El
ciudadano del último tercio del siglo XX se siente a menudo sorprendido
por extrañas palabras que, sin embargo, son cada vez más difundidas
en los medios de comunicación y en los discursos políticos, sociales
y, sobre todo, económicos. Palabras tales como globalización,
mundialización, desreglamentación, pensamiento único, maestros del
mundo... Conceptos que, sin embargo, son ya sumamente familiares
para los dirigentes de la política y la economía de los Estados
de nuestro planeta, y que forman parte del lenguaje común de instituciones
como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización
Mundial del Comercio, y otras muchas de carácter nacional y/o internacional.
En realidad, se trata del vocabulario
propio de una ideología que, esencialmente, gira alrededor de la
economía, pero que tiene, sin duda, importantísimas repercusiones
en el papel de la política y en la organización de la sociedad:
se trata del Neoliberalismo. Al igual que, por ejemplo, el Marxismo
tenía su vocabulario compuesto de conceptos como modo de producción,
fuerzas productivas, alineación, lucha de clases, dictadura del
proletariado, entre otras, y lo mismo podría afirmarse de ideologías
como el fascismo y los nacionalismos en general o los fundamentalismos
religiosos, la ideología llamada Neoliberalismo posee su propio
almacén de palabras y conceptos.
Ante todo cabe plantearse la siguiente
pregunta: ¿es el Neoliberalismo una ideología nueva? Una primera
aproximación nos señala que el Neoliberalismo es el Nuevo Liberalismo.
Sin embargo, definir si el Neoliberalismo es una novedad, algo nuevo,
resulta difícil, pues la pregunta que nos formulábamos tiene una
respuesta ambivalente: sí, pero no. Es una ideología vieja
porque se trata, de hecho, del Liberalismo, ideología que en el
siglo XIX impulsó el nacimiento del capitalismo moderno o de libre
concurrencia en el Mercado y también la Revolución Industrial. Pero,
al mismo tiempo, es nueva, pues ha reaparecido en un periodo histórico
cuyas características son otras, o sea nuevas: las propias del último
tercio del siglo XX. Mas, para poder solventar, con un ejemplo,
el porqué de esa respuesta de sí o no, es necesario tener en cuenta
la naturaleza del fenómeno económico que se llama Capital.
El Capital, y en eso coinciden todos
sus estudiosos, tanto partidarios como enemigos del Capitalismo,
desde Adam Smith y Milton Friedman, hasta Karl Marx, pasando por
lord Keynes y John Kenneth Galbraith, por citar economistas famosos
del pasado y de hoy... El Capital, como decíamos, cuya traducción
más evidente es el flujo monetario, aunque puede tener otras formas,
es un fenómeno de naturaleza dinámica que necesita reproducirse,
pues si no puede hacerlo perece: y reproducirse significa en este
caso generar rentabilidades, beneficios o rendimientos económicos.
Y para ello, para reproducirse, el Capital busca las mejores condiciones
posibles, con el fin de obtener el máximo beneficio, que,
como acabamos de señalar, es la clave de su reproducción para poder
existir. De esa necesidad de reproducción nace, lógicamente, una
necesidad de expansión: búsqueda incesante de mercados.
Dicho esto, podemos añadir que esa
expansión del Capitalismo liberal del siglo XIX dio lugar al fenómeno
de la mundialización. Por aquella lógica reproductora el
capitalismo salió de las naciones y se hizo cosmopolita: abrió nuevos
mercados, halló nuevas fuentes de materias primas y creó nuevas
fuerzas de trabajo: expandió, en definitiva, la industrialización
y el comercio desde sus centros en Europa, especialmente desde Inglaterra,
llamada entonces el Taller del Mundo debido a su poderío industrial.
En aquellos tiempos, aunque los flujos de capital y sus inversiones
eran de origen privado, los sujetos o protagonistas de la mundialización,
los que representaban los intereses del capital privado en el mundo
eran los Estados Nacionales con sus Gobiernos, cuyas políticas debían
favorecer la mundialización.
Hoy, en el último tramo del siglo XX,
aquel Capitalismo Liberal, con el nombre de Neoliberalismo, ha introducido
el concepto de globalización como símil o sinónimo de mundialización.
