El planteamiento verde de la política
es una especie de celebración. Reconocemos que cada uno de nosotros
es parte de los problemas del mundo y también somos parte de la
solución. Los peligros y las posibilidades de curación no están
fuera de nosotros. Comenzamos a trabajar allí donde estamos. No
hay necesidad de esperar hasta que las condiciones sean ideales.
Podemos simplificar nuestras vidas y vivir de un modo que afirme
los valores ecológicos y humanos. Llegarán condiciones mejores porque
hemos empezado [...] Por lo tanto, puede decirse que la meta fundamental
de la política verde es lograr una revolución interior, el reverdecimiento
del yo». Petra Kelly, Thinking Green [1]
Si
hemos de evaluar los movimientos sociales por su productividad histórica,
por su repercusión en los valores culturales y las instituciones
de la sociedad, el movimiento ecologista del último cuarto de este
siglo se ha ganado un lugar destacado en el escenario de la aventura
humana. En los años noventa, el 80% de los estadounidenses y más
de dos tercios de los europeos se consideran ecologistas; es difícil
que un partido o candidato sea elegido para un cargo sin &laqno;reverdecer»
su programa; tanto los gobiernos como las instituciones internacionales
multiplican programas, organismos especiales y legislación para
proteger la naturaleza, mejorar la calidad de vida y, en definitiva,
salvar la Tierra, a largo plazo, y a nosotros, a corto plazo. Las
empresas, incluidas algunas contaminantes tristemente famosas, han
incluido el ecologismo en su agenda de relaciones públicas, así
como entre sus nuevos mercados más prometedores. Y a lo largo de
todo el globo, la antigua oposición simplista entre desarrollo para
los pobres y conservación para los ricos se ha transformado en un
debate pluralista sobre el contenido real del desarrollo sostenido
para cada país, ciudad y región. Sin duda, la mayoría de nuestros
problemas fundamentales sobre el medio ambiente permanecen, ya que
su tratamiento requiere una transformación de los modos de producción
y consumo, así como de nuestra organización social y vidas personales.
El calentamiento global se cierne como una amenaza letal, aún arde
la selva tropical, las sustancias químicas tóxicas impregnan las
cadenas alimentarias, un mar de pobreza niega la vida y los gobiernos
juegan con la salud de la gente, como ejemplificó la locura de Major
con las vacas británicas. No obstante, el hecho de que todos estos
temas y muchos otros estén en el debate público y de que haya surgido
una conciencia creciente sobre su carácter global interdependiente
crea la base para su tratamiento y, quizás, para una reorientación
de las instituciones y políticas hacia un sistema socioeconómico
responsable en cuanto al medio ambiente. El movimiento ecologista
multifacético que ha surgido desde finales de los años sesenta en
la mayor parte del mundo, con fuertes pilares en los Estados Unidos
y la Europa del Norte, se encuentra en buena medida en el origen
de la inversión espectacular de los modos en que concebimos la relación
entre economía, sociedad y naturaleza, induciendo, así, una nueva
cultura [2].
Sin embargo, resulta algo arbitrario
hablar del movimiento ecologista, puesto que su composición es muy
diversa y sus expresiones varían mucho de un país a otro y entre
las diferentes culturas. Así pues, antes de valorar su potencial
transformador, trataré de presentar una diferenciación tipológica
de diversos componentes del ecologismo y utilizaré ejemplos de cada
tipo para bajar de las nubes el argumento. Luego proseguiré con
una elaboración más amplia de la relación entre los temas ecologistas
y las dimensiones fundamentales sobre las que se efectúa la transformación
estructural en nuestra sociedad: las luchas sobre el papel de la
ciencia y la tecnología, sobre el control del espacio y el tiempo,
y sobre la construcción de nuevas identidades. Una vez caracterizados
los movimientos ecologistas en su diversidad social y en su comunidad,
analizaré sus medios y modos de actuar en la sociedad en general,
explorando el tema de su institucionalización y su relación con
el estado. Por último, abordaré la vinculación creciente entre los
movimientos ecologistas y las luchas sociales, tanto local como
globalmente, así como la perspectiva cada vez más popular de la
justicia medioambiental.
La cacofonía creativa del ecologismo:
una tipología
La acción colectiva, la política y los discursos que se agrupan
bajo el nombre de ecologismo son tan diversos que ponen en entredicho
la idea de un movimiento. Y, no obstante, yo sostengo que es precisamente
esta diversidad de teorías y prácticas la que caracteriza al ecologismo
como una nueva forma de movimiento descentralizado, multiforme,
articulado en red y omnipresente. Es más, como trataré de mostrar,
hay algunos temas fundamentales que caracterizan la mayoría, si
no toda, la acción colectiva relacionada con el medio ambiente.
Sin embargo, en aras de la claridad, parece útil proceder al análisis
de este movimiento siguiendo una distinción y una tipología.
La distinción se establece entre el
medioambientalismo y la ecología. Por "medioambientalismo" hago
referencia a todas las formas de conducta colectiva que, en su discurso
y práctica, aspiran a corregir las formas de relación destructivas
entre la acción humana y su entorno natural, en oposición a la lógica
estructural e institucional dominantes. Por "ecología", en mi planteamiento
sociológico, entiendo una serie de creencias, teorías y proyectos
que consideran a la humanidad un componente de un ecosistema más
amplio y desean mantener el equilibrio del sistema en una perspectiva
dinámica y evolucionista. En mi opinión, el medioambientalismo es
la ecología puesta en práctica, y la ecología es el medioambientalismo
en teoría, pero en las páginas siguientes restringiré el uso del
término ecología a las manifestaciones explícitas y conscientes
de esta perspectiva holística y evolucionista.
|
Tipo (ejemplo)
|
Identidad
|
Adversario
|
Objetivo
|
|
Conservación de
la naturaleza
(Grupo de los Diez, EE.UU)
|
Amantes de la
naturaleza
|
Desarrollo
incontrolado
|
Naturaleza
original
|
|
Defensa del
espacio propio
(";En mi patio trasero,
no")
|
Comunidad local
|
Contaminadores
|
Calidad de vida/salud
|
|
Contracultura, ecología profunda (Earth First!,
ecofeminismo)
|
El yo verde
|
Industrialismo,
tecnocracia
patriarcado
|
Ecotopía
|
|
Salvar al planeta
(Greenpeace)
|
Ecoguerreros
internacionalistas
|
Desarrollo global
incontrolado
|
Sostenibilidad
|
|
Política verde
(Die Grünen)
|
Ciudadanos
concienciados
|
Establishment
político
|
Contrapoder
|
En cuanto a la tipología, recurriré de nuevo a
la útil caracterización que hace Alain Touraine de los movimientos
sociales para diferenciar cinco tipos principales de movimientos
ecologistas "según se han manifestado en las prácticas observadas"
en las dos últimas décadas en el ámbito internacional. Sugiero que
esta tipología tiene un valor general, aunque la mayoría de los
ejemplos se han extraído de las experiencias estadounidense y alemana
porque cuentan con los movimientos ecologistas más desarrollados
del mundo y porque tuve un acceso más fácil a esa información. Acéptese
el descargo habitual por el reduccionismo inevitable de esta, y
todas, las tipologías, que espero compensar con los ejemplos que
introducirán la carne y hueso de los movimientos reales en esta
caracterización algo abstracta.
Para emprender nuestro breve viaje
por el calidoscopio del ecologismo valiéndonos de la tipología propuesta,
se necesita un mapa. El esquema 1 lo proporciona, pero requiere
cierta explicación. Cada tipo se define, desde el punto de vista
analítico, por una combinación específica de tres características
que definen a un movimiento social: identidad, adversario y objetivo.
Para cada tipo, identifico el contenido preciso de las tres características
resultado de la observación, utilizando varias fuentes a las que
hago referencia. De acuerdo con ellas, otorgo un nombre a cada tipo
y proporciono ejemplos de los movimientos que encajan mejor en cada
uno. Como es natural, en cualquier movimiento u organización determinados,
puede haber una mezcla de características, pero, para fines analíticos,
elijo aquellos movimientos que parecer aproximarse más al tipo ideal
en su práctica y discurso reales. Tras observar el esquema 1, les
invito a una breve descripción de cada uno de los ejemplos que ilustran
los cinco tipos para que las distintas voces del movimiento puedan
oírse a través de su cacofonía.
La conservación de
la naturaleza
La "conservación de la naturaleza", bajo sus diferentes formas,
fue el origen del movimiento ecologista en los Estados Unidos, según
lo establecieron organizaciones tales como el Sierra Club (fundado
en San Francisco en 1891 por John Muir), Audubon Society o la Wilderness
Society [3]. A comienzos de los años ochenta, diversas organizaciones
ecologistas antiguas y nuevas se unieron en una alianza conocida
como el Grupo de los Diez, que incluyó, además de las organizaciones
ya citadas, a National Parks and Conservation Association, National
Wildlife Federation, Natural Resources Defense Council, la Izaak
Walton League, Defenders of Wildlife, Environmental Defense Fund
y Environmental Policy Institute. Pese a las diferencias de planteamiento
y su ámbito específico de actuación, lo que une a estas organizaciones
y muchas otras creadas según líneas similares, es su defensa pragmática
de las causas conservacionistas en todo el sistema institucional.
En palabras de Michael McCloskey, presidente del Sierra Club, su
planteamiento puede caracterizarse como "salir del paso":
"Provenimos de una tradición montañera en la que primero se
decide que se va a escalar la montaña. Se tiene una noción de la
ruta general, pero los asideros para manos y pies se encuentran
según se sube y hay que adaptarse y cambiar constantemente"
[4]. La cima que hay que escalar es la conservación de la vida natural,
en sus formas diferentes, dentro de unos parámetros razonables de
lo que puede lograrse en el sistema económico e institucional presente.
Sus adversarios son el desarrollo incontrolado y las burocracias
irresponsables, como la Oficina Federal de Reclamación, que no se
preocupa de proteger nuestra reserva natural. Se definen como amantes
de la naturaleza y apelan a ese sentimiento en todos nosotros, prescindiendo
de las diferencias sociales. Operan mediante las instituciones y
utilizan a menudo la influencia política con gran destreza y determinación.
Se basan en un amplio apoyo popular, así como en las donaciones
de las élites acomodadas de buena voluntad y de las empresas. Algunas
organizaciones, como el Sierra Club, son muy grandes (en torno a
600.000 miembros) y están estructuradas en organizaciones locales,
cuyas acciones e ideologías varían considerablemente y no siempre
encajan con la imagen del "ecologismo establecido". La
mayor parte del resto, como el Environmental Defense Fund, se centran
en las campañas políticas, el análisis y la difusión de información.
Suelen practicar una política de coalición, pero se cuidan de no
alejarse de su objetivo medioambiental, desconfiando de las ideologías
radicales y la acción espectacular que está en desacuerdo con la
mayoría de la opinión pública. Sin embargo, sería un error oponer
los conservacionistas establecidos a los ecologistas verdaderos
y radicales. Por ejemplo, uno de los dirigentes históricos del Sierra
Club, David Brower, se convirtió en fuente de inspiración para los
ecologistas radicales. