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-"Sí, es cierto, parece una de esas..." exclamó Ángel el filósofo mientras recorría con su mirada el cuerpo incitante de aquella señorita que acentuaba las formas de sus atributos sexuales con unas prendas ceñidas y llamativas.

-"Realmente ese es el vulgar y triste fin de muchas mujeres en la vida; causar la confusión y la inquietud sexual en los varones, así como desatar la envidia en el resto de las féminas mediante la supuesta integridad de su imagen" -espetó a continuación Ángel a su interlocutor, Javier, mientras apuraba un vaso de agua con mucho hielo.

Los dos cafés, antaño humeantes, lucían ya sendos posos que hacían adivinar el inicio de una conversación interesante y de unos minutos de observación desde la terracilla del bar hacia las hembras entrantes y salientes del campo de visión de aquellos experimentados machos.

Javier no se quedó corto y quiso añadir: "La verdad es que ellas tienen su propia escala de valores y el reconocimiento del que hacen gala entre las mismas es un poco cruel".

-"Yo también creo eso", añadió Ángel. -"Sus feos logros en esta vida no superan el estar permanente bellas y el lograr la captación de un hombre atractivo y buen proveedor para sus hijos".

Entretanto, aquella fémina había tomado asiento en la mesa colindante y ya se disponía a cruzar sus piernas provocativamente, aparentemente ajena y abstraída de su entorno. El sol ya se retiraba cobre las copas de los árboles del parque y la luz anaranjada y tumbada daba a su pelo un brillo cobrizo que la hacía aún más misteriosa y atrayente...

-"Ojalá sus aspectos fuesen correlativos con su espíritu interno" -habló Javi.-" pero mucho me temo que es imposible discernir... Esto es una lotería..."; a continuación añadió:

-"Por ejemplo, Ángel, imagínate en una fiesta a dos mujeres con vestidos exactamente iguales. ¿Por qué ambas se violentan? ¿Acaso no poseen recursos para diferenciarse la una de la otra? Eso no ocurre con los hombres, que, paradójicamente, se mimetizan con los trajes y la corbata en el trabajo y demás eventos sociales".

Ángel y Javier hicieron un paréntesis en su tertulia vespertina para continuar observando mujeres; unas solas, otras acompañadas por sus novios o maridos... ¡Dios mío! ¡que colorido¡ !que alegría para la vista¡ !que regocijo para los sentidos!

Era algo parecido a experimentar una polución diurna, impropia de aquel sitio tan concurrido. Desde luego tanto uno como otro se sentían más cercanos a la eyaculación que unos instantes atrás.

¡Que maravilla! Rojos chillones, verdes chillones, azules y amarillos chillones... culos chillones, tetas cantarinas, operetas, zarzuelas, baladas, danzas del vientre y sambas se reunían en aquel tránsito para aunar sus voces en un grito de: ¡MÍRAME A MÍ, A MÍ, SÓLO A MÍ...!

Ángel no tardó en sentir una indisposición: -"Me estoy encontrando mal, que calor hace aquí... Camarera, por favor, un vaso de agua con mucho hielo o un vaso de hielo con una gota de agua"

Javier congeló su mirada en la camarera. No era nada fea. Además, él siempre se fijaba en ese tipo de mujer ajetreada, agobiada por el trabajo, en pleno desempeño de su labor, ajena por completo a los sabores de la seducción.

Pensó que aquello era realmente una mujer. Y quien sabe, a lo mejor hasta podría confiar en ella...

Mientras la chica de la mesa de al lado, especulaba de idéntica forma con los hombres...


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