IX
El timbre sostenido del teléfono me
despertó. Lo cogí con esa urgencia con la que hacemos todo al regresar
apresuradamente del mundo de los sueños.
-Tiene conferencia. No se retire- me dijo
el conserje.
En unos segundos me llegaron las palabras
de Raquel, pero tan distantes, tan entrecortadas, que apenas pude distinguir
algo más que mi nombre. Protesté.
-Perdone. No se recibe mejor.
-¿Me oyes?- preguntaba Raquel.
-No, no te oigo casi nada.
Y la comunicación se cortó. Protesté otra
vez.
-Perdone, señor, pero no puedo hacer
nada.
Colgué. Sin duda ella volvería a
intentarlo. Metí los pies en las zapatillas y ya estaba el teléfono sonando de
nuevo.
-¿Eres tú?- me preguntó.
-¡Cuánto tiempo sin oír tu voz!- dije,
lleno de felicidad.
-¿Me oyes bien ahora?
-Te oigo y soy feliz.
-¿Cómo estás?
-Echándote de menos.
-Pues ha llegado el momento de que
vuelvas. Tengo una gran noticia para ti.
Callé, pero estaba seguro de la noticia
que iba a darme.
-El editor quiere verte. Ha leído lo que
le di y está encantado. Quiere el resto. Debes coger el primer avión y venirte
con todo lo que tengas escrito. Acabo de hablar con él. ¿Cuándo llegarás? Le he
dicho que a primera hora de la mañana podrás verle.
-Creí que jamás escucharía esto- acerté a
decir, conteniendo la emoción.
-Te dije que algún día llegaría, y ha
llegado.
-Estás contenta.
-Estoy loca.
-Cogeré el primer tren de mañana.
-¿No hay ninguno esta noche?
-No puedo tan deprisa. Me he acostado
casi al mediodía.
-¿Por qué?- me preguntó alarmada.
-Porque todas las noches escribo, porque
Dimas me cuenta sus historias a esas horas.
-¿Pero qué clase de vida llevas?
-Muy desordenada. Pero duermo lo
suficiente. El resto del día se me va entre hablar con él, pensar en ti y
escribir. Tengo la agenda a tope.
-Estarás acabando el libro.....
-Creo que sí, que es suficiente con lo
que ya tengo, aunque este hombre no tiene realmente final.
No pudo disimular su felicidad.
-Sé que esta vez va en serio. He notado
que a este señor le ha encantado de verdad. Ya sabes que en estas cosas no me equivoco.
-Todavía no me has dicho ni qué editorial
es.
-¡Y qué más da! ¡No tengo ni idea!
Solamente sé que él es el jefe y que se llama Eduardo Guzmán.
Me quedé sorprendido, claro. Era el mismo
editor para quien me había dado la tarjeta el director del periódico y ante
quien había prometido recomendarme Mayte, que parecía tener una amistad tan
"íntima" con él.
-¿Me oyes?- preguntó, por mi silencio.
-Sí, te oigo. Pero no sé cómo lo has
conocido.
-Te lo contaré cuando vengas. Me ha
llenado de felicidad comprobar que no eres tan desconocido como crees. Nada más
decirle tu nombre, sabía quien eras, incluso tenía noticia de lo que estás
escribiendo.
-Entonces ya tenemos algo que contarnos
los dos: tú, cómo lo has conocido; y yo, por qué sabe quien soy.
Raquel enmudeció un momento, sin duda
intrigada.
-Mañana por la tarde estaré ahí. Además,
no podría irme de ninguna manera sin despedirme de Dimas.
-¿Cómo es?- me preguntó, llena de
curiosidad.
-Extraordinario.
-Tengo celos, ¿sabes?- bromeó- Le quieres
casi tanto como a mí. Es algo que se nota.
-¡Mujer! Tanto como a ti....
-!Cuántos días sin verte!
-Mañana saldré en el primer tren. Los
aviones no me gustan nada, ya lo sabes.
Tenía tiempo para todo, pero tampoco
podía dormirme. Nada más colgar, ordené y guardé las últimas cuartillas, las
escritas la noche anterior y que todavía estaban en desorden sobre la mesita de
la habitación. Acostumbraba a leerlas al día siguiente. Era lo primero que
hacía cada día al levantarme. Pero, por una vez, era preciso vencer la tentación.
Ya tendría tiempo en el tren.
Me vestí urgentemente y salí a la calle.
Quería informarme y sacar el billete cuanto antes. Cuando llegué a la estación
de Abando, todavía era media tarde. Me di cuenta de que mi reloj particular, el
de mi sistema de vida, estaba retrasado por lo menos doce horas con el del
mundo, lo que le había producido una dolorosa inquietud a Raquel. En el
vestíbulo había un enorme tablero con los pormenores de horarios, trenes y
destinos. Saqué billete para el de las ocho treinta de la mañana. Aún tenía
tiempo de ver a Dimas, hacer la maleta y pagar el hotel.
Todo perfecto, pero sentía un agujero
insufrible en el centro del estómago. Nada había tomado desde los pinchos del
Goitik Bera la noche anterior y el tímido desayuno de por la mañana, antes de
acostarme. También la cafetería de la estación era de color verde, como el
Goitik Bera, pero un verde oscuro, apagado, discreto. Tomé un plato combinado y
salí cuando las gentes comenzaban a invadir las calles. Decidí dar una vuelta
para hacer tiempo. Calle Amézaga arriba, me puse a recorrer ese otro Bilbao
para mí casi desconocido, el de las calles despejadas y los edificios nuevos.
-¿Quiere una flor, señorito?
Sin duda que la miré como quien acaba de
regresar de dar mil vueltas a la órbita terrestre.
-......
Que si le pongo una flor en ese ojal, resalao- insistió.
Sonreí tan placenteramente por haber
descendido de nuevo al planeta que la gitana comprendió y me la plantó en el
ojal. Jamás había esperado encontrarme con una gitana vendedora de flores en
pleno Bilbao, y jamás me había paseado yo con una flor en la solapa. La saqué
del ojal y la dejé en el alféizar de una ventana baja. Quizás allí habitase
alguna mujer a la que no le hubieran regalado una flor nunca. Y quizás abriese
la ventana. Y quizás soñase.
