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Tribuna de Oradores

El reverdecimiento del yo: el movimiento ecologista (1ª parte)

por Manuel Castells    /   publicado en La Factoría

El planteamiento verde de la política es una especie de celebración. Reconocemos que cada uno de nosotros es parte de los problemas del mundo y también somos parte de la solución. Los peligros y las posibilidades de curación no están fuera de nosotros. Comenzamos a trabajar allí donde estamos. No hay necesidad de esperar hasta que las condiciones sean ideales. Podemos simplificar nuestras vidas y vivir de un modo que afirme los valores ecológicos y humanos. Llegarán condiciones mejores porque hemos empezado [...] Por lo tanto, puede decirse que la meta fundamental de la política verde es lograr una revolución interior, el reverdecimiento del yo». Petra Kelly, Thinking Green [1]

Si hemos de evaluar los movimientos sociales por su productividad histórica, por su repercusión en los valores culturales y las instituciones de la sociedad, el movimiento ecologista del último cuarto de este siglo se ha ganado un lugar destacado en el escenario de la aventura humana. En los años noventa, el 80% de los estadounidenses y más de dos tercios de los europeos se consideran ecologistas; es difícil que un partido o candidato sea elegido para un cargo sin &laqno;reverdecer» su programa; tanto los gobiernos como las instituciones internacionales multiplican programas, organismos especiales y legislación para proteger la naturaleza, mejorar la calidad de vida y, en definitiva, salvar la Tierra, a largo plazo, y a nosotros, a corto plazo. Las empresas, incluidas algunas contaminantes tristemente famosas, han incluido el ecologismo en su agenda de relaciones públicas, así como entre sus nuevos mercados más prometedores. Y a lo largo de todo el globo, la antigua oposición simplista entre desarrollo para los pobres y conservación para los ricos se ha transformado en un debate pluralista sobre el contenido real del desarrollo sostenido para cada país, ciudad y región. Sin duda, la mayoría de nuestros problemas fundamentales sobre el medio ambiente permanecen, ya que su tratamiento requiere una transformación de los modos de producción y consumo, así como de nuestra organización social y vidas personales. El calentamiento global se cierne como una amenaza letal, aún arde la selva tropical, las sustancias químicas tóxicas impregnan las cadenas alimentarias, un mar de pobreza niega la vida y los gobiernos juegan con la salud de la gente, como ejemplificó la locura de Major con las vacas británicas. No obstante, el hecho de que todos estos temas y muchos otros estén en el debate público y de que haya surgido una conciencia creciente sobre su carácter global interdependiente crea la base para su tratamiento y, quizás, para una reorientación de las instituciones y políticas hacia un sistema socioeconómico responsable en cuanto al medio ambiente. El movimiento ecologista multifacético que ha surgido desde finales de los años sesenta en la mayor parte del mundo, con fuertes pilares en los Estados Unidos y la Europa del Norte, se encuentra en buena medida en el origen de la inversión espectacular de los modos en que concebimos la relación entre economía, sociedad y naturaleza, induciendo, así, una nueva cultura [2].

Sin embargo, resulta algo arbitrario hablar del movimiento ecologista, puesto que su composición es muy diversa y sus expresiones varían mucho de un país a otro y entre las diferentes culturas. Así pues, antes de valorar su potencial transformador, trataré de presentar una diferenciación tipológica de diversos componentes del ecologismo y utilizaré ejemplos de cada tipo para bajar de las nubes el argumento. Luego proseguiré con una elaboración más amplia de la relación entre los temas ecologistas y las dimensiones fundamentales sobre las que se efectúa la transformación estructural en nuestra sociedad: las luchas sobre el papel de la ciencia y la tecnología, sobre el control del espacio y el tiempo, y sobre la construcción de nuevas identidades. Una vez caracterizados los movimientos ecologistas en su diversidad social y en su comunidad, analizaré sus medios y modos de actuar en la sociedad en general, explorando el tema de su institucionalización y su relación con el estado. Por último, abordaré la vinculación creciente entre los movimientos ecologistas y las luchas sociales, tanto local como globalmente, así como la perspectiva cada vez más popular de la justicia medioambiental.

