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Tribuna de Oradores
Deuda ecológica, ¿una verdad oculta?
por Hildebrando Vélez
/ publicado en TNI Energy and Development Project
La
Deuda Ecológica no es un asunto nuevo, sólo que ahora recobra importancia en los debates y movilizaciones internacionales y gracias al reconocimiento cada vez mayor del desastroso papel de las instituciones financieras en su misión de alivio a la pobreza. Nadie esconde hoy que las Instituciones Financieras y de Comercio Multilaterales han favorecido el crecimiento desmesurado de las Empresas Transnacionales y han lanzado salvavidas a los banqueros pero al costo de hacer inviables los países de toda Africa Subsaharina y de someter a la miseria a millones de latinoamericanos y asiáticos.
Es evidente que los países del Sur seguimos dependiendo de las exportaciones de productos naturales o con muy poca transformación como son las flores, el banano, el crudo de petróleo, el gas natural, los productos mineros, los bosques y la biodiversidad y, a decir verdad, no hay una reprimarización de la economía de nuestros países como arguyen algunos analistas. Es este modelo de sustracción el que impelido la Deuda Ecológica de que acá hablamos.
Ese desangre ha venido dejando secuelas como los millones de seres a quienes el Estado y los mecanismos de la economía no pueden atenderles las demandas esenciales para su subsistencia y que son testigos del deterioro de sus condiciones de vida y de la erosión de su entorno. Ese modelo de sustracción ignora deliberadamente las ventajas de aprovechar cuidadosamente la oferta ambiental y deja grandes territorios destruidos, viola los márgenes de resilencia de los ecosistemas y se constituye en aniquilador de la biodiversidad y de las culturas. Se puede constatar históricamente que a la par de los etnocidios se han producido también los ecocidios. Esto lleva a afirmar que la deuda ecológica es una deuda con la sociedad y con la Tierra.
Somos saqueados y sin embargo somos deudores, esa es la lógica de los sistemas financiero y de comercio internacional que poco se perturban y cuyos burócratas siguen orondos y campantes, no obstante mostrar su ineptitud e inviabilidad en todos los terrenos y su fracaso mover protestas como las de Seattle, Praga, Milán, Davos y, sobre todo, cientos de protestas de ciudadanos comunes y corrientes que no son registradas por la gran prensa del espectáculo. Sin duda las demandas y protestas son crecientes y se dejan sentir en distintos foros internacionales como fue el de Porto Alegre, en febrero de este año. En estos escenarios activistas ambientales de todas las procedencias, de todos los colores, de todas las indumentarias, en todas las lenguas y mediante expresiones culturales y artísticas hemos venido levantando la exigencia de que a los pueblos del Sur (y a los pueblos del Norte que son tratados como del Sur) se nos reconozca la Deuda Ecológica.
Esta no es una exigencia caprichosa sino que es fruto de la patética situación ambiental del planeta y también de la creciente independencia de pensamiento y de acción que nos lleva a reconocer el sometimiento del Sur por el Norte. Este dominación se da mediante mecanismos de intercambio desigual que se expresan, por ejemplo, en los bajos salarios que se pagan en el Sur frente a los altos costos laborales del Norte; en las condiciones de trabajo y seguridad social precarias y la obsolescencia de los procesos productivos a los que se someten los trabajadores en nuestros países, con los consecuentes daños a la salud humana y ambiental; en la trasferencia de material orgánico y nutrientes de los suelos que salen en los productos de exportación agrícolas; en el flujo de fuerza de trabajo y de energía en dirección Sur-Norte, etc.
Esta demanda surge de reconocer que nuestros territorios, nuestra corporalidad, nuestras relaciones sociales y nuestra oferta ambiental se ven erosionadas por su explotación irracional en nombre del embuste del desarrollo. Este clamor del Sur expresa el rechazo al sometimiento que nos imponen estas estructuras económicas globales guiadas por la racionalidad perversa de la acumulación financiera y por el dominio de las ETN.