Al volver por Urquijo, en la parroquia
del Sagrado Corazón acababan de casarse dos. Posaban en el centro de la puerta
gótica, del brazo, sonrientes, con su ramo purísimo puesto en medio, mientras
los demás les hacían fotos, les tiraban arroz y les miraban tontamente. Esa
clase de amor, loco y único, luego se marcha, las flores se marchitan y al
arroz lo empuja el barrendero. Sin duda, yo era un privilegiado por haber
encontrado a Raquel.
Por Correo y Sombrerería me interné en
las callejas de siempre, o mejor, de nunca más, porque aquella noche era muy
distinta, era la última. Lo encontré en el Etori-Bi.
-¡Qué extraño vienes hoy!
-Sí- le confesé.
-A lo largo de este tiempo te he visto un
par de veces así. Y es lógico, porque tu vida está todavía en los vaivenes de
alta mar. La mía ya fondeó.
No sabía cómo anunciarle que habíamos
llegado al final, que tenía que irme.
-¿Puedes decirme que te pasa, o te
importuno?
-Que ésta es la última noche que estoy
contigo. Tengo un barullo infernal aquí- le dije, señalándome con el pulgar a
mí mismo.
-No tendrá la culpa este viejo.... - me
contestó, en tono de pregunta, de duda.
-Pues claro que la tienes. No va a ser
tan fácil hacerme a la idea desde mañana.
-¡Tienes tanta vida por delante!
-¿Qué harás tú?
Dimas casi se echó a reír por lo tonto de
mi pregunta.
-Pues no sé, hombre, no sé. Miraré la
agenda, a ver que tengo, y consultaré con mi secretaria- y añadió, cambiando el
tono de voz- Se te olvida que en mi programa ya no hay más actos. Si vuelves
por Bilbao, acuérdate de esta callecita.
-Volveré.
-¿Qué te ha dicho tu Raquel?
-¿Pero tú cómo sabes....?
-Me has dicho que tienes un barullo
dentro. De lo de aquí, soy yo el culpable. De lo que te espera, no puede haber
más culpable que tu Raquel.
-Está loca de alegría. Ha hablado con el
editor. Quiere que le entregue el resto del libro. Dice que hemos llegado al
final, que ella nunca se engaña en estas cosas.
-Y no se engaña.
Me impresionó la firmeza con que lo dijo,
igual a la de ella. Parecía que los dos se pusieran de acuerdo siempre.
-Cada mujer es como un oráculo para el
hombre a quien ama- me dijo-. Entre ellas no hay grandes genios, pero en esto
del amor son todas geniales.
-Aquí tienen el bacalao- nos interrumpió
el tabernero- Y hoy no tienen que pagar. Invita la casa.
Dimas no se lo creía. Era la primera vez
desde que frecuentaba aquella tasca.
-Es que, al entrar, le he dicho que hoy
es la última noche- le expliqué.
Nos pusimos a comer en silencio. Cada vez
que se repetía lo de mi marcha nos quedábamos en silencio. Miré a Dimas. Yo
también podía adivinar, como hacen las almas femeninas, su contrariedad.
-Pues ahora ellas son independientes- le
dije de pronto, volviendo al tema anterior y por decir algo, por distraer esa
idea de mi marcha, que nos entristecía a los dos.
-¡Ni hablar!- me contestó.
-Trabajan, ganan....
-¡Y qué! Dependerán siempre de los
hombres en su corazón. Aunque ahora se haya puesto de moda lo contrario, están
hechas para amar y para ser madres por encima de cualquier otra cosa. Contra la
naturaleza no se puede ir.
-Mira, Dimas, que es la última noche, no
la líes- protesté, cariñosamente- Se puede amar y ser independiente a la vez,
¿no te parece?.
Pues no. Debió parecerle una tontería
elemental, imperdonable.
-Eso es imposible. El amor es entrega.
Cuando amas, dejas de vivir en ti y existes para el otro. ¿Qué mayor
dependencia? Precisamente por eso nosotros somos independientes, porque no
somos capaces de amar como ellas.
Me acordé de Raquel y me di cuenta de que
el viejo tenía toda la razón del mundo, como siempre. Raquel vivía para mí....
y yo también vivía para mí.
-En el amor ellas van por delante de
nosotros- añadió- Las mujeres son como la música de la Creación.... Y perdona
que suene tan cursi.
-En todo caso, una música sin público.
Consumimos la vida emperrados en vencer a la vida y pasamos junto a ellas sin
enterarnos.
-Amén- apostilló él, con esa seriedad
cómica que tanto usaba.
No obstante, como la palabra sonaba a
verdadera chufla, aclaró, todo seguido
-.... Quiero decir que así es.
Una descarga eléctrica retumbó fuera y la
luz del local se fue por un instante. La lluvia se puso a arreciar de forma
inesperada en los cristales. Como por mano de un maleficio, todo parecía
ponerse de acuerdo para convocar a la tristeza. No sé por qué, pero dije algo
que sonaba mal y que, desde luego, no quería decir lo que parecía querer decir.
Era solamente un modo figurado de hablar, y creo que así lo comprendió Dimas.
-Hay veces que uno tiene la tentación de
acabar con todo- fueron esas palabras mías, tan desafortunadas.
-No seas dramático- me dijo, con una
sonrisa benévola- Estás todavía lleno de proyectos. Ya ves, yo ya no tengo ni
uno y sigo aún en pie.
Me obligó a recordar la enorme fe que le
mantenía derecho, a pesar de estar tan de vuelta y ser tan escéptico.
-Te voy a confesar una cosa: el día que
me dijiste que eres creyente me quitaste una gran inquietud de encima. No puedo
explicarte por qué, pero no me hubiera gustado nada ese borrón en una persona
como tú.
