Competitividad, productividad, rentabilidad,
librecambio. Son los componentes ideológicos que sirven de justificación
a la llamada globalización de los mercados. En ese proceso de internacionalización
a escala mundial de la economía, las fronteras nacionales se ven
desbordadas por los avances tecnológicos en el sector de la comunicación,
y por la dinámica de las estructuras financieras y empresariales.
¿Qué pasa entonces con los trabajadores, cómo reaccionan los sindicatos
ante este fenómeno?
Las
posibilidades de comunicación a nivel planetario hacen posible enlazar
de forma ininterrumpida el funcionamiento de los mercados financieros
en los diferentes continentes. La rapidez y el volumen de las transacciones
superan en mucho las posibilidades de los bancos y reservas nacionales.
Miles de millones circulan de bolsa a bolsa, de ordenador a ordenador,
sin que haya posibilidad de controlar su flujo.
Por otra parte, las oportunidades que
ofrece el mercado libre mundial, hacen que las empresas multinacionales
puedan invertir o retirar las inversiones en cualquier país del
mundo, según las ventajas o desventajas que les ofrezcan las estructuras
económicas y sociales en el país en cuestión.
Uno de los criterios para esas decisiones
de las empresas es el de la situación de las relaciones laborales
en un país determinado: nivel de salarios, disponibilidad de mano
de obra, legislación laboral.
Pero hay otros criterios, como el régimen
fiscal, las leyes relativas a derechos humanos o la normativa sobre
cuestiones medioambientales. También se examinan las posibilidades
de los mercados en la zona. En cualquier caso, el razonamiento de
las multinacionales es bastante sencillo: se invierte allí donde
la situación ofrezca más ventajas y mayores beneficios. Esto se
considera indispensable en vista de la feroz competencia que se
ha desencadenado entre las empresas multinacionales por dominar
mercados y adquirir poder económico. Y esta lucha se ha intensificado
debido a varios factores: en primer lugar, la institucionalización
del libremercado con organismos como la Organización Mundial de
Comercio, que puede incluso penalizar a estados que pongan trabas
a las actividades de las empresas multinacionales.
En segundo lugar, los gobiernos se
muestran cada vez más dispuestos a apoyar las actividades de esas
empresas, aunque sea a costa de desajustes sociales o abandonos
en el terreno de los derechos humanos o de la ecología. En tercer
lugar, el desarrollo tecnológico ha facilitado enormemente el flujo
de capitales.
Son factores que favorecen en primer
lugar la actividad del empresario. Hay actualmente comentaristas
que aseguran que esas facilidades para la globalización de los mercados
tienen también, de manera indirecta, una influencia positiva en
las economías, sobre todo de países en vías de desarrollo. Se refieren
posiblemente a las inversiones que las multinacionales realizan
en esos países, en buena parte para evitar trabas legales, sociales
y políticas en los países industrializados.
Se suele olvidar entonces cuáles son
las condiciones en que se efectúan las inversiones en países no
industrializados, y cuáles son las consecuencias para la población,
la cultura o el medio ambiente de esas naciones. Por otra parte,
las inversiones en otras zonas del planeta disminuyen necesariamente
el empleo en el país en que tiene su sede la empresa multinacional
que las efectúa.
Veamos, por ejemplo, el caso de la
Unión Europea. ¿Cuáles son las consecuencias de la globalización
económica para los trabajadores europeos? Las organizaciones sindicales
tienen una historia difícil, en la que una lucha constante ha logrado
arrancar mejoras y concesiones a los empresarios. Para ello se ha
apoyado siempre en movimientos y gobiernos progresistas. Pero ¿qué
pasa cuando los gobiernos y los movimientos políticos pierden poder
ante la preponderancia de las empresas y los mercados?
La estrategia del movimiento sindical
es clara. Se trata de participar en los organismos internacionales
que forman el marco jurídico de la globalización, como la Organización
Mundial de Comercio, para introducir en la normativa de los mismos
aspectos relativos a los derechos de los trabajadores y al control
de las actividades de las empresas multinacionales o de los mercados
de capitales.
Pero ¿se trata de una estrategia eficaz
en la práctica? ¿Es de esperar que los mecanismos de los mercados
y las empresas multinacionales se atengan desde una posición de
poder a esa clase de acuerdos? ¿Quién es capaz de controlar eficazmente
su cumplimiento, y desde qué perspectiva se efectuaría ese control?
¿No habrá que complementar lo formulado en el papel de los acuerdos
con programas de acción y de presión? ¿Qué pueden hacer los sindicatos
en ese sentido?
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