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Tribuna de Oradores
Efectos de la globalización
por Anthony Giddens
/ publicado en El Mundo
La
comunicación instantánea, 24 horas al día, es el núcleo de una revolución genuinamente global. Destruye la independencia de los estados y las fronteras nacionales, rompe viejos vínculos familiares y, ante todo, cambia para siempre la manera en que vivimos, según escribe Anthony Giddens. En este contexto, las instituciones que han servido durante muchos años ya no son las adecuadas. Es necesario sustituirlas. Por su parte, Thomas L. Friedman crea el término universolución: un mecanismo que permite a los países en desarrollo integrarse en el mundo occidental a través de organizaciones que se rijan por reglas universales. Un ejemplo: la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio.
Una amiga mía se dedica a estudiar la vida rural en Africa central. Hace unos años, realizó su primera visita a una remota región para continuar su labor de investigación.
La noche que llegó a su lugar de destino, fue invitada a una casa particular para disfrutar de una velada entretenida. Se imaginó que tendría ocasión de ver la tradicional forma de pasar el tiempo en esa comunidad aislada. En vez de eso, asistió al pase en vídeo de Instinto Básico. La película ni siquiera había sido estrenada en las pantallas cinematográficas de Londres.
Semejante episodio revela algo no trivial sobre nuestro mundo. No se trata solamente de una situación más, en donde la gente va añadiendo más parafernalia moderna a su tradicional modo de vida: vídeos, televisores, ordenadores. Vivimos en un mundo de transformaciones, que afecta a casi cualquier aspecto de lo que hacemos.
Para mejor o para peor, estamos siendo lanzados hacia un orden global que, en su conjunto, nadie es aún capaz de comprender, pero que está dejando sentir sus efectos en todos nosotros.
El término globalización quizá no sea ni particularmente atractivo ni tampoco elegante. Sin embargo, nadie que quiera comprender nuestras perspectivas y oportunidades al final de este siglo, puede obviarlo.
Yo viajo mucho. Ultimamente no he estado en ningún país donde la globalización no se discuta intensamente. En Francia, es la mondialisation. En España y en Iberoamérica es la globalización. Los alemanes dicen globalisierung. La expansión del término es la evidencia misma de los eventos a que se refiere. Cada gurú de los negocios habla de ello. Ningún discurso político puede considerarse completo a menos que lo mencione.
Sin embargo, hace tan sólo 10 años el término apenas se empleaba, ni en la literatura académica ni en el lenguaje cotidiano. Ha surgido de la nada, para estar casi en todas partes. En los debates que han surgido en años recientes, distintos pensadores han tomado posturas casi diametralmente opuestas.
Algunos rebaten este concepto en su totalidad. Me referiré a ellos como los escépticos.
Según ellos, toda esta discusión en torno a la globalización es sólo eso, palabras. Independientemente de sus beneficios, sus vicisitudes y sus tribulaciones, la economía global no es nada particularmente diferente a lo que existió en tiempos pretéritos. El mundo es muy similar a como ha sido durante muchos años.
Otros adoptan una postura diferente. Me referiré a ellos como los radicales. Arguyen que la globalización no es sólo algo muy real, sino que sus consecuencias ya pueden sentirse por doquier. Afirman que el mercado global se encuentra mucho más desarrollado que hace sólo dos o tres décadas, y que permanece indiferente a las fronteras nacionales. Los estados han perdido gran parte de la soberanía de la que una vez fueron dueños y los políticos gran parte de su capacidad para influir en el desarrollo de los acontecimientos.
La independencia nacional ha muerto. No es de sorprender que ya nadie respete a los líderes políticos, ni que los ciudadanos tengan poco interés por conocer lo que tienen que decir. La era de la Nación Estado ha terminado, según afirma el escritor japonés de economía, Keniche Ohmae. Las naciones se han convertido en mera ficción.
Autores como Ohmae perciben las dificultades económicas del pasado y del presente año como prueba fehaciente de la existencia de la globalización, en su faceta, sin embargo, menos constructiva. ¿Quién tiene razón? En mi opinión, los radicales.
El comercio, hoy día, es mucho más elevado de lo que jamás ha sido. No obstante, la mayor diferencia consiste en el nivel financiero y en el flujo de capitales, configurado para operar con dinero electrónico, dinero que solamente existe como dígitos en un ordenador. La economía mundial actual no ha conocido parangón en nuestra Historia. Los gestores de fondos, los banqueros y las corporaciones, al igual que millones de inversores individuales, pueden transferir enormes cantidades de capital de un extremo al otro del mundo con sólo pulsar un ratón.
