I. La dolarización como problema político
La dolarización, tema muy de moda en nuestra región, abarca no sólo elementos
económicos, sino también aspectos políticos puesto que su adopción estructura -según
sostienen los autores de este artículo- un sistema social que protege a los
privilegiados y contiene a los marginados. Las implicaciones de una decisión de
este tipo son de tal magnitud que al final los autores quienes no ocultan su rechazo
a esta medida- concluyen dejando en el aire la incógnita de si su adopción no será
contraproducente para el mantenimiento de la democracia.
Una de las más novedosas aproximaciones a la teoría de la moneda la encontramos en el postfacio a
Regulación y crisis del capitalismo, de Michel Aglietta. (1) Allí podemos
comprender que la moneda obra como un hecho social. Lejos de ser un simple instrumento de
intercambio para reemplazar al trueque, como lo predica la visión simplista de fines del
siglo XIX, la moneda ha ocupado un lugar donde la dimensión simbólica prima por sobre la
función económica, como en las sociedades tradicionales, y constituye desde entonces un
lazo social. Esta naturaleza de la moneda se torna aún más esencial cuando los intereses
reemplazan a las pasiones, al decir de Albert Hirschmann, y la acumulación de tipo
capitalista se impone, con variantes importantes, en amplios sectores del globo.
De allí que cambios en el valor y la tenencia de la moneda, constituyan actos políticos
de trascendencia, tanto en un sentido de homogeneidad social como, en un caso contrario,
seguro camino a la desagregación. Aquí es cuando las relaciones de poder en cada país
determinan la cantidad y calidad de moneda que se asigna a los diferentes sectores
sociales: devaluar, sobrevaluar, escasez o abundancia de circulante tienen efectos
duraderos en la sociedad. La adopción de cada alternativa tiene una pesada carga
política y social. En ese contexto, imaginemos qué ocurre si la moneda propia desaparece
y se adopta otra ajena. Hablamos de la dolarización.
¿Qué significa esto? Es el proceso por el cual un país, sin ser Estados Unidos, adopta
al dólar como su moneda oficial. Así, el dólar sirve como unidad de cuenta, como medio
de cambio y como reserva. En consecuencia, desaparece la moneda nacional: contabilidad,
compra y ahorro se efectúan en dólares.
A primera vista, según lo puede entender la persona de la calle, cambiar la moneda
nacional por el dólar presenta ciertas ventajas: terminaron los problemas de crédito en
dólares, puesto que ya no hay posibilidad de una devaluación; existirá, en la mano de
cada ciudadano del país dolarizado, la moneda más sólida de la tierra. Además, se
trata de una solución rápida que exime de pensar y estudiar alternativas más complejas.
Hasta tiene un costado fashion que en épocas de frivolidad no es desdeñable:
tendremos una mejor moneda que nuestros vecinos. ¡Qué dirán cuando se enteren!
Pero ese cotilleo, que tiene lugar de marketing de la dolarización, se esfuma con rapidez
al considerar el funcionamiento real de la economía, eso que los neoliberales no saben, o
la dimensión política, eso que los neoliberales no entienden.
Porque la dolarización estructura, acaso de manera irreversible, la sociedad económica
de un determinado modo, para que permita su eventual sobrevida, así como configura un
sistema político que proteja a los privilegiados y contenga a los marginados.
No se trata de una conspiración oculta y maligna. Es un nuevo comportamiento del sector
financiero para asegurarse el control de la economía, en especial el pago de las deudas
externas. En realidad pone el funcionamiento de la economía en manos del sector
financiero, sobre todo el internacional. El mecanismo es simple: la economía dolarizada
depende de la entrada de capitales, del endeudamiento y del superávit de la balanza
comercial. Como este superávit se produce en pocos países de América Latina, en los
demás todo se subordina a los dos primeros factores, que son de incumbencia y de
decisión del sector financiero externo. Así, de auxiliares de la producción pasan a ser
los patrones de la economía. Quedan dueños del destino económico del país. En algunos
casos, han ejecutado golpes de mercado, mediante corridas bancarias que han
derribado gobiernos; tal fue el caso del presidente de Argentina Raúl Alfonsín.
