en el umbral de la puerta.

Lira en sus memorias asegura que cuando entraron en la habitación el presidente todavía dormía, lo que discrepa con lo afirmado por Vegas Seminario.

La primera exclamación de La Mar, fue decir: ¡esto es una infamia! A medida que avanzaba en la lectura hacía comentarios de su contenido.

Luego tomó papel y escribió nerviosamente en forma breve. Al terminar dijo: Está bien, he firmado mi renuncia.

Lira dijo entonces, “se la llevaré al mariscal Gamarra”.

No se moleste, fue la respuesta de La Mar. “Deseo entregarla personalmente, vaya Ud. a llamarlo. Para montar guardia en esta habitación, basta y sobre el coronel San Román, que no ha querido ni saludarme”.

“Mariscal....” balbuceó San Román al mismo tiempo que avanzaba.

“Me extraña se haya prestado Ud. para apresarme”.

“No he hecho más que cumplir órdenes mariscal, mis deberes militares me lo imponían”.

“Ordenes, órdenes, barata disculpa. Soy víctima de una iniquidad”.

El reproche se parecía al de don Francisco de Miranda, cuando a causa de la traición de Bolívar fue capturado por los españoles.

Al poco rato llegó Lira, para hacer conocer que el mariscal Gamarra rehusaba acercarse.

Las cosas no pasaron en realidad así como las narra el historiador Vegas Seminario, pues el que partió en busca de Gamarra fue San Román y Lira quedó con el prisionero con el cual sostuvo un coloquio.

Al saber La Mar que Gamarra no iba a llegar, exclamó: “Ah ya me lo imaginaba, Si me hubiera deshecho de él a raíz del desgraciado suceso de Tarqui, no me encontraría en esta situación”.

Presa de cólera, La Mar rompió la carta de renuncia.

San Román intervino y con energía le dijo a La Mar ¡Queda Ud. arrestado!

Desde hace rato lo estoy –replicó La Mar- Sólo quiero que a la brevedad se me deporte.

“Su deseo será cumplido, esta madrugada partirá a Paita” contestó San Román.

“Así es que todo lo tenían previsto”.

“Tal vez” fue la breve respuesta de San Román.

Su ordenanza Merino, un fiel ayabaquino, le arreglo su equipaje y luego le llevó una carta de La Mar a Francisco Otoya, la cuál contestó con el mismo mensajero.

La Mar quedó listo para partir. En la gran mansión quedaba bajo arresto domiciliario don Tomás Cortés del Castillo. Junto con La Mar salieron el coronel Pedro Bermúdez, el alférez Menacho, seis esclavos negros, su ordenanza y varios militares que habían acudido a testimoniarle su lealtad. En la puerta de la calle, el capitán Pajuelo lloró al ver al prisionero y lo mismo sucedió con otros militares.

Eran las tres de la madrugada, y la comitiva avanzaba por la calle San Francisco, para de allí seguir por la calle Real a la Plaza de Armas. La Mar iba aparentemente sereno pero muy pálido. La gente se fue aglomerando. Poco a poco la indignación fue creciendo para convertirse en un griterío de protesta. Parecía que de un momento a otro se iba a convertir en un motín. El piquete fue reforzado, y los soldados con voces enérgicas contenían a la multitud. Los oficiales del piquete habían recibido órdenes de disparar si fuera necesario.

Cuando la comitiva pasó frente a la casa de la familia Otoya; salió Panchita envuelta en lágrimas y en plena calle tuvieron una breve y emotiva despedida. Sería la última vez que se verían con vida. Ella regresó llorando a su casa.

El viaje a Paita fue difícil. Al amanecer llegaban al puerto y las sencillas gentes sin imaginar lo que pasaba, vitoreaban al presidente. Pronto se dieron cuenta de lo que sucedía y el puerto se alborotó. Allí se había vivido la guerra a ritmo intenso. Habían visto embarcar y desembarcar soldados. Sólo hacia pocos días habían despedido a Necochea llenos de gran fervor patriótico.

La estancia del presidente en el puerto fue breve. Se preparó todo para embarcarlo en la “Mercedes”. Era esta un a vieja goleta con los fondos podridos, y era criterio de todos de que no llegaría ni a diez millas de Paita sin riesgo de hundirse. Sin embargo navegó hasta Costa Rica. En Paita, algunos vecinos con unos pocos oficiales pensaron en dar un golpe de mano asaltar a la guardia y rescatar al presidente, pero parece que algo se supo porque las autoridades estuvieron más vigilantes y se redobló la guardia, optando por abreviar los preparativos del viaje.