Cuando lo hacen, están en condiciones de desestabilizar lo que, aparentemente, eran economías de sólida base, tal y como ocurrió el año pasado en el sureste asiático.
El volumen de transacciones financieras mundiales habitualmente se estima en dólares. Para la mayoría de la gente, un millón de dólares es mucho dinero.
En billetes de 1.000 dólares, un fajo de tal cuantía tendría ocho pulgadas -20 centímetros- de altura. Mil millones de dólares tendrían mayor altura que la catedral de San Pablo en Londres. Un billón de dólares mediría 120 kilómetros de alto, unas 20 veces la altura del Everest.
Sin embargo, más de un billón de dólares es lo que se mueve cada día en el mercado de divisas global. Por tanto, no me cabe ninguna duda de que la globalización no solamente es algo nuevo, sino revolucionario.
No obstante, ni los escépticos ni los radicales han comprendido correctamente lo que es en realidad la globalización, ni las implicaciones que supone. Ambos grupos ven el fenómeno en términos casi exclusivamente económicos. Esto es un error. La globalización es política, tecnológica, cultural y también económica.
Ante todo, se ha visto influida por el desarrollo en los sistemas de comunicación. A mediados del siglo XIX, un retratista de Massachusetts llamado Samuel Morse transmitió el primer mensaje: "¿Qué ha forjado Dios?", por medio del telégrafo eléctrico. Con este acto inició una nueva fase en la Historia. Nunca antes se había podido enviar un mensaje sin que alguien se encargara de hacerlo llegar a su destino.
La llegada de los satélites de comunicaciones supone una ruptura igual de dramática. El primero se lanzó hace poco más de 30 años. Ahora, hay más de 200 por encima de la Tierra. Por primera vez, es posible la comunicación instantánea de uno al otro extremo del mundo.
El 1 de febrero de 1999, aproximadamente 150 años después de que Morse inventara su sistema de puntos y rayas, este código finalmente desapareció. Su empleo como sistema de comunicación marítima dejó de tener efecto. Ha sido sustituido por otro que emplea tecnología vía satélite.
Es un error pensar en la globalización sólo en términos de los grandes sistemas, como puede ser el orden financiero mundial. No se trata solamente de lo que existe ahí afuera, remoto y alejado del individuo; también es un fenómeno de aquí dentro e influye en aspectos íntimos y personales de nuestras vidas.
El debate sobre los valores familiares, por ejemplo, puede parecer algo distante de la influencia globalizadora. Al contrario. En muchas partes de la Tierra, los sistemas familiares tradicionales se están transformando o se encuentran bajo una gran presión, en particular a medida que la mujer exige su derecho a una mayor igualdad. Por lo que sabemos de los documentos históricos, jamás ha existido una sociedad donde la mujer pudiera ni tan siquiera aproximarse igualitariamente al hombre. Esto es una revolución genuinamente global en la vida cotidiana, y sus consecuencias se sienten alrededor del mundo en campos que abarcan desde el trabajo hasta la política.
Por tanto, la globalización es un complejo conjunto de procesos. No se puede hablar de uno individualizado, sino que además son procesos que actúan de modo contradictorio o en oposición.
La mayoría de la gente opina que la globalización sólo es un medio para alejar el poder o la influencia de la comunidad local y de las naciones en beneficio del escenario global. Y es cierto que los países han perdido algo del poder económico que una vez tuvieron.
Sin embargo, también ha tenido un efecto opuesto. La globalización es el motivo detrás del renacimiento de la identidad cultural local en diferentes partes del globo. Si, por ejemplo, uno se pregunta para qué quiere Escocia más independencia del Reino Unido o por qué existe un fuerte movimiento separatista en Quebec, la respuesta no se encuentra solamente en su legado cultural local.
Los nacionalismos locales surgen como una respuesta a las tendencias globalizadoras, a medida que se van debilitando las Naciones Estado más viejas.
La globalización también explica el porqué y cómo la Unión Soviética encontró su fin. Hasta principios de la década de los 70, la URSS y los países del Este eran equiparables, en términos de crecimiento, con Occidente. Tras ese punto, rápidamente se fueron quedando atrás.
La Unión Soviética, con su énfasis en la propiedad colectiva y la economía pesada, no podía competir en la economía electrónica global. Al igual que el control ideológico y cultural sobre el que se sustentaba la autoridad política comunista era incapaz de competir en la era de los medios de comunicación global.