-Pero si esos “borrones” no existen,
amigo. ¿Quien es el que no cree?
Esto sí que era bueno. Según Dimas,
parece ser que no existían los ateos.
-Me lo preguntas como si no hubiera ni
uno- protesté.
-Buscándolos con un candil. Que yo sepa,
la inmensa mayoría del género humano lleva una vida honrada, respeta a los
demás y cree en el bien y el mal.
-¡Y qué tiene eso que ver! Para ser bueno
y honrado no hace falta ser creyente.
-Esa es la inmensa tontería que dicen
ellos, los que presumen de ateos sin serlo. No me la repitas tú también, porque
es una simpleza que no se tiene en pie.
No supe qué argumentar para convencerle
de que lo uno nada tenía que ver con lo otro. Sólo se me ocurrió recurrir a la
experiencia.
-Estoy cansado de conocer gente que es
como “Dios manda”, pero no cree en ese Dios que, según nosotros, existe y así
lo manda. Amar el bien y amar a los demás está en la naturaleza del hombre,
como están los pulmones o está la facultad de hablar. No hace falta buscar
otras razones.
Dimas se quedó mirándome con esa
expresión suya, sorprendida, la que siempre aparecía ante las cuestiones
vitales.
-¿Y con qué fin está en su naturaleza
todo eso? Los pulmones están para seguir vivo y la facultad de hablar para
comunicarse. Pero el amor y el bien.... ¿Para qué, si no son necesarios en modo
alguno para seguir vivo? ¿Para qué, si realmente son un estorbo, son fuente de
sufrimiento? La ley natural es la ley del más fuerte, no la ley del
autosacrificio en beneficio de los demás.
Tuve que reconocer que no era capaz de
seguirle, que me desbordaba. Se había pasado la vida pensando y me llevaba
delantera. Yo no había tenido tiempo de plantearme tantas cuestiones.
-.... ¿Qué sentido tiene desperdiciar la
vida en nombre del amor y del bien, si al morir nada queda, ni siquiera el amor
y el bien, porque detrás de la muerte no hay nada, según los ateos?- me
planteó.
-No estarás esperando a que te dé yo la
respuesta....
-Pues sí, lo espero. La única respuesta
que puedes darme es que, si existen el amor y el bien, es que existen para
algo, no porque sí, y como ese algo no se ajusta a las leyes del mundo, tiene
que ser algo de más allá del mundo.
Hizo la habitual parada, como dando
tiempo a que yo lo pensara, y continuó.
-.... Lo que quería decirte es que, si un
hombre asegura no creer nada más que en esta vida, no tiene ningún sentido que
tire por la borda esta vida, que es lo único existente según él, en nombre de
no sé qué ideales inventados. O está mintiendo o es un perfecto imbécil. Quería
decirte que entre los ateos, solamente los inmorales, los que anteponen su
satisfacción personal, su egoísmo, son coherentes con su no creencia.
Había vivido tanto que no necesitaba gran
cosa para echar mano de un ejemplo. Sacó tabaco, como siempre hacía, y
comprendí que tenía algo que contarme.
-Mira, como es la última noche, no vamos
a dejarnos en el tintero nada. Ésta puedes escribirla en el tren, o en tus
Madriles. ¿No le llaman así los castizos? Pero es que no puedo dejar en el aire
eso de que ser ateo y ser moral son cosas independientes y compatibles. Eso es
una contradicción.
Se dio un momento de respiro, para hacer
memoria, y empezó el que sería su último relato.
-Entonces estaba yo en Gabón. Ya sabes
que casi todo el país es pagano o musulmán. Esto que voy a contarte, sin
embargo, ocurrió en una misión cristiana. Puedes titularlo “La Misión”. Pero
realmente la misión es lo de menos, lo interesante es el testimonio de los
personajes. Cada uno de ellos fue coherente consigo mismo.
LA MISIÓN
Dio
las últimas vueltas al vendaje y rasgó el extremo en dos para anudarlo en el tobillo.
El negrito todavía no había abierto la boca desde que entró en la enfermería de
la misión. Mantenía la cabeza baja, la mirada clavada en el suelo, y se
limitaba a asentir y a denegar cuando le preguntaban. La luz que se colaba en
estrías por los resquicios de la persiana se estrellaba, dibujando rayas, en su
cabeza.
-Vamos,
ya estás listo- dándole una palmada cariñosa en la espalda- A ver, apoya el pie
en el suelo.
El
muchacho obedeció la orden incorporándose de golpe.
-No,
no, con tantos bríos no, lo echarías todo a perder. Por unos días tendrás que
cuidar un poco ese pie, moverte muy despacio, no caminar demasiado.
Luego
sacó una pastilla del bolsillo.
-¿La
quieres?
El
muchacho echó la mano sin vacilar y se la llevó a la boca.
-Me
gustaría darte algo más, pero ya sabes que soy tan pobre como vosotros. Bueno,
miento; tengo algo mejor, algo que no te molestará y que me gustaría que
llevases siempre. Verás.
Tiró
de uno de los cajones de la estantería y sacó un humilde escapulario de tela
que colgó del cuello del muchacho.
-Esto
te ayudará mucho más que todos los amuletos del mundo, créeme.
Pero
el negrito, arrancándoselo de un tirón, lo miró por unos instantes, lo arrojó
al suelo y se fue con su pierna renqueante todo lo más aprisa que pudo. Kuma,
el muchacho que ayudaba al misionero, hizo intención de perseguirlo, pero el
misionero le retuvo por el brazo.
-Ha
tirado el escapulario, padrecito. Es un sacrilegio.
-Si
no se conoce a Dios no se le puede ofender, ¿no crees?
-¡Ya
lo creo que le conoce, ya lo creo!
-Hace
lo que ve a sus mayores.
-Yo
te digo, padrecito, que si no escarmientas al primero, ninguno te respetará- le
advirtió, recogiendo el escapulario.
-Y
yo te digo que es mejor ser cordero que lobo.
-¿De
qué hablas?
-De
corderos y de lobos. El mundo está repartido mitad y mitad. En la aldea también
los hay.
