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La Pluma Rebelde

- El fin de la impunidad -

Pinocho

El sobreseimiento de la causa contra Pinochet por su presunta demencia senil no debe empañar el gran éxito de la justicia: la impunidad de dictadores, torturadores y autores de crímenes contra la humanidad se acaba.

Era baldón para la democracia y los derechos humanos ver cómo esa gentuza podía ser recibida como jefes de estado con todos los honores en naciones democráticas; cómo esquilmaban a sus ciudadanos, muchos de ellos viviendo en condiciones de pobreza, mientras sacaban verdaderas fortunas hacia paraísos fiscales (algunos muy cercanos, como Suiza); cómo hacían gala de un profundo fervor religioso mientras no les temblaba la mano para ordenar ejecuciones o cometerlas ellos mismos. Pero mayor vergüenza era comprobar como los países que presumían de democracia miraban hacia otro lado y toleraban todos esos desmanes.

Pinochet se ha salvado de ser enjuiciado en Chile, pero se ha tenido que agarrar a la única excusa legal que podía librarle de la cárcel: hacerse el loco. El gobierno de Yugoslavia ha entregado a Milosevic al Tribunal Penal Internacional para que se desbloquease la multimillonaria ayuda económica que necesitaban para levantar al país. Tampoco debemos olvidar el juicio en Bélgica contra varios ciudadanos ruandeses (incluidas dos religiosas) involucrados en las masacres de tutsis (el mayor crimen contra la humanidad desde la II Guerra Mundial) que desencadenaron la guerra civil en el pequeño país africano y en el que la antigua metrópoli belga tuvo su parte de responsabilidad.

Puede decirse, por tanto, que todavía hay mucho camino que andar, cuando los países anteriores han actuado como lo han hecho más por razones políticas o de interés nacional que por defender la justicia y la democracia. Pero es mejor eso que nada, cuando menos es un primer paso hacia el fin de la impunidad.

Militares sudamericanos responsables de actos execrables durante las dicturaduras que sojuzgaron sus países, sátrapas africanos que alentaron el odio intertribal para mantenerse en el poder, incluso algunos militares israelíes y el mismo presidente Sharon evitan viajar a algunos países europeos por miedo a ser detenidos y juzgados por sus crímenes.

Algo está cambiando y por una vez para bien. La impunidad criminal se acaba. Los dictadores y torturadores deben saber que si nunca contaron con el beneplácito del resto de la comunidad internacional aunque sí con su ceguera, ahora tampoco estarán seguros fuera de sus fronteras.

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© Ferreres, por la ilustración


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