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Neoliberalismo y globalización

por Bernat Muniesa   /   publicado en Centre d´Estudis Joan Bardina

El ciudadano del último tercio del siglo XX se siente a menudo sorprendido por extrañas palabras que, sin embargo, son cada vez más difundidas en los medios de comunicación y en los discursos políticos, sociales y, sobre todo, económicos. Palabras tales como globalización, mundialización, desreglamentación, pensamiento único, maestros del mundo... Conceptos que, sin embargo, son ya sumamente familiares para los dirigentes de la política y la economía de los Estados de nuestro planeta, y que forman parte del lenguaje común de instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, y otras muchas de carácter nacional y/o internacional.

En realidad, se trata del vocabulario propio de una ideología que, esencialmente, gira alrededor de la economía, pero que tiene, sin duda, importantísimas repercusiones en el papel de la política y en la organización de la sociedad: se trata del Neoliberalismo. Al igual que, por ejemplo, el Marxismo tenía su vocabulario compuesto de conceptos como modo de producción, fuerzas productivas, alineación, lucha de clases, dictadura del proletariado, entre otras, y lo mismo podría afirmarse de ideologías como el fascismo y los nacionalismos en general o los fundamentalismos religiosos, la ideología llamada Neoliberalismo posee su propio almacén de palabras y conceptos.

Ante todo cabe plantearse la siguiente pregunta: ¿es el Neoliberalismo una ideología nueva? Una primera aproximación nos señala que el Neoliberalismo es el Nuevo Liberalismo. Sin embargo, definir si el Neoliberalismo es una novedad, algo nuevo, resulta difícil, pues la pregunta que nos formulábamos tiene una respuesta ambivalente: sí, pero no. Es una ideología vieja porque se trata, de hecho, del Liberalismo, ideología que en el siglo XIX impulsó el nacimiento del capitalismo moderno o de libre concurrencia en el Mercado y también la Revolución Industrial. Pero, al mismo tiempo, es nueva, pues ha reaparecido en un periodo histórico cuyas características son otras, o sea nuevas: las propias del último tercio del siglo XX. Mas, para poder solventar, con un ejemplo, el porqué de esa respuesta de sí o no, es necesario tener en cuenta la naturaleza del fenómeno económico que se llama Capital.

El Capital, y en eso coinciden todos sus estudiosos, tanto partidarios como enemigos del Capitalismo, desde Adam Smith y Milton Friedman, hasta Karl Marx, pasando por lord Keynes y John Kenneth Galbraith, por citar economistas famosos del pasado y de hoy... El Capital, como decíamos, cuya traducción más evidente es el flujo monetario, aunque puede tener otras formas, es un fenómeno de naturaleza dinámica que necesita reproducirse, pues si no puede hacerlo perece: y reproducirse significa en este caso generar rentabilidades, beneficios o rendimientos económicos. Y para ello, para reproducirse, el Capital busca las mejores condiciones posibles, con el fin de obtener el máximo beneficio, que, como acabamos de señalar, es la clave de su reproducción para poder existir. De esa necesidad de reproducción nace, lógicamente, una necesidad de expansión: búsqueda incesante de mercados.

Dicho esto, podemos añadir que esa expansión del Capitalismo liberal del siglo XIX dio lugar al fenómeno de la mundialización. Por aquella lógica reproductora el capitalismo salió de las naciones y se hizo cosmopolita: abrió nuevos mercados, halló nuevas fuentes de materias primas y creó nuevas fuerzas de trabajo: expandió, en definitiva, la industrialización y el comercio desde sus centros en Europa, especialmente desde Inglaterra, llamada entonces el Taller del Mundo debido a su poderío industrial. En aquellos tiempos, aunque los flujos de capital y sus inversiones eran de origen privado, los sujetos o protagonistas de la mundialización, los que representaban los intereses del capital privado en el mundo eran los Estados Nacionales con sus Gobiernos, cuyas políticas debían favorecer la mundialización.

