Estremecidos ante la brutalidad de la política de Ariel Sharon hacia los
palestinos, muchos de los observadores habitualmente cercanos a las posiciones
de Israel suelen empezar sus comentarios de los últimos tiempos con una
afirmación tan extemporánea como significativa: la de que las razones que
avalaron en 1948 la creación de un Estado para los judíos en el territorio del
Mandato británico sobre Palestina siguen siendo válidas más de medio siglo
después. Al dirigir el debate por este insondable derrotero -que en el fondo
lleva a sustituir la controversia política por otras de índole bíblica,
histórica o moral-, ponen implícitamente al descubierto dos de los prejuicios
que más han entorpecido y entorpecen la comprensión del conflicto que enfrenta a
palestinos e israelíes desde hace más de medio siglo. El primero es el de que
cualquier crítica a Israel, sea a la utopía que le sirvió de fundamento, sea a
sus políticas concretas, esconde un soterrado deseo de echar a los israelíes al
mar, cuando no un antisemitismo inconfeso. El segundo, estrechamente vinculado
al anterior, es el de que un Estado en cuyo nacimiento se encuentran los
sentimientos de humanismo y de piedad tiene que ser a su vez, y por definición,
un Estado que actúe de acuerdo con los mismos sentimientos.
De la confrontación de estos prejuicios con la estremecedora evidencia de los
tanques enviados por Sharon a Yenín, Belén, Ramala y demás ciudades palestinas
puede surgir, en efecto, esa imperiosa necesidad de evocar a estas alturas la
validez de los orígenes. Pero resulta que lo que la brutalidad de la política de
Ariel Sharon hacia los palestinos ha puesto en tela de juicio, aquello sobre lo
que ha arrojado unas sombras cada vez más espesas, no es sobre la existencia de
Israel ni sobre la validez de sus fundamentos como Estado, en el que hoy viven
seis millones de personas contra las que ningún atropello resulta aceptable.
Antes al contrario, lo que ha puesto en entredicho es algo más inmediato y
contrastable: la verdadera naturaleza de sus acciones frente a unos execrables
crímenes terroristas. En este sentido, y sea cual sea la opinión que se tenga
sobre la utopía sionista y sobre las razones que empujaron a las potencias
vencedoras en la Segunda Guerra Mundial a facilitar su triunfo, lo único cierto
es que, a día de hoy, Israel no dispone de un solo argumento aceptable para
mantener la ocupación de Cisjordania y de Gaza. Las invocaciones a la seguridad
con las que ha respondido durante 35 años a cualquier exigencia de retirada se
han revelado a la vez falsas y miserables. Falsas, porque si algo parece
evidente tras el fracaso de docenas de planes de paz intentados desde el 67, y
amontonados sobre la mesa varios miles de cadáveres, es que los objetivos de
mantener la ocupación y alcanzar la seguridad son radicalmente incompatibles, a
no ser mediante la deportación masiva o el exterminio de los palestinos.
Miserables, porque Israel no ha estado haciendo otra cosa que invocar un gran
principio para, bajo su cobertura, emprender una anexión de hecho de las aldeas
y ciudades palestinas a través de una espesa red de asentamientos, a la que
nunca han dejado de dar su beneplácito ni los gobiernos del Likud, ni los
gobiernos laboristas, que son, por otra parte, los que ostentan el récord de
construcción.
La sistemática ocultación de este hecho a la opinión occidental, unida al
permanente consentimiento por parte de las grandes potencias, ha propiciado el
caldo de cultivo en el que han prosperado simplificaciones de todo signo.
Simplificaciones como la de suponer que la violencia que padece Israel es
consecuencia del 'fanatismo musulmán', no de una resistencia a la ocupación en
la que, para desgracia de todos, empezando por los propios palestinos, los
grupos partidarios del terrorismo están logrando capitalizar la simétrica falta
de escrúpulos de personajes como Bibi Netanyahu o Ariel Sharon, encaramados al
poder con programas que rechazaban la retirada. Pero también simplificaciones
como la de considerar que lo que ocurre hoy en Israel es una nueva versión de
ese fatídico fenómeno por el que un pueblo víctima acaba convirtiéndose en
verdugo. Conviene dejarlo claro de una vez: las responsabilidades de Ariel
Sharon en la conducción de la abominable política por la que deberá rendir
cuentas alguna vez son de Ariel Sharon en exclusiva, y en nada implican a
quienes perdieron la vida a manos del horror nazi o de tantos otros pogromos a
lo largo de la historia. Ariel Sharon ni habla ni puede hablar en nombre de
ellos. Primero, porque la defensa de las víctimas sólo resulta aceptable si se
hace en virtud de unos principios de humanidad que está claro que Sharon no
comparte, no en virtud de que determinadas víctimas son nuestras víctimas y de
que, puesto que lo son, ello nos legitima para provocar cuanto sufrimiento
convenga a nuestra causa. Segundo, porque admitir que Sharon es el portavoz de
tormentos pasados supondría dar por descontado que las víctimas judías de todo
tiempo y lugar estarían unánimemente de acuerdo con unos comportamientos con los
que la propia sociedad israelí no lo está, como lo demuestra el movimiento de
reservistas que se han negado a combatir en los territorios ocupados o las
organizaciones civiles contra la ocupación o las demoliciones de casas. Unos y
otras encarnan sin lugar a dudas la mejor tradición del judaísmo, la lección más
universal de su sufrimiento.