En otras épocas, el
establishment financiero
obraba por medio de golpes militares. Ahora, los ejecuta de modo directo. Pero el tema no
termina allí. Además, implica una política económica ligada a Estados Unidos, pues
impediría la formación de bloques regionales latinoamericanos. Por ejemplo, el Mercosur
no sobreviviría a una dolarización de la Argentina. En ese caso, sería imposible la
coordinación de las políticas comerciales internacionales de Argentina y Brasil. A
continuación veremos cuáles son sus consecuencias, tanto para Estados Unidos como para
el país dolarizado.
II. Ventajas de la dolarización para Estados Unidos
Para Estados Unidos las ventajas de la dolarización son de índole política y económica. En el plano
político, se estrechan los lazos financieros con Estados Unidos. La utilización de una
moneda común simplifica las transferencias y los intercambios; y la imposibilidad de
devaluación tranquiliza a los inversores. Pero quizás lo más importante es que
como ya señalamos la economía del país dolarizado depende de los flujos de
capitales externos, y Estados Unidos provee o controla la mayor parte de esos flujos. De
tal modo, su influencia en la política económica interna es directa.
Desde el punto de vista económico, la ventaja es que como lo señaló el ex
Secretario del Tesoro de Estadios Unidos, Lawrence H. Summers cuando adquieren
dólares para usarlos en sus economías internas, los países dolarizados le están
otorgando a Estados Unidos un préstamo libre de intereses.(2) También se cobra el
señoreaje, que otro modo percibiría el país dolarizado.
III. Ventajas para el país dolarizado
En teoría, las ventajas que tendría el país dolarizado serían la anulación del riesgo de devaluación
(excepto si la hace Estados Unidos); la reducción del riesgo país y de las tasas reales
de interés; la desaparición de las causas monetarias de la inflación; una mayor
facilidad en el financiamiento de largo plazo; la rebaja en el costo de las transacciones
internacionales; la disminución de la incertidumbre en la economía. Sobre todo, por
encima de estas ventajas económicas, se esgrimen los beneficios de pertenecer al área de
influencia directa de Estados Unidos.
Estas afirmaciones teóricas han sido desmentidas por los hechos. Comencemos por el
déficit externo.
La imposibilidad de devaluar no quiere decir que hayan desaparecido las fuerzas
económicas fundamentales que presionaban por una devaluación. El déficit externo no
desaparecerá con la moneda nacional; lo que ocurrirá es que será aún más difícil
disminuirlo si se dejan actuar a los mecanismos del mercado (aquellos que hacen subir un
precio, como el dólar, cuando la demanda es superior a la oferta). Por consiguiente, la
dependencia de los capitales externos será más aguda, más estructural, como lo será la
subordinación política hacia los acreedores y los organismos financieros
internacionales.
Ante un desequilibrio de la balanza de pagos, no habrá más alternativa que la cesación
de pagos o la recesión para reducir las importaciones. No parece que así disminuya el
riesgo país y con él los spreads
que se cobran en el financiamiento externo.
Con la dolarización tampoco desaparecen los problemas en el sistema financiero. Por el
contrario, la economía será aún más inestable, ya que está sometida por completo a
las fluctuaciones financieras internacionales; pero además habrá desaparecido el
prestamista en última instancia.
Tampoco parece que en esta situación baje la tasa de interés para la mayor parte de los
prestatarios nacionales. Frente a una pérdida de depósitos, muchos bancos sólo podrán
subir las tasas de interés ofrecidas (y por consiguiente también cobradas); y la
progresiva eliminación de la banca nacional significará un encarecimiento del crédito
para muchos prestatarios nacionales, tales como los vinculados al agro y a las pequeñas y
medianas empresas, en el hipotético caso de que accedan a él. Por otra parte, la baja de
las tasas de interés puede lograrse también con un buen manejo fiscal, sin necesidad de
sacrificar la moneda. En realidad, los menores riesgos, y en consecuencia los intereses
más bajos, resultan de las características del sistema financiero, no de una
prestidigitación monetaria.
