Al movimiento contra la globalización neoliberal
se le ha identificado con la violencia. Barcelona demostró lo contrario.
Barcelona demostró que es posible aislar a los grupos minoritarios
que ejercen la violencia como forma de protesta. Pero, sobre todo, que
es posible ridiculizar al poder que pretende imponer una forma de vida
a todo el planeta. La marcha del pasado 16 de marzo fue la movilización
más numerosa desde Seattle. Pese a que se esperaba un "torneo medieval"
entre activistas y policías, la sociedad civil ocupó las
calles masiva y pacíficamente. El 11 de septiembre -como pretexto
y fantasma- va quedando atrás. ¿Cómo fue posible lograrlo?
Barcelona es hoy un nuevo referente del movimiento global.
Después de la movilización de más de 500 mil personas
será difícil descalificar las protestas contra las políticas
económicas en el mundo como cosa de "minorías radicales y
violentas".
El significado y la dimensión de lo ocurrido en
la Ciudad de los Prodigios se ubica en la perspectiva de los años
recientes. Seattle fue la sorpresa, el nacimiento del nuevo movimiento,
la ruptura del consenso mundial en favor de la globalización. Los
gobiernos no sabían cómo reaccionar ante la novedosa inconformidad.
Después vinieron las protestas en Washington, Davos, Praga, Quebec;
en cada cumbre se ensayaban nuevas acciones y nuevas reacciones. La violencia
iba en aumento y la policía aprendió a utilizarla en su favor.
A partir de Gotemburgo, el año pasado, se lanza una estrategia que
hace más eficaz el cerco policiaco contra los manifestantes y la
represión más abierta y brutal. Génova representó
el clímax de esta política; aunque la convocatoria fue un
éxito, también demostró que los gobiernos habían
decidido acabar con los globalifóbicos a costa de conculcar las
libertades democráticas. El asesinato de Carlo Giuliani por policías
italianos fue un claro mensaje.
A esto se agrega el ambiente creado después de
los atentados del 11 de septiembre, que sirvió para estigmatizar
y criminalizar las manifestaciones, al equipararlas con el terrorismo.
La inmovilidad cundió entre muchos sectores. En este contexto, Barcelona
representa un cambio que rompió la lógica de las marchas
anteriores.
Salirse del guión preparado
La tarea no fue fácil. A la campaña de satanización mediática
y de acoso policial del gobierno español, se sumaban las dificultades
de coordinación y de entendimiento dentro del movimiento. El gobierno
puso a la ciudad entera bajo sitio militar y los medios de comunicación
desalentaban la participación en la campaña anticumbre.
Iñaki García, integrante del Colectivo de
Solidaridad con la Rebelión Zapatista y uno de los animadores de
las jornadas "Contra la Europa del Capital y contra la Guerra", el 15 y
16 de marzo pasados, explica a Masiosare: "Entendíamos que en Barcelona
se jugaba mucho, y más después de Génova. El ambiente
estaba raro por la experiencia de junio del año pasado (la marcha
contra el Banco Mundial que fue duramente reprimida). No resultaba fácil
afrontar la organización de las protestas contra la Cumbre europea
y había miedo ante la gran intervención policial que se estaba
gestando".
Algunos activistas advertían en las asambleas que
"la maquinaria represiva" podría hacer que muchos buscaran esconderse
en lugar de pensar en protestar.
"Pese a todo -cuenta Iñaki García- hubo
acuerdo en impulsarlo". Desde el principio, algo tenían claro los
promotores: "no se quería el terreno que nos preparaban, el enfrentamiento
directo en el que teníamos las de perder", indica.
"Empezamos con muchas dudas y la cosa fue avanzando hasta
conseguir un sinfin de iniciativas. Fue un trabajo de hormiguita en muy
poco tiempo, pero con mucho entusiasmo. Las diferencias y las tensiones
han sido muy fuertes pero se consiguió armar la campaña con
un contenido radical e innovador".
