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EL JUGADOR DE FUTBOLÍN DE MAELZEL
Es cierto, si, que soy un hombre nervioso, muy nervioso, siempre lo he sido, por eso no soporto a los pelmazos. Su monótona perorata, su voz altisonante, me producen un malestar físico insufrible, me explicaré; los dientes me rechinan y un repugnante sabor metálico se instala en mi boca, la cabeza arde mientras los nervios se tensan y el estómago es presa de acidez y retortijones; al cabo de poco rato, los pies comienzan a sudar hasta convertirse en algo gelatinoso que empapa el calcetín y parece adherirse al suelo, lo que hace la huida no sólo ignominiosa, sino imposible. Es aún peor cuando el badulaque, simulando interés por mi persona, me somete a interrogatorios forzándome a mirarle a la cara. Sufres entonces porque temes que tus ojos delaten el tedio y desprecio que su compañía te provoca, y el odio. Porque es el odio el que se instala en el ánimo y llega un momento en que resulta muy difícil, sumamente difícil, que lo abandone. POR ESO, COMENCÉ A ESPECULAR CON LA POSIBILIDAD DE INFLIGIR A DONATO, ALGÚN DAÑO DE BAJA INTENSIDAD. Donato Lasparra, nunca debió entrar en mi vida; pero yo estaba en aquel entonces, enamorado de una mujer muy bella; cinco años duraba ya la infernal relación, y fue tras un periodo de casi tres meses, durante el cual mis condiciones de vida mejoraron de forma notable por el simple hecho de dejar de verla, cuando cometí el error, por enésima, si bien última vez, de volver a acercarme a ella. Frecuentaba por aquellos días esta mujer a la que a partir de ahora llamaremos, igual que al vampiro de Dusseldorf, M; la compañía de un grupo de descerebrados de su misma o similar edad, a los que, encandilado por la bella, hube de conocer para mi mal. Donato parecía erigirse en líder del singular hato, y bien tarde me di cuenta de que mi presencia no tenía otro motivo que el de proteger a M de las iras que en ella frecuentemente descargaba, no osando hacerlo cuando yo estaba presente. Otra razón probable fuera quizá la de exhibirme como trofeo de caza menor. Era este Donato, un tipo tenso y dipsómano, de una incultura agresiva y recalcitrante, pagado de sí mismo, tacaño y presuntuoso, obsesionado por el fútbol y por el equipo titular de San Mamés, racista, y empedernido jugador de mús. Su pareja, en el mús que no en la vida, era su sicario Jacobín, un individuo grande y bruto, al que Donato, casamentero, había pretendido emparejar con M durante los felices meses a los que antes hice referencia. Un zoquete de cuidado, con el gran atractivo de un pugnaz sueldo como técnico de alto grado en una empresa de obras civiles. Una noche, envalentonados ambos por el triple efecto combinado de la ingesta alcohólica y una victoria importante en un torneo de naipes, unidos al buen resultado del equipo de los leones, dieron en intentar agredirme verbalmente en el transcurso de una cena grupal, aprovechándose del hecho de ser dos contra uno. La escaramuza se saldó sin más pero hube de estar más de una hora y media prestando cierta atención y respondiendo a algunas de las inconveniencias de la pareja de doses, mientras por la otra oreja, debía soportar los juicios de M acerca de la calidad y adecuación de mis réplicas. COMENCÉ A ESPECULAR CON LA POSIBILIDAD DE UN DAÑO NO TAN LEVE. Al cabo de unos días encontré a Jacobín, quien, a pesar de estar muy embriagado me pidió perdón por lo ocurrido en su nombre y en el del otro, acepté sus disculpas y le tendí la mano no sin aclararle que aceptaba de buen grado, sus, y sólo SUS disculpas. Enfrióse el tiempo y todo lo demás, así la relación de mi amada M con el grupo y mucho más la mía con M tras una serie de broncas homéricas. Llegados a este punto, conviene no olvidar que si bien Donato parecía por no tener por M, simpatía alguna, había intentado liarla sentimental o sexualmente con Jacobín; por lo tanto la sensación de que mi alejamiento de M, le producía una gran satisfacción, no era fruto de mi imaginación atormentada. EMPECÉ A ACARICIAR LA IDEA DE DARLE MUERTE. Por supuesto que mi impunidad debía ser condición sine qua non, así como la manifestación ante la propia víctima, de quien era el causante de su paso a mejor vida. Respecto a la primera condición había que ser extremadamente cauto y concienzudo, es preciso recordar que ninguna buena acción queda sin castigo... mi buena acción no debía ser castigada y había que pensar en ello. Una noche, durante la semana que precedía al carnaval, encontré a Donato con su prometida en un bar; siendo el dinero su principal obsesión, comenzó a perorar sobre el mucho que podría ganar, dedicándose a la compraventa de seres humanos con habilidades futbolísticas; el frío era intenso y él aprovechó un comentario mío para, forzándome a mirarle a la cara, interesarse por si yo padecía y en qué grado, de reúma y comentarme que a mi edad la estatura se reducía. LA FORMA Y FECHA DE LA MUERTE, COMENZARON A TOMAR FORMA Y FECHA EN MI CEREBRO.