Es cierto que desaparece el peligro de una inflación determinada por el exceso de
emisión, pero no la derivada de otros factores, tales como la insuficiente demanda
(cuando se procura vender más caro cada producto); pero existen otros controles más
razonables para lograr el mismo fin.
Se invoca también la mayor facilidad en el financiamiento de largo plazo y la rebaja en
el costo de las transacciones internacionales. A este respecto, no hay que olvidar que las
condiciones del financiamiento dependen mucho más de la negociación que se efectúe que
de la moneda en la que se exprese; y el costo de la conversión de monedas resulta
despreciable al lado de las demás condiciones del contrato de préstamo.
También se sostiene que la dolarización disminuye la incertidumbre en la economía. Es
obvio que desaparecen las dudas acerca de la devaluación; pero el resto del manejo
económico es tan incierto como antes de la dolarización.
Pero además de este recuento teórico, es bueno saber qué está ocurriendo en un proceso
reciente de dolarización, tal como el de Ecuador, que entró en este régimen en enero de
2000. Se advierte que en el año de la dolarización, el producto global
creció muy levemente, después de una caída del 7,3% el año anterior, y el producto por
habitante quedó estancado. Existió un significativo mejoramiento de los términos del
intercambio por el aumento de los precios del petróleo y entraron transferencias por
1.200 millones de dólares, imputables sobre todo a remesas de emigrantes. La inversión
extranjera directa neta se mantuvo en los niveles del trienio; pero existió una
transferencia neta de recursos equivalente al 43% de las exportaciones. A su vez, los
intereses pagados por la deuda externa llegaron al 26% de las exportaciones. En el ámbito
social, el salario real siguió cayendo y el desempleo se mantuvo en índices cercanos al
15%. Este cuadro no es alentador, pero empeora sustancialmente cuando se considera que en
ese contexto recesivo hubo una inflación del 96%.
En síntesis, la dolarización no frenó la inflación, ni la evasión de capitales, ni
provocó un boom de capitales externos. El
producto por habitante se estancó y el desempleo abierto quedó en una tasa próxima al
15%. La situación política y social está dominada por la incertidumbre.
IV. Perjuicios para el país dolarizado
Con la dolarización, la economía funciona de otra manera, ya que pasa a depender de la entrada
de capitales y del endeudamiento externo; para obtenerlos, la imposibilidad de ajustar los
tipos de cambio, deja como única solución la rebaja de los costos (en particular el
salarial) y el alza de las tasas de interés. Es decir, se configura un escenario
recesivo; además, desaparece la política cambiaria y no existe prestamista en última
instancia. En síntesis, se renuncia a un instrumento fundamental de política económica.
El mecanismo es explosivo. La productividad de Estados Unidos es muy superior a la de los
países de América Latina. Si se dolariza, los bienes producidos en el país de menor
productividad pierden competitividad internacional; y si existe una amplia apertura
externa, además son desalojados del mercado interno. En condiciones normales, estas
diferencias se reflejan en cambios en los precios relativos (en especial tipo de cambio y
tasa de interés) y en la reasignación de recursos.
Los inconvenientes que sufre el país dolarizado son múltiples: abandona la soberanía
monetaria y cambiaria; adopta un esquema recesivo; se fragiliza el sistema bancario con la
desaparición del prestamista en última instancia; se elimina el señoreaje; se atenta
contra los esquemas regionales de integración; se pierden abundantes reservas para
reemplazar el circulante. Como veremos, la dolarización por una parte no sirve para
remediar situaciones negativas; por la otra, si el panorama fuera alentador, sería
innecesaria. Examinemos cada uno de estos puntos.
1. Abandono de la soberanía monetaria y cambiaria
El país dolarizado queda privado de un atributo fundamental de su soberanía y pone en
manos de funcionarios de otro Estado aspectos esenciales de la política económica
nacional. (3) Este grave vicio es valorado como una virtud por los partidarios de la
dolarización, ya que significa una total adhesión a la política de Estados Unidos. Se
podría así gozar de las ventajas que significa la pertenencia al área de influencia
directa de Estados Unidos y utilizar uno de los símbolos de su soberanía, que es la
moneda. Para quienes piensan así, el hecho de perder la capacidad nacional para decidir
no importa, porque mientras menos intervenga el Estado será mejor para la Nación; para
ellos, el óptimo sería llegar a ser una colonia rica. Quienes estamos en las antípodas
de ese pensamiento creemos que la soberanía nacional y la libertad de los pueblos siguen
siendo la esencia de la vida en sociedad. Parece absurdo que por razones de equilibrios
macroeconómicos, se reniegue de las luchas por la independencia libradas en el siglo XIX.