Hoy, en el último tramo del siglo XX, aquel Capitalismo Liberal, con el nombre de Neoliberalismo, ha introducido el concepto de globalización como símil o sinónimo de mundialización. En este punto cabe preguntarse si ¿acaso mundialización y globalización son lo mismo? Y de nuevo la respuesta es sí, pero no. Aparentemente sí: ambos son lo mismo, pues buscan la expansión en el mercado mundial. Pero en realidad hay diferencias. La tendencia a la mundialización, como se ha dicho acompañó al nacimiento del Capitalismo Liberal y ha sido la tendencia propia del desarrollo de ese sistema hasta los años ochenta del siglo XX.

En efecto, ya en los años ochenta a esa tendencia también se le comenzó a llamar globalización. Si buscamos en un diccionario la palabra global observaremos que es definida como total, integral... Globalización, pues, como totalización e integración: pero, ¿globalización de qué? La respuesta ahora es automática: globalización de la mundialización. O en otras palabras: la mundialización económica globalizada, eso es Globalización. Si la palabra mundialización tenía un trasfondo de libertad, la palabra Globalización, en cambio, lo pierde, pues en ella hay alguien que es quien globaliza. ¿Y quién globaliza? La respuesta es conocida: los capitales financieros internacionales y las grandes corporaciones económicas, llamadas multinacionales. Así, pues, globalización es también la subordinación de la mundialización a esas poderosas fuerzas económicas. Otro hecho marca la diferencia entre mundialización y globalización: en la época de la Globalización los Estados Nacionales y sus Gobiernos dejan de tener el protagonismo de antaño: son sólo necesarios para mantener el orden social y político, pero ya no lo son para el proceso económico. Es más, su interferencia en la economía es considerada un estorbo o una traba para aquellos intereses globalizadores. Y en consecuencia, el protagonismo de aquellos Estados y sus Gobiernos es asumido ahora por poderosas entidades financieras internacionales y los no menos poderosos consorcios multinacionales: estos son, pues, los protagonistas de la Globalización. Consecuencia: la política debe de abandonar su influencia en la economía.

Dicho esto, cabe preguntarse por qué medios se impone la Globalización. Comencemos por señalar que ésta, la Globalización, exige supresión de trabas, es decir, de leyes que impidan su consolidación y funcionamiento: leyes tanto de carácter internacional como leyes de carácter nacional. Por ejemplo, y aquí tenemos otro vocablo propio del Neoliberalismo: se exige deslocalizar. ¿Qué significa deslocalizar? Significa suprimir las leyes que impiden el libre movimiento de capitales por el mundo en busca de su reproducción. Y en este punto conviene ejercer la memoria y el recurso a la historia del pasado: las crisis cíclicas del Sistema Liberal tuvieron varios momentos especialmente graves en el siglo XIX, concretamente en 1830, 1870 y 1890, y dentro del siglo XX culminaron con el crack de 1929, que arruinó a millones de personas y miles de empresas y, por ejemplo, abocó a Estados Unidos, Alemania, Francia y la misma Gran Bretaña al hundimiento de sus economías y una bacarrota generalizada. Para solventar los problemas planteados por la quiebra económica y recuperar la estabilidad del sistema, numerosos Gobiernos, y el primero de ellos el de Franklyn Delano Roosvelt en Estados Unidos, recurrieron a las teorías económicas del británico lord Keynes: a través de ellas sería posible salvar un sistema, el Capitalismo Liberal, que parecía condenado a desaparecer. Entre las recetas de lord Keynes destacaba la necesidad de crear controles políticos dentro del propio sistema liberal: primero, establecer una ley que impidiese las fusiones de grandes empresas. Dejado sin control, el mercado -decía Keynes- tiende a concentrarse cada vez en menos manos y ello acaba matando la propia libertad de mercado y la competitividad, conduciendo finalmente a un capitalismo monopolista. Leyes Antimonopolio y Leyes Antitrust fueron resultados de la aplicación de las ideas de Keynes incluso en Estados Unidos, con el fin de defender la libre competencia y la naturaleza libre del mercado. En segundo lugar, para impedir que, como ocurrió en Alemania en torno al crack de 1929, los capitales puedan en un momento determinado huir de un país y destruir su economía, siempre siguiendo a Keynes, se establecieron impuestos al movimiento de los mismos: si un flujo de capital de una nación pretendía abandonarla para ser invertido en otra nación, debía pagar una tasa o impuesto. Tras la Segunda Guerra Mundial, es decir, desde 1945, esas legislaciones siguieron vigentes y con ellas se hizo la reconstrucción económica de Europa occidental con la ayuda del Plan Marshall.

