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un mundo en el que un puñado de empresas
trasnacionales dominan la biotecnología agrícola, en el que
la tecnología Terminator (modifica genéticamente las plantas
para que produzcan semillas estériles) es la plataforma sobre la
cual se emprenden todos los nuevos experimentos de mejoramiento biotecnológico,
no es difícil creer que las empresas o los gobiernos usen la tecnología
para imponer su voluntad. Una disputa sobre el comercio de textiles con
el sur de Asia, por ejemplo, podría conducir a que Estados Unidos
negara el permiso de exportación de un herbicida modificado, necesario para
asegurar el rejuvenecimiento de las semillas de algodón portadoras
de la secuencia Terminator. El ecoterrorismo podría resultar mucho
más barato y rápido como medio para resolver disputas comerciales
que los procesos de arbitraje de la OMC... y para someter a otros países.
En junio de 1999, Scientific American publicó
un asombroso informe de investigadores de la Universidad de Bradford, Gran
Bretaña, que describía la guerra biológica vegetal
y animal en Sudáfrica, Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia
e Irak. Parte de esa historia se remonta a la Segunda Guerra Mundial o
a la guerra de Vietnam, pero el trabajo de Irak tuvo lugar en los noventa
e incluía la bioingeniería de patógenos del trigo
que podrían haber devastado la seguridad alimentaria en el Medio
Oriente.
En realidad, el agroterrorismo como táctica entre
las grandes potencias no es la excepción sino la regla. En la Primera
Guerra Mundial los franceses desarrollaron patógenos para aniquilar
los animales de la caballería alemana y los alemanes lanzaron una
elaborada estrategia que arrasó el ganado de Rumania y el ganado
y el trigo almacenado (para ser exportado a los aliados en Europa) en Argentina
y posiblemente en otros países de Sudamérica. La campaña
alemana también se dirigió contra embarques de caballos de
guerra y de tiro en el este de Estados Unidos y a lo largo de todo el frente
occidental. Es ampliamente reconocido que Estados Unidos trató
de destruir la cosecha de trigo de Vietnam del Norte en los sesenta e intentó
diseminar enfermedades entre los cultivos de exportación de Nicaragua
a fines de los setenta. También existen rumores creíbles
de que Estados Unidos -o disidentes apoyados por él- han atacado
cultivos y animales en Cuba.
Los hongos-bomba
En un estudio de la campaña de Estados Unidos para eliminar los cultivos
de narcóticos en los Andes, Edward Hammond (ex integrante de RAFI
y actualmente director del Proyecto Sunshine) descubrió que tanto
Estados Unidos como Gran Bretaña han canalizado fondos a través
del programa antidrogas de la ONU para obtener acceso a hongos microscópicos
manipulados para convertirlos en armas en Uzbekistán (cuando esa
república todavía formaba parte de la URSS). Tanto los hongos
como los científicos contribuyen en la investigación de Estados
Unidos. Hammond señala que el plan estadunidense de rociar desde
aviones hongos genéticamente modificados aún no ha sido aprobado
por el gobierno colombiano. Sin embargo, a mediados de 2000,
con miles de millones de dólares de fondos de ayuda destinados a
Colombia, la aprobación de la asistencia financiera pasó
a depender de la disposición de Colombia a permitir la experimentación
de armas biológicas contra sus cultivos de narcóticos. Eso
es una presión intolerable. Incluso la investigación de esos
hongos y su almacenamiento deberían ser vistos como una violación
al Tratado sobre Armas Biológicas de la ONU.
Entre marzo y julio de 2000 me reuní con organizaciones
de la sociedad civil, agrónomos y funcionarios gubernamentales en
talleres sobre biotecnología en La Paz, Sucre y Cochabamba, Bolivia.
A pesar de que ese país sería el primer y principal blanco
de las armas biológicas para destruir los grandes cultivos de coca,
ni un funcionario o científico había oído hablar de
la propuesta de utilizar ese país como conejillo de Indias en materia
de hongos bélicos. Incluso, altos funcionarios del Ministerio del
Medio Ambiente boliviano, que se ocupan de problemas de bioseguridad, afirmaron
no tener idea. Justo en medio de un centro de megadiversidad vegetal en
los Andes, la guerra biológica podría representar una amenaza
terrible contra la seguridad alimentaria no sólo de Bolivia sino
del mundo entero.