2. La dolarización tiende a la recesión
Los países dolarizados están sometidos a un esquema recesivo. En los países de cambio
flexible, una situación de déficit del comercio exterior sin entrada suficiente de
capitales obliga a combinar del mejor modo posible la devaluación y las medidas
recesivas. En un país dolarizado, como no existe la posibilidad de devaluación, sólo
quedan las medidas recesivas, a las cuales se agrega un aumento de las tasas de interés.
De tal modo, caen el producto, el empleo y los salarios reales, para bajar las
importaciones y hacer posible un superávit de comercio exterior que permita pagar la
deuda externa. (4) Además, los ciclos económicos del país dolarizado siguen a los de
Estados Unidos, con lo que se agravan las recesiones.
3. Con la dolarización desaparece el prestamista en última instancia
Con la dolarización desaparece la función del Banco Central como prestamista en última
instancia del sistema bancario. La tesis implícita en la dolarización es la creencia de
que el único riesgo que corre el sistema financiero es la devaluación. No se considera
una posible cesación de pagos externos, que sin embargo se mantiene, puesto que aun con
la dolarización no se eliminan los desequilibrios externos. Por otra parte, puede ocurrir
una crisis financiera interna, con efectos mucho mayores que los comunes, porque no
existiría el prestamista en última instancia.
La neutralización del Banco Central anula un instrumento básico de la política
económica. En efecto: las políticas activas del Banco Central son importantes no sólo
para marcar las orientaciones básicas de la política económica, sino también para
frenar posibles crisis económicas y bancarias. Por ejemplo, durante el efecto
tequila se produjo en la Argentina una corrida bancaria por temor a la iliquidez e
insolvencia de los bancos, que fue frenada por los fondos del Banco de la Nación y del
Banco Central (dicho sea de paso, en violación de la ley de convertibilidad que prohíbe
tales salvatajes). Si el país hubiera estado dolarizado, esa operación hubiera sido
imposible, porque el Banco Central de la Argentina no emite dólares.
Como la Reserva Federal de Estados Unidos no está dispuesta a jugar el papel de
prestamista en última instancia de un país extranjero y los bancos centrales
latinoamericanos no fabrican dólares, cada banco debería tener su propio prestamista en
última instancia, requisito que sólo cumple la banca extranjera. De donde una crisis
bancaria en un país dolarizado haría desaparecer a los bancos nacionales.
4. Eliminación del señoreaje
El señoreaje es la diferencia que existe entre el costo de poner la moneda en
circulación y el valor de los bienes que se pueden comprar con esa moneda. Otra forma de
calcularlo consiste en considerar que una persona que tiene dólares en billetes, en vez
de tenerlos en efectivo, podría comprar un bono del Tesoro y ganar un interés. Si
mantiene el billete, en los hechos le está dando al gobierno de Estados Unidos un
préstamo sin interés. Con este enfoque, el señoreaje es la base monetaria multiplicada
por una tasa de interés. Estados Unidos gana 25.000 millones de dólares por año en
señoreaje. Si un país dolariza, no gana más señoreaje. Por eso algunos partidarios de
la dolarización han propuesto que Estados Unidos comparta el incremento de señoreaje con
el país que lo genera.
5. La dolarización perjudica la integración regional
Si un país renuncia a tener una política monetaria y cambiaria propia, se dificulta
la coordinación de políticas dentro de los procesos de integración latinoamericana:
como es obvio, no se puede coordinar lo que no se controla. En ese sentido, la
dolarización sería perjudicial para la Comunidad Andina y el Mercosur, pero es funcional
al ALCA; más aún, constituiría el germen de un ALCA monetario además del comercial.