La cacofonía creativa del ecologismo: una tipología
La acción colectiva, la política y los discursos que se agrupan bajo el nombre de ecologismo son tan diversos que ponen en entredicho la idea de un movimiento. Y, no obstante, yo sostengo que es precisamente esta diversidad de teorías y prácticas la que caracteriza al ecologismo como una nueva forma de movimiento descentralizado, multiforme, articulado en red y omnipresente. Es más, como trataré de mostrar, hay algunos temas fundamentales que caracterizan la mayoría, si no toda, la acción colectiva relacionada con el medio ambiente. Sin embargo, en aras de la claridad, parece útil proceder al análisis de este movimiento siguiendo una distinción y una tipología.

La distinción se establece entre el medioambientalismo y la ecología. Por "medioambientalismo" hago referencia a todas las formas de conducta colectiva que, en su discurso y práctica, aspiran a corregir las formas de relación destructivas entre la acción humana y su entorno natural, en oposición a la lógica estructural e institucional dominantes. Por "ecología", en mi planteamiento sociológico, entiendo una serie de creencias, teorías y proyectos que consideran a la humanidad un componente de un ecosistema más amplio y desean mantener el equilibrio del sistema en una perspectiva dinámica y evolucionista. En mi opinión, el medioambientalismo es la ecología puesta en práctica, y la ecología es el medioambientalismo en teoría, pero en las páginas siguientes restringiré el uso del término ecología a las manifestaciones explícitas y conscientes de esta perspectiva holística y evolucionista.

 Tipo (ejemplo)

 Identidad

 Adversario

 Objetivo

 Conservación de
la naturaleza
(Grupo de los Diez, EE.UU)

 Amantes de la
naturaleza

 Desarrollo
incontrolado

 Naturaleza
original

 Defensa del
espacio propio
(";En mi patio trasero, no")

 Comunidad local

 Contaminadores

 Calidad de vida/salud

 Contracultura, ecología profunda (Earth First!, ecofeminismo)

 El yo verde

 Industrialismo,
tecnocracia
patriarcado

 Ecotopía

 Salvar al planeta
(Greenpeace)

 Ecoguerreros
internacionalistas

 Desarrollo global
incontrolado

 Sostenibilidad

 Política verde
(Die Grünen)

 Ciudadanos
concienciados

 Establishment
político

 Contrapoder

En cuanto a la tipología, recurriré de nuevo a la útil caracterización que hace Alain Touraine de los movimientos sociales para diferenciar cinco tipos principales de movimientos ecologistas "según se han manifestado en las prácticas observadas" en las dos últimas décadas en el ámbito internacional. Sugiero que esta tipología tiene un valor general, aunque la mayoría de los ejemplos se han extraído de las experiencias estadounidense y alemana porque cuentan con los movimientos ecologistas más desarrollados del mundo y porque tuve un acceso más fácil a esa información. Acéptese el descargo habitual por el reduccionismo inevitable de esta, y todas, las tipologías, que espero compensar con los ejemplos que introducirán la carne y hueso de los movimientos reales en esta caracterización algo abstracta.

Para emprender nuestro breve viaje por el calidoscopio del ecologismo valiéndonos de la tipología propuesta, se necesita un mapa. El esquema 1 lo proporciona, pero requiere cierta explicación. Cada tipo se define, desde el punto de vista analítico, por una combinación específica de tres características que definen a un movimiento social: identidad, adversario y objetivo. Para cada tipo, identifico el contenido preciso de las tres características resultado de la observación, utilizando varias fuentes a las que hago referencia. De acuerdo con ellas, otorgo un nombre a cada tipo y proporciono ejemplos de los movimientos que encajan mejor en cada uno. Como es natural, en cualquier movimiento u organización determinados, puede haber una mezcla de características, pero, para fines analíticos, elijo aquellos movimientos que parecer aproximarse más al tipo ideal en su práctica y discurso reales. Tras observar el esquema 1, les invito a una breve descripción de cada uno de los ejemplos que ilustran los cinco tipos para que las distintas voces del movimiento puedan oírse a través de su cacofonía.

