La reunión de la conferencia ministerial
de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Seattle aceleró
la cristalización, en torno a cuestiones comerciales, de un fenómeno
que rebasa ampliamente la esfera económica: la mundialización. En
ella se tomó conciencia de la necesidad de una gobernabilidad mundial
fundada en un principio democrático y orientada hacia el desarrollo
duradero, respetando la diversidad de los pueblos y los derechos
de los individuos.
El
Acuerdo de Marrakech, que se firmó el 15 de abril de 1994 y concluía
las negociaciones comerciales multilaterales del ciclo de Uruguay,
fijaba la fecha del 1 de enero de 2000 como último plazo para que
se concluyeran las negociaciones. Debían lanzarse estas nuevas negociaciones
durante la tercera conferencia ministerial de la OMC que se reunió
en Seattle (Estados Unidos) del 30 de noviembre al 3 de diciembre
de 1999 y cuyo objetivo era determinar la duración, el contenido
y las modalidades de negociación del próximo ciclo.
Tras cuatro días de intensas conversiones,
las delegaciones de 134 estados miembros se separaron, constatando
la imposibilidad de acercar sus puntos de vista. Al mismo tiempo,
en las calles se celebraban manifestaciones de gran amplitud.
Ciertas preguntas se plantean hoy en
día con fuerza. ¿Cómo se puede analizar lo que ha pasado en Seattle?
¿Cuáles eran las posturas de los cuatro "bloques" presentes en Seattle?
¿Qué lección nos ha dado el inesperado desarrollo de esta conferencia?
¿Cómo dar vida, en el futuro, a esta promesa de democracia planetaria?
En Seattle, ante las caras de todo
el mundo, se desarrollaron y entremezclaron tres debates: el clásico
enfrentamiento euroatlántico -pero con un acercamiento de Japón
hacia la postura europea; la no menos habitual incomprensión entre
norte y sur, cuya novedad consistía en la toma de conciencia, por
parte de los países en vías de desarrollo, de su poder de bloquear
las negociaciones; por último, la irrupción en la esfera económica
de preocupaciones no comerciales, mani- festadas de la forma más
ruidosa, y con una fuerte reivindicación de transparencia, por las
opinión pública, a través de las 750 ONG (Organizaciones No Gubernamentales).
La eclosión de la mundialización ciudadana
El choque frontal de los partidarios de una u otra visión de estas
tres cuestiones convirtió la conferencia de Seattle en un momento
realmente revolucionario, en sentido literal, es decir, invertir
una situación establecida. De este desorden, nacido de las tensiones
entre las fuerzas a favor del cambio y la resistencia del orden
anterior, podrá por fin surgir una democracia planetaria.
La antigua visión de estas tres cuestiones
puede resumirse en una defensa del liberalismo según la cual el
mercado es la única garantía para obtener los mejores productos
al mejor precio, y por lo tanto para aumentar las riquezas globales.
Este postulado se basa en dos premisas falsas, ya que sobrentiende
que todos los productos (o servicios) son de la misma naturaleza
y que todos los socios comerciales son iguales.
Ésta era la posición defendida por
Estados Unidos y el grupo llamado "de Cairns" (Australia, Nueva
Zelanda y países de América Latina, como Brasil y Argentina), los
países exportadores de productos agrícolas más importantes, y que
había reinado en los ocho ciclos de negociaciones del GATT (Acuerdos
Generales sobre las Tarifas Aduaneras y el Comercio), de 1947 a
1994, dedicados casi exclusivamente a reducir los derechos de aduana.
Los partidarios del cambio -Unión Europea,
países en vías de desarrollo y opiniones públicas- se expresaron
de manera diferente, tanto en el fondo como en la forma, sin que
apareciera, en este punto, el consenso necesario para dar forma
a este cambio.
¿Qué decía la Unión Europea? Defendía
la idea según la cual la libertad de los intercambios no puede ser
un factor de desarrollo si no está enmarcada por reglas que corrijan
los desequilibrios debidos tanto a la no equivalencia de los productos
y servicios como a la desigualdad de los participantes en el intercambio.
Europa ha sabido resistir a las presiones y apoya un proyecto político
global coherente, más solidario, menos liberal y, en particular,
una política agrícola reformada, que tenga en cuenta los valores
no comerciales (multifuncionalidad de la agricultura).
En cuanto a los países en vías de desarrollo,
rechazaban los términos de un intercambio comercial, y a menudo
desigual, en el que los más fuertes siempre ganan; planteaban como
condición previa a la apertura de un nuevo ciclo que se renegociaran
en su favor los acuerdos de Marrakech. Exigían que los países ricos
redujeran sus propias barreras aduaneras, antes de cualquier nueva
liberalización.
Por último, los numerosos manifestantes
anti-OMC presentes en Seattle denunciaban lo absurdo de conceder
un valor comercial a bienes o servicios con valores fundamentalmente
no comerciales: los soportes de la cultura, la seguridad alimentaria,
la protección del medio ambiente, el genoma humano, etc.
El enfrentamiento entre estas referencias
económicas por un lado y las aspiraciones sociales por otro, en
la mayor confusión, tanto en el interior como en el exterior de
la conferencia, no podía llevar más que a un callejón sin salida.
¿Hay por ello que desesperarse tras el fracaso de la conferencia
ministerial de Seattle? No, ya que en ella ha triunfado un principio:
la transparencia. Es cierto que hubiera sido deseable alcanzar un
buen acuerdo, pero triunfó la democracia, con tal de que se reúnan
las condiciones de su puesta en práctica. Al menos dos son necesarias:
una profunda reforma de la OMC y, para la Unión Europea, una considerable
tarea por realizar.