Restablecer la realidad de lo que está pasando en Oriente Próximo, una realidad
marcada por una despiadada ocupación militar que dura 35 años y que tiene en
perspectiva no la seguridad de Israel como se repite una y otra vez, sino simple
y llanamente la anexión, constituye un paso inexcusable para el logro de
cualquier arreglo. Por eso resultan inaceptables las doloridas declaraciones de
algunos prestigiosos portavoces del laborismo israelí, todavía hoy indignamente
comprometido con el Gobierno de Sharon, que hablan de la necesidad de enviar a
la zona fuerzas internacionales de paz, pero que en cambio no dicen una palabra
sobre el fin de la ocupación o los asentamientos. En relación con éstos, lo
máximo que aceptan es convertirlos en parte de un arreglo global, lo que en el
fondo no significa otra cosa que transferir a los palestinos un problema que
Israel ha creado con alevosía y que, por tanto, Israel debería haber llevado
resuelto a cualquier mesa de negociación si de verdad aspiraba a un futuro
distinto del de establecerse sobre un territorio despoblado a sangre y fuego.
Como bien saben quienes lo conocen, Sharon no le hace ascos ni a eso ni a nada,
y de ahí que se haya permitido lanzar sus tanques contra poblaciones indefensas,
ordenar ejecuciones sumarias, convocar a los varones a golpe de megáfono para
ser marcados, utilizar escudos humanos en los registros casa por casa, impedir
el paso a los servicios médicos, destruir infraestructuras civiles o expulsar a
cualquier testigo imparcial de estas y otras atrocidades. Y no sólo eso, sino
que además se haya arrogado el derecho a escoger él, Ariel Sharon, los
interlocutores que deben hablar en nombre del pueblo palestino. Según anunció
con motivo de su penúltima visita a Washington, y ello sin que nadie se
escandalizara ante la magnitud del atropello, los nombres los tiene ya en la
cartera, y lo único que falta es deshacerse de Arafat, un dirigente que merecerá
el crédito y la confianza que merezca, pero que fue elegido por los palestinos
en las elecciones del 16 de enero de 1996. Mientras permaneció asediado en un
búnker sin agua, luz ni comunicaciones, Sharon le acusó con este propósito de
ser el responsable de los atentados suicidas y le exigió que redoblase sus
esfuerzos contra el terrorismo. Al mismo tiempo, y según observó con asombro un
diplomático buen conocedor del problema, ¡mantiene al líder de Hamás, el jeque
Yasín, en un régimen de arresto domiciliario que no le impidió conceder
entrevistas periodísticas con un Kaláshnikov sobre el regazo!
A la vista del comportamiento de los tanques y soldados israelíes con la
población palestina, constituye un ejercicio fuera de lugar entretenerse en
dirimir si ciertas comparaciones históricas son apropiadas o no. Lo relevante es
enjuiciar comportamientos y, en concreto, aclarar si la política de Ariel Sharon
es una acción de defensa por parte de un país agredido, y no la represalia
indiscriminada de un país ocupante; si su represión de los palestinos es un
episodio de la absurda 'guerra contra el terrorismo' en la que nos vemos
embarcados, y no una de sus causas más ciertas; si la diaria ración de muerte
que siembra en Cisjordania y Gaza busca en primer término evitarla entre los
israelíes, y no consumar una expropiación territorial y el desistimiento de las
víctimas. Si, como se apresuran a señalar una vez más algunos prestigiosos
portavoces del laborismo, estas atrocidades son sentidas como una 'guerra
legítima por parte de los israelíes', entonces ya se entiende por qué este
conflicto conmueve de tal manera a nuestras sociedades. Ahora, en efecto, ya
está claro: lo que estamos discutiendo no son unos sucesos luctuosos que tienen
lugar en Tierra Santa, ni los pormenores de unos conflictos religiosos de otro
tiempo; lo que estamos discutiendo es, en definitiva, la vieja aporía de qué
posición debe adoptarse cuando un país elige democráticamente acabar con la
democracia.
Por Luis Carlos
Fuente: soc.culture.spain
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