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La letra pequeña de Kioto

por Josep Enric Llebot   /   publicado en La Vanguardia

Queda fuera de toda duda la capacidad que la sociedad moderna ha adquirido, a consecuencia del desarrollo económico y del modelo de crecimiento, de incidir sobre el clima del planeta. Hace poco más de diez meses que se han conocido los resultados del grupo de expertos que asegura, en un voluminoso y detallado informe, que el clima de la Tierra está cambiando. La última década del siglo XX ha sido un periodo de progreso y esperanza en lo que se refiere a los pactos con incidencia ambiental. Mientras que los años noventa se iniciaban con la aplicación de los acuerdos de Montreal sobre los gases que afectan el ozono estratosférico, durante el simbólico y entrañable verano del año 1992 se celebraba la cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, donde se debatieron los más importantes problemas del medio ambiente mundial y se acordaron convenios y tratados sobre los bosques, la biodiversidad y el clima.

En Johannesburgo, dentro de diez meses, se prevé analizar los resultados de diez años de trabajos, acuerdos y desencuentros. Pero para analizar los progresos por lo que respecta al cambio climático no hace falta esperar un año para describir, a mi juicio, el oscuro y cálido panorama futuro que nos espera.

Hace poco más de seis meses, la administración norteamericana anunciaba su retirada del protocolo de Kioto. Desde entonces empezó un periodo de rebajas ambientales, periodo que ha culminado la semana pasada en la ciudad de Marrakech con el acuerdo que ha de llevar a la ratificación del protocolo de Kioto el año próximo. Desde Kioto hasta Marrakech han pasado prácticamente cuatro años de frecuentes reuniones internacionales con el objetivo de escribir la letra pequeña del protocolo de Kioto de aquellos temas que deliberadamente, por mor de lograr un acuerdo, únicamente se enunciaron en la ciudad japonesa.

El protocolo de Kioto, que fue criticado por los científicos y por los ecologistas en su momento por ser muy moderado en cuanto a las acciones de reducción de emisiones de gases efecto invernadero a la atmósfera, se ha salvado. Pero, ¿a qué precio? La reducción de emisiones cuesta dinero ya que se tiene que conseguir mediante restricciones o cambios en el uso de los combustibles fósiles o también en modificaciones de los procesos productivos en las empresas. Bush, precisamente por este motivo, anunció la retirada de Estados Unidos del protocolo, y a causa de la dinámica creada por la retirada americana, el acuerdo de la ciudad imperial japonesa ahora refrendado y desarrollado en Marrakech ha quedado, en términos prácticos, aún más descafeinado.

En Marrakech se han acabado de concretar los denominados mecanismos de flexibilidad, que son acciones alternativas a la reducción de emisiones que pueden desarrollar los países y que les cuentan en los contingentes de reducción de gases previstos en el protocolo. Comerciar con los permisos de emisión, invertir en proyectos tecnológicos "limpios" o replantar bosques son ejemplos de acciones alternativas a la reducción de emisiones. Desde Kioto, los puntos clave del desacuerdo han sido determinar la porción del total de la reducción de emisiones que se podía conseguir mediante estas acciones alternativas y concretar el régimen de cumplimiento y verificación del protocolo. Países intensamente emisores de gases con efecto invernadero, como Estados Unidos, Japón, Canadá y Australia, abogaban por una mayor flexibilidad, mientras que otros negociadores como la Unión Europea y los países en vías de desarrollo proponían medidas más estrictas. En Marrakech se ha oficializado la flexibilidad.

Para muchos, el éxito conseguido en Marrakech ha sido el mantenimiento del texto del protocolo y la confirmación que será ratificado por el quórum necesario de los países firmantes, y que, por tanto, el protocolo de Kioto presumiblemente entrará en vigor dentro de un año. Sin embargo, es lógico preguntarnos cuáles serán las consecuencias ambientales del acuerdo. Olivier Deleuze, el hábil negociador belga a quien se debe en buena parte el éxito de la negociación final de los últimos seis meses, manifestaba su convicción de que la generación de nuestros hijos y nuestros nietos verá los efectos del protocolo. Desgraciadamente, discrepo sustancialmente de su valoración. El sistema climático, para no cambiar, necesitaría acciones mucho más profundas de las que contiene el documento aprobado, aunque probablemente se ha acordado lo que la economía mundial podía asimilar.

El empeño de la UE para salvar el acuerdo ha conducido a que el primer causante, porcentualmente y en términos absolutos, del calentamiento global del planeta, quede fuera del acuerdo y a flexibilizar lo suficiente su posición de modo que países importantes para la ratificación, como Australia, Japón, Rusia y Canadá, se mantengan en el protocolo y no sigan el camino de Estados Unidos. Probablemente, el éxito de Marrakech ha sido más un éxito político que ambiental. Lo que nos preguntamos ahora es si el Gobierno de Bush, en el convulso panorama actual, será capaz de gestionar la presión y el aislamiento internacional en estas materias y si, por otra parte, el protocolo de Kioto podrá aguantar que los mayores producto-res reales y potenciales en términos absolutos de gases con efecto invernadero queden fuera de las limitaciones de emisiones que establece el acuerdo.

Nos quedamos, sin embargo, con la imagen de los delegados de la conferencia aplaudiendo después de las largas sesiones de negociaciones y del tira y afloja entre los negociadores. Como después de un secuestro, también se ha dado un cierto síndrome de Estocolmo. Cálidas muestras de satisfacción por parte de todos por haberse liberado del "secuestro" del acuerdo de Kioto que Estados Unidos ha intentado llevar a cabo de la mano de su presidente. Pero esta satisfacción, comprensible y explicable, ¿puede ocultar la limitación de lo conseguido?

J.E. LLEBOT, Universitat Autònoma de Barcelona. Institut d'Estudis Catalans

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