omo
ciudadano argentino les ruego, no nos otorguen más préstamos. Les
agradecemos la asistencia técnica y financiera que nos han prestado hasta
ahora, pero como está a la vista, la mendicidad permanente no nos ha dado
mayores beneficios y vuestra asistencia técnica, a pesar de los monitoreos
constantes, respetuosamente, ha resultado un fiasco. Francamente hemos
llegado a pensar que la ciencia económica se reduce a una sola materia: el
ajuste perpetuo.
No dudamos de su buena voluntad, pero los hechos parecen demostrar que la
globalización y la apertura de los mercados es un camino de una sola mano,
con abismo incluido al final. Sólo nos ha servido para que nos inunden de
productos manufacturados por mano de obra esclava y para que nuestros
trabajadores queden desocupados o sean cada vez más explotados, mientras
nuestras exportaciones chocan contra las innumerables barreras que nos
imponen los países centrales. Ya adquirimos demasiados espejitos de colores
en nuestra historia. Y que decir de la libre circulación de los capitales,
que ha generado una permanente inestabilidad en los países más débiles, que
sufrimos sus idas y venidas. La urgente necesidad de una regulación mundial
en tal sentido es tan obvia que cuesta pensar que todavía no se haya ni
siquiera esbozado.¿No sería vuestra responsabilidad impulsarla?
Estamos un poco cansados de humillaciones e imposiciones y francamente
preferimos recuperar algo de eso que, si mal no recuerdo, se llamaba
dignidad. Para ello, claro, vamos a tener que elegir mejor nuestros
dirigentes y asegurarnos que no sean más del tipo
genuflexo-corrupto-mendicante.
Seguramente vamos a tener que olvidarnos también, por un buen tiempo, de
nuestro desaforado consumismo, habrá que recordar que las mejores cosas de
la vida son gratis y empezar a valorarlas y disfrutarlas. Los chirimbolos y
pseudos servicios con los que nos han atiborrado en los últimos años son muy
bonitos y modernos pero nos han complicado tanto la existencia que ya sólo
trabajamos para pagarlos. Ultimamente nos hemos convertido en rehenes de los
grandes grupos económicos que nos esquilman con los peajes y las tarifas más
caras del mundo. Ya no somos ciudadados, desde el momento que no tenemos
representantes ni derechos, sólo consumidores y para colmo sin defensa
alguna de los monopolios. ¿No será hora de buscar mejores motivos por los
cuales vivir y trabajar que acceder al telefonito celular de última
generación? Digo, si no queremos ser la última generación de argentinos que
lleve ese gentilicio. Si era importante tener un reloj que de la hora a
cincuenta metros de profundidad o que nos informe si llueve en Tokio, tendrá
que dejar de serlo.
Será indispensable también ejercitar más la solidaridad y la creatividad. Ya
pasamos demasiado tiempo viendo hundirse en la miseria a millones de
nuestros compatriotas sin inmutarnos. Por ahí descubrimos que es mejor
volver al trueque que correr detrás del dólar y que es mejor ayudar que
esperar que nos ayuden.
Habrá que revisar también nuestro concepto de liberalismo económico, que no
parece ser igual al de los libros. Aquí no se puede regular la abusiva tasa
de interés que cobran los Bancos porque ese es aparentemente un atentado a
las reglas del libre mercado, sin embargo, cuando las cosas se ponen
difíciles, hasta los Bancos extranjeros -que al decir de un ex-presidente del
Banco Central darían mayor solidez al sistema- claman por la intervención
estatal. Lo mismo ocurre con todas las empresas que repelen cualquier
intento de regulación o de gravamen a su actividad pero exigen y consiguen,
llegado el caso, la pesificación de sus deudas y muy convenientes seguros de
cambio, que finalmente pagamos todos. Ser auténticamente liberales
implicaría permitir que cada uno ahorre como quiera para su vejez y no
armarle otro negocio a esos mismos Bancos para que cobren exorbitantes
comisiones por administrar los fondos jubilatorios, cada vez más devaluados,
para peor. En este pseudo liberalismo los trabajadores son los únicos que no
pueden reclamar indemnizaciones integrales cuando sufren un siniestro. Así
pasamos de la industria del juicio a la industria de las ART sin
preocuparnos demasiado por la suerte de esos trabajadores, en cuyo nombre
supuestamente se legisló. Pero el colmo del cinismo campea en aquellos que
impulsan la denominada "modernización laboral", cuando en realidad lo que
se pretende con ella es volver a principio de siglo y barrer con todas las
leyes en las que, durante décadas, se plasmaron las conquistas de los
trabajadores.
Les agradecemos, Srs. del F.M.I., los ingentes esfuerzos que realizaron para
imponer esas leyes y la política globalizante y neo-liberal que
recomendaron, pero ella sólo benefició a las grandes empresas y no a las
personas individuales, que hoy estamos más desprotegidas que nunca. Pero lo
peor que nos ha sucedido es que hemos perdido la democracia, arrasada por
los intereses económicos cuyo peso fué mucho más grande que nuestros votos.