Sin embargo, hoy la Globalización exige, como decíamos, la deslocalización, es decir, la supresión de las legislaciones que impiden la libre acción de los capitales en los mercados, ya sean nacionales, ya sean internacionales. Pero esa libertad fue la que en 1994 permitió que los capitales financieros internacionales abandonasen México y hundieran su economía. Y en 1997-1998 que se produjera el mismo fenómeno en el Sudeste Asiático, con la ruina de las economías de Corea del Sur, Tailandia, Indonesia y Malasia, por ejemplo. Países todos ellos que estaban saliendo del subdesarrollo y que, de hecho, han retrocedido sustancialmente. Para solventar tan tremeda crisis, por ejemplo, el Gobierno mexicano recibió de Estados Unidos un préstamo de cincuenta mil millones de dólares, pero a cambio, en garantía, aquel Gobierno tuvo que entregar el control de su poderosa industria petrolera nacionalizada desde hacía décadas. La misma amenaza pende sobre países como Brasil y, desde luego, ningún estado está a salvo. España misma lo sufrió en 1992: un vendaval de ese tipo provocó una devaluación de la peseta que rozó el 25%.

Desvelado el significado de la deslocalización, pasemos a tratar de otro concepto de apariencia abstracta, pero clave en el sistema de la Globalización: la desreglamentación. ¿Qué significa desreglamentar? También aquí es necesario hacer un poco de historia, para conocer aquello que la Globalización quiere desreglamentar. Para frenar la explotación del trabajo en las fábricas durante el siglo XIX e impedir también las explosiones revolucionarias, los Gobiernos de Europa occidental y más adelante de otros países del mundo acabaron por hacer leyes para reglamentar el capitalismo liberal: se prohibió el trabajo de los niños, se estableció un control sobre el trabajo de la mujer y se limitó la jornada laboral a ocho horas diarias, declarando festivos los domingos. En Alemania, el canciller Bismarck aún fue más lejos, y en 1874 estableció la primera seguridad social para los obreros e incluso se construyeron barrios enteros de viviendas para ellos. Todo alemán, por el hecho de serlo -solía decir Bismarck a sus críticos liberales- tiene el derecho a una vida digna. Leyes y reglamentos, pues. Aún más: tras la Segunda Guerra Mundial, las economías de Francia, Inglaterra, Italia, Países Bajos, Bélgica y otros estados quedaron destruidas. Para reconstruirlas, Estados Unidos aportó el Plan Marshall: la balanza económica de este país presentaba un superávit de miles de millones de dólares y el Gobierno del presidente Truman, recogiendo la iniciativa del general Marshall, decidió invertirlos en la reconstrucción de Europa. Se planteó entonces con qué filosofía se debía realizar aquella reconstrucción: si mediante el capitalismo liberal clásico, puro y duro, o bien a través del capitalismo liberal con las correcciones de la teoría de lord Keynes, basadas en la intervención, repetimos correctora, del Estado sobre el Mercado. Se eligió la segunda vía, la keynesiana, pues la primera hubiera conducido a crear enormes desigualdades sociales capaces de impulsar a las clases trabajadoras al comunismo, en una Europa en la que la URSS había impuesto el sistema socialista estatal a las naciones orientales, y en una Europa en la que en naciones como Francia e Italia había poderosos Partidos Comunistas. De ese modo, la reconstrucción de Europa realizada con la política económica keynesiana supuso una equilibrada distribución de la riqueza entre capital y trabajo, con la creación de una extensa seguridad social, jubilaciones, desempleo pagado y progresivamente la gratuidad de la enseñanza y la sanidad. Nació así el estado del bienestar, fundado en leyes y reglamentos que han mantenido en Europa occidental altos niveles de vida y seguridad, todo ello sin destruir las relaciones económicas basadas en el capitalismo liberal, es decir, en la iniciativa individual, la propiedad privada y la actividad del mercado.