En este punto cabe preguntarse si ¿acaso mundialización y globalización
son lo mismo? Y de nuevo la respuesta es sí, pero no. Aparentemente
sí: ambos son lo mismo, pues buscan la expansión en el mercado mundial.
Pero en realidad hay diferencias. La tendencia a la mundialización,
como se ha dicho acompañó al nacimiento del Capitalismo Liberal
y ha sido la tendencia propia del desarrollo de ese sistema hasta
los años ochenta del siglo XX.
En efecto, ya en los años ochenta a
esa tendencia también se le comenzó a llamar globalización. Si buscamos
en un diccionario la palabra global observaremos que es definida
como total, integral... Globalización, pues, como totalización e
integración: pero, ¿globalización de qué? La respuesta ahora es
automática: globalización de la mundialización. O en otras palabras:
la mundialización económica globalizada, eso es Globalización. Si
la palabra mundialización tenía un trasfondo de libertad, la palabra
Globalización, en cambio, lo pierde, pues en ella hay alguien que
es quien globaliza. ¿Y quién globaliza? La respuesta es conocida:
los capitales financieros internacionales y las grandes corporaciones
económicas, llamadas multinacionales. Así, pues, globalización es
también la subordinación de la mundialización a esas poderosas fuerzas
económicas. Otro hecho marca la diferencia entre mundialización
y globalización: en la época de la Globalización los Estados Nacionales
y sus Gobiernos dejan de tener el protagonismo de antaño: son sólo
necesarios para mantener el orden social y político, pero ya no
lo son para el proceso económico. Es más, su interferencia en la
economía es considerada un estorbo o una traba para aquellos intereses
globalizadores. Y en consecuencia, el protagonismo de aquellos Estados
y sus Gobiernos es asumido ahora por poderosas entidades financieras
internacionales y los no menos poderosos consorcios multinacionales:
estos son, pues, los protagonistas de la Globalización. Consecuencia:
la política debe de abandonar su influencia en la economía.
Dicho esto, cabe preguntarse por qué
medios se impone la Globalización. Comencemos por señalar que ésta,
la Globalización, exige supresión de trabas, es decir, de leyes
que impidan su consolidación y funcionamiento: leyes tanto de carácter
internacional como leyes de carácter nacional. Por ejemplo, y aquí
tenemos otro vocablo propio del Neoliberalismo: se exige deslocalizar.
¿Qué significa deslocalizar? Significa suprimir las leyes que impiden
el libre movimiento de capitales por el mundo en busca de su reproducción.
Y en este punto conviene ejercer la memoria y el recurso a la historia
del pasado: las crisis cíclicas del Sistema Liberal tuvieron varios
momentos especialmente graves en el siglo XIX, concretamente en
1830, 1870 y 1890, y dentro del siglo XX culminaron con el crack
de 1929, que arruinó a millones de personas y miles de empresas
y, por ejemplo, abocó a Estados Unidos, Alemania, Francia y la misma
Gran Bretaña al hundimiento de sus economías y una bacarrota generalizada.
Para solventar los problemas planteados por la quiebra económica
y recuperar la estabilidad del sistema, numerosos Gobiernos, y el
primero de ellos el de Franklyn Delano Roosvelt en Estados Unidos,
recurrieron a las teorías económicas del británico lord Keynes:
a través de ellas sería posible salvar un sistema, el Capitalismo
Liberal, que parecía condenado a desaparecer. Entre las recetas
de lord Keynes destacaba la necesidad de crear controles políticos
dentro del propio sistema liberal: primero, establecer una ley que
impidiese las fusiones de grandes empresas. Dejado sin control,
el mercado -decía Keynes- tiende a concentrarse cada vez en menos
manos y ello acaba matando la propia libertad de mercado y la competitividad,
conduciendo finalmente a un capitalismo monopolista. Leyes Antimonopolio
y Leyes Antitrust fueron resultados de la aplicación de las ideas
de Keynes incluso en Estados Unidos, con el fin de defender la libre
competencia y la naturaleza libre del mercado. En segundo lugar,
para impedir que, como ocurrió en Alemania en torno al crack de
1929, los capitales puedan en un momento determinado huir de un
país y destruir su economía, siempre siguiendo a Keynes, se establecieron
impuestos al movimiento de los mismos: si un flujo de capital de
una nación pretendía abandonarla para ser invertido en otra nación,
debía pagar una tasa o impuesto. Tras la Segunda Guerra Mundial,
es decir, desde 1945, esas legislaciones siguieron vigentes y con
ellas se hizo la reconstrucción económica de Europa occidental con
la ayuda del Plan Marshall.