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La heroica ciudad hervía en fiestas, la noche de carnaval, atizada por la iniquidad de los feroces políticos locales amenazaba con convertirse en un pandemónium sin parangón; miles de animales compartían el frenesí con pintarrajeadas hetairas; presidentes sinnúmero de los Estados Unidos blandían por doquier itifálicos cigarros con los que perseguían, satíricos sátiros, a magnitudes de becarias gordas sólo comparables a los mártires de la ciudad del Manuscrito Encontrado; corrían arroyos de alcohol destilado, llenábanse encías y otros orificios no solamente nasales, de estimulantes si bien adulterados polvos del color de las alas de las moscas, agitábanse aquí y allá serpentinas y matasuegras, sonaban tamboriles y chirimías, aprestábanse los emigrantes africanos, grandes conocedores de la tradición en los cuatro días que llevaban aquí, a hacer su Febrerillo loco con la venta de complementos, mascaritas y disfraces de ocasión para los menos previsores, frotábanse las manos cual moscas, los hosteleros poco escrupulosos, y, en fin, preparábanse ambulatorios y casas de salud para una noche ajetreada, sin olvidar a los gabinetes de bisoños psiquiatras y psicólogos que vivirían meses, años quizá, de intentar paliar los irreparables daños que las llamadas drogas sintéticas o "de diseño" iban a causar en las ya castigadas neuronas de los jovenzanos ansiosos de sucedáneos de felicidad. Tras haberlo meditado largamente opté por el envenenamiento, preparé una mixtura compuesta de: estramonio y una destilación de ammanita phalloides que no sólo era letal sino que causaría un fallecimiento acompañado de monstruosos y terroríficos delirios; en un momento dado pensaba derramar un chorrito de la ponzoñosa pócima en el cubatilla de Donato, por si esto fallara, llevaba yo una petaca de excelente Malta, asimismo envenenada con la que invitaría a mi víctima a regalarse. Mane, Tecel, Fares. Yo me había disfrazado, con ánimo de pasar totalmente desapercibido, de zorrocerdo, disfraz en el que, sobre la base de una máscara porcina, había colocado los atributos del personaje de moda... bigotillo recortado, sombrero negro y antifaz; otrosí que cubrí mi desmañado corpachón con una suerte de capa española, adquirida en Bombay por un tío de mi ex esposa y único bien que, tras nuestra separación había quedado de mi propiedad. "...Siempre te gustó mucho querido Salvador, que seas muy feliz...". Porque ese es mi nombre, Salvador Salvadores, grotesco, lo sé, pero así es. Una hidalga y numerosa familia venida a la ruina, económica primero, moral después... In ictu óculi... Sic transit Gloria mundi. Como esperaba, encontré fácilmente a Donato, parecía estar muy ebrio el hombre. Había enviado a su prometida a casa para disfrutar a sus anchas. "Pero, ¿cómo es posible queridísimo Donato (dije con voz campanuda que supuse carnavalesca y carnestolenda a más no poder), qué no vayas disfrazado?. El disfraz es indispensable en esta noche misteriosa, él te permite realizar pública e impunemente, actos aberrantes de los que sin duda te avergonzarías o avergonzarían los que te reconociesen por muy borracho que estuvieras, tales como estrujar los húmedos y tiernos sexos de las chicas bajo sus nimias falditas, manosear senos que se adivinan turgentes, bramar obscenidades que harían ruborizarse al mismísimo Belcebú, ya de por sí bastante bermejo; soltar ruidosas a la par que mefíticas ventosidades en la cara de quien te pluya...acerquémonos a ese puestecillo que yo te regalaré un disfraz de rechupete". ..."Es un nefro, un futo y jodido nefro...un puto maketo...nefro..." balbuceó al constatar el inequívoco color de la piel del nómada minorista. Evidentemente estaba muy borracho, lo cual me tranquilizó. En un relámpago diseñé un disfraz que debía reunir la doble condición de hacerle irreconocible y salir bastante barato, pues no estaban mis menguadas economías para dispendios, de esta forma adquirí una cabeza de conejo, que pretendía resultar simpática y causaba nada más contemplarla, una arenosa desazón, le di la vuelta al chaquetón de Donato, quien hizo un extraño movimiento, y así quedó peludo en el tronco y guateado en los brazos, arremangué sus pantalones hasta formar unos a modo de arrebuñados gregüescos, y tiré hacia arriba de sus fortuitamente británicos calcetinos, hasta convertirlos en polainas...Donato se recolocaba el chaquetón cuando miré hacia arriba al finalizar el estiramiento de polaina. "Ja, Ja...!" Reí satisfecho..."eres el conejito golfista...un auténtico gentle-rabbit, un genuino sportman...