La mayoría de las personas y colectivos participantes
pretendían algo muy distinto a enfrentarse con la policía
y destruir bancos. El reto principal era vencer el miedo y ganar la calle.
Había sectores ligados al movimiento okupa y a los independentistas
catalanes y vascos que insistían en la acción directa violenta.
Pero se impuso el consenso a favor de acciones que anularan la estrategia
bélica del gobierno.
"Acordamos, creo que todos, evitar los bloqueos contra
la cumbre porque iban a ser suicidas", recuerda Iñaki. Se promovieron
movilizaciones descentralizadas, fiestas, conciertos, representaciones
masivas, actos de desobediencia civil.
La CGT (sindicato anarquista) llamó a realizar
"todo aquello que se nos ocurra y que demuestre la diversidad y la vitalidad
de los movimientos sociales. Hacemos un llamado a salirse del guión,
a utilizar la acción directa y la desobediencia civil como mecanismos
de lucha que vayan más allá del enfrentamiento violento con
la policía. Es necesario recuperar el carácter rabiosamente
festivo y subversivo de nuestra actividad rompiendo esquemas militarizados
(cumbre-bloqueo-choque con la policía) en los que quiere confinarnos
el poder".
Se optó por hacer acciones descentralizadas, "tantas
como la gente proponga", bajo la idea de la convergencia y el respeto mutuos.
En una de tantas reuniones se argumentó: "No tengamos miedo, toda
la estrategia policial se basa en la creación de un estado de excepción,
donde la gente se queda en casa y una elite de activistas se enfrenta a
10 mil policías. Ante esta realidad, el movimiento debe volver a
usar la creatividad y la descentralización. Lograr con ello una
visualización más completa de las resistencias, de su diversidad,
más allá del esquema de torneo medieval que propone la policía".
De esta manera se involucraron las luchas locales de la
ciudad. Cientos de asociaciones libertarias, colectivos de derechos humanos,
laborales, mujeres, gays, ecologistas, okupas, estudiantes e inmigrantes
promovieron más de 25 manifestaciones y acciones descentralizadas
en toda la ciudad.
Incluso se inventaron formas de protesta como "la primera
acción masiva participativa, una coreografía muy mediática
y divertida que representan los síntomas de la Europa turbocapitalista,
presentado como el primer experimento global-animal en el mundo de las
manifestaciones".
Se montaron obras escénicas para defender las libertades
democráticas y los derechos civiles. Se elaboraron manuales antirrepresivos.
Una comisión de los mismos organizadores se encargó del orden
de la manifestación. "No se trataba de bloquear la cumbre sino de
desbloquear la ciudad", se dijo.
Las jornadas conjuntaron un archipiélago de causas.
Lo mismo se rechazaba el Plan Nacional Hidrológico, que se apoyaban
las reivindicaciones de mujeres o inmigrantes, se defendía la educación
pública, la legalización de la mariguana o se expresaba solidaridad
con el pueblo palestino. Se hacía énfasis en promover una
economía en manos de la gente y no de las corporaciones.
En un balance preliminar, Iñaki García apunta:
"Se demostró que había un descontento muy grande por cómo
se había preparado todo para la cumbre y por los acuerdos que se
preveía se iban a tomar. Se demostró que era una convocatoria
abierta e incluyente, que tenía un sentido crítico muy fuerte
que nadie podía rentabilizar para su interés partidista o
de poder".
Después de la movilización -añade-
vemos más fuerte al movimiento. "Pensamos que Barcelona da aire
a todos los que luchan y resisten. Los poderes mundiales saben también
que Barcelona es una ciudad donde no son bienvenidos y el resto del mundo
sabe que tiene un buen precedente esperanzador, que las cosas se pueden
hacer".
Y concluye: "Sobre todo hemos podido demostrar que tiene
sentido la lucha y que podemos arrancarle espacios al poder y conectar
con la gente común y corriente. Eso que parecía imposible
se ha conseguido". Otra realidad se hizo posible.
Opina sobre este artículo
Arriba