Fueron muchos los que quisieron acompañar al mariscal en su destierro, pero sólo se permitió que fueran el coronel Bermúdez, su asistente y los seis esclavos.

Los paiteños le brindaron un emotivo adiós a su presidente. La gente lloraba en la playa y permaneció allí hasta que la goleta “Mercedes” se convirtió sólo en un punto.

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RÁZURI RESISTE EN MONTE CASTILLO

 

Cuando todo el ejército peruano se replegó del Ecuador y se volvió a concentrar en piura, sus diferentes batallones y regimientos se repartieron en toda la comarca.

En la localidad de Monte Castillo a unos 15 kilómetros al sur de Piura, se acantonó una fuerza de cerca de 300 soldados en su mayoría de caballería que estaban a las órdenes del mayor José Andrés Rázuri Esteves.

Este había destacado nítidamente en la batalla de Junín y todos están de acuerdo en que a él se debió la victoria, al modificar una orden del general La Mar, al hacer que el batallón Húsares del Perú que estaba de reserva, atacase en un momento crítico, trocando la derrota en victoria. Desde ese momento La Mar le demostró un gran aprecio, que el joven militar le devolvió con mucha lealtad, en una época en que tal virtud no estaba muy de boga.

Fue por eso, que al conocer el golpe de Piura, el joven mayor mantuvo una actitud de rebeldía contra Gamarra, y se constituyó en un foco de resistencia, que preocupó mucho al general rebelde, el que evitó utilizar la fuerza porque sabía que eso podía alentar otras resistencias, como las que ya se habían manifestado en la propia ciudad de Piura.

Fue por tal motivo que Gamarra envió como parlamentario suyo al capitán José María Arellano (que fue cadete en la batalla de Pichincha) que no fue recibido por Rázuri.

Por fin el leal mayor sanpedrano, se allanó a recibir a una delegación. Algunos escritores han asegurado que la presidió el general La Fuente, lo que no podía ser porque éste se encontraba como jefe supremo del gobierno en Lima.

Se esgrimió ante Rázuri, lo funesto que sería una lucha entre peruanos cuando el enemigo acechaba tras la frontera, y se invocaron los altos intereses del país.

Al fín Rázuri aceptó  ceder, pero lo hizo como un jefe militar que capitula con honor. Por eso rechazó todas las ofertas que se hacían a su favor entre las que estaba un ascenso. Al contrario, asqueado por todas las cosas, decidió desde ese momento dejar las filas del ejército, y no encontrando a quien entregar su espada que hasta ese momento había llevado con tanto honor, creyó que a nadie mejor que a la persona que tanto había amado a La Mar, como lo era doña Francisca Otoya Navarrete.

El joven militar, no se retiró de Piura, pues durante su estancia en la ciudad y en el campamento de Tambogrande, se había enamorado perdidamente de la linajuda dama doña Josefa Echandía Ramos, rica propietaria de tierras en Tambogrande, con la cual se casó pocos años más tarde.

Doña Josefa era hermana de doña Ignacia casada con Juan Seminario del Castillo que fueron padres del famoso Coronel . Fernando Seminario Echandía, siendo por lo tanto sobrino político de Rázuri. También tenía doña Josefa un hermano que fue José Antonio que se casó siendo muy joven con doña Josefa del Castillo, matrimonio que ya hemos relatado, originó tales problemas en la época de las luchas por la emancipación. que hasta intervino el obispado de Trujillo y el congreso instalado en esa ciudad.

Muchos historiadores aseguran que como consecuencia del golpe contra La Mar fue también apresado en Piura el comandante Felipe Santiago Salaverry y que tras algunos días de reclusión fue enviado a la frontera.

En realidad Salaverry había sido nombrado por el propio La Mar, jefe de la guarnición fronteriza de la Solana. Es muy posible que haya estado en forma casual en Piura al momento de producirse el apresamiento del presidente y que dado su temperamento impetuoso, tiene que haber hecho algunas ruidosas protestas por cuya reacción pasó, tras de que el 11 de junio Rázuri depuso su actitud, lo dejaron libre y lo enviaron al lugar de su destino: la frontera, en donde prosiguió sus amores con Vicenta Ramírez, como fruto de lo cual, nació el poeta Carlos Augusto Salaverry.

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