Ahora la Globalización exige, como decíamos, la desreglamentación. ¿Desreglamentar qué?, cabe preguntarse. Pues bien: desreglamentar progresivamente las leyes del estado del bienestar: recortar las subvenciones estatales, privatizar el patrimonio público o estatal, incluida la seguridad social y la enseñanza, y flexibilizar las leyes del mundo laboral: facilidad de despido, despido lo más barato posible, libertad de salario, desvinculación de la empresa de la seguridad social de los trabajadores, demantelamiento de las reglamentaciones estatales sobre las condiciones y la seguridad en el trabajo... Tal es el objetivo de la desreglamentación.

Resumiendo: deslocalización y desreglamentación como dos ejes para el desarrollo de la Globalización. Dos antagonismos se han dibujado contra ella en los últimos años: la reacción nacionalista, que afirma que la Globalización provocará una uniformización de las culturas del mundo, matará la diversidad y destruirá la Nación-Estado, y la reacción social, que considera que la Globalización provocará una nueva pobreza y la exclusión de amplias capas de la sociedad de un bienestar que, afirma, cada vez es más precario.

Si en la URSS y los países comunistas, basados en la ideología marxista, el Estado ocupaba el altar de la sociedad, y los países donde dominó el fascismo, como Alemania, Italia y Japón en el altar se adoraba a la Nación, en la ideología neoliberal el dios es el Mercado. Toda actividad, ya sea política, social o cultural, debe estar destinada a reforzar la idea de libertad. Mas no cualquier libertad: por encima de cualquier otra la libertad de mercado. Surge así el concepto de pensamiento único. El mercado decide que es lo política y culturalmente correcto, y por tanto lo que es política y culturalmente incorrecto, o sea aquello que debe ser excluido en aras de la libertad de mercado. En esa perpectiva, pensadores y dirigentes neoliberales han definido, por ejemplo, la clave central de su teoría: Gary Becker, premio Nobel de Economía en 1992, llegó a afirmar que el Mercado es el estado natural de la humanidad, mientras que la Democracia no es natural, sino el resultado de un proceso histórico: si un día se produce un choque de intereses entre el Mercado y la Democracia, habrá que eliminar la Democracia. Ese culto extremo al Mercado, hasta el punto de identificar la libertad con la libertad de mercado, es en realidad el culto a una parte del Mercado. Nos explicaremos: el Mercado se mueve en base a la relación entre los mecanismos de los polos de la oferta y de la demanda. ¿Quién se encuentra tras el polo de la Oferta? Tras la Oferta se halla la producción, es decir, las fuerzas económicas que buscan lógicamente extraer el máximo beneficio de la venta de sus mercancías. Y ¿quién se encuentra tras el polo de la Demanda? Tras la Demanda se encuentra el consumo, es decir, las fuerzas sociales que adquieren las mercancías que presenta la Oferta. Adam Smith, padre del liberalismo puro surgido en el siglo XIX, señalaba que una mano invisible regula las relaciones del mercado entre la oferta y la demanda para que siempre se mantenga un equilibrio. Sin embargo, esa presunción se ha demostrado históricamente falsa y esa mano invisible, que es la mano del ladrón, no pudo corregir los derrumbes del siglo pasado, ni los problemas de superproducción que darían lugar a la Primera Guerra Mundial en 1914 y la crisis de 1929 a que antes nos habíamos referido. ¿Qué ocurre cuando la demanda no puede absorber la oferta? La superproducción y, por tanto, la acumulación de mercancías sin posibilidad de ser adquiridas: el principio de una crisis económica repetimos de nuevo.

Para suplir a la fracasada mano invisible de Adam Smith, Keynes introdujo la necesidad de que, de modo indicativo, los Gobiernos intervinieran en el Mercado vigilando los excesos de la mano del ladrón y prevenir imprevisiones capaces de hundir la propia economía capitalista liberal. Además, propuso, y fue aceptado, que las políticas de los Gobiernos favorecieran el polo de la Demanda. ¿Qué significaba para Keynes favorecer el polo de la Demanda? Pues salarios altos, aumento del poder adquisitivo, una potente clase media compradora, segura y estable, base del equilibrio social y de la democracia política. ¿Por qué? Pues porque esas condiciones estimulaban la Demanda, o sea la compra, y ésta, a su vez, estimulaba la Oferta, es decir, la producción. El resultado es que el Mercado se dinamiza y con él toda la sociedad, la sociedad del bienestar.