La conservación de la naturaleza
La "conservación de la naturaleza", bajo sus diferentes formas, fue el origen del movimiento ecologista en los Estados Unidos, según lo establecieron organizaciones tales como el Sierra Club (fundado en San Francisco en 1891 por John Muir), Audubon Society o la Wilderness Society [3]. A comienzos de los años ochenta, diversas organizaciones ecologistas antiguas y nuevas se unieron en una alianza conocida como el Grupo de los Diez, que incluyó, además de las organizaciones ya citadas, a National Parks and Conservation Association, National Wildlife Federation, Natural Resources Defense Council, la Izaak Walton League, Defenders of Wildlife, Environmental Defense Fund y Environmental Policy Institute. Pese a las diferencias de planteamiento y su ámbito específico de actuación, lo que une a estas organizaciones y muchas otras creadas según líneas similares, es su defensa pragmática de las causas conservacionistas en todo el sistema institucional. En palabras de Michael McCloskey, presidente del Sierra Club, su planteamiento puede caracterizarse como "salir del paso": "Provenimos de una tradición montañera en la que primero se decide que se va a escalar la montaña. Se tiene una noción de la ruta general, pero los asideros para manos y pies se encuentran según se sube y hay que adaptarse y cambiar constantemente" [4]. La cima que hay que escalar es la conservación de la vida natural, en sus formas diferentes, dentro de unos parámetros razonables de lo que puede lograrse en el sistema económico e institucional presente. Sus adversarios son el desarrollo incontrolado y las burocracias irresponsables, como la Oficina Federal de Reclamación, que no se preocupa de proteger nuestra reserva natural. Se definen como amantes de la naturaleza y apelan a ese sentimiento en todos nosotros, prescindiendo de las diferencias sociales. Operan mediante las instituciones y utilizan a menudo la influencia política con gran destreza y determinación. Se basan en un amplio apoyo popular, así como en las donaciones de las élites acomodadas de buena voluntad y de las empresas. Algunas organizaciones, como el Sierra Club, son muy grandes (en torno a 600.000 miembros) y están estructuradas en organizaciones locales, cuyas acciones e ideologías varían considerablemente y no siempre encajan con la imagen del "ecologismo establecido". La mayor parte del resto, como el Environmental Defense Fund, se centran en las campañas políticas, el análisis y la difusión de información. Suelen practicar una política de coalición, pero se cuidan de no alejarse de su objetivo medioambiental, desconfiando de las ideologías radicales y la acción espectacular que está en desacuerdo con la mayoría de la opinión pública. Sin embargo, sería un error oponer los conservacionistas establecidos a los ecologistas verdaderos y radicales. Por ejemplo, uno de los dirigentes históricos del Sierra Club, David Brower, se convirtió en fuente de inspiración para los ecologistas radicales. De forma recíproca, Dave Foreman, de Earth First! formó parte, en 1996, de la junta directiva del Sierra Club. Existe una gran ósmosis en las relaciones entre los conservacionistas y los ecologistas radicales, ya que las ideologías tienden a ocupar un segundo lugar en su preocupación compartida por la destrucción incesante y multiforme de la naturaleza, pese a los agudos debates y conflictos dentro de un movimiento tan grande y diversificado.

