R
ealmente
vivo en una época sombría. La palabra inofensiva es
estúpida. Una frente lisa es signo de insensibilidad.
El hombre que ríe no se ha enterado aún, simplemente, de la terrible
noticia.
Ese hombre que cruza silenciosamente la calle está, es lo más
probable, fuera del alcance de sus amigos, en apuros.
Es verdad que yo puedo aún ganarme el sustento, pero, creedme, eso es
mero accidente. Nada de lo que yo haga me da derecho a comer hasta
hartarme. Sólo me he librado por casualidad. (Si no tengo suerte,
estoy perdido.)
Me dicen, come y bebe. Da las gracias por lo que tienes.
Pero... ¿cómo puedo comer y beber si le estoy arrebatando la comida al
hambriento y alguien ansía mi vaso de agua?
Los escritores de la antigüedad nos dijeron qué es la sabiduría:
mantenerse alejado de las luchas del mundo y gastar sin temor nuestra
breve vida y cruzarla además sin violencia, responder al mal con el
bien. No satisfacer los propios deseos, sino olvidar se considera una
prueba de sabiduría.
Todo esto yo no lo puedo hacer: realmente vivo en una época sombría.
Vine a las ciudades en tiempos de desorden, cuando reinaba allí el
hambre.
Vine al pueblo en una época de rebelión y me rebelé con él.
Así pasó el tiempo que me habían asignado sobre la tierra.
Comí mi alimento entre batallas, para dormir me tendí entre los
asesinos, practiqué con negligencia el amor y observé sin paciencia a
la naturaleza.
Así pasó el tiempo que me habían asignado sobre la tierra.
Todos los caminos llevaban al fango en mi tiempo, mi manera de hablar
me delataba al matarife.
Yo no podía hacer mucho. Pero confié en que los que estaban en el
poder se sentirían más a salvo sin mí.
Así, pasó el tiempo que me habían asignado sobre la tierra.
Tú, que emergerás de la crecida que nos ha cubierto, piensa también
cuando hables de nuestras debilidades en la época sombría de la cual
has escapado. Pasamos cambiando de patria más a menudo que de zapatos,
a través de la guerra de clases, perplejos cuando sólo había
injusticia y no gritería.
Y, sin embargo, sabemos:
el odio,
hasta contra la degradación,
deforma las facciones.
La ira,
hasta contra la injusticia,
enronquece la voz.
Oh, nosotros, que queríamos preparar el terreno de la amistad, no
podríamos mostrarnos amistosos.
Pero vosotros, cuando las cosas hayan llegado tan lejos que el hombre
le ayude al hombre, tenedlo en cuenta cuando penséis en nosotros.
Por Bertolt Brecht
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