¡ Hala... vamos a ligar que hay unas tías de chuparse los dedos..." Irreconocibles ambos, comenzamos a deambular por las atestadas callejuelas, abarrotadas, alfombradas de orines, cristales y vomitonas; sangre, mocos, lágrimas y jeringuillas infectadas de variados virus, preservativos usados, cáscaras de huevo, babas y otros humores eran hollados por nuestros indecisos pies. Atronaban decibelios de cánticos paganos, obscenos, tribales y atávicos, por si esto fuera poco, los alaridos de la gente eran ensordecedores; chicos y chicas, perdido el oremus si alguna vez lo habían encontrado, yacían inertes e inermes sobre el húmedo suelo y sólo su extremada juventud les iba a salvar de una muerte cierta, al menos por esta vez. La politoxicomanía campaba por sus respetos, la sombra de Satán se proyectaba sobre aquella multitud que huía de la nada absoluta en dirección al vacío total. El personal se lo estaba pasando chupi-lerendi; guay, casi. "Has de saber, dilecto amigo", dije con tonillo cómplice "que hace unos días llegó a mis oídos un rumor de los que tan sobrada anda esta buena ciudad, rumor cuya veracidad tuve ocasión de comprobar, el caso es que algunas noches, amén de las muy amenas peleas de perros feroces, se celebran en la explanada aneja al viejo Seminario Metropolitano, unos apasionantes partidos de fútbol entre emigrantes más o menos ilegales...se cruzan fuertes apuestas a la luz de las antorchas y los postes de las porterías están rematados por calaveras peludas y pintarrajeadas, los jugadores están semidesnudos y el espectáculo es fantástico, por si esto fuera poco hay un joven que es una gran promesa y al que podrías managear, y hacerle, dada tu condición leguleya, un contrato sumamente leonino". "..leonino.. a un negro... se lo come...ja, ja, ja..." rió sardónico. "Pero qué ingenio, Donato, qué repentización para el alegre chascarrillo juguetón e inteligente... qué gracia para la guasa; en verdad es el humor, una categoría superior de la inteligencia y tu derrochas esta cualidad y perfumas el ambiente con la observación aguda, y la ironía más estilizada...esgrimista de la palabra, y de la idea paladín." "Seguro que no tiene fondo...no se alimentan bien los putos negros...será un jugador de futbolín...ja, ja, ja de futbolín.." "Ja, ja..." reí hipócrita, "es tu humor cual abejorro, sandunguero y retozón, que deja en los labios la miel y pica en el corazón, como dijo el poeta". "...¿qué poeta dijo eso? "...no sé,...un vate..." "...un bate...de beisbol...ja, ja, ja," "...calla, Donato, que me harás morir de risa, vamos a ver el partido". A través de la noche negra como axila de cuervo nos alejamos del bullicio hacia las larguísimas y empinadas escaleras que conducían al Seminario. Ascendiendo lentamente los interminables peldaños, le comenté que el jugador estaba muy bien alimentado por ser hijo de una excelente familia de Maelzel, un pueblecito pintoresco de Zambia, "Tékeli-lí es su nombre, el primer fonema significa, el que tiene sangre de reyes en la palma, el segundo o sea lí, quiere decir, de la mano, para especificar que no es en la planta del pie...comprendes?. Era obvio que el alcohol comenzaba a hacer estragos también en mi persona. "Nosotros los Salvadores", continúe, "también fuimos una gran familia, noble y numerosa" "No recuerdo sus armas..." "Una gran, una enorrrme bota en campo de gules, la bota aplasta a una serpiente agusanada que, en vano intenta morder el tacón cubano" "...Y...su lema...? "Nemo me impune laccesit" "...¿Y, en cristiano...? "Ni puta idea" "Qué es, qué sois tontos...no?, ja, ja..." "Que no sé lo que quiere decir, hombre, Donato, pero recuerdo que los hijos de mi tío abuelo Pedrito, dando vueltas alrededor del monte Teleno, canturreaban una salmodia que debe tener que ver con el lema,...era algo así como...