Para decirlo de manera clara, la Deuda Ecológica es una expresión política de las reivindicaciones de los pueblos que se han visto sometidos al saqueo y al empobrecimiento material y cultural, el cual ha conducido a la exorbitante acumulación económica que beneficia a los países llamados desarrollados y que se concentra en manos de las grandes corporaciones y de las elites capitalistas del Norte y del Sur. Son ellos quienes deben una reparación al Sur por el pillaje de que han hecho gala. Esta reparación no puede escamotearse mediante los llamados mecanismos de ayuda al desarrollo. Las políticas de compensación y la llamada cooperación al desarrollo deberían llamarse por su nombre: reconocimiento y pago por la deuda ecológica.
Ahora bien, aunque es posible hacer estudios específicos, y de hecho los estamos haciendo, para delimitar responsables y procurar restañar los impactos, no hemos de detenernos en señalarlos pues sería necedad. Lo que si hay que recalcar es que esta deuda se ha ido fraguando con la complicidad de los gobiernos y la elites de los países que han sido objeto del saqueo. Pero no enumerar en este texto a los responsables concretos no significa que la reivindicación deba quedarse exclusivamente como un concepto moral sin capacidad coercitiva, sin posibilidad de hacer efectivo su contenido. Por el contrario, instamos a que se haga operar la demanda de deuda ecológica desarrollando aproximaciones a la problemática por países, por sectores económicos, por ecoregiones. Ese es el esfuerzo que hemos hecho con la realización de talleres en diferentes regiones del país y con el impulso de la campaña en unidad con de todo el planeta.
Tenemos que llenar de contenido el concepto para que conduzca a cambios en la conducta de las comunidades y a la adopción de instrumentos teóricos y metodológicos que permitan una exigibilidad concreta de transformaciones en las operaciones y políticas globales, que permita acopiar las pruebas para establecer los grados de responsabilidad de los deudores de acá y de allá, los de acá por su despilfarro y corrupción y los de allá por el aprovechamiento doloso y fraudulento de nuestros bienes y servicios ambientales y culturales; que nos permita, en fin, llegar a exigir las compensaciones debidas y la cancelación inmediata de la deuda externa. Nosotros no debemos nada, somos acreedores de la deuda ecológica.
Para casos específicos es posible mostrar características que esa deuda posee, algunas de las cuales podrían conducirnos a exigir restauraciones y compensaciones, pero sabemos que hay valores que no pueden expresarse monetariamente y que en la dinámica de la vida los procesos son irreversibles y no es posible, por extraordinario que sea el esfuerzo, detener las consecuencias de estas formas de intervención sustentadas en relaciones sociales y económicas inequitativas. Hay que afirmar con claridad que no puede haber sostenibilidad ecológica donde no haya justicia social.
Sin duda una de las aspiraciones a las que nos lleva este planteamiento político es mostrar que si bien desconocemos la legitimidad de la deuda externa y exigimos su anulación, no se trata de un simple cambio de deuda ecológica por deuda externa, pues por una parte la deuda ecológica es sólo cuantificable en un esfuerzo didáctico por hacer comprensible el contenido del paradigma de sustentabilidad por el paradigma desarrollista y por otra parte sabemos que el endeudamiento externo de nuestros países ha sido hecho en dirección a alcanzar las metas y los modelos de desarrollo que precisamente estamos cuestionando y no es realmente posible pedir un cruce de cuentas haciendo caso omiso de los implícitos ideológicos y teóricos de cada una de las deudas en mención. Reconocer la deuda ecológica no es un asunto que se limite a los valores económicos o a buscar equivalentes monetarios por los daños y la destrucción que se ha causado o que provendrá como una consecuencia. No es un asunto de contabilidad ambiental que, como es sabido, ha servido para desarrollar una etapa ecológica del capitalismo sin resolver los problemas esenciales que este genera. El reconocimiento de la deuda ecológica no tiene por objeto pues, un cambio de deuda externa por conservación de naturaleza, pero si cabe exigir que se de por cancelada la deuda externa que se debe al norte a cuenta de la deuda ecológica que el norte debe al sur.
La deuda ecológica no es cuantificable pero, por las razones pedagógicas esgrimidas, puede hacerse una cuantificación gruesa de los principales rubros y establecer ordenes de magnitud para impulsar el debate. De esta manera es posible que se muestren los efectos ecológicos y sociales de esos procesos de endeudamiento y que las comunidades impactadas demanden los derechos que les han sido conculcados e indemnizaciones donde ello sea procedente.