En noviembre de 2000, en una carta a Edward Hammond, la
ONU confirmó categóricamente que había abandonado
todos los planes para usar armas biológicas en su guerra contra
las drogas en Sudamérica. La decisión de abandonar la iniciativa
posiblemente se tomó en julio, después de que el gobierno
colombiano se negó a ceder a las presiones estadunidenses y se unió
a Perú y Ecuador en la oposición al peligroso plan. Aparentemente,
es posible que sólo Bolivia haya accedido a apoyar la estrategia
de Estados Unidos y la ONU.
Aparte del artículo de Scientific American,
en junio de 1999 hubo otros dos acontecimientos que aceleraron la inquietud
pública. Primero, Floyd Horn, director del Servicio de Investigación
Agrícola (ARS, por sus siglas en inglés) del Departamento
de Agricultura de Estados Unidos (USDA), declaró al Philadelphia
Inquirer que estaba seriamente preocupado por la posibilidad de que
el "agroterrorismo" atacara cultivos genéticamente uniformes en
Estados Unidos.4 Al parecer, Horn y su asistente han estado
estudiando el problema durante algún tiempo e incluso han asistido
a reuniones de información de la OTAN sobre este tipo de amenaza.
El Terminator
Los artículos de Scientific American y el
Inquirer aparecieron en los mismos días en que en Montreal había una
reunión sobre el Convenio sobre Diversidad Biológica de la
ONU para discutir el informe de un panel científico, encabezado
por el doctor Richard Jefferson, sobre la patente Terminator original
(una tecnología que modifica genéticamente las plantas para
que produzcan semillas estériles). Nos llamó especialmente
la atención el párrafo 84 de ese crítico informe:
"... anticipamos que dentro de tres a siete años
habrá tecnologías suficientemente poderosas como para manipular
genes endógenos, a través de la intervención molecular
(por ejemplo, mutagénesis locodirigida; recombinación homóloga),
y que es preciso una actitud activa para tomarlas en cuenta a fin de prevenir
las tendencias en las Tecnologías de Restricción del Uso
Genético (GURT). Consideramos que esas nuevas tecnologías
moleculares para la manipulación genética serán más
robustas y penetrantes, pero al mismo tiempo mucho más difíciles
de detectar y controlar, debido a la naturaleza sutil y posiblemente no-transgénica
de los cambios realizados." (Las cursivas son del autor).
La traidora
Al tiempo que se presentaba ese informe, RAFI descubrió
una nueva patente del tipo Terminator (la número 31) concedida
a la Universidad de Purdue con fondos del Departamento de Agricultura de
Estados Unidos. Esa patente afirma que el carácter suicida podría
ser suprimido por varias generaciones antes de ser activado por un inductor
químico remoto. Las afirmaciones de Purdue evocan un escenario perverso
en el que la secuencia suicida permanecería inactiva mientras se
rociara sobre el cultivo un determinado elemento químico (por ejemplo,
un herbicida), quizás incluso varias veces durante la época
de crecimiento. Si ese elemento químico no se aplica o se niega
su presencia malévolamente, el cultivo produciría semillas
estériles. De hecho, el carácter activado o desactivado por
el inductor químico externo podría estar codificado para
atacar de inmediato el cultivo presente: reducir el contenido proteínico
del arroz, elevar el nivel de cianuro en la yuca o mandioca, o hacer que
el trigo germine prematuramente, por ejemplo. Eso es la Tecnología
Traitor
(traidora). También se trata de una investigación en guerra
biológica ofensiva, en contradicción con el Tratado sobre
Guerra Biológica de 1972, propuesto y adoptado en primer lugar por
Estados Unidos.
¿Llegará esto a ocurrir alguna vez? En Montreal,
108 gobiernos discutieron entre adoptar una resolución noruega que
pedía una moratoria en la investigación y las pruebas de
campo de Terminator o aceptar una de Gran Bretaña que resulta
prácticamente lo mismo sin emplear la palabra "moratoria" que tiene
tanta carga política. Durante el debate, la delegación de
Estados Unidos amenazó abiertamente a los otros países con
represalias económicas y posiblemente también de la OMC si
impedían la comercialización de Terminator en sus
territorios soberanos. Floyd Horn, del Departamento de Agricultura de los
Estados Unidos, quien está tan preocupado con el agroterrorismo,
no sólo apoyó la tecnología Terminator, sino
que su oficina encabeza el trabajo sobre los hongos convertidos en armas
en Colombia.
