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Tribuna de Oradores
Sin un lugar en la cumbre
por Oscar Raúl Cardoso
/ publicado en Clarín
Los
ecos de la cumbre mundial sobre el financiamiento del desarrollo que, bajo los auspicios de la ONU, se realiza en estos días en Monterrey, México, tienen en la Argentina un sonido diferen te, más opaco, que en el resto del mundo. Lo que en muchas capitales es cierto entusiasmo anticipado con los resultados de la reunión un posible aumento sustantivo de la anémica asistencia económica de los países desarrollados a los países pobres se traduce aquí de un modo diferente: una comprobación más de la irrelevancia internacional que afecta a una Argentina hoy en serios problemas.
Semanas antes del inicio de las deliberaciones, Estados Unidos y la Unión Europea se enfrascaron en una curiosa competencia declamativa para ver quién mostraba el rostro más generoso. George W. Bush anunció a mediados de mes que sumaría 5.000 millones de dólares anuales a lo largo de tres años a la asistencia que concede su país y menos de una semana después los europeos subieron la oferta anticipando sus propios planes: 7.000 millones de dólares anuales para el 2006 y acumulado de 20.000 millones extras entre ahora y ese año. Como si el dilema de más de tres mil millones de almas sumidas en la pobreza mundial fuese un estrambótico juego de póker, algunos funcionarios de la administración republicana aseguraron inmediatamente que el programa del presidente era, en verdad, más ambicioso: 10.000 millones a lo largo del próximo trienio. En cualquier caso, los nuevos montos que verán la luz en el documento final de la cumbre se quedarán cortos: ni se acercarán a los 100.000 millones de dólares que el Banco Mundial calculó como la cifra que permitiría reducir a la mitad la pobreza mundial a la mitad en el 2015.
Una forma de medir la puja es ver quiénes participaron en este extraño remate de buenas intenciones. El secretario del Tesoro, Paul O''Neill, un hombre que en estos temas siempre prefiere pecar en la orilla de la mezquindad, no sólo abrazó el ejercicio de redoblar apuestas, sino que aseguró que Washington podría iniciar el aumento de la ayuda económica en forma inmediata, antes aun de lo que había sugerido Bush.
Pero de estos vientos de dádiva ni una leve brisa parece dirigirse hacia estas playas australes. Por el contrario, cada uno de sus voceros Bush, O''Neill y otros como Horst Kohler, director del FMI, y James Wolfensohn, titular del Banco Mundial se dedicaron a advertir que la Argentina no podía esperar ayuda si antes no se sometía a una nueva y aún más intensa condicionalidad y que, aun en el más dócil de los casos, tampoco era seguro que la ayuda estuviese allí. Hasta el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, que había asumido la más estentórea defensa de su vecino y socio, pareció bajar la cabeza frente a la realidad y cambió su crítica al FMI como responsable al menos parcial del desaguisado argentino para recordarle a Buenos Aires que la crisis tendría un nuevo costo social inevitable.
Puesto en términos del lenguaje cotidiano, nos hemos quedado "bailando con la más fea de la fiesta" mundial, si tal fiesta existe. Ninguna de las promesas que cifra la reunión parecen tener que ver con este país y en cambio los reproches que llenan los discursos de los jefes de Estado de las naciones ricas pueden estar dirigidas a todo el subdesarrollo de modo genérico, pero siempre encuentran la forma de tener una resonancia especial en la Argentina.
El mensaje que ayer leyó Bush en la cumbre es un ejemplo claro de esta direccionalidad. Aunque cueste aceptarlo, ¿quién pudo no imaginar el caso argentino cuando el presidente norteamericano habló de una demanda de "reformas económicas y legales" que debería ser satisfecha en forma previa a la recepción de cualquier ayuda futura? ¿Quién pensó en otro ejemplo que el argentino, cuando Bush destiló críticas a la corrupción de los países receptores que esteriliza con frecuencia el destino de la ayuda?
No es difícil pensar en otros muchos destinatarios. Rusia, que en 1998 prolongó la crisis iniciada un año antes en el sudeste asiático con su propia cesación de pagos de la deuda externa, se convirtió en un caso paradigmático de esa corrupción que esteriliza la ayuda internacional cuando dejó que los primeros 10.000 millones de dólares de un paquete extraordinario de asistencia financiera armado con urgencia por Bill Clinton terminaran en las cuentas extranjeras de sus elites económicas. Pero ¿quién recuerda la Rusia de Boris Yeltsin hoy? En una opinión pública global que vive en un eterno presente, la Argentina responsable del "default" de deuda soberana (unos 150 mil millones de dólares) más grande de la historia económica es el culpable del día y la más encendida y articulada defensa, está visto, no logrará sacarla de ese incómodo lugar.
Se codea con el absurdo que los diarios locales tengan que recordar en la información sobre la cumbre de Monterrey que ésta fue convocada mucho antes de que la Argentina se despeñara hacia su actual crisis y que, por cierto, su temario no fue pensado por nadie que tuviera a este país en el centro de sus preocupaciones. Parece también redundante, pero igualmente necesario, recordar que la negociación de la Argentina con el FMI aún no se inició, que es de rigor que las partes involucradas la anticipen con posiciones de dureza excepción hecha aquí de la Argentina que no está en condiciones de endurecerse y que Monterrey no será el escenario del toma y daca que vendrá.
De otro modo, está el riesgo de no entender qué es lo que está en juego. Es razonable e inevitable reconocer las condiciones objetivas de la Argentina: necesidad y debilidad. Pero es peligroso asumir en el ánimo la condición ansiosa de mendigo porque, se sabe, la mendicidad priva del derecho a la elección. Y no elegir equivale a condenarse.
En este caso particular hay razones poderosas para mantener la calma y la claridad. La situación parece sugerir que no hay otro camino que aceptar sin siquiera un resuello las condiciones que establezcan los organismos internacionales de crédito, notoriamente el FMI. En este caso convendría tener siempre presente que no sólo el Fondo no se ha caracterizado en las pasadas dos décadas por la sabiduría de sus recetas promovidas aquí y en el resto del planeta y que éstas siempre tienen un costo en la única moneda que es en esta Argentina realmente escasa: la justicia de las condiciones de vida en común.
Una ingeniosa redefinición que acaba de hacer Ignacio Ramonet, el director de "Le Monde Diplomatique", de una frase de bronce de Bush quizás ofrezca una clave central de lo que, sí, está en juego. El verdadero "eje del mal" que el norteamericano había delimitado con Irak, Irán y Corea del Norte está encarnado para Ramonet por el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. Y no hay salvación para los atrapados en cualquier eje del mal, no importa cómo esté compuesto.
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