Es cierto que primero creímos en la doctrina inapelable que se nos dictaba
desde los centros majestuosos del progreso y la civilización y casi llegamos
a convencernos que hasta podríamos pertenecer al círculo de los elegidos,
pero cuando empezamos a percibir que tal milagro no sucedería, pensamos
ingenuamente que nuevos representantes seguirían el camino señalado por las
urnas. Sucedió todo lo contrario y hoy casi no queda nadie en quien creer y
a quien votar, con lo cual la democracia ha resultado vaciada de contenido.
Deberemos cambiar entonces nuestra actitud frente al Poder. Hasta ahora
hemos sido sumisos y obedientes y hemos escuchado, reverentes, el discurso
único con que economistas y periodistas "neo-miserables" nos han saturado
hasta el punto de convencernos que, a pesar de lo que reza nuestra
Constitución Nacional, sólo los inversores tiene derecho de propiedad, pero
no gozan de él trabajadores y jubilados. En los últimos días desde los más
caracterizados matutinos de nuestro país, convenientemente pesificados,
periodistas muy respetables nos ha alertado sobre la inseguridad jurídica
que se abate sobre nosotros, pero cual no sería nuestra sorpresa al
descubrir que no se referían a nuestros ahorros atrapados en el corralito ni
a nuestros contratos privados hechos añicos, sino al incumplimiento de las
concesiones de las empresas de servicios públicos y al hecho de que algunos
jueces y fiscales "demagógicos y populistas" han osado procesar a dignisimos
banqueros, absolutamente inocentes de lo ocurrido en el sistema financiero.
¿Es que ellos son una casta sagrada al margen de la Justicia? ¿Es que no hay
suficientes indicios para investigarlos?
Los violentos escraches que habrán visto en las calles de Buenos Aires deben
cesar inmediatamente, de eso no hay duda, lo harán en cuanto funcione la
Justicia y se acabe la impunidad, pueden estar seguros. Lo mismo sucederá
con esas rebeldes asambleas populares que tanto atemorizan a nuestros
dirigentes, algunos de ellos cargados de antecedentes democráticos,
lamentablemente olvidados a partir del Pacto de Olivos, el partero de la
mayoría de nuestros males. Para eso sólo hay que esperar nuevas elecciones
y que se cumpla el mandato popular expresado en ellas.
Tal vez deberíamos revisar también el concepto de las "relaciones carnales",
ya que ha quedado claro que, no siendo una relación igualitaria, se asemeja
mucho a una brutal agresión sexual, por no describirla más groseramente.
Quizá resulte peligroso, ahora, que en cualquier momento se nos puede
calificar de nación terrorista y hostil en medio del silencio cómplice de
las potencias satélites, pero también puede suceder que la resistencia se
"derrame" por el Continente -ya que no lo hizo la prosperidad- y que alguien
empiece a respetar a los latinoamericanos de una buena vez por todas.
Nuestros economistas y periodistas "neo-miserables" nos aterrorizarán una
vez más con la cantidad de calamidades que caerán sobre nosotros si hacemos
todo esto, pero no nos asustan demasiado las catástrofes ya sufridas. De
paso sería bueno que se blanqueara la situación laboral de esta gente, no
es posible que sigan recibiendo sobres bajo la mesa todos los meses y nadie
sepa quien se los entrega, por más que se sospeche, eso perjudicará sus
futuras jubilaciones.
No nos olvidamos tampoco, que además Uds. pretenden cobrar y obviamente
tienen derecho a hacerlo. Todo lo que sobre después de la alimentación,
salud, vivienda y educación de nuestro Pueblo, será para pagar vuestros
créditos. ¿No querrán que nuestros pobres sean más pobres que los cubanos,
los chicos malos de América, que tienen todo eso y que además no deben
soportar el espectáculo obsceno de los irritantes privilegios al que nos
sometieron por años nuestros corruptos dirigentes?
Un último pedido, a ustedes que viajan tanto por el mundo. Sabido es que la
cuestión de los derechos humanos no es de vuestra incumbencia, pero si pasan
por Guantánamo, les ruego se informen sobre la situación de los detenidos
allí, no está muy claro si son prisioneros de guerra, delincuentes comunes,
personas o que.
Señores del F.M.I., les aseguramos que no cejaremos en nuestro empeño de
ingresar al Primer Mundo, francamente creíamos que era más fácil, nuestros
dirigentes nunca hablaron de seriedad y mucho menos la practicaron, nosotros
tampoco, a que negarlo. Prometemos intentarlo uno a uno, día a día, hasta
lograrlo. Eso y conseguir los ejemplos a seguir, será lo más difícil de
todo, cuando el destino quede en nuestras manos.
Por Francisco Jorge Martínez Pería. Abogado.
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