En un mundo en el que un puñado de empresas trasnacionales
dominan la biotecnología agrícola, en un mundo en el que
la tecnología Terminator es la plataforma sobre la cual se
emprenden todos los nuevos experimentos de mejoramiento biotecnológico,
no es difícil creer que las empresas o los gobiernos usen la tecnología
para imponer su voluntad. Una disputa sobre el comercio de textiles con
el sur de Asia, por ejemplo, podría conducir a que Estados Unidos
negara el permiso de exportación de un herbicida modificado necesario
para asegurar el rejuvenecimiento de las semillas de algodón portadoras
de la secuencia Terminator. Una disputa con Francia sobre aceites
vegetales podría provocar la misma amenaza contra los cultivos franceses
de maíz BT. La cosecha de soya de Brasil --uno de los principales
competidores de los procesadores estadunidenses-- quedaría indefensa
si el fitomejorador de soya de Estados Unidos --o el gobierno de Estados
Unidos-- no entregara el "protector" químico esencial. El ecoterrorismo
podría resultar mucho más barato y rápido como medio
para resolver disputas comerciales que los procesos de arbitraje de la
OMC, que son largos e inciertos. En los setenta, un secretario de Agricultura
de Estados Unidos, nombrado por el mismo presidente que desmanteló
en forma unilateral depósitos de armas biológicas, se sintió,
sin embargo, autorizado a reconocer que la alimentación es un arma
política. Esa idea sigue vigente.
Richard Jefferson y sus colegas reconocieron, en su informe
al Convenio de Biodiversidad, que la tecnología Terminator
demuestra que es posible "apagar" y "prender" características de
las plantas. Desde luego, la característica más evidente,
comercialmente hablando, es la capacidad o incapacidad de la planta de
tener descendientes fértiles, pero el control remoto de esa característica
no es particularmente atractiva desde el punto de vista militar. Como la
cosecha sembrada se puede cultivar y consumir, nadie pasará hambre
hasta el otro año. Como castigo es lento, y da al adversario varios
meses para buscar otra fuente de semillas (o de alimentos).
Sin embargo, si esa característica se puede utilizar
para gobernar el valor del cultivo actual, el valor militar de Terminator
puede ser enorme. Por ejemplo, si elementos químicos externos (aplicados
o no) pudieran controlar los niveles de proteínas o la producción
de carbohidratos, ser causa de germinación o reorientar la energía
de la planta hacia el desarrollo de hojas en lugar de semillas, eso podría
resultar devastador para el cultivo.
Esa es la verdadera amenaza. Es mucho más seria
que alguien discutiendo sobre el ántrax en un café. Pero
es una amenaza que sólo puede ser llevada a la práctica por
gobiernos o empresas con ayuda de fitopatólogos.
Durante la Cumbre Mundial de la Alimentación de 1996, Estados Unidos sostuvo
que el derecho a la alimentación no debía formar parte de
la declaración final. Finalmente, fue derrotado. Sin embargo, Estados
Unidos ganó la discusión acerca de que los estados soberanos
no necesitan ser autosuficientes en alimentación si son capaces
de autoabastecerse, es decir, si están en condiciones de comprar
la diferencia entre la producción nacional y la necesidad nacional
de consumo. Ahora, con la Tecnología Terminator, los países
con déficit alimentario enfrentan la posibilidad de que su producción
nacional pase a ser totalmente dependiente de las exportaciones extranjeras
de inductores químicos esenciales.
La tecnología Terminator amenaza la vida
y la subsistencia de mil 400 millones de personas, cuya seguridad alimentaria
depende de las semillas guardadas por los agricultores pequeños.
La exportación de semillas Terminator debería ser
cuestionada bajo la Convención de Armas Tóxicas y Biológicas
y también bajo el artículo 2 de la Convención sobre
el Genocidio.
Extractos del documento "El Siglo ETC" editado por
la Fundación Internacional para el Progreso Rural, ahora llamada
Grupo de Acción ETC, y la Fundación Dag Hammarskjöld,
publicado en mayo de 2001.
Los blancos del agroterrorismo
Los cultivos y los agentes
patógenos que podrían ser utilizados como armas: