A
primera vista, el texto de Viviane Forrester, «Una Extraña
Dictadura», evocaría una recreación donde
la autora hace referencia a una obra de corte político;
la sorpresa crece cuando descubrimos que al introducirnos en la
lectura sus planteamientos van más allá. Pone en
entredicho, aquella frase tan trillada en los últimos años
en torno al secuestro de la política por la economía.
Su tesis central rebasa esa lucha entre disciplinas y acusa al ultraliberalismo
de querer implantar una dictadura. Lo curioso de todo esto, es
la idea que concibe de un mundo gobernado por un nuevo sistema
totalitario. No bajo la óptica de los totalitarismos que
conocimos durante todo el siglo XX, los del socialismo real. De
manera extraña se impuso un nuevo esquema de dominación,
sin forma, donde los ciudadanos del mundo, los gobiernos, las
estructuras políticas, etc., sólo son actores manipulados.
A veces pareciera que describe una novela de ficción política
al estilo del inglés George Orwell, donde la
imaginación da cabida a la existencia de intereses ocultos
y perversos que dominan el mundo.
Forrester señala que este nuevo régimen planetario no tiene
rostro, no se refiere a una estructura o una institución
específica que se encarga de gobernar. De hecho las instancias
y funciones políticas tradicionales estorban al nuevo régimen.
Acusa al ultraliberalismo de ejercer el verdadero poder en el
mundo, delegando en los gobiernos la aplicación de su ideología
vacía de contenidos políticos. Los pueblos quedan
sometidos a un simple mutismo; la característica de éstos
es permanecer en silencio.
A la nueva dictadura, no le interesa organizarlos, su objetivo central
está en diversos aspectos como: el gusto de acumular, la
neurosis de lucro, el afán de la ganancia, del beneficio
en estado puro, el acaparar territorios, el espacio en su totalidad,
por encima de sus configuraciones geográficas.
Ante esta situación, la autora menciona que lo más inmediato
para enfrentar a esta extraña dictadura es sacudirse la
propaganda que trata de disimular los verdaderos problemas de
la sociedad. Argumenta que la política del neoliberalismo
a través de su propaganda trata de ofrecer soluciones a
los mismos problemas provocados por ella, y esas soluciones son
las las dictadas por la «extraña dictadura»
. Así funciona su propaganda totalitaria.
A los dueños de la ganancia, que son los verdaderos instauradores
del nuevo régimen, les interesa la perpetuidad. Para ello
tratan de convencer a las masas anónimas que para mejorar
sus condiciones de vida, es necesario que ellos tengan estabilidad
y certidumbre. La competencia es un pretexto que se utiliza para
justificar los abusos cometidos contra la humanidad. La población
en general debe apoyar a la competitividad sin el menor cuestionamiento
para que «se puedan crear fuentes de empleo».
Forrester conceptualiza a la competencia como un juego convenido entre quienes
pretenden imponerla. Funciona como un club privado donde se logran
acuerdos y no hay enfrentamientos. Los dueños de las ganancias
manipulan a todos los actores y sólo quienes tienen membresía
conocen los verdaderos objetivos y funcionamiento de la dominación.
A los plebeyos que se atreven a cuestionarlos tratan de convencerlos
de que es destino natural de la humanidad el fenómeno de
la globalización y que no es culpa de ellos como evoluciona
el mundo, sino consecuencia de la dinámica de la economía
privada.
El sistema ultraliberal nos dice la autora, tiene una
ideologia que no admite sino una lógica, la de la ganancia
privada; en un esquema creado para dar la sensación de
que no existe otra alternativa. El poder financiero difunde los
valores de la «economía de mercado». No se
admite discusión sobre los «valores virtuales»
de la economía de mercado ya que es el modelo único
de sociedad donde se combinan todos todas las libertades democráticas.
La nueva dictadura creó una opinión pública
internacional que estrangula a aquellas élites políticas
que tratan de convertirse en conciencia de la dignidad de los
pueblos que representan. Quienes lo intentan, son aislados en
su localidad, por pensar diferente.
En el texto se explican los mecanismos bajo los cuales la lógica
de la ganancia y la especulación rebasaron a los problemas
que tradicionalmente la economía padecía. Hoy los
objetivos de las politicas financieras, en apariencia, deben centrarse
en bondades para los trabajadores. Sin embargo, la verdadera esencia
de éstas, radica en como acumular más ganancia,
sin importar sus consecuencias sobre la población, el impacto
en el ambiente, el desarrollo de la civilización, etc.
Al final del texto se propone que la prioridad en estos tiempos es
rechazar «el horror económico» , salir de la
trampa y a partir de ahí continuar. Se propone que lo urgente
no es resolver los problemas falsos planteados por el adversario,
sino en priorizar los verdaderos problemas y enfrentar aquello
que los provoca.
Forrester recomienda a sus lectores que no se trata únicamente de
rechazar todo. Es necesario darse cuenta del entorno, comprender
donde estamos y analizar hacia donde puede conducirnos esta «nueva
realidad» impuesta por la propaganda del ultraliberalismo.
