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La Pluma Rebelde
- Ayuda humanitaria -
El
gobierno conservador español nunca se ha caracterizado por hacer gala de un compromiso solidario, quedándose
en este aspecto (como en tantos otros) bastante lejos de lo que es habitual en otros países de nuestro entorno.
Una racanería gubernamental que sorprende cuando se dice que España es la décima potencia industrial del mundo.
Y sorprende aún más cuando, periódicamente, el presidente Aznar reclama formar parte del G-7 mientras al mismo
tiempo seguimos recibiendo ayudas multimillonarias de los fondos europeos, como se encarga de recordarle el
canciller alemán, no sin sorna.
Con motivo de las penurias que está sufriendo el pueblo de Afganistán,
ACNUR inició una campaña de recogida de fondos para socorrerlo. El generoso gobierno español ha contribuido
con la astronómica cifra de 90 millones de ptas. (unos 500.000$). Otros países, en peor situación
económica que la nuestra, han aportado mucho más. Es paradójico que uno de aquéllos sea Venezuela, no hace
tanto devastada por un huracán, y que ha dado el doble. Y digo paradójico porque en aquella emergencia
humanitaria en Centroamérica nuestro caritativo gobierno escurrió el bulto en el apartado económico y
tuvo que ser el pueblo español el que suplió esa vergonzosa deficiencia con su generosidad. Fue la solidaridad
del ciudadano de a pie y no otra la que hizo que España pudiera ayudar en lo necesario a aquellos países y
que no se quedara todo en la paupérrima aportación del ejecutivo español.
Tal vez el problema estribe en que los descendientes de la derechona
rancia que ahora nos gobiernan confundan con demasiada facilidad caridad con solidaridad, y que los adalides
del neoliberalismo que también forman parte del partido del gobierno piensen que los pobres lo son por su
propia culpa y que si no hacen nada para revertir su situación entonces tienen lo que se merecen, calcando
los peores defectos del pensamiento norteamericano. En resumidas cuentas, poseen un grave déficit de sensibilidad
social, algo que ya nos han demostrado en diversas circunstancias.
Volviendo al tema afgano, el gobierno español parece que sólo está
interesado en enviar tropas que ayuden a EE.UU, pero de cualquier otro tipo de ayuda para el pueblo afgano,
nada de nada. Comienza a tornarse enfermiza esa fijación en enviar soldados a esa guerra. Ese ardor guerrero
gubernamental constrasta con el crecimiento negativo que experimenta el Ejército español: son más los soldados
profesionales que piden la baja que los que se incorporan a filas. De ahí debe venir el nuevo invento del PP:
el patriotismo constitucional, pero esa es otra historia.
Sin embargo, no nos engañemos: hasta ahora esa pretendido aventurerismo militar español no
ha sido más que una pose cara a la galería estadounidense y la opinión pública local
que una aspiración real. Por un lado, tal vez porque el pueblo español, una vez superado el impacto de las
imágenes del 11-S y atrapados ahora por las imágenes de los daños colaterales, no tenga tan claro esa
política del "todo vale" para conseguir los objetivos estadounidenses, máxime cuando los mismos en ocasiones no parezcan
muy claros bajo esa pretendida patina de antiterrorismo (el petroleo, por ejemplo), y posiblemente no estaría
dispuesto a soportar el regreso de sus hijos en bolsas de plástico, algo que sí aceptan, hoy por hoy, los
norteamericanos. Lo cual, en absoluto quiere decir que no se apoye el fin del terrorismo. Otra cosa muy
distinta es la manera de combatirlo y erradicarlo.
Lo curioso es que nuestro guerrero gobierno ha sido el último de los
aliados dispuestos a enviar tropas en cuantificar los soldados que España puede enviar. Fue de los primeros
en subirse al carro, y el último en emprender el viaje. Ahora resulta que el señor Aznar esperaba las
recomendaciones del Estado Mayor y conocer el coste de la aventura bélica para las arcas estatales para decidirse. Casualmente, ese
dilema se ha resuelto cuando los talibanes han emprendido la desbandada. Así, en esta historia en la
que Aznar y sus adláteres querían estar en misa y repicando campanas a la vez, resultará que, una vez más,
todo se reducía a dinero: el envío de tropas costará unos diez mil millones de ptas. Claro, por eso sólo
pudieron dar 90 millones a ACNUR. Total, todo es para Afganistán, ¿verdad, señor Aznar?
Siguiendo esa línea de coherencia en política exterior, tan propia de
nuestro centrado gobierno, resultan más efectivos diez mil millones para tropas que noventa millones en ayuda humanitaria.
Seguro que el pueblo de Afganistán pensará lo mismo, sobre todo este invierno, y agradecerá a España tal
muestra de tamaña generosidad.
© Ferreres y Jaume Bach-Ramón Miravitllas, por las ilustraciones
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