La televisión desempeñó un papel protagonista durante las revoluciones de 1989. Las protestas callejeras que tenían lugar en un país podían ser contempladas por la audiencia de otros países. Gran número de ellos también decidió salir a la calle.
Sin embargo, la globalización no es una fuerza benigna. Algunos arguyen que crea un mundo de vencedores y de vencidos. Y no cabe duda de que las estadísticas son estremecedoras. En los últimos 10 años, el reparto de la riqueza global correspondiente a la quinta parte más pobre de la población mundial ha descendido de un 2,3% a un 1,4% del total. El reparto correspondiente a la quinta parte más rica del mundo se ha incrementado.
En muchos países en desarrollo, la legislación sobre seguridad laboral o medioambiental es mínima o virtualmente inexistente. Algunas compañías transnacionales se dedican a comerciar con bienes que se encuentran bajo restricciones o están prohibidos en los países industrializados: fármacos de baja calidad, pesticidas destructivos o cigarrillos con alto contenido de alquitrán y nicotina.
Un periodista lo expuso recientemente de la siguiente manera: más que una aldea global, esto se asemeja a un pillaje global. Junto al riesgo ecológico que de ello se deriva, la expansión de la desigualdad es el problema más acuciante al que se enfrenta la sociedad mundial.
Sin embargo, no vale con limitarse a echarle la culpa a los más afluyentes. La globalización sólo supone una occidentalización parcial. Es cada vez algo más descentralizado, no bajo el control de un determinado grupo de naciones y menos aún de las grandes corporaciones. Sus efectos se sienten tanto en los países occidentales como en cualquier otro sitio.
Algo que sí es verdad del sistema financiero global y de los cambios que afectan a la naturaleza misma del Gobierno es lo que uno denominaría como colonización a la inversa.
Este término propone que los países no occidentales influyen en los acontecimientos que tienen lugar en Occidente. Abundan los ejemplos: la iberoamericanización de Los Angeles, la aparición en la India de un sector de alta tecnología orientado globalmente o la venta de programas de la televisión brasileña a Portugal.
¿Es acaso la globalización una fuerza que apoya el bienestar común? La pregunta no puede responderse de manera sencilla, dada la complejidad del fenómeno. El libre comercio no es un bien que no lleve consigo un precio. Esto es particularmente cierto en los países menos desarrollados.
La apertura al libre comercio de un país o de las regiones en su interior puede socavar una economía de subsistencia local. Una región que dependa de la venta de unos pocos productos en el mercado global es muy vulnerable a las variaciones de precio y a los cambios tecnológicos.
Infraestructura
El comercio siempre precisa de una infraestructura institucional, al igual que otras formas de desarrollo económico. Sin embargo, oponerse a la globalización económica y optar por el proteccionismo sería un grave error de cálculo, tanto para los países ricos como para los pobres.
La política económica nacional ya no es tan primordial. Las naciones deben de replantearse su identidad, ahora que las viejas estructuras geopolíticas se hacen obsoletas. A pesar de que pueda ser objeto de discusión, afirmaría que tras la Guerra Fría, las naciones ya no tienen enemigos.
¿Quiénes son los enemigos del Reino Unido, Francia, Brasil? Las naciones, hoy día, se enfrentan a riesgos y a peligros más que a enemigos en sí. Hemos presenciado una enorme transformación en la naturaleza misma de los estados. Estos comentarios no sólo son aplicables a las naciones.
Dondequiera que miremos, vemos instituciones que aparentemente permanecen sin cambio, manteniendo sus mismos nombres, pero en su interior se han convertido en algo bastante distinto. Continuamos hablando de la nación, la familia, el trabajo, la tradición, la naturaleza, como si todo permaneciera igual que en el pasado. Pero no es así.
Son lo que se llamaría instituciones huecas. Se han convertido en inadecuadas para la labor que deben desempeñar.
Muchos nos sentimos a merced de fuerzas sobre las que no tenemos ningún control. Esta impotencia no es una señal de nuestra limitación personal, sino el reflejo de la incapacidad de nuestras instituciones. Debemos reconstruir lo que tenemos, o crear instituciones totalmente nuevas, que sean apropiadas para la era global.
Debemos mantener un mayor control sobre nuestro desbocado mundo. No podremos hacerlo si nos amilanamos ante el reto o nos convencemos de que las cosas pueden continuar funcionando como siempre. La globalización no es una cuestión incidental en nuestras vidas, es un cambio en nuestras circunstancias vitales, es la manera en que ahora vivimos.
Anthony Giddens es director del London School of Economics.
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