La movilización local
La "movilización de las comunidades locales en defensa de su espacio", contra la intrusión de los usos indeseables, constituye la forma de acción ecologista de desarrollo más rápido y la que quizás enlaza de forma más directa las preocupaciones inmediatas de la gente con los temas más amplios del deterioro medioambiental [5]. Con frecuencia etiquetados, con cierta malicia, como el movimiento "en mi patio trasero, no", se desarrolló en los Estados Unidos en primer lugar bajo la forma del movimiento contra los tóxicos, originado en 1978 durante el vergonzoso incidente de Love Canal sobre vertidos industriales tóxicos en Niagara Falls (Nueva York). Lois Gibbs, el ama de casa que se hizo famosa debido a su lucha por defender la salud de su hijo, así como el valor de su hogar, acabó estableciendo, en 1981, la Citizens Clearinghouse for Hazardous Waste. Según los recuentos de la Clearinghouse, en 1984 había 600 grupos locales que luchaban contra los vertidos tóxicos en los Estados Unidos, que aumentaron a 4.687 en 1988. Con el tiempo, las comunidades también se movilizaron contra la construcción de autopistas, el desarrollo excesivo y la localización de instalaciones peligrosas en su proximidad. Aunque el movimiento es local, no es necesariamente localista, ya que suele afirmar el derecho de los residentes a la calidad de vida en oposición a los intereses de las empresas o burocracias. Sin duda, la vida en sociedad se compone de equilibrios entre gente como residentes, trabajadores, consumidores, personas que se desplazan al trabajo y otros viajeros. Pero lo que estos movimientos cuestionan es, por una parte, el sesgo de la localización de materiales o actividades indeseables en comunidades de renta baja y zonas habitadas por minorías; y por la otra, la falta de transparencia y participación en la toma de decisiones sobre el uso del espacio. Así pues, los ciudadanos demandan la extensión de la democracia local, una planificación urbana responsable y equidad para compartir las cargas del desarrollo urbano/industrial, a la vez que se impide la exposición a vertidos o instalaciones peligrosos. Como concluye Epstein en su análisis del movimiento:

La demanda del movimiento sobre tóxicos/justicia medioambiental de un estado que tenga mayor poder para regular las empresas, un estado que sea responsable ante el público más que ante las empresas, parece muy apropiada y probablemente constituya una base para la exigencia más amplia de que se reafirme y extienda el poder estatal sobre las empresas y que se ejerza en nombre del bienestar público y sobre todo del bienestar de quienes son más vulnerables [6].

En otros casos, en los suburbios de clase media, las movilizaciones de sus residentes se centraron más en conservar su "status quo" contra el desarrollo indeseado. No obstante, prescindiendo de su contenido de clase, todas las formas de protesta aspiran a establecer un control sobre el entorno en nombre de la comunidad local y, en este sentido, las movilizaciones defensivas locales son, sin duda, un importante componente del movimiento ecologista más amplio.

La vertiente contracultural
El ecologismo también ha alimentado algunas de las contraculturas que brotaron de los movimientos de los años sesenta y setenta. Por contracultura entiendo el intento deliberado de vivir de acuerdo con normas diferentes y hasta cierto punto contradictorias de las aplicadas institucionalmente por la sociedad y de oponerse a esas instituciones basándose en principios y creencias alternativos. Algunas de las corrientes contraculturales más fuertes de nuestras sociedades se expresan bajo la forma de guiarse sólo por las leyes de la naturaleza, afirmando, de este modo, la prioridad del respeto a la naturaleza sobre cualquier otra institución humana. Por eso creo que tiene sentido incluir bajo la noción de "ecologismo contracultural" expresiones tan aparentemente distintas como los ecologistas radicales (tales como Earth First! o Sea Shepherds), el movimiento para la liberación de los animales y el ecofeminismo [7]. De hecho, a pesar de su diversidad y falta de coordinación, la mayoría de estos movimientos comparten las ideas de los pensadores de la "ecología profunda", representados, por ejemplo, por el escritor noruego Arne Naess. Según éste y George Sessions, los principios básicos de la "ecología profunda" son:

Los principios de la "ecología profunda"
* El bienestar y florecimiento de la vida humana y no humana en la Tierra tienen valor en sí mismos. Estos valores son independientes de la utilidad del mundo no humano para los objetivos humanos.

* La riqueza y diversidad de las formas de vida contribuyen a la percepción de estos valores y son también valores en sí mismos.

* Los humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad, salvo para satisfacer necesidades vitales.

* El florecimiento de la vida y cultura humanas es compatible con un descenso sustancial de la población humana. El florecimiento de la vida no humana requiere ese descenso.

* La interferencia humana actual en el mundo no humano es excesiva y la situación empeora por momentos.