Se sabe que no hay reversibilidad en estas historias pero es nuestra responsabilidad visibilizar las demandas y despertar la conciencia de los ciudadanos del norte frente a la falta de solidaridad y la indolencia ante el empobrecimiento a que han sido llevadas nuestras sociedades y nuestro entorno y por el aprovechamiento de los saberes tradicionales sin ninguna contraprestación. De esta manera el reconocimiento de la deuda ecológica conduciría a nuevas relaciones de solidaridad entre los ciudadanos del norte y el sur, a la búsqueda de intercambios equitativos y precios justos, haría que se fortaleciera la oposición de los ciudadanos del Norte en alianza con los del Sur a las operaciones depredadoras de las compañías transnacionales, que creciera la oposición al consumo de productos que causan niveles de degradación ambiental, cultural o social; haría que se fortaleciera la defensa de los derechos humanos y de los pueblos y que las compañías violadores de ello enfrentarán una sociedad que ha revaluado sus fundamentos éticos.
Sin duda la vindicación de la Deuda Ecológica debe también fortalecer la lucha de los ciudadanos del Norte contra las imposiciones de sus países y de los organismos financieros internacionales, reconociendo que sus medidas y particularmente las recientemente llamadas políticas de ajuste traen la perdida de empleo, la perdida de a seguridad social, baja en los salarios e implican aumentar el flujo de materia y energía y el ritmo de la explotación de servicios ambientales y de fuerza de trabajo que es el mayor recurso natural que se exporta.
Pero, más aún, podríamos decir que enmendar esta deuda es en alguna medida responsabilidad de quienes en el Norte y en el Sur aceptan acrítica e irresponsablemente los modelos de vida opulentos y despilfarradores, quienes aceptan pasivamente los privilegios, quienes aceptan imitativamente los estilos de vida del norte. Pero esta responsabilidad es sin duda menor que la de las ETN, las IFIs y ECAS y las elites del Norte y del Sur (que han usufructuado los bienes ambientales de manera privilegiada y excluyente).
El reconocimiento de la Deuda Ecológica no debe verse exclusivamente como una cuenta de cobro por acciones pasadas sino fundamentalmente como expresión de la aspiración por sociedades sustentables en el Norte y en el Sur fundamentadas en la práctica de la justicia ambiental y de la equidad en la distribución ecológica. Desde luego que no podemos seguir llevando sobre la espalda el lastre de a deuda externa ni de los mecanismos de intercambio desigual que corroen la riqueza de nuestras naciones, pero no se trata sólo de denunciar el saqueo actual sino el embargo futuro de nuestros recursos y nuestras posibilidades de supervivencia que son también las de la humanidad.
Claro que no somos solo los seres humanos los acreedores, también los es la Tierra. Los sistemas de uso de la naturaleza desbordan toda necesidad para caer en brazos de la codicia. Es la codicia de unos pocos la causa de muchos de los desastres que hoy se manifiestan como la revancha del mundo. Lo dramático es que las víctimas siguen siendo también los grupos sociales mas vulnerables y empobrecidos. La Tierra clama justicia frente a los mecanismos de explotación que se orientan a la acumulación y beneficio privados, ella es acreedora por los ecosistemas destruidos, por los desequilibrios provocados, por la desestabilización de sus mecanismos de regulación y homeostasis que hoy se evidencia a través de los dramáticos efectos del cambio climático. La deuda ecológica es de esta manera una deuda que tiene la cultura capitalista con la humanidad y con la Tierra. Lo único que realmente se constituiría en una salida seria tomar las medidas para cambiar el rumbo de la civilización.
La deuda ecológica es una deuda con las redes de la vida, con Gaia. Esa deuda es de los grupos sociales que han utilizado la oferta ambiental antes que la para satisfacer las necesidades esenciales de la sociedad para su codicia. La codicia es el corazón de las motivaciones destructoras y calamitosas de las relaciones sociales de producción capitalistas.
Reconocer la deuda ecológica es una invitación a asumir una ética ambientalista. Se trata no solo de reconocer los efectos no calculados de las actividades extractivas e iniciar una incorporación de las externalidades negativas, especialmente las referidas a los asuntos de la salud ambiental y humana, en los costos de los productos que son producidos en los países del sur y que ususfructan en el Norte, sino, más que esto, se trata de construir una ética que de valor al mundo y a la humanidad, a la otreidad que ha sido ignorada o pisoteada.
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