egún
las últimas estadísticas, España es un país de cuarenta millones de ciudadanos desinformados (20.000 según el gobierno).
La guerra de cifras entre los miembros del ejecutivo y los dirigentes de los dos sindicatos mayoritarios ha alcanzado extremos simplemente ridículos; una guerra desigual, pues los diarios y las cadenas de televisión, tanto públicas como privadas, han colocado sus gabinetes de propaganda al servicio de sus intereses corporativos. En la huelga general del 20 de junio, antes que una ley de más o de menos, otro recorte que sumar a los muchos que se han sucedido los últimos quince años, se ha jugado la capacidad de crear opinión en el ciudadano y de movilizarlo. El partido del gobierno tenía ventaja: su estrategia no es movilizadora, sino inmovilista, en la línea paranoide de este neoliberalismo que durante dos décadas ha hecho creer a muchos que es posible una democracia sin demócratas, sin derechos, sin ejercicio de las libertades, sin cultura, y que ha convertido a las jerarquías "naturales" y a una ciudadanía sumisa en los dos pilares de su proyecto. Bastaba con sembrar la confusión y dejar que la estructura del miedo laboral funcionase empresa por empresa. El turno en la partida le correspondía a los sindicatos. ¿Cuántos trabajadores estaban dispuestos a arrostrar la espada de Damocles de un despido? Sea el 84 por ciento de la población activa o el 15 o el 50, aunque hubiera sido uno solo, es importante subrayar que quienes se sumaron a la huelga y quienes acudieron, por ejemplo, a la multitudinaria manifestación de Madrid, lo hicieron pese a que los líderes de izquierda siguen hoy día sin definir un proyecto alternativo. Era una huelga para no seguir perdiendo, y no para comenzar a ganar.
En toda guerra la primera víctima es la verdad, suele decirse. Sin embargo, en esta lucha cívica, pacífica y pacifista, la verdad, tan despreciada y pisoteada, comienza a aflorar. Nunca, en veinticinco años de simulacro democrático, se han visto caer tantas máscaras tan rápidamente. Vivimos en una sociedad de la información, y quienes la dominan corporativamente, antidemocráticamente, la han manipulado ahora hasta la temeridad, ensoberbecidos por su acumulación de poder incontestado, por contar incluso con el silencio cómplice y arribista de muchos periodistas e intelectuales presuntamente de izquierdas que han callado lo que ni siquiera en una democracia de mínimos debe callarse.
Puesto que algún publicista con carné de periodista tendrá la tentación de decir que miento, pondré un ejemplo: "La Biografía del Corte Inglés, de [Javier] Cuartas, salió publicada en enero del 91 por Espasa-Calpe, del BBV, que hizo una tirada de 20.000 ejemplares, comprados íntegramente por este grupo en medio de un gran silencio provocado por el boicot en prensa sobre este tema" (Santiago Miró en "Zeta, el imperio del zorro", editorial VOSA, Madrid, 1997). El Corte Inglés, hoy día la mayor librería de España, es una empresa que censura libros. En 1991, "Biografía del Corte Inglés" ni siquiera fue registrado en el ISBN del Ministerio de Cultura, y el autor tuvo que publicarlo un año y medio después en una pequeña editorial de Barcelona, cuando recuperó los derechos, para ser nuevamente ninguneado. Atentado contra la libertad que todos conocían, desde la A hasta la Z, y que todos callaron. Un ejemplo que, por desgracia, es moneda común en una sociedad que se pretende informativamente libre.
Por José Marzo - http://www.arrakis.es/~lavf
Publicado en La Insignia
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