6. Pérdida de reservas en la instrumentación de la dolarización
La dolarización obliga a destinar una parte importante de las reservas para constituir la
nueva moneda circulante. Los gobiernos de los países que se dolaricen deberán entregar
certificados del Tesoro de Estados Unidos al sistema de la Reserva Federal equivalente a
la cantidad de moneda nacional que esté en circulación en el momento en que se dolarice.
Tales billetes nacionales pasan a ser pedazos de papel, porque dejarían de ser moneda. El
nuevo circulante será el dólar. Pero como la Reserva Federal de Estados Unidos no vende
dólares a cambio de trozos de papel, para comprar los millones de dólares que serán el
nuevo circulante deberán utilizarse las reservas o recurrir a un nuevo endeudamiento. De
tal modo, el país dolarizado perdería toda su moneda circulante, que desaparecería sin
ninguna contrapartida.
7. Falta de necesidad de la dolarización
En América Latina es común que la historia vuelva a repetirse. En el
decenio de 1970 se contrajo la deuda externa sin que existiera una necesidad económica
real; se procuró entonces satisfacer la necesidad que tenía el sistema financiero
internacional de reciclar los petrodólares. Ahora se quiere ir a la dolarización,
también sin necesidad. Veamos.
El recetario de la dolarización prescribe que para que funcione de modo adecuado es
necesario un equilibrio en las cuentas externas y fiscales, así como un sistema bancario
sano. La pregunta obvia es: si estas condiciones se dan ¿para qué se va a dolarizar? En
ese caso, lo mejor es mantener la moneda que produjo una situación económica tan
positiva. (5)
V. Democracia y dolarización
En el fondo, lo
que se discute es quiénes van a gobernar. En muchos países, desde fines del siglo XIX
hasta mediados del siglo XX, predominó el sector agrario. Desde la Segunda Guerra Mundial
hasta los años 1970/1980 tomó la hegemonía el sector industrial, en especial en los
países más grandes de la región; después y hasta ahora, es el sector financiero el que
prevalece. Para este sector, que ahora es hegemónico, la dolarización es la mejor
solución. Se trata de un conglomerado financiero liderado por bancos de Estados Unidos y
de la Unión Europea, para los cuales la dolarización les asegura una vinculación
directa con Estados Unidos, les permite recaudar en dólares para cobrarse deudas y
mantiene el control de economías que se nutren de la entrada de los capitales que ellos
mismos proveen. Cuanto menos Estado intervenga, cuanto más soberanía delegue, mejor para
ellos.
El otro grupo importante es el de las empresas trasnacionales que se beneficiaron con la
venta indiscriminada de activos nacionales, en especial aquellas que compraron los
servicios públicos. En efecto, la dolarización les permite cobrar en dólares la
prestación de servicios a vocación universal, sin posibilidad de competencia. Esta
situación es particularmente beneficiosa para las empresas europeas, puesto que recaudan
y giran utilidades en dólares con una situación de menor valor del Euro. De este modo el
negocio es redondo.
La incógnita es hasta qué punto una situación de deterioro económico y social, la
hegemonía de un sector desvinculado de la producción y una renuncia estatal a
instrumentos fundamentales de política económica, son compatibles con el mantenimiento
de la democracia.
Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno son Consultores Internacionales
Notas
1. Véase
Michel Aglietta, Régulation et crises du capitalisme, Ed. Odile Jacob, Paris, 1997.
2. Véase Lawrence H. Summers, exposición ante
el Comité de Bancos, Subcomités en Política Económica y en Comercio y Finanzas, 22 de
abril de 1999.
3. La Dra. Catherine L. Mann, economista
del Institute for International Economics de Washington declaró en su exposición
ante el Comité de Bancos del Senado de Estados Unidos, que la dolarización no
sólo elimina la moneda nacional, sino que pone las perspectivas de crecimiento en manos
de decisores políticos de otro país.
4. Véase Arturo Huerta González, La
dolarización, inestabilidad financiera y alternativa en el fin de sexenio, Editorial
Diana, México, 2000.
5. Ibid
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