La necesaria reforma
de la OMC
Esperando la creación de una instancia de gobierno mundial alrededor
de la ONU, hay que utilizar el instrumento más eficaz que tenemos,
es decir, la OMC. Este organismo es el más universal (reúne a 134
países, y otros 36 son miembros "observadores", en su mayoría candidatos
a la adhesión), también es el único que posee los medios para aplicar
las reglas internacionales a través de su Órgano de solución de
diferencias, instancia casi jurisdiccional con poder para dictar
sanciones. Sólo resta darle un carácter más democrático, un funcionamiento
más transparente y aclarar las reglas sobre las que debe apoyarse
el Órgano de solución de diferencias.
La transparencia: el principio está
aceptado hoy en día. Queda organizarlo para evitar la parálisis.
Ello supone la elaboración democrática de reglas de funcionamiento
aceptadas por todos, tanto en la preparación de las negociaciones
comerciales como en la de los juicios del Órgano de solución de
diferencias.
La democracia: en Seattle, todos han
comprendido que, hasta entonces, la regla del consenso no había
funcionado más que de manera ficticia. Así pues, conviene sustituir
el juego de las "zonas de influencia" que prevalecía por un sistema
de tipo representativo libremente consentido, que permita tomar
decisiones con un número razonable de negociadores habilitados para
hacerlo por sus mandatarios. Una de las vías se basa en la articulación
entre las organizaciones regionales, existentes o por crearse, y
la OMC. Desde este punto de vista, la experiencia adquirida por
la Unión Europea ha demostrado su pertinencia. Así podría nacer
una instancia tanto mundial como multipolar.
Por último, esperando la creación de
una "gobernabilidad mundial" más integrada, hay que aplicar a la
OMC el principio de especialidad de las organizaciones internacionales
definido en la Carta de las Naciones Unidas. La OMC no debe dictar
reglas más que en el ámbito en el que es competente: el comercio.
En cuanto a lo demás, su Órgano de solución de diferencias, al contrario
que un tribunal supremo, no debe estar autorizado a crear jurisprudencia.
Debe solucionar claramente los contenciosos basándose en las normas
establecidas en las organizaciones internacionales competentes:
OMS (Organización Mundial de la Salud), BIT (Oficina Internacional
del Trabajo), OMPI (Organización Internacional de la Propiedad Intelectual),
UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la
Ciencia y la Cultura), y en el ámbito del medio ambiente, un organismo
que sería necesario crear.
El papel decisivo de la
Unión Europea
La Unión Europea debe trabajar más y de forma más concreta para
que se reconozca el sentido de su planteamiento político global
a favor de la regulación y el desarrollo.
En la conferencia ministerial de Seattle,
la Unión Europea afirmó claramente su unidad y la calidad de su
negociador, el francés Pascal Lamy. El texto de las negociaciones
propuesto por los europeos, el único texto presentado y discutido
por todos en Seattle, reunió a países que representaban, incluyendo
la Unión Europea, a más de la mitad del gobierno mundial. Sin embargo,
hay que reconocer que esa iniciativa no provocó la adhesión necesaria
como para llegar a un acuerdo.
La lección está clara: la Unión Europea
aún debe probar a todos sus colaboradores la sinceridad de su proyecto
de ciclo de desarrollo y la solidez de su compromiso.
Ante todo, debe probar su interés por
los países en vías de desarrollo. A muchos de ellos les ha seducido
la forma en la que la Unión Europea ha tenido en cuenta la cuestión
del intercambio desigual y de las dimensiones no comerciales del
comercio, pero no les ha convencido totalmente la ausencia de cálculo
proteccionista en su deseo de ciclo global, que, en una lógica de
desarrollo, no se limitaría a la agricultura y a los servicios.
Así, se deben tomar rápidamente medidas concretas, como la extensión
del principio del tratamiento aduanero especial para los países
menos avanzados y, al mismo tiempo, la preparación de una nueva
convención de Lomé [1] con los países de África, del Caribe y del
Pacífico; la reorientación de la ayuda y la cooperación, tanto comunitaria
como nacional, por parte de los quince estados miembros, hacia la
formación jurídica y el apoyo a la participación efectiva en los
organismos internacionales; la reafirmación de los principios de
incitación y de progresión para los países en vías de desarrollo,
en el examen de las cuestiones de medio ambiente y normas sociales,
por ejemplo.
También debe demostrarles a los americanos
su voluntad, no de sustituir una dominación por otra, sino de construir
con ellos y las demás potencias actuales (Japón) o futuras (India,
China, Rusia) un mundo multipolar en el que el crecimiento de la
riqueza de todos, respetando las diferencias, es la única garantía
de la riqueza futura de cada cual.
Mientras no se reforme la OMC, mientras
la Unión Europea y cada uno de los quince, y en primera fila Francia,
no aporte pruebas concretas de su voluntad de reorientar el comercio
mundial, a través de reglas aceptadas por todos, hacia el desarrollo
duradero que respete la diversidad de los pueblos, la conferencia
de Seattle no habrá sido más que una ocasión fallida, en lugar del
surgimiento visible de la democracia planetaria.
Béatrice Marre
Diputada de Oise
1. Desde 1976, la Convención
de Lomé organiza la cooperación de la Unión Europea con los estados
de África, el Caribe y el Pacífico (ACP), es decir, un conjunto
de 85 países, para promover y acelerar el desarrollo económico,
cultural y social de los estados gracias a disposiciones que conllevan
ayudas a la inversión y prioridad en el mercado europeo.
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