* Por lo tanto, deben cambiarse las políticas. Estas políticas afectan a las estructuras económicas, tecnológicas e ideológicas básicas. El estado de cosas resultante será profundamente diferente del presente.

* El cambio ideológico consiste fundamentalmente en apreciar la calidad de vida (vivir en situaciones de valor inherente) más que adherirse a un nivel de vida cada vez más alto. Habrá una profunda conciencia de la diferencia entre grande y excelente.

* Quienes suscriben los puntos precedentes tienen la obligación directa o indirecta de tratar de llevar a cabo los cambios necesarios [8].

Para responder a esa obligación, a finales de la década de los setenta, varios ecologistas radicales, encabezados por David Foreman, un ex marine convertido en ecoguerrero, crearon en Nuevo México y Arizona Earth First!, un movimiento intransigente que utilizó la desobediencia civil e incluso el "ecosabotaje"contra la construcción de presas, la tala y otras agresiones a la naturaleza, con lo que se enfrentó a procesos y cárcel. El movimiento, y otras organizaciones diversas que siguieron su ejemplo, estaba completamente descentralizado, formado por "tribus"autónomas que se reunían de forma periódica, según los ritos y fechas de los indios norteamericanos, para decidir sus acciones. La ecología profunda era la base ideológica del movimiento y figura de forma prominente en "The Earth First! Reader", publicado con un prefacio de David Foreman [9]. Pero igualmente influyente, si no más, fue la novela de Abbey "The Monkey Wrench Gang", acerca de un grupo contracultural de ecoguerrillas que se convirtieron en modelos para muchos ecologistas radicales. En efecto, "monkeywrenching" (utilizar la llave inglesa) se convirtió en un sinónimo de ecosabotaje. En la década de los noventa, el movimiento para la liberación de los animales, centrado en la oposición abierta a la experimentación con animales, parece ser el ala más militante del fundamentalismo ecológico.

El ecofeminismo
El ecofeminismo se distancia claramente de las tácticas "machistas" de algunos de estos movimientos, pero comparte el principio del respeto absoluto por la naturaleza como la base para la liberación tanto del patriarcado como del industrialismo. Consideran a las mujeres víctimas de la misma violencia patriarcal que se inflige a la naturaleza. Y, por lo tanto, el restablecimiento de los derechos naturales es inseparable de la liberación de la mujer. En palabras de Judith Plant:

A lo largo de la historia, la mujer no ha tenido un poder real en el mundo exterior, ni lugar en la toma de decisiones. La vida intelectual, el trabajo de la mente, no ha sido tradicionalmente accesible a las mujeres. Las mujeres han solido ser pasivas, al igual que la naturaleza. Sin embargo, hoy la ecología habla en favor de la tierra, en favor del "otro", en las relaciones humanas/medioambientales. Y el ecofeminismo, al hablar en favor de los otros originales, pretende comprender las raíces interconectadas de toda dominación y los modos de resistencia al cambio [10].

A algunas ecofeministas también las inspiró la polémica reconstrucción histórica de Carolyn Merchant, que se remonta a las sociedades prehistóricas y naturales, libres de la dominación masculina, de una edad de oro matriarcal, donde había armonía entre naturaleza y cultura, y donde tanto hombres como mujeres adoraban a la naturaleza en forma de diosa [11]. También ha habido, sobre todo durante la década de los setenta, una interesante conexión entre el ecologismo, el feminismo espiritual y el neopaganismo, algunas veces expresada en la militancia ecofeminista y la acción directa no violenta de brujas pertenecientes a la Congregación de Brujería [12].

Así pues, mediante formas variadas, de las tácticas ecoguerrilleras al espiritualismo, pasando por la ecología profunda y el ecofeminismo, los ecologistas radicales vinculan la acción medioambiental y la revolución cultural, ampliando el alcance de un movimiento ecologista abarcador, en su construcción de la "ecotopía".

