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Tribuna de Oradores

El mensaje de Porto Alegre

por Mario Soares   /   publicado en La Vanguardia

Dos mundos se han visto confrontados estos últimos días, de forma altamente simbólica y mediática, en dos foros distintos: uno en Nueva York -el anterior foro de Davos- reunido este año en América como homenaje a las víctimas del World Trade Center, y otro en Porto Alegre, en Río Grande del Sur, Brasil. Curiosamente no se ha establecido entre ambos un diálogo demasiado preciso, a diferencia del año pasado. Sin embargo, por extraño que parezca, se ha producido cierta confluencia de puntos de vista, dado que el Foro de Nueva York se ha situado marcadamente a la defensiva, reconociendo, paladinamente, la existencia de "un mundo debilitado", de una recesión (con discrepancias a propósito de la ansiada recuperación) y de enormes fracasos de problemático disfraz: el tremendo escándalo de Enron (que ha alcanzado a la Administración Bush y parece que ha chamuscado al propio príncipe Carlos de Inglaterra) y la crisis de Argentina, país en pleno caos y a la deriva, desesperado y que hasta hace poco era un ejemplo de buen comportamiento financiero señalado por el propio Fondo Monetario Internacional.

Por su parte, el Foro de Porto Alegre, que reunió una galaxia de organizaciones no gubernamentales (ONG) conectadas en red y procedentes de todo el mundo (de India a Líbano; de América a Italia, a Francia, al Reino Unido, a España; de Tailandia a Malasia, a Filipinas; de Túnez a Congo, a África del Sur y a Canadá; de Honduras a México, a Argentina y a Brasil, por sólo citar las más importantes) ha sido lugar de encuentro de representantes de partidos políticos, sindicatos y asociaciones de la más diversa índole, así como de incontables personalidades: sociólogos, economistas, lingüistas, teólogos, políticos, premios Nobel y figuras cívicas reputadas, en lo que ha constituido un éxito reconocido de forma unánime.

La cita de Nueva York ha reunido a los llamados "dueños del mundo": directores de bancos centrales, grandes empresarios, ejecutivos de multinacionales, economistas, ministros, ex ministros y multimillonarios, aunque el espíritu que se filtró de las sesiones no era de un gran optimismo. Al contrario. Muchos participantes se manifestaron en el sentido de que la recuperación económica no estaba tan al alcance de la mano como pretende la Administración americana; otros profirieron alusiones desagradables acerca del escándalo Enron dando a entender que lo más importante estaba aún por llegar. Y, sobre todo, en el caso de Argentina, tras la decisión del Tribunal Supremo de considerar inconstitucional el decreto presidencial que estableció el "corralito", la situación hace suponer que puede darse una "carrera" a las oficinas bancarias de graves consecuencias para la estabilidad del país; por último, hemos asistido al discurso arrogante del presidente Bush sobre el "eje del mal", amenazando a países como Irán, Irak y Corea del Norte, que ha sentado bastante mal y ha provocado grandes reticencias por parte de muchos de los participantes.

Puertas afuera del Foro, enfrente del famoso hotel Waldorf Astoria, los manifestantes antiglobalización se condujeron de forma singularmente pacífica, e incluso mostraron un talante inclinado a la buena disposición. La guinda final para adornar el pastel de la confrontación la puso el presidente de la Organización Mundial de Comercio (OMC) cuando declaró que para el próximo año intentará ir a Porto Alegre puesto que los problemas sociales allí debatidos revisten una gran importancia y le interesan muchísimo. Sorprendente.

El Porto Alegre se ha registrado un episodio sociológicamente inédito del que fui testigo presencial: los cientos de miles de personas que acudieron al encuentro, sobre todo jóvenes, para manifestar que "es posible un mundo distinto". Y también la alegría y el entusiasmo con que reclamaron una "globalización ética", para utilizar la expresión de Mary Robinson, quien pronunció un discurso valiente y crítico, en su calidad de Alta Comisaria de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Es decir: la cuestión estriba en una "globalización alternativa" (al neoliberalismo), dotada de inquietudes sociales y aplicada a terrenos muy específicos como son los de la vivienda, la seguridad social, la salud, la justicia, la educación, el aprovechamiento de los espacios públicos, etcétera. Y con una dimensión ecológica, capaz de acabar de una vez con los atentados que nuestro planeta sigue sufriendo todos los días y que ponen en peligro la supervivencia de la propia humanidad.

Porto Alegre ha demostrado que existe una enorme disponibilidad personal para participar en la lucha por un mundo más solidario y menos injusto y desigual. Se trata de una nueva utopía en trance de nacer -tal como son las cosas simples pero evidentes- que, por otra parte, muestra en América Latina un gran componente de antiamericanismo.

¿Dónde puede apreciarse un movimiento semejante, no orquestado, sino espontáneo y plural en sus motivaciones? Supongo que en la desesperación y en la constatación de que el mundo va mal, cada vez peor, sin brújula ni norte. Las personas sencillas y auténticamente educadas reflexionan sobre todo lo que ven cada día en las cadenas televisivas y concluyen -siendo sinceras consigo mismas- que es menester esforzarse por un mundo mejor y más, si cabe, si se trata de defender a sus hijos y nietos.

Aspiran a una globalización "alternativa", porque además saben que la globalización es un fenómeno inexcusable de nuestra época. Sin embargo, es importante preguntarse: ¿cómo y por qué medios se puede alcanzar tal globalización alternativa? Tal cosa no se sabe todavía con certeza. Era ésa, por lo demás, la temática principal que el II Foro Social de Porto Alegre debatió hasta la saciedad en más de doscientos talleres y de forma muy variada, contando con algunas aportaciones enormemente lúcidas aunque, en ocasiones, contradictorias entre sí. Pero, siempre, en la línea de la bella frase del gran poeta español Antonio Machado de que "se hace camino al andar"...

Sea como fuere, los resultados de este II Foro Social de Porto Alegre han sido muy alentadores. Habrá un tercer foro, en enero del 2003, también en Porto Alegre, que será preparado en decenas de otras reuniones que van a tener lugar en varias ciudades del planeta, entre las cuales cabe contar (si ello es factible) con Jerusalén.

Entre tanto, se acentúa una nota de importancia trascendental: todo habrá de desarrollarse de forma pacífica, como ahora en Porto Alegre y en Nueva York, porque, en sociedades abiertas como las nuestras, tanto en América como en la Unión Europea, la violencia sólo beneficia a los ricos y a los poderosos, en tanto que el arma de los pobres es el pacifismo. Considérese a este respecto la lección de Gandhi y de Martin Luther King.

Y quisiera añadir que yo mismo, pensando en Porto Alegre en estas correspondencias y relaciones, tuve también un sueño: el de que alguien con voz suficientemente poderosa e indiscutible autoridad moral alce la voz para ser oído en todo el mundo: "La paz es posible y necesaria; se dan las condiciones para erradicar la pobreza en el mundo; merece la pena -y es esencial- defender el planeta de las agresiones que padece; un mundo mejor, más solidario, humano y equitativo se halla en el radio de acción de nuestros esfuerzos". Si esta declaración encuentra a alguien que la haga, hallará multitudes que la secunden...

Un decenio de neoliberalismo salvaje, con las consecuencias nefastas que a la vista están, ha hecho de las personas, en especial las de las regiones más pobres, seres humanos capaces de comprender y de llevar a la práctica este mensaje.

Mario Soares, presidente de Portugal entre 1986 y 1996
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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