Habían
dado unos pasos hasta la puerta.
-Anda,
ve con los tuyos. Y ve hablándoles de corderos, a ver si siembras siquiera
curiosidad.
Kuma
se marchó taciturno. Al padre, a veces, no había cristiano que lo entendiese.
Después
de ordenar un poco la enfermería, también él se dispuso a salir. La luz del
atardecer, que poco antes vacilaba perezosamente entre las estrías de la
persiana, le envolvió ahora de lleno, húmeda, caliente, pegajosa. El padre no
tendría más de treinta y tantos, una barba bien poblada que le montaba sobre el
cuello de la camisa y una figura elástica, aunque se movía siempre con sosiego.
Atravesó
la aldea, unas pocas chozas con sus cubiertas de largas eneas. El niño de la
negraza que molía maíz a la puerta de la choza, hizo intención de acercarse,
pero la madre lo retuvo bruscamente. Al misionero ya no le chocaban estas
cosas. Tenía asumido que la misión era un auténtico fracaso. Se internó en la
espesura unas decenas de metros, como hacía todas las tardes, hasta un claro en
el que había una cruz hecha con madera y, a los pies, ya cubierta de vegetación
menuda, una tumba, la tumba del padre Philippe. Entre las dos luces del
atardecer, la hora preferida para su visita diaria, aquel lugar tenía una
subyugante paz, como si el mundo entero se hubiese divorciado de aquel
minúsculo claro de la selva africana.
Se
apoyó en el tronco del sicomoro que cerraba el claro al borde de la senda. A la
memoria volvían los días felices vividos con el hermano Philippe años antes, y
sin abrir los labios, se preguntaba cómo podía estar bajo tierra, enmudecido,
un hombre tan lleno de vitalidad y de fe.
"Aquí
estoy, querido Philippe. Vengo a decirte que todo sigue igual. ¡Cuánto te echo
de menos! Me siento solo para pelear con esta gente. ¿Por qué me has dejado? Si
vieras la inutilidad de tu muerte, llorarías amargamente, llorarías hasta morir
otra vez. Lo ofreciste todo, tus ilusiones, tu juventud, y ya ves lo que queda:
un poco de tierra y una cruz. Si tú supieras que de todas estas gentes
solamente Kuma viene a ponerte unas flores.... Si supieras que desde tu muerte
la misión sigue más oscura y olvidada que nunca....."
Avanzó
los pocos pasos que le separaban de él. Bajo las sandalias, del suelo se
levantaba un perceptible susurro de minúsculas cosas tronchadas. Se inclinó
sobre la tumba y puso las manos en la tierra húmeda y caliente, como en un
postrero esfuerzo por consolar el espíritu del camarada. En medio del silencio,
percibió un leve ruido de algo que no era parte del ruido habitual de la selva.
Extendió la mirada en derredor, sin ninguna inquietud, y se puso en pie, seguro
de cual era la causa.
-Kuma,
sal de donde estés. Sé que eres tú.
Y
se puso a esperar, porque estaba seguro de que era el negrito y porque sabía
que al negrito le costaba obedecer esa orden. Al rato, apareció de entre el
follaje y se quedó al borde del claro, temiendo haber profanado la intimidad
del misionero.
-Sabes
que esto no se hace.
-Las
fieras acechan, padrecito. Esta hora no es buena.
-¿Y
quién va a defenderme? ¿Tú, con tu machete?
-No
te rías, padrecito. Yo pelearía por ti, ya lo creo.
-Sé
que lo harías, lo sé. Pero pienso que ninguna fiera se acercaría a la cruz, ¿no
te parece?
-Eso
es verdad. Pero a mí me da miedo que vengas solo hasta aquí, a estas horas.
Aunque estoy enfadado y no debería importarme lo que te pase- dijo de pronto,
iniciando la vuelta.
El
misionero lo retuvo por el brazo.
-¿Por
qué no me llamas por mi nombre ni cuando estamos solos?- protestó Kuma.
-¡Ah!,
es eso. No te llamo por tu nombre cristiano porque temo que puedan oírnos.
Déjalos que crean que vienes conmigo nada más por el interés. Si supieran que
estás bautizado....
-No
te entiendo. Tú me has dicho que hay que ser valientes y sinceros.
-Si
lo miras así.... Pero más servicio puede hacer un Kuma vivo que un cristiano
muerto.
-¿Me
dejas que te acompañe?- le preguntó, otra vez lleno de satisfacción.
-Lo
necesito. ¡Cualquiera sabe lo que puede pasar en un sitio como éste!- bromeó el
misionero- Y ojalá pudieras quedarte conmigo también durante la cena, porque
voy a enfrentarme, como cada noche, con el ejemplar más peligroso de toda la
selva.
Rodeó
con su brazo los hombros del negrito y juntos regresaron a la misión. Kuma se
despidió al llegar a los escalones de la entrada. El misionero atravesó ésta,
después el corredor y, por último, empujó la puerta de la pieza principal de la
casa de la misión. Los Binet estaban a punto de concluir la cena.
-Le
hemos esperado un poco, pero como tardaba....- se disculpó Natalie.
-Han
hecho muy bien en empezar sin mí.
Uno
de los negros de la personal escolta de monsieur Binet, que prácticamente había
copado todos los servicios desde que llegaran a la misión, le sirvió la cena.
Para sus adentros, el misionero se preguntaba si sería posible que, por una
vez, le dejara en paz aquel hombre que tenía frente a él, al otro lado de la
mesa. Pero no fue así.
-¿Ha
bautizado hoy muchas almas?- le preguntó con sarcasmo el francés.
-Sabe
usted muy bien cómo marchan las cosas aquí sin necesidad de que yo le explique
nada.
-Estoy
al tanto. Por eso es mejor que se limite a curar las almas y yo les curaré las
piernas a estos negros.
-Ya
entiendo. Se refiere al muchacho de esta tarde.
-Exactamente.
Es usted inteligente, para ser cura.
-Fraile,
monsieur- le rectificó.