Greenpeace
Greenpeace es la organización ecologista mayor del mundo y probablemente la que más ha popularizado los temas medioambientales globales mediante sus acciones no violentas orientadas a los medios de comunicación [13]. Fundada en Vancouver en 1971, en torno a la protesta antinuclear frente a la costa de Alaska, estableció después su sede en Amsterdam, convirtiéndose en una organización transnacional interconectada que, en 1994, contaba con 6 millones de miembros a lo largo de todo el mundo y unos ingresos anuales de más de 100 millones de dólares. Su perfil tan característico como movimiento ecologista se deriva de tres componentes principales. En primer lugar, un sentimiento de urgencia en cuanto a la desaparición inminente de la vida en el planeta, inspirado por una leyenda india norteamericana: "Cuando la tierra esté enferma y los animales hayan desaparecido, llegará una tribu de pueblos de todos los credos, colores y culturas que crean en los hechos, no en las palabras, y que devolverán a la Tierra su antigua belleza. La tribu se llamará los "Guerreros del Arco iris" [14]. En segundo lugar, una actitud de inspiración cuáquera de atestiguar, como principio de acción y como estrategia de comunicación. En tercer lugar, una actitud pragmática y comercial, en buena medida influida por el dirigente histórico y presidente de la junta directiva de Greenpeace, David McTaggart, de "hacer las cosas". No hay tiempo para discusiones filosóficas: los temas clave deben identificarse utilizando el conocimiento y las técnicas de investigación en todo el planeta; han de organizarse campañas sobre objetivos específicos; seguirán acciones espectaculares destinadas a atraer la atención de los medios de comunicación, con lo que un tema determinado se expondrá a la mirada pública y se obligará a las empresas, gobiernos e instituciones internacionales a tomar una determinación o afrontar más publicidad perjudicial. Greenpeace es a la vez una organización muy centralizada y una red global descentralizada. Está controlada por un consejo de representantes de los países, un pequeño comité ejecutivo y unos fideicomisarios regionales para Norteamérica, América Latina, Europa y el Pacífico. Sus recursos se organizan en campañas, cada una de ellas dividida por temas. A mediados de los años noventa, las principales campañas eran: sustancias tóxicas, energía y atmósfera, temas nucleares y ecología marina/terrestre. Sus sedes, situadas en 30 países del mundo, sirven para coordinar las campañas globales y recaudar fondos y apoyo nacional/local, pero la mayor parte de la acción aspira a obtener una repercusión global, ya que los principales problemas medioambientales son globales. Greenpeace considera su adversario a un modelo de desarrollo caracterizado por la falta de preocupación acerca de sus consecuencias sobre la vida del planeta. Por consiguiente, se moviliza para aplicar el principio de la sostenibilidad medioambiental como principio general, al que todas las demás políticas y actividades deben subordinarse. Debido a la importancia de su misión, los "guerreros del arco iris"no están inclinados a participar en debates con los otros grupos ecologistas y no se recrean en la contracultura, pese a las variaciones personales en las actitudes de sus numerosos miembros. Son internacionalistas resueltos y consideran al estado-nación el principal obstáculo para lograr el control sobre el desarrollo actual, desenfrenado y destructivo. Están en guerra contra un modelo de desarrollo ecosuicida y pretenden obtener resultados inmediatos de cada frente de acción, desde la conversión del sector frigorífico alemán a una tecnología de "congelación verde", ayudando así a proteger la capa de ozono, hasta influir en la restricción de la pesca de ballenas y la creación de un refugio para ellas en la Antártida. Los "guerreros del arco iris"se encuentran en la encrucijada de la ciencia para la vida, la tecnología de la comunicación de redes globales y la solidaridad intergeneracional.

