Tengo
sobre la mesa las novedades editoriales
traducidas al español que se refieren al turbio asunto de
la globalización y sus contradicciones y sumo hasta 50 títulos
publicados en los dos últimos años. Desde El beneficio
es lo que cuenta, de Chomsky, a Una extraña dictadura, de
Viviane Forrester, pasando por los trabajos de Ignacio Ramonet sobre
la globalización informativa, o El mundo como supermercado,
de Hpouellecq, o Nuestros tiempos modernos, de David Cohen. Me detengo
especialmente en El informe Lugano, de Susan George, en parte porque
yo he sido el prologuista de la versión española,
y en parte por la originalidad del método crítico.
La autora presupone la existencia de un grupo
de científicos sociales a los que el capitalismo encarga
un diagnóstico sobre su capacidad de avanzar por encima de
los obstáculos de los enemigos de la globalización.
Con un talento sarcástico envidiable, Susan George consigue
así una de las más brillantes parodias de la consciencia
globalizadora.
La tensión dialéctica del siglo
XXI está servida. Por una parte de los globalizadores y por
otra la vanguardia de los globalizados delimitan el nuevo campo
de batalla, acogido inicialmente como una curiosidad informativa,
pero cada vez más asumido como un peligro real. Hasta tal
punto que el presidente del gobierno español e inestimable
discípulo o maestro de Berlusconi, el señor Aznar,
días antes de la manifestación antiglobalizadora de
Barcelona se refirió a la financiación extranjera
de este tipo de movimientos, como si el señor Aznar añorara
aquellos tiempos en los que la propaganda franquista atribuía
al oro de Moscú la responsabilidad de toda acción
clandestina.
Si el pulso interior de la globalización
motiva bibliografía tan diversa, también ha puesto
en marcha una brigada internacional móvil e ideológicamente
plural que practica la contestación allí donde se
produzca cualquier acontecimiento económico o político
para o simplemente criptoglobalizador.
Neoanarquistas, poscomunistas, nacionalistas económicos,
ecologistas, antisubdesarrollismo, teólogos de la liberación
y muchos más ismos posibles conforman un nuevo sujeto crítico
equiparable al espontaneísmo subversivo de los primeros tiempos
de la revolución industrial, calificados por algunos sociólogos
como rebeliones primitivas.
De Seattle a Barcelona o de Barcelona a Génova,
próxima parada del zafarrancho de combate entre globalizadores
y globalizados, la capacidad de movilización de los contestatarios
refuerza la capacidad represiva de los Estados implicados, convencidos
de que han de paralizar la convocatoria de una nueva internacional
antiglobalizadora. O estamos asistiendo a una desesperada lucha
desde una cultura de la resistencia terminal, o asistimos al nacimiento
de una nueva cultura de la resistencia, alentada por un sujeto histórico
crítico que todavía no tiene las características
plenas de un sujeto histórico de cambio.
Lo cierto es que la carga represiva contra los
antiglobalizadores va a ir en aumento y que en Barcelona ya se ensayaron
métodos de infiltración de alborotadores violentos
entre los manifestantes, para así justificar una contundente
e indiscriminada operación represora de la policía.
Mientras el señor Aznar busca en el oro
de Moscú, es una metáfora, las causas de la subversión
antiglobalizadora, es evidente que el nuevo capitalismo está
generando nuevas contradicciones marcadas por la victoria o la derrota
de los sectores sociales y económicos implicados en la globalización.
El nuevo capitalismo ni siquiera quiere llamarse
así, y escoge presentarse como economía de mercado
dentro de una operación de desdramatización lingüística
que ya ha afectado a casi todo el lenguaje crítico convencional
a lo largo del siglo XX: burguesía, proletariado, capitalismo,
imperialismo, clases sociales, lucha de clases, son palabras cargadas
de gravedad y memoria histórica y por lo tanto suenan a ruidos
dentro del canal de comunicación dominante.
No hay sistema de dominación totalitario,
utilice el partido único o utilice la dictadura del mercado,
que no mixtifique los patrimonios fundamentales: la memoria, el
lenguaje y la esperanza en el sentido de virtud laica. Susan George
habla de una economía que divide a los seres humanos en prescindibles
e imprescindibles: "... la prescindibilidad está ascendiendo
por la escala social. No se trata sólo de los indios brasileños,
los pobres de Estados Unidos y otras tribus remotas; usted, su familia,
su profesión, su pequeña o mediana empresa, su comunidad,
su hábitat natural, empiezan a estar también en su
punto de mira. Si las trasnacionales no responden de sus actos más
que ante los propietarios del capital, si los gobiernos no pueden
gravar con impuestos un dinero evanescente y móvil y ayudar
a sobrevivir a los millones de personas que permanecen inmóviles,
entonces hay que eliminar de alguna forma el exceso de esas personas
o..." ¿o qué?
Por: Manuel Vázquez Montalbán / Publicado en La Jornada
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