-Es
igual. Todos de la misma calaña.
Binet,
el médico, era hombre ya cincuentón, que elevaba por encima de todas su voz
ronca, casi hiriente en los oídos. Tenía barba también espesa, como la del
misionero, y mirada obsesiva. Se llevaba continuamente el pañuelo a la cara,
porque el calor y el alcohol le prestaban un aspecto sudoroso y feroz. El
misionero suspendió la cena para decirle con su habitual serenidad.
-Esperaba
que alguna vez, siquiera una sola vez, pudiera mirarme, si no como a un amigo,
a lo cual sabe que siempre estoy dispuesto, al menos con la cortesía de la
indiferencia. Pero ya veo que es imposible. Sin embargo, monsieur Binet-
añadió, reanudando la cena- acabo de descubrir que esto me satisface.
-¡Ah,
ya! Se estima usted injustamente perseguido, y eso le otorga digamos que una
cierta aureola de santidad. En definitiva, se cree usted importante.
-En
absoluto. Pero es que, detrás de cada rabieta, hay siempre una frustración. A
lo mejor todo su problema es que no se atreve a confesarse, a sí mismo, que me
aprecia y que le gustaría acercarse un poco a la Iglesia.
Binet
rompió en una carcajada clamorosa. Su brazo desnudo, lleno de repulsivas
cicatrices, golpeaba la mesa al compás de las risotadas, haciendo bailar la
sopa en el plato del misionero.
-¿Has
oído, Natalie, has oído al curita? ¡Estaría yo bonito rezando el rosario!
-Estoy
plenamente de acuerdo en que resultaría algo insólito para los que le
conocemos. Pero menos se lo esperaba Pablo.
-¡Al
diablo con esas mojigangas!- enfureciéndose de pronto, levantándose bruscamente
de la mesa- Echaré a latigazos al primer negro que vea en sus manos.
-No,
eso no lo hará, amigo mío- le contestó con toda firmeza- No olvide que esto es
mi misión, no su hospital.
-Aquí
el único médico soy yo.
-Sí,
sí, no hace falta que me recuerde que mis superiores me ordenaron poner esto a
su disposición. Pero aquí no se dan latigazos a nadie.
-Curita,
a sus rosarios. No meta las manos en mis asuntos.
Desde
fuera se colaba el mágico concierto de la noche africana, coreado, a
ratos, por el mágico concierto de la
noche de los negros. El aliento de aquellas pocas personas apenas cabía en la
espesa atmósfera de la estancia. El sirviente, el único que parecía respirar sin
esfuerzo, movía esa densidad con indiferencia cada vez que pasaba a poner o
quitar algo de la mesa. La luz de los quinqués trepaba a lo largo de las
paredes y se escapaba entre el bambú de las persianas.
Natalie,
la mujer de Binet, permanecía sentada a la mesa, aunque también había concluido
de cenar. Tenía una veintena de años menos que el médico y unos bellísimos ojos
negros que no se cansaban de mirar al misionero. Binet se había llenado un vaso
de whiskey y el sirviente le había añadido un poco de agua fría.
-Yo,
a mis rosarios, como usted dice. Pero si el médico no está, no puedo negarme a
atender a esta gente.
-¿Qué
insinúa?
Un
grito desgarrador, algo parecido a un grito humano, o mejor a un grito
infantil, rompió ese concierto de la noche. Los tres se interrumpieron. Pero al
comprobar que el sirviente continuaba sus quehaceres con la misma indolencia de
siempre, comprendieron que el grito casi humano, o mejor casi infantil, era,
más bien, de alguna presa del leopardo.
-Monsieur
Binet, ¿cómo es que no me conoce aún? Debería saber que yo jamás insinúo nada.
Digo claramente lo que pienso, o en todo caso, no digo nada, pero nunca hablo
con doble sentido.
-¿Pretende
acaso que le esté reconocido por el favor de suplir mis ausencias, señor
fraile?.
-No
pretendo nada, señor galeno- dijo el misionero, acabando la cena y dirigiéndose
a la salida.
Binet
se interpuso en el camino. Tenía en la mano el vaso de whiskey y el rostro
bañado en sudor, como siempre.
-No
se meta en mi trabajo, señor fraile. Es la última vez- le amenazó.
El
misionero le miró con indulgencia.
-No
sea rabioso. ¿Cuándo va a convencerse de que no le tengo miedo? Todo lo
contrario. Le aseguro que lo estimo.
....../......
Sonaron
tres golpecitos acompasados. Era Kuma, seguido de una corta fila de enfermos
que aguardaban en el corredor.
-Adelante.
Pero de uno en uno, como siempre.
-Tiene
mucha calentura y dice que le duele el vientre- le explicó Kuma, mientras
ayudaba a un hombre que apenas se sostenía.
-¿Tampoco
hoy está el doctor?
-Nunca
está.
El
misionero le hizo una ligera presión con las manos en el vientre y el hombre se
retorció de dolor.
-Sácalo
al corredor y que lo espere- le ordenó a Kuma.
-Es
que dice que se siente morir.
-No
podemos hacer otra cosa. Necesita que el doctor le quite el apéndice.
La
mujer que esperaba turno se acercó y abrió la boca de par en par, sin decir una
palabra.
-Ya
veo, úlceras.
Al
volver con un frasco para darle unos toques en la boca enferma, se encontró con
que Natalie estaba en la puerta, mirándole, no sabía desde cuando.
-He
venido para ayudarle. Me figuro que unas manos más le vendrán bien.
-Desde
luego- dijo el misionero- Pero ¿y su marido?
-No
se inquiete por mi marido. Vocifera mucho, pero nada más.
-Después
de todo lo que me ha dicho, parece una temeridad que usted me ayude.
-Le
aseguro que a mí no me da voces.
-Como
quiera. Si tiene tanta seguridad....
Hizo
unas curas en la boca enferma de la mujer
El negrito que venía detrás abrió la boca también de par en par. Natalie
hundió otro algodón en la misma tintura. El misionero retiró la mano de Natalie
y sacó una pastilla del bolsillo.