"Cesa ya en tu perorata y no me des más la lata tu, hijoputa, cararrata". Empecé a comprender el motivo de tanta estupidez por mi parte. Estaba cagado; había dilatado hasta el límite el momento de echar la ponzoña porque no me atrevía a hacerlo, tanta elaboración de salón y nada, era un mierda, tanto invento, tanto disfraz y tanta hostia para nada. Estabamos arriba, jadeábamos como podencos, sobre todo yo; sudor frío sobre frío, me sentía morir, "Much ado for nothing", caca de la vaca cobarde, vergüenza y alopecia. "...Y el partido...? "Se debió terminar...vámonos" "No, de ninguna manera querido Salvadores, vamos a buscar al jodido fenómeno negro, ¿cómo dijiste que se llamaba...? "Tékeli-li", dije con un hilillo de voz... "Vamos a llamarle". Su voz sonaba autoritaria, ya no era la voz de un borracho. Nos pusimos a pronunciar el literario nombrecito, en voz cada vez más alta, él gritaba como un poseso. "Tékeli-li¡...¡¡¡¡TÉKELI-LI !!!!". ¡¡¡Tekelillo DE LOS COJONES, que no se te ve, negro, sal que te COMPROO !!!...y QUÉ CARNE COMÍA ESTE PORQUE NO CREO QUE COMIESE CHULETÓN? "Yo qué sé...? Carne de gacela, o de manatí. "Carne de ñandú...me oyes, comía carne de ñándú", sus ojos brillaban ensangrentados. Acompañó su aseveración con un movimiento de brazo arriba y abajo cada vez más violento...carne...brazo arriba...de ñandú...brazo abajo...el pánico atenazó mi garganta. Todo, y fue mucho, sucedió en un instante, yo me cagué físicamente cuando un enorme cuchillo de cocina surgió del forro del chaquetón, y se levantó en el aire, oí un berrido desgarrador, un alarido inhumano ¡¡¡ Arne de ÑÚ !!! tu puto hijoputa INTELECTUAL toma disculpas MAKETO !!! Mi vida entera paso tras mis ojos, la imagen de la niña con su hucha de cerdito en las manos, caminando por un oscuro pasillo estrellado de ojos amarillentos y sanguinolentos, era el resumen de mi existencia que tocaba a su fin. Aquí paz y yo al averno... La "o" de maketo se prolongó en un alarido largo y tendido que se alejaba dando tumbos, abrí los ojos y cual si fuese narices comprobé el hedor que mi persona despedía, comencé a bajar las escaleras sin conseguir alejarme de la peste, me rilaba. A mitad de camino, tropecé con el cuchillo, tuve los arrestos de darle un grotesco puntapié hacia unos matojos, allí debe seguir. Donato yacía cadáver, el resbalón y posterior deslizamiento por las escaleras habían acabado con su ridícula existencia, me acerqué; como no podía cagarme más, sólo me sobresalté cuando unos ojos surgieron de la penumbra, unos ojos bajo los cuales brillaba una blanquísima dentadura, un cuerpo flexible y joven, era el negro del conejo, me miró, nos miramos. "¿Es muerto...?" Recobré un ápice de calma. "Y bien muerto", la frasecita me hizo sonreír. "Conejo muerto, dijo él, se acabó mixomatosis", sonrió a su vez. "¿Cómo te llamas?" "Sinfor, ¿tú?" "Yo, nauseabundo", dije tapándome la nariz. "¿Tú, caca?" se descojonó. "Yo, caca, gran caca..." me contagió la risa. "Nauseabundo..." dijo moviendo la cabeza incrédulo...."¿que quiere decir ?" "El que abunda en nausea, no lo olvides", le tendí la mano y nos fuimos cada uno por nuestro lado.
"HE GRABADO ESTO EN LA MOTAÑA, MI VENGANZA SOBRE EL POLVO DE LA ROCA" Edgar Allan Poe
Iñigo Botas, 17 de marzo de 1999.
(Corregido, 7 de junio de 2001) |