La misión para enfrentar a la «extraña dictadura»
es rescatar la dignidad humana: no puede ser la prioridad el lucro
ante el conjunto de los seres humanos.
por Miguel Ángel Maggi Aguilera, Coordinador Académico del Icadep Nacional
Extracto:
En esta época de política única, globalizada, ¿sabemos
bajo cuál régimen vivimos? ¿Advertimos que se trata
de un régimen político y cuál es su política?
¿Nos preguntamos qué función puede tener la pluralidad
de formaciones diversas, indispensables para la democracia, ahora que
reina de manera cada vez más abierta la afirmación, que
sería blasfemo rechazar, de que la economía de mercado representa
el único modelo posible de sociedad?
No hay alternativa a la economía de mercado: pretender
que existe un solo modelo de sociedad, sin alternativa, no sólo
es absurdo sino directamente estalinista. Y esto es así, cualquiera
que fuese el modelo propuesto. Es un discurso dictatorial que sin embargo
define el espacio en el cual nos encontramos confinados. Un espacio que
en apariencia no depende de ningún régimen. Pero la economía
no ha triunfado sobre la política. Lo contrario es verdad.
No asistimos a la primacía de lo económico sobre lo político
sino, por el contrario, a la relegación del concepto mismo de economía,
que cierta política trata de sustituir por los dictados de una
ideología: el ultraliberalismo.
La globalización parece estar generalizada y asociada con la economía
y no con la política, pero en realidad no se trata de la economía
sino del mundo de los negocios, el business, que hoy está entregado
a la especulación. Y a su vez es una cierta política, la
del ultraliberalismo, la que intenta por ahora con éxito
liberarse de toda preocupación económica, desviar el sentido
mismo del término economía, antes vinculado
con la vida de la gente y ahora reducido a la mera carrera por las ganancias.
Un ejemplo del ostracismo de la economía verdadera y la ineficacia
arrogante es el triunfal milagro asiático, tan festejado,
exhibido como prueba indiscutible de los fundamentos ultraliberales. Y
su derrota. La conversión brutal del milagro en un
fiasco preocupante. Ésta es una situación que se ha vuelto
clásica: en función de las ganancias, se pretende exportar
un sistema económico sin tener en cuenta la población. De
ahí la implantación brutal, colonialista, en regiones incompatibles,
de mercados ávidos de mano de obra con salarios de hambre, sin
garantías laborales ni leyes de protección social, que son
consideradas arcaicas. Estos mercados están ávidos
de la libertad pregonada por los exegetas del liberalismo;
una libertad que permite suprimir la de los demás al
otorgar a unos pocos todos los derechos sobre la gran mayoría.
Una libertad que permite en ciertas regiones del globo aquello
que prohíben en otros los progresos sociales tachados de arcaicos.
Como resultado, se obtienen ganancias alucinantes en tiempo record y,
en el mismo lapso, la derrota absoluta, el derrumbe lamentable de la apoteosis
asiática, modelo ejemplar del sueño liberal. Quedan de ello
las gigantescas megalópolis, soberbias y desiertas, incongruentes
en esos lugares, y la miseria agravada de los pueblos. Mientras los campeones
de esta epopeya, incapaces de controlar o siquiera comprender el desastre,
indiferentes a los pueblos sacrificados, sólo se interesan por
remendar unos mercados financieros cuyos caprichos resisten cualquier
intento de manejarlos. Y de huir o adquirir por monedas los restos de
esos países en liquidación. Una vez más, el ultraliberalismo
pretendió hacer economía y sólo hizo negocios. Pretendió
hacer negocios y sólo hizo especulación.
A partir de estas confusiones y engaños se despliega, de manera
inadvertida, una política destructora de las demás, que
después de anularlas y sustituirlas puede pretender que no queda
ninguna política, ni siquiera la que ella misma encarna y que reina,
única y disimulada, sin temer oposición alguna.
Semejante neutralización de la política proviene evidentemente
de una resolución extrema que sólo mediante una acción
y propaganda exacerbadas puede lograr su objetivo, el de un régimen
político único, vale decir totalitario, que reina sobre
un vacío. Es un régimen autoritario capaz deimponer las
coerciones reclamadas y otorgadas por su poder financiero sin poner de
manifiesto el menor aparato, el menor elemento que deje traslucir la existencia
del sistema despótico instaurado para implantar su ideología
imperiosa. Esta política se pretende realista a la
vez que impone una indiferencia asombrosa respecto de la realidad.
Es una política única, dispuesta a divorciarse de la democracia,
pero por ahora lo suficientemente poderosa para no interesarse en hacerlo.
Una política, digamos mejor un nuevo régimen,
oculto detrás de hechos económicos supuestamente ineluctables,
tanto menos advertidos por la sociedad por cuanto ésta respira
y circula en una puesta en escena y una estructura democráticas.
Lo cual no carece de importancia; lejos de ello, debemos conservarlas
a toda costa mientras aún haya tiempo para liberarnos de este régimen,
de esta extraña dictadura que cree poder darse el lujo, mientras
sea poderosa, de mantener el marco democrático.
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