A primera vista, la "política verde" no parece ser un tipo de movimiento por sí mismo, sino más bien una estrategia específica, a saber, entrar en el ámbito de la política electoral en nombre del ecologismo. No obstante, un examen más atento del ejemplo más importante de la política verde, Die Grünen, muestra claramente que, en su origen, no era la política habitual [15]. El Partido Verde alemán, constituido el 13 de enero de 1980 a partir de una coalición de movimientos populares, no es un movimiento ecologista estrictamente hablando, aun cuando puede que haya sido más efectivo para el avance de la causa medioambiental que ningún otro movimiento europeo en su país. La principal fuerza subyacente en su formación fueron las "iniciativas ciudadanas"de finales de los años setenta, organizadas sobre todo en torno a las movilizaciones pacifistas y antinucleares. Reunió, excepcionalmente, a los veteranos de los movimientos de los años sesenta con las feministas, que se descubrieron como tales al reflexionar precisamente sobre el sexismo de los hombres revolucionarios de la década de los sesenta, y con la juventud y las clases medias cultas preocupadas por la paz, la energía nuclear, el entorno (la muerte de los bosques, Waldsterben), el estado del mundo, la libertad individual y la democracia de base.

La creación y el rápido éxito de Los Verdes (entraron en el parlamento nacional en 1983) tuvieron su origen en circunstancias muy excepcionales. En primer lugar, no había expresiones políticas reales para la protesta social en Alemania más allá de los tres partidos principales que se habían alternado en el poder y que incluso formaron una coalición en los años sesenta: en 1976, más del 99% de los votos fueron a los tres partidos (democristianos, socialdemócratas y liberales). Por lo tanto, existía un voto desafecto potencial, sobre todo entre la juventud, que esperaba la posibilidad de expresarse. Los escándalos sobre la financiación política (el caso Flick) habían puesto en entredicho la reputación de todos los partidos políticos y sugerido que se sostenían con las aportaciones de la industria. Además, lo que los politólogos denominan la "estructura de oportunidades políticas"apoyaba la estrategia de formar un partido y mantener la unidad entre sus constituyentes: entre otros elementos, el movimiento podía obtener cuantiosos fondos gubernamentales si llegaba, con arreglo a la ley electoral alemana, al 5% de los votos, porcentaje necesario para entrar en el parlamento. Esto contribuyó a unir a Los Verdes, antes fraccionados. La mayor parte de los votantes verdes eran jóvenes, estudiantes, profesores o miembros de otras categorías alejadas de la producción, ya fueran desempleados (pero subsidiados por el gobierno) o trabajadores gubernamentales. Su agenda incluía ecología, paz, defensa de las libertades, protección de las minorías y los inmigrantes, feminismo y democracia participativa. Dos tercios de los dirigentes del Partido Verde eran participantes activos en varios movimientos sociales en los años ochenta. En efecto, Die Grünen se presentaba, en palabras de Petra Kelly, como un &laqno;partido antipartido» que pretendía &laqno;una política basada en una nueva concepción del poder, un "contrapoder" que es natural y común a todos, que ha de ser compartido por todos y utilizado por todos para todos» [16]. En consecuencia, los representantes elegidos para los cargos rotaban y tomaban la mayoría de las decisiones en asamblea, siguiendo la tradición anarquista que inspiró a Los Verdes más de lo que admitirían. La prueba de fuego de la política pragmática deshizo estos experimentos unos cuantos años después, sobre todo tras el fracaso electoral de 1990, motivado fundamentalmente por su total incomprensión de la importancia de la unificación alemana, en una actitud coherente con su oposición al nacionalismo. El conflicto latente entre los "Realos" (dirigentes pragmáticos que trataban de potenciar la agenda verde mediante las instituciones) y los "Fundis" (leales a los principios básicos de la democracia de base y el ecologismo) estalló abiertamente en 1991, dejando el control del partido a una alianza de centristas y pragmáticos. Reorientado y reorganizado, el Partido Verde alemán recobró su fortaleza en la década de los noventa, volvió al parlamento y obtuvo posiciones fuertes en los gobiernos locales y regionales, sobre todo en Berlín, Frankfurt, Bremen y Hamburgo, algunas veces gobernando en alianza con los socialdemócratas. No obstante, no era el mismo partido: se había convertido en un partido político. Además, este partido ya no poseía el monopolio de la agenda medioambiental puesto que los socialdemócratas, e incluso los liberales, se abrieron mucho más a las nuevas ideas planteadas por los movimientos sociales. Y lo que es más, la Alemania de la década de los noventa era un país muy diferente. No había peligro de guerra, sino de declive económico. El desempleo generalizado entre los jóvenes y la reducción del estado de bienestar se convirtieron en temas más acuciantes para los votantes verdes "canosos" que la revolución cultural. El asesinato de Petra Kelly en 1992, probablemente a manos de su compañero, que luego se suicidó, tocó una fibra sensible, sugiriendo los límites de la huida de la sociedad en la vida cotidiana, mientras se dejan intactas estructuras fundamentales económicas, políticas y psicológicas. Sin embargo, mediante la política verde, el Partido Verde se consolidó como la izquierda coherente de la Alemania de fin de siglo y la generación rebelde de los años setenta siguió conservando la mayoría de sus valores mientras envejecía y los transmitió a sus hijos a través de su modo de vida. Así pues, del experimento de la política verde surgió una Alemania muy diferente, tanto desde el punto de vista cultural como desde el político. Pero la imposibilidad de integrar partido y movimiento sin conducir al totalitarismo (leninismo) o al reformismo a expensas del movimiento (socialdemocracia) recibió otra confirmación histórica como ley de hierro del cambio social.