-Todos
los días viene y hace lo que ve al anterior. A lo que viene es a por la
pastilla. Me las mandaron por cajones desde París. Son para la garganta, pero
la verdad es que saben muy bien, aunque no arreglan nada.
-Ha
sido con hierro, padrecito- le explicó Kuma, enseñándole la herida del
siguiente.
-Entonces
hay que inyectarle, y esto sí que no puede esperar.
Desde
aquel primer día, Natalie aparecía en cuanto había enfermos a la puerta de la
misión. Binet jamás estaba, siempre ocupado con su todoterreno, su botella de
whiskey, sus rifles y sus incansables cacerías; así es que, a pesar de las
amenazas, el misionero se veía obligado a atender la mayoría de los casos.
Natalie preparaba algunas cosas y, cuando no había qué hacer, se justificaba
cambiando las medicinas de sitio en los anaqueles, fingiendo un eterno juego de
que las ordenaba, cualquier cosa con tal de estar cerca del misionero, que no
tardó en darse cuenta. Un día, cuando el último de los pacientes hubo salido,
él alejó a Kuma con un pretexto cualquiera. En los triunfales ojos de ella
brilló una chispa de placer. ¡Al fin!
-Mire,
Natalie, le estoy muy agradecido, pero creo que es mejor que no vuelva.
Se
deshizo en toda clase de disculpas para hacerle comprender que le guardaba
eterna gratitud, pero que, dado el carácter tan celoso de su marido, aquello
constituía un juego realmente peligroso; más aún, constituía una auténtica
provocación de la que el furibundo Binet acabaría por enterarse. Le expuso todo
tipo de razonamientos por los que no era conveniente que ella siguiera
visitando ese ala de la misión, que era la residencia de los frailes, y que en
este caso habitaba únicamente él. Le expuso todo tipo de peligros, si bien no
le confesó el principal de todos: la poca seguridad que acababa de descubrir en
sí mismo. Natalie era demasiada Natalie para soportarla tan cerca y tan
asiduamente.
-¿Lo
comprende? Temo por el día en que se entere su marido. No quiero más cuestiones
entre él y yo.
Natalie
no estaba en absoluto acostumbrada a renunciar a nada, y menos a que la
despidiesen tan amablemente en lo que ella consideraba realmente una
humillación. Natalie no estaba acostumbrada a perder, no conocía más código que el de satisfacer
sus deseos. Después de un silencio exageradamente largo, que él aprovechó para
seguir llenándolo de disculpas y más disculpas, ella abrió, al fin, la boca.
-Vamos,
padre, no sea hipócrita.
El
padre se quedó de hielo.
Las
últimas luces del día se ocultaban por detrás de los tejados circulares de las
chozas, dejando un rastro anaranjado en el aire. Se entretuvo en prender la
mecha del quinqué por no enfrentarse a la mirada de aquella mujer.
-No
le teme a él- añadió Natalie- Me teme a mí.
Era
la primera vez que el misionero podía contemplarla a sus anchas. El despecho
acababa de destruir lo que ni las vulgaridades de su marido ni la monótona y
aburrida vida de la aldea africana habían conseguido vencer: su aspecto siempre
impasible, su eterna seguridad.
-¿No
es usted el que siempre tiene en la boca lo de la verdad? Pues hablemos claro-
le provocó, irritada, en vista de que él nada decía.
-Puesto
que así me acosa, le confieso que sí, que la temo.
-¿Y
no se avergüenza? ¿Es usted un hombre?
-Soy
un religioso. Y lo que no voy a hacer, en modo alguno, es ponerme a prueba sin
necesidad.
Estaban
de pie, muy cerca el uno del otro. La escasísima luz del quinqué, por momentos
más vacilante, ponía a intervalos algo sobrecogedor en las pupilas de Natalie.
-No
me gustan los hombres cobardes.
-Pues
a mí me encanta que no le gusten. Ya ve que soy uno de ellos.
El
misionero se dirigió a la puerta para invitarla a salir y, con el bamboleo de
su cuerpo, la enfermiza llama del quinqué, que venía presenciando desde su
agonía la querella entre los dos, dijo al fin adiós y se extinguió, dejando un
rastro vertical de humo.
La
penumbra lo llenó todo, lo invadió todo: las reducidas paredes de la
enfermería, el ambiente sugerente, el silencio expectante. Estaban los dos y
estaban solos, frente a frente, muy cerca. Apenas distinguían sus propias
formas, pero se adivinaban en la oscuridad, casi se sentían el aliento.
-Vamos,
no seas tonto. Hasta las cosas se ponen de mi parte- le dijo ella, tuteándole
de pronto, acercando las manos hasta tocarlo- Aquí no hay nadie.
Y
ese último susurro de palabras tan tontas "Aquí no hay nadie" fue
como una espoleta que puso en movimiento, en un segundo, todo lo que llevaba
tantos años dormido. El hombre que sesteaba bajo la piel del misionero se
despertó de forma imprevista. No dijo nada, no podía hablar, el alma le anudada
la garganta. Su mano buscó la mano que le abrasaba. Sintió que los brazos le
rodeaban apasionadamente el cuello, y al abrazo respondió con el abrazo, al
beso con el ardiente beso. Ella se había desabrochado la blusa y apoyaba su
desnudez contra el pecho de él. Le dirigió las manos, le dirigió las manos
despacio, sabiamente. Le aflojó las ropas, lo acarició.....
....../......
-¿Es
que ni siquiera a la hora de la cena podré verte?
Estaba
fuera del poblado y se lo habían dicho a sus espaldas. La voz era sin duda la
de ella. Se volvió. Natalie le había alcanzado.
-Eres
como un animal huido- continuó diciéndole.
-Un
animal huido- repitió él- Tú lo has dicho.
-¿Y
de quién huyes? ¿De mí? Lo nuestro no ha hecho nada más que empezar.
-Lo
nuestro es imposible, y tú lo sabes.
-¡Imposible!-
repitió ella, con sarcasmo- Si los dos queremos....
-Es
que yo no quiero.
Natalie
clavaba sus negrísimas pupilas con una agresividad que hacía daño.
-Llevo
noches enteras sin dormir, esperando que aparezcas.
-Eso
nunca más se repetirá.
-¿Por
qué? Soy libre.
-No
sé qué quieres decir.
-Que
él ya no está.
También
al misionero acababan de decirle que Binet había desaparecido. No quería
preguntar nada, pero su silencio era una pregunta llena de ansiedad. Natalie se
encogió de hombros.
-Se
habrá cansado de mí- le dijo, con la mayor naturalidad.
Le
espantaba la indiferencia de ella, le espantaba que la huida de Binet pudiera
estar relacionada con lo que había ocurrido entre ellos dos, y le espantaba que
este nuevo acontecimiento acabase de hundirlo en su frágil resistencia.
-No
crees en nada- le dijo él, resumiendo la situación, más como un lamento que
como un reproche.
-En
la vida. ¿En qué más? No hay otra cosa.
Se
lo dijo tan rotundamente que él renunció a discutirlo. En lugar de eso, le
anunció que se iba.
-He
estado en Oyem y en Libreville.
-Lo
sé. Quince días. Los he contado uno a uno, esperando a que volvieras.
-He
estado en Oyem y en Libreville a pedir que me cambien de misión.
-Y
hasta les habrás dicho que hay una mujer que quiere seducirte.
-Me
he confesado, si es lo que quieres saber.
Las
pupilas de Natalie brillaron en ese momento, quizás de cólera, quizás de
desprecio, quizás porque el sol se ponía delante de ellos.
-Ese
día me pediste que fuera sincero- continuó el misionero- y voy a serlo.
Quisiera aborrecerte, lo deseo con toda mi alma, pero no puedo. Confieso, si
eso te hace feliz, que en ese momento te amé. Eres la única mujer que he tenido
en mis brazos. Y te juro que me hubiese gustado que eso fuese bueno y fuese
para siempre.
Dio
unos pasos, se volvió de espaldas, como si prefiriese no verla para poder
contarle su resolución.
-
Pero no es posible. Debo elegir y elijo volver a mi camino. He pedido que me
cambien de misión y me cambiarán inmediatamente.
-Te
seguiré.
-No
sabrás dónde estoy.
-Diré
lo que hay entre nosotros- le amenazó ahora.
-Todo
lo que puedas decir ya lo he confesado yo.
Natalie
entornó los ojos. Las sombras de la noche se apresuraban, como aquella última
vez. Natalie era desconcertante y cruel.
-No
estoy hablando de contárselo a tus frailes, querido, estoy hablando de
organizar un escándalo público que llegue hasta el mismo Vaticano.
-Incluso
así, me iré. Hagas lo que hagas, no conseguirás impedir que me vaya.
Le
dio por última vez la espalda y se fue en dirección al poblado. Pero aún pudo
oír la voz de ella diciéndole algo terrible, algo que le obligó a detenerse
definitivamente.
-Tú
no te irás sin mí, querido mío, si es que quieres conocer a tu hijo.
* * *
Contra toda lógica, parecía que Dimas
daba por acabado el relato.
-Serás capaz de dejarme en lo más
interesante.
-¿Es que no adivinas lo que pasó? ¿Qué
crees que puede hacer un hombre tan estricto cuando una mujer le dice que va a
tener un hijo de él?
-Marcharse con ella. Pero es que éste era
fraile.
-Sí, era fraile, pero decidió en
conciencia que, por muy solemnes que fueran sus votos, más solemne era ante
Dios su deber de padre. Se fue con ella lejos, lo más lejos que pudo, a
Australia. Quizás pensó que, cuanto más lejos, antes los olvidarían y menor
sería el escándalo.
Pensé por un momento la papeleta de
conciencia en la que se vio atrapado el misionero y no supe resolverla.... o
mejor, no me dio tiempo, porque Dimas me sacó del problema con otra revelación
que no esperaba.
-Pero a los pocos meses, él estaba otra
vez en Gabón.
-¿Con ella?
-Solo.
-¿Haces el puñetero favor de acabar de
contármelo?
-Ya te he dicho cómo era aquella Natalie.
Esta historia ha salido a colación de lo que deberían hacer los ateos, las
personas que no tienen más religión que la de este mundo. Ni honradez, ni
verdad, ni respeto ninguno, ni mucho menos norma moral de ningún género,
deberían impedirles conseguir lo que desean. Si después de la muerte no hay
nada- dijo, encogiendo los hombros y haciendo un gesto expresivo- los códigos
morales son una solemne estupidez, porque son antinaturales y porque solamente
sirven para fastidiar al hombre y hacerlo infeliz en la tierra. ¿Cuál es el
fundamento de obedecer leyes que no responden a realidad ninguna?
-Pues está muy claro, Dimas: sin ellas,
esto sería la jungla, la ley del más fuerte y, quizás, la autodestrucción de la
sociedad.
-¡Pero qué dices! Se te olvida que ésa
ley del más fuerte es justamente la ley de la naturaleza, la ley de los
animales y, que yo sepa, no se han autodestruido, les va la mar de bien. Al
contrario, se selecciona lo mejorcito. ¿Por qué razón las leyes que son buenas
para la naturaleza no han de serlo para el hombre, si es una pieza más de esa
única realidad, la naturaleza?
Me di por vencido, asentí con un leve
movimiento de cabeza y le pregunté, llenándome de tolerante y cordial
paciencia.
-Está bien, los ateos-morales son unos
acérrimos incoherentes, de acuerdo, pero pregunto humildemente, ¿puedes
contarme qué pasó con el fraile, la mujer y el rorro, que es lo que más me
interesa?
-¡Pues qué va a pasar!- exclamó y se
quedó mirándome, como cosa que tenía una respuesta sencilla- que no había tal
rorro. Natalie era inmoral, pero no olvides que, además, era mujer, era sagaz.
