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Días de acción global

por Kepa Aulestia   /   publicado en La Vanguardia

Las cumbres internacionales y cualquier acontecimiento de cierta significación han incorporado a su agenda la sombra de los "días de acción global". La opción por otra globalización -otra Europa u otro mundo- moviliza en cada ocasión a decenas de miles de personas que constituyen la amalgama más amplia de inconformismo que se haya conocido desde los años setenta. Probablemente, muchas de las personas que colapsaron el recorrido de la manifestación barcelonesa del pasado sábado hubiesen objetado o matizado el contenido de la declaración que los convocantes leyeron al final del trayecto. Pero, aun así, no quisieron desaprovechar la oportunidad que la cita les brindaba para testimoniar sobre todo su distancia respecto a los dirigentes europeos y al orden del día de esta última cumbre. Lo característico de la relación que mantienen los defensores de una y otra globalización es precisamente la distancia que les separa; distancia especialmente relevante si tenemos en cuenta que el mundo global no posee instituciones de poder que sirvan de interlocutoras o actúen de filtro selectivo ante las demandas de tan vasto movimiento de contestación. Los "días de acción global" realzan este hecho. Por un lado, las reformas y medidas que impulsa cada uno de los gobiernos no se enfrentan -por lo general- a una contestación interna que obligue a reformularlas en el seno del respectivo Estado. Por otro lado, sólo la globalización simbolizada por las grandes cumbres es capaz de suscitar concentraciones multitudinarias cuyo eco, sin embargo, tiende a desvanecerse al día siguiente en el abismo que separa la órbita de sus demandas de la política de los gobiernos.

En los últimos meses el llamado movimiento antiglobalización parece haberse desprendido de las adherencias violentas que tanto daño le han hecho. Pero persisten en él una visión totalizadora de los problemas de la humanidad y una renuncia más o menos expresa a traducir sus aspiraciones al lenguaje de lo políticamente posible. Junto a la opacidad de lo establecido para reconocer las razones que encierra la contestación favorable a otra globalización, esa otra globalización corre el riesgo de acomodarse en la retórica de la utopía, empujada en buena medida por la necesidad de preservar su propia existencia autónoma. Quizá sea aún prematuro formular tan severo pronóstico de forma taxativa. Sin embargo, en la medida en que el celo por fomentar la autonomía de un magma tan multicolor implique la renuncia a incitar siquiera el sentido de la oportunidad que anida en la política convencional, el movimiento puede convertirse en un fenómeno fecundo en conciencias, pero estéril en nuevos comportamientos y en cambios reales. Uno de los signos que distinguen la era de la globalización de cualquier tiempo anterior es que no deja lugar para la revolución y, en todo caso, invita a la revisión y a la reforma. Resulta imposible imaginar cómo podría alumbrarse un mundo nuevo a base de detraer voluntades cívicas de su participación directa en la legitimación de las democracias existentes, por perfectibles que sean éstas. Lo demás nunca pasaría de ser un alegato demagógico -bisoño o añorante- a favor de lo imposible.

En medio de la interminable crisis de identidad que la izquierda padece desde que la historia se deshizo de las certezas inmutables, el socialismo democrático europeo está mostrando abiertamente diferencias que en décadas anteriores parecían más propias de ciertas contingencias nacionales. Ello adquiere especial relevancia porque probablemente corresponda a la izquierda -cuando menos en primera instancia- servir de receptáculo de las inquietudes que representa la otra globalización para introducirlas en la política institucionalizada. Quizá resulte paradójico que esto pudiera ser así cuando tanto la eclosión ecologista de los años ochenta como la generalización del voluntariado en tareas de solidaridad había logrado emanciparse de los viejos clichés ideológicos para propiciar alternativas transversales arraigadas en la sociedad. Ciertamente, la globalización ha echado la última paletada de tierra sobre la división ideológica que atenazó a la humanidad durante el siglo XX. Pero, al mismo tiempo, induce el surgimiento de diferencias ideológicas no siempre nuevas. El problema estriba en si la izquierda europea será capaz o no de atenuar en su acción política la distancia que separa a la globalización de la otra globalización; de representar por una parte voluntades ciudadanas que disfrutan de las ventajas que les comporta la globalización y proponer, por la otra, medidas que palien los efectos negativos de esta. La tarea entraña una doble dificultad, habida cuenta de que a la renuente actitud de la contestación global a la colaboración -por miedo a que el sistema acabe asimilando parte de su impulso- se unen los límites de la propia izquierda que, bien por avatares nacionales allá donde gobierna, bien por hallarse en una posición subordinada allá donde se encuentra en la oposición, difícilmente puede operar con soltura para parcelar un programa de máximos de nada fácil traducción política. En cualquier caso, el diálogo entre la izquierda y la otra globalización puede constituir la auténtica novedad de los próximos meses. Y ello es tanto como decir que la izquierda tendrá que dialogar consigo misma; aunque esta vez los múltiples acicates exteriores impiden que pueda acomodarse en un soliloquio indefinido.

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