os Juegos Olímpicos hace mucho tiempo que dejaron de ser ese punto de encuentro entre los pueblos. Desde que comprobaron que era más productivo como negocio que como espacio para la paz y la solidaridad.
La excusa esgrimida es que los Juegos ayudarán a la apertura del régimen autoritario chino. Un país donde se persigue a los disidentes políticos y religiosos, que sojuzga a otro país como es el Tibet, y que ostenta el triste récord de ejecutar a más personas que todos los demás países que aplican la pena de muerte juntos, está claro que necesita aires de democracia.
Ese también era el caso de Berlín en 1936 y de Moscú en los 80. ¿Se abrieron esas dictaduras, se democratizaron o más bien sirvió para hacer un lavado de imagen de esos regimenes ante la opinión pública mundial? Conceder un acontecimiento de la dimensión de los Juegos Olímpicos sólo sirvió (y servirá) para reforzar a los dirigentes y a su sistema político ante su pueblo, no a democratizar sus estructuras.
China, el primer mercado del mundo, es un bocado demasiado sabroso para que las multinacionales que patrocinan los Juegos lo dejen escapar. Y las cifras de los contratos televisivos que ha conseguido el COI son mareantes.
Lo importante es participar... de los beneficios. El COI y las multinacionales ya se han colgado la primera medalla de oro con la elección de China.
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