Sin embargo, hoy la Globalización exige,
como decíamos, la deslocalización, es decir, la supresión
de las legislaciones que impiden la libre acción de los capitales
en los mercados, ya sean nacionales, ya sean internacionales. Pero
esa libertad fue la que en 1994 permitió que los capitales financieros
internacionales abandonasen México y hundieran su economía. Y en
1997-1998 que se produjera el mismo fenómeno en el Sudeste Asiático,
con la ruina de las economías de Corea del Sur, Tailandia, Indonesia
y Malasia, por ejemplo. Países todos ellos que estaban saliendo
del subdesarrollo y que, de hecho, han retrocedido sustancialmente.
Para solventar tan tremeda crisis, por ejemplo, el Gobierno mexicano
recibió de Estados Unidos un préstamo de cincuenta mil millones
de dólares, pero a cambio, en garantía, aquel Gobierno tuvo que
entregar el control de su poderosa industria petrolera nacionalizada
desde hacía décadas. La misma amenaza pende sobre países como Brasil
y, desde luego, ningún estado está a salvo. España misma lo sufrió
en 1992: un vendaval de ese tipo provocó una devaluación de la peseta
que rozó el 25%.
Desvelado el significado de la deslocalización,
pasemos a tratar de otro concepto de apariencia abstracta, pero
clave en el sistema de la Globalización: la desreglamentación.
¿Qué significa desreglamentar? También aquí es necesario hacer un
poco de historia, para conocer aquello que la Globalización quiere
desreglamentar. Para frenar la explotación del trabajo en las fábricas
durante el siglo XIX e impedir también las explosiones revolucionarias,
los Gobiernos de Europa occidental y más adelante de otros países
del mundo acabaron por hacer leyes para reglamentar el capitalismo
liberal: se prohibió el trabajo de los niños, se estableció un control
sobre el trabajo de la mujer y se limitó la jornada laboral a ocho
horas diarias, declarando festivos los domingos. En Alemania, el
canciller Bismarck aún fue más lejos, y en 1874 estableció la primera
seguridad social para los obreros e incluso se construyeron barrios
enteros de viviendas para ellos. Todo alemán, por el hecho de serlo
-solía decir Bismarck a sus críticos liberales- tiene el derecho
a una vida digna. Leyes y reglamentos, pues. Aún más: tras la Segunda
Guerra Mundial, las economías de Francia, Inglaterra, Italia, Países
Bajos, Bélgica y otros estados quedaron destruidas. Para reconstruirlas,
Estados Unidos aportó el Plan Marshall: la balanza económica de
este país presentaba un superávit de miles de millones de dólares
y el Gobierno del presidente Truman, recogiendo la iniciativa del
general Marshall, decidió invertirlos en la reconstrucción de Europa.
Se planteó entonces con qué filosofía se debía realizar aquella
reconstrucción: si mediante el capitalismo liberal clásico, puro
y duro, o bien a través del capitalismo liberal con las correcciones
de la teoría de lord Keynes, basadas en la intervención, repetimos
correctora, del Estado sobre el Mercado. Se eligió la segunda vía,
la keynesiana, pues la primera hubiera conducido a crear enormes
desigualdades sociales capaces de impulsar a las clases trabajadoras
al comunismo, en una Europa en la que la URSS había impuesto el
sistema socialista estatal a las naciones orientales, y en una Europa
en la que en naciones como Francia e Italia había poderosos Partidos
Comunistas. De ese modo, la reconstrucción de Europa realizada con
la política económica keynesiana supuso una equilibrada distribución
de la riqueza entre capital y trabajo, con la creación de una extensa
seguridad social, jubilaciones, desempleo pagado y progresivamente
la gratuidad de la enseñanza y la sanidad. Nació así el estado del
bienestar, fundado en leyes y reglamentos que han mantenido en Europa
occidental altos niveles de vida y seguridad, todo ello sin destruir
las relaciones económicas basadas en el capitalismo liberal, es
decir, en la iniciativa individual, la propiedad privada y la actividad
del mercado.