Si no podía conseguirle con súplicas ni con chantajes ¿qué mejor que llamarle a
un hombre a la conciencia, si además resulta que la tiene muy gorda porque es
fraile? Cuando él quisiera descubrir el engaño, ella ya le habría disfrutado,
que era de lo que se trataba, en definitiva. Y por eso mismo no le siguió
cuando él se vino. Australia era una tierra hermosa y llena de
posibilidades..... y de hombres, claro.
-Tampoco me has dicho qué fue del marido
de Natalie, del furibundo Binet.
-Hoy estás distraído- me dijo- Cuando regresó
el misionero, se vio de lleno en un proceso por la muerte de Binet. Poco
después de la huida de ellos, se descubrió el cadáver del médico. Binet, en
realidad, tampoco era el marido de ella, era su amante, un médico aventurero
que le ofreció la posibilidad de una experiencia nueva, la de vivir en un lugar
tan inquietante como África.
-No entiendo por qué tendría que adivinar
yo todo eso. No entiendo por qué dices que estoy distraído.
-Porque te has empeñado en olvidar que
Natalie era una persona sin códigos.
Me miraba de una forma sugerente. Creí
intuir su pensamiento y me quedé helado.
-No irás a decirme que le mató ella......
-Según se mire. No fue tan perversa como
para darle cicuta, pero tampoco fue tan tonta como para no aprovechar la
ocasión. Parece ser que, durante ese tiempo que el fraile estuvo fuera para
pedir el cambio de misión, ellos salieron a recorrer algunos de los poblados
del distrito y él tuvo un percance bastante común allí, la mordedura de una
serpiente. Desde luego, Natalie no fue la serpiente que lo mordió, pero vio el
cielo abierto y se largó, lo abandonó a su suerte.
-Ése era entonces otro motivo para que
ella no quisiera volver de Australia.
-Dicen los escolásticos que todo ser es
bueno para sí mismo- me dijo, sin contestar a mi comentario- Si la serpiente
muerde, eso es bueno para ella, porque así cumple el fin que le corresponde en
el universo. Natalie era abominable moralmente, pero también era buena para su
papel en el mundo, como se ha puesto ahora de moda con el Evangelio de Judas.
Natalie era la encarnación de la supermujer de Nietzsche, trasladada a África y
al tiempo actual. Los sumisos, los buenos, los humildes y, por lo mismo, los
creyentes y sus códigos morales, son despreciables, según el loco de Nietzsche.
Nietzsche los despreciaba porque, cuando no se espera nada después de la
muerte, todo eso sólo representa debilidad y sinsentido. Nietzsche era un ateo
coherente.
-Ya te he dicho lo que le contestaría a
Nietzsche un filántropo: para ser bueno, no hace falta creer en el más allá.
-El filántropo ese podrá decir lo que le
dé la gana, pero la renuncia a la propia vida en favor de los demás es
contranatura, absurda y sin ningún fundamento; más aún, es perversa en el orden
natural de las cosas. El filántropo ese dirá que él no cree, pero con sus actos
altruistas está demostrando justamente lo contrario de lo que dice
Nos callamos los dos a la vez. Era
demasiado para una sola noche y, además, una noche especial, una noche triste y
lluviosa. La cazuelilla del bacalao también estaba vacía, entre los dos,
esperando las manos del tabernero. El cigarrillo del viejo humeaba al borde de
la mesa. La despedida nos pesaba en el corazón a los dos. Le puse una mano
sobre el brazo y le supliqué.
-Dimas, amigo, dime dónde vives. Quiero
saber que podré encontrarte cuando necesite encontrarte.
El viejo bajó la mirada.
-¿Por qué esa obstinación?- insistí.
-Es más bonito así, ¿no crees? Me has
conocido aquí, has conocido lo bueno de Dimas, su vida llena de aventuras, sus
monsergas filosóficas. No lo estropeemos al final.
-Estropearlo.... ¿por qué?
-Porque sí, porque esa otra vida, la de
cada día, está cuajada de pequeñeces que a todos nos decepcionan. Me niego a
estropear la imagen que tienes de mí con el Dimas achacoso y lleno de ruinas.
-Pero cuando te pase algo ¿qué será de
ti?, ¿quién te atenderá?
-Soy un hombre solitario. Quiero morir a
solas con quien me dio la vida. Pero mientras llega eso, ya sabes donde paro.
Ven, si tienes un día.
-Vendré.
-Me gustaría conocer a esa mujer.
-Yo también deseo que os conozcáis.
-¿Qué piensa de mí?
-No lo sé exactamente, pero algo
maravilloso.
Dimas llenó los vasos y levantó el suyo.
-Por tu Raquel.
-Por ella.
Luego de bebernos los brindis y
despedirnos de aquella gente de la tasca, salimos a la calle. Había dejado de
llover. La noche, como siempre, se deslizaba sobre el agua del asfalto,
siguiendo senderos luminosos de las farolas que recorrían las calles en mil
direcciones. No había ni un solo ruido, como si el vientre de la noche se
hubiera vaciado. Nuestros pasos avanzaban en la convicción de estar cometiendo
una horrible profanación en el silencio de la calle Ronda. No sabíamos de qué
hablar ninguno de los dos.
Al llegar a la esquina de Achuri, delante
del puente que cruza la ría, los dos nos detuvimos. Los dos seguíamos mudos. El
viejo me miraba insistentemente, como si quisiera grabar aquel momento en su
memoria, como si adivinara que aquel momento ya no se repetiría nunca más y
quisiera llevárselo intacto consigo. Al fin, abrió los brazos y me recibió contra
su corazón cansado. Permanecimos así instantes, segundos, eternidades. El viejo
hizo un supremo esfuerzo y ahogó cuatro palabras en mi oído. Yo no fui capaz ni
de eso.
-Adiós, amigo, hasta siempre.
Y cada uno seguimos nuestro camino, yo
por la Ribera adelante, y Dimas, mi viejo e inolvidable Dimas, no sé hacia
dónde.
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Gregorio Corrales.