La conservación de la naturaleza, la búsqueda de la calidad medioambiental y un planteamiento ecológico de la vida son ideas decimonónicas que, en su expresión más definida, permanecieron durante largo tiempo confinadas a las élites ilustradas de los países dominantes [17]. Con frecuencia fueron el dominio exclusivo de una alta burguesía abrumada por la industrialización, como en el caso de los orígenes de la Audubon Society en los Estados Unidos. Otras veces, un componente comunal y utópico fue la cuna de los primeros ecologistas políticos, como en el caso de Kropotkin, que enlazó para siempre el anarquismo y la ecología, en una tradición bien representada en nuestro tiempo por Murray Bookchin. Pero en todos los casos, y durante más de un siglo, se mantuvo como una tendencia intelectual restringida, que aspiraba fundamentalmente a influir en la conciencia de las personas influyentes que podían fomentar la legislación conservacionista o donar sus bienes a la buena causa de la naturaleza. Aun cuando se forjaron alianzas sociales (por ejemplo, entre Robert Marshall y Catherine Bauer en los Estados Unidos durante los años treinta), sus resultados políticos se presentaron de un modo en que las preocupaciones económicas y de bienestar social eran lo primordial [18]. Aunque hubo pioneros influyentes y valerosos, como Alice Hamilton y Rachel Carson en los Estados Unidos, hasta finales de los años sesenta no surgió un movimiento de masas, tanto en las bases como en la opinión pública, en los Estados Unidos, Alemania y Europa Occidental, que luego se difundió rápidamente al resto del mundo. ¿Por qué fue así? ¿Por qué las ideas ecologistas prendieron de repente en las secas praderas del sin sentido planetario? Propongo la hipótesis de que existe una correspondencia directa entre los temas planteados por el movimiento ecologista y las dimensiones fundamentales de la nueva estructura social, la sociedad red, que surgió a partir de los años setenta: la ciencia y la tecnología como medios y objetivos básicos de la economía y la sociedad; la transformación del espacio y del tiempo; y la dominación de la identidad cultural por los flujos globales y abstractos de riqueza, poder e información, que construyen la virtualidad real mediante las redes de medios de comunicación. Sin duda, en el universo caótico del ecologismo podemos encontrar todos estos temas en en general y ninguno de ellos en particular. Sin embargo, sostengo que hay implícito un discurso ecológico coherente que transciende diversas orientaciones políticas y orígenes sociales dentro del movimiento y que proporciona el marco desde el cual se destacan temas diferentes en momentos distintos y para fines diversos [19]. Naturalmente, existen conflictos pronunciados y fuertes desacuerdos entre los componentes del movimiento ecologista. No obstante, estos desacuerdos suelen ser más sobre tácticas, prioridades y lenguaje que sobre la ofensiva básica de vincular la defensa de entornos específicos a nuevos valores humanos. A riesgo de simplificar demasiado, sintetizaré las principales líneas del discurso presente en el movimiento ecologista en cuatro temas principales.

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