En cambio, la Teoría Neoliberal basada en la concepción moderna de Milton Friedman intenta regresar al pasado y recaba apoyo total en el Mercado para el polo de la Oferta, es decir, para la producción, o sea, para la reproducción del capital: por ello, para favorecerle es necesario aplicar lo que se ha explicado antes: la deslocalización y la desreglamentación. Mas y ¿si éstas provocan un empobrecimiento de las clases medias con la consiguiente crisis de la Demanda y el consumo se resiente y, por tanto, se acaba resintiendo la Oferta? El Neoliberalismo carece de alternativas a este planteamiento y alude, como hicieron la primera ministra británica Margaret Tatcher y el presidente norteamericano Ronald Reagan en los recientes años ochenta, de nuevo a la mano invisible de Adam Smith. En opinión de prestigiosos economistas, como el antiguo asesor del presidente John Kennedy, el profesor norteamericano John Kenneth Galbraith, o el mismo premio Nobel de Economía de 1998, el indio Amartya Sen, la desprotección de la demanda es el talón de Aquiles del Neoliberalismo, su debilidad.

Cada primeros de año, en Davos, localidad montañosa suiza de los Alpes famosa por sus balnearios, donde el escritor alemán Thomas Mann situó el desarrollo de su célebre novela La Montaña Mágica: allí, en Davos, se reúnen las élites mundiales de las altas finanzas y de las compañías multinacionales, celebrados economistas y premiados intelectuales. Ellos son, en el argot neoliberal, los maestros del mundo, y ellos proyectan allí el refuerzo de la marcha hacia la Globalización diseñada en base a la ideología neoliberal. Ellos deciden quién comerá y quién no, quién trabajará y quién no, quién vivirá y quién morirá.

¿Viejo o nuevo, pues, el Neoliberalismo? Básicamente se trata del viejo Liberalismo resucitado en otras condiciones históricas y al amparo de una nueva etapa de aquella revolución industrial iniciada en el siglo pasado: la revolución de los medios de comunicación y de la informática. Y como hijo directo de aquel viejo Liberalismo, el Neoliberalismo presenta sus principales características que describimos a continuación:

En primer lugar, la tendencia al darwinismo social, es decir, la tendencia a aplicar a la sociedad humana las leyes descubiertas por Charles Darwin en sus estudios sobre el mundo de los animales. De ella extraían los liberales argumentos para justificar su sociedad como la sociedad natural, en la cual se produce, a través del mercado y de lo que llamaban el struggle for life o lucha por la vida, una selección: triunfan los más aptos y ellos sobreviven.

En segundo lugar, y debido al origen anglosajón del Liberalismo, cabe detectar una tendencia calvinista ligada a las ideas del protestantismo religioso que nació en el siglo XVI. La teoría de que existe una predestinación: a través del éxito en la Tierra, los predestinados adquirirán su lugar en el Cielo. Tanto Lutero como Calvino identificaban el «éxito» con la palabra alemana beruf, que significa la profesión. Por tanto, en el Liberalismo existe en su fondo ese estímulo de origen religioso.

En tercer lugar, el utilitarismo, corriente del pensamiento que se encuentra en el mismo origen del Liberalismo y que constituye uno de sus elementos más importantes. Todo es útil. Todo, por tanto, está destinado a producir rentabilidad y utilidades, y todo, por tanto, es susceptible de ser vendido o ser comprado. Jeremy Bentham, inglés y uno de los pensadores del Liberalismo, estableció la predicción de que si cada uno se ocupa de sí mismo y de sus propios negocios, el resultado será el bienestar de todos, es decir, la felicidad general como resultado del egoísmo individual. ¿Es así? La historia de casi doscientos años demuestra que no.

Bernat Muniesa. Profesor de Historia.
El Balcó. Enero-febrero-marzo del 2000. Número 95.

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