La
última asamblea del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco
Mundial (BM), celebrada el pasado mes de septiembre en Praga, no será
recordada por las decisiones que se adoptaron, sino por haber finalizado
un día antes de lo previsto a causa de las movilizaciones que tuvieron
lugar en la capital checa en contra de la política de estos organismos.
¿Por qué el FMI y el BM suscitan un rechazo que une en una sola voz
a los movimientos sociales más diversos y tiene eco en los puntos
geográficos más distantes?
El Fondo Monetario Internacional
(FMI) y el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo
(BIRD) tienen su origen en la conferencia internacional de Bretton
Woods, celebrada en 1944, aunque fueron fundados oficialmente el
24 de diciembre de 1945. En 1960 se creó la Asociación Internacional
de Desarrollo (AID), destinada a otorgar créditos blandos a los
países que no podían acceder a los préstamos del BIRD. El Banco
Mundial (BM) está formado por el BIRD y la AID. Además, cuenta
con dos filiales: la Corporación Financiera Internacional, que presta
dinero a empresas privadas de los países que reciben créditos del
BM, y la Agencia Multilateral de Garantía de Inversión (AMGI), que
fomenta la inversión extranjera en los países del Sur.
En un principio, el BM tuvo como objetivo
conceder créditos a las naciones europeas para su reconstrucción
en la posguerra, pero en 1948 comenzó a prestar dinero a países
del Sur -muchos de ellos, colonias por aquel entonces de las potencias
europeas- para "contribuir a su desarrollo". Por su parte,
el FMI se encargaría de velar por la estabilidad del sistema financiero
internacional, evitando las políticas de devaluaciones competitivas
y de barreras arancelarias que habían sido muy perjudiciales para
la economía internacional entre los años 1929 y 1939.
El BM es propiedad de todos sus
países miembros, que deben serlo también del FMI. Cuando se
incorporan, garantizan una suscripción de capital que depende de
la riqueza de cada uno. Ello determina el número de votos de cada
Estado. Así, por ejemplo, Estados Unidos controla más del 17%
de los votos, mientras que, juntos, 45 países africanos sólo controlan
el 4%. La distribución de votos en el FMI sigue la misma
dinámica: el G-7 (grupo que engloba a los siete países más
industrializados del mundo) y los países de la Unión Europea
disponen del 56% de los votos en la junta ejecutiva, cuando
sólo representan al 14% de la población mundial. Las decisiones
de ambas instituciones están de esta forma determinadas por los
intereses de las grandes potencias.
Desigualdad
social...
Por su parte, el FMI ha venido centrando sus esfuerzos desde
agosto de 1982 (cuando estalló la crisis de la deuda), en propiciar
que los países endeudados paguen sus deudas a los grandes bancos
comerciales –que comenzaron a participar en la financiación
de los países empobrecidos en la década de los 70– a través de pequeños
préstamos destinados a hacer frente a los intereses de la deuda.
Pero, al igual que el BM, el FMI exige a los países receptores de
los préstamos estrictas reformas estructurales, derivadas de uno
de los principales ejes en los que se basa su política: la consecución
del equilibrio de las balanzas de pagos, es decir, de los flujos
financieros entrantes y salientes.
... y destrucción
ambiental
Pero el FMI y el BM no sólo obvian la salud del tejido social de
los países del Sur. Los efectos de sus políticas son, en demasiadas
ocasiones, devastadores para el medio ambiente de éstos. El ejemplo
de Indonesia es, en este sentido, muy significativo. En la
década de los 90, el FMI promovió las exportaciones de aceite de
palma, obligando al país a levantar las restricciones a la inversión
extranjera en el sector, dentro de su estrategia para reflotar la
economía indonesia. Efectivamente, las exportaciones de este producto
se duplicaron entre 1991 y 1997, pero, como contrapartida, los biológicamente
ricos bosques tropicales de Indonesia registraron un serio proceso
de destrucción: los graves incendios que han sufrido en los
últimos años no han sido accidentales, sino que en muchos casos
han sido provocados con el propósito de despejar terrenos forestales
para dedicarlos al cultivo de la palma. Otro de los efectos de las
políticas de las instituciones de Bretton Woods ha sido la reducción
de las partidas destinadas por los Gobiernos a la protección del
medio ambiente. Así, en los últimos años Brasil ha recortado
en dos tercios su presupuesto en esta materia, uno de cuyos principales
programas estaba dirigido a proteger el bosque amazónico, afectado
gravemente por la deforestación como consecuencia de la acción de
los ganaderos, madereros, agricultores y mineros.
¿Reducción de
la deuda?
Uno de los últimos programas del FMI y el BM es la llamada Iniciativa
para los Países Pobres Altamente Endeudados (HIPC, de acuerdo
con sus siglas en inglés), cuyo objetivo oficial es reducir la deuda
de estos países a un nivel sostenible, así como proporcionar recursos
que contribuyan a su desarrollo económico y social. Sobre el papel,
la HIPC constituía, por primera vez en muchos años, una esperanza
para los países empobrecidos, ya que proponía un marco de trabajo
integrador y un acuerdo que implicaría a acreedores multilaterales.
Pero esta esperanza se ha visto frustrada,
una vez más, por su puesta en práctica, a causa de las duras condiciones
económicas fijadas por estas instituciones para empezar a negociar
y por lo mucho que se dilatan los plazos entre la negociación de
la deuda y su condonación efectiva. Otro de los problemas que plantea
la HIPC es que mide la capacidad de pago de cada país en función
de la tasa deuda-exportación, cuando esta variable debería depender
del peso que la deuda tiene en los presupuestos de cada Estado y,
más concretamente, en el dinero que se aparta de las iniciativas
públicas dirigidas a reducir la pobreza. Más de la mitad de la población
de los países altamente endeudados sobrevive con menos de un dólar
diario; uno de cada seis niños y niñas muere antes de cumplir los
cinco años por enfermedades relacionadas con la pobreza, y los niveles
de escolarización son mínimos. Pretender que sus gobiernos empleen
más dinero en pagar la deuda que en atender a las necesidades básicas
de educación y salud es intolerable y contradice los objetivos de
la HIPC.
Zambia es uno de los países
incluidos en la iniciativa. En los tres años posteriores al alivio
de la deuda propiciado por la HIPC, empleará el 40% de los ingresos
del Estado en pagar la deuda. Más de la mitad de su población
vive por debajo del umbral de la pobreza, la proporción de niños
y niñas afectados por malnutrición crónica ha aumentado en los 90
del 39% al 53% y tiene uno de los niveles de SIDA más altos del
mundo. En Senegal, también incluido en la HIPC, el Gobierno
tendrá que destinar al pago de la deuda una cantidad que
equivale al doble de la partida destinada a educación primaria
y sanidad, lo cual pondrá en peligro su propósito de aplicar
ambiciosas reformas en estos dos campos para beneficio de su población.
Vemos pues que el compromiso del FMI y del BM con la reducción real
de la pobreza sigue siendo una falacia.