Ahora la Globalización exige, como
decíamos, la desreglamentación. ¿Desreglamentar qué?, cabe preguntarse.
Pues bien: desreglamentar progresivamente las leyes del estado del
bienestar: recortar las subvenciones estatales, privatizar el patrimonio
público o estatal, incluida la seguridad social y la enseñanza,
y flexibilizar las leyes del mundo laboral: facilidad de despido,
despido lo más barato posible, libertad de salario, desvinculación
de la empresa de la seguridad social de los trabajadores, demantelamiento
de las reglamentaciones estatales sobre las condiciones y la seguridad
en el trabajo... Tal es el objetivo de la desreglamentación.
Resumiendo: deslocalización y desreglamentación
como dos ejes para el desarrollo de la Globalización. Dos antagonismos
se han dibujado contra ella en los últimos años: la reacción
nacionalista, que afirma que la Globalización provocará una
uniformización de las culturas del mundo, matará la diversidad
y destruirá la Nación-Estado, y la reacción social, que considera
que la Globalización provocará una nueva pobreza y la exclusión
de amplias capas de la sociedad de un bienestar que, afirma, cada
vez es más precario.
Si en la URSS y los países comunistas,
basados en la ideología marxista, el Estado ocupaba el altar de
la sociedad, y los países donde dominó el fascismo, como Alemania,
Italia y Japón en el altar se adoraba a la Nación, en la ideología
neoliberal el dios es el Mercado. Toda actividad, ya sea política,
social o cultural, debe estar destinada a reforzar la idea de libertad.
Mas no cualquier libertad: por encima de cualquier otra la libertad
de mercado. Surge así el concepto de pensamiento único. El
mercado decide que es lo política y culturalmente correcto, y por
tanto lo que es política y culturalmente incorrecto, o sea aquello
que debe ser excluido en aras de la libertad de mercado. En esa
perpectiva, pensadores y dirigentes neoliberales han definido, por
ejemplo, la clave central de su teoría: Gary Becker, premio Nobel
de Economía en 1992, llegó a afirmar que el Mercado es el estado
natural de la humanidad, mientras que la Democracia no es natural,
sino el resultado de un proceso histórico: si un día se produce
un choque de intereses entre el Mercado y la Democracia, habrá que
eliminar la Democracia. Ese culto extremo al Mercado, hasta el punto
de identificar la libertad con la libertad de mercado, es en realidad
el culto a una parte del Mercado. Nos explicaremos: el Mercado se
mueve en base a la relación entre los mecanismos de los polos de
la oferta y de la demanda. ¿Quién se encuentra tras el polo de la
Oferta? Tras la Oferta se halla la producción, es decir, las fuerzas
económicas que buscan lógicamente extraer el máximo beneficio de
la venta de sus mercancías. Y ¿quién se encuentra tras el polo de
la Demanda? Tras la Demanda se encuentra el consumo, es decir, las
fuerzas sociales que adquieren las mercancías que presenta la Oferta.
Adam Smith, padre del liberalismo puro surgido en el siglo XIX,
señalaba que una mano invisible regula las relaciones del mercado
entre la oferta y la demanda para que siempre se mantenga un equilibrio.
Sin embargo, esa presunción se ha demostrado históricamente falsa
y esa mano invisible, que es la mano del ladrón, no pudo corregir
los derrumbes del siglo pasado, ni los problemas de superproducción
que darían lugar a la Primera Guerra Mundial en 1914 y la crisis
de 1929 a que antes nos habíamos referido. ¿Qué ocurre cuando la
demanda no puede absorber la oferta? La superproducción y, por tanto,
la acumulación de mercancías sin posibilidad de ser adquiridas:
el principio de una crisis económica repetimos de nuevo.
Para suplir a la fracasada mano invisible
de Adam Smith, Keynes introdujo la necesidad de que, de modo indicativo,
los Gobiernos intervinieran en el Mercado vigilando los excesos
de la mano del ladrón y prevenir imprevisiones capaces de hundir
la propia economía capitalista liberal. Además, propuso, y fue aceptado,
que las políticas de los Gobiernos favorecieran el polo de la Demanda.
¿Qué significaba para Keynes favorecer el polo de la Demanda? Pues
salarios altos, aumento del poder adquisitivo, una potente clase
media compradora, segura y estable, base del equilibrio social y
de la democracia política. ¿Por qué? Pues porque esas condiciones
estimulaban la Demanda, o sea la compra, y ésta, a su vez, estimulaba
la Oferta, es decir, la producción. El resultado es que el Mercado
se dinamiza y con él toda la sociedad, la sociedad del bienestar.
En cambio, la Teoría Neoliberal basada
en la concepción moderna de Milton Friedman intenta regresar al
pasado y recaba apoyo total en el Mercado para el polo de la Oferta,
es decir, para la producción, o sea, para la reproducción del capital:
por ello, para favorecerle es necesario aplicar lo que se ha explicado
antes: la deslocalización y la desreglamentación. Mas y ¿si éstas
provocan un empobrecimiento de las clases medias con la consiguiente
crisis de la Demanda y el consumo se resiente y, por tanto, se acaba
resintiendo la Oferta? El Neoliberalismo carece de alternativas
a este planteamiento y alude, como hicieron la primera ministra
británica Margaret Tatcher y el presidente norteamericano Ronald
Reagan en los recientes años ochenta, de nuevo a la mano invisible
de Adam Smith. En opinión de prestigiosos economistas, como el antiguo
asesor del presidente John Kennedy, el profesor norteamericano John
Kenneth Galbraith, o el mismo premio Nobel de Economía de 1998,
el indio Amartya Sen, la desprotección de la demanda es el talón
de Aquiles del Neoliberalismo, su debilidad.
Cada primeros de año, en Davos, localidad
montañosa suiza de los Alpes famosa por sus balnearios, donde el
escritor alemán Thomas Mann situó el desarrollo de su célebre novela
La Montaña Mágica: allí, en Davos, se reúnen las élites mundiales
de las altas finanzas y de las compañías multinacionales, celebrados
economistas y premiados intelectuales. Ellos son, en el argot neoliberal,
los maestros del mundo, y ellos proyectan allí el refuerzo de la
marcha hacia la Globalización diseñada en base a la ideología neoliberal.
Ellos deciden quién comerá y quién no, quién trabajará y quién no,
quién vivirá y quién morirá.
¿Viejo o nuevo, pues, el Neoliberalismo?
Básicamente se trata del viejo Liberalismo resucitado en otras condiciones
históricas y al amparo de una nueva etapa de aquella revolución
industrial iniciada en el siglo pasado: la revolución de los medios
de comunicación y de la informática. Y como hijo directo de aquel
viejo Liberalismo, el Neoliberalismo presenta sus principales características
que describimos a continuación:
En primer lugar, la tendencia al darwinismo
social, es decir, la tendencia a aplicar a la sociedad humana
las leyes descubiertas por Charles Darwin en sus estudios sobre
el mundo de los animales. De ella extraían los liberales argumentos
para justificar su sociedad como la sociedad natural, en la cual
se produce, a través del mercado y de lo que llamaban el struggle
for life o lucha por la vida, una selección: triunfan los más aptos
y ellos sobreviven.
En segundo lugar, y debido al origen
anglosajón del Liberalismo, cabe detectar una tendencia calvinista
ligada a las ideas del protestantismo religioso que nació en el
siglo XVI. La teoría de que existe una predestinación: a través
del éxito en la Tierra, los predestinados adquirirán su lugar en
el Cielo. Tanto Lutero como Calvino identificaban el «éxito» con
la palabra alemana beruf, que significa la profesión. Por tanto,
en el Liberalismo existe en su fondo ese estímulo de origen religioso.
En tercer lugar, el utilitarismo,
corriente del pensamiento que se encuentra en el mismo origen del
Liberalismo y que constituye uno de sus elementos más importantes.
Todo es útil. Todo, por tanto, está destinado a producir rentabilidad
y utilidades, y todo, por tanto, es susceptible de ser vendido o
ser comprado. Jeremy Bentham, inglés y uno de los pensadores del
Liberalismo, estableció la predicción de que si cada uno se ocupa
de sí mismo y de sus propios negocios, el resultado será el bienestar
de todos, es decir, la felicidad general como resultado del egoísmo
individual. ¿Es así? La historia de casi doscientos años demuestra
que no.
Bernat Muniesa. Profesor de Historia.
El Balcó. Enero-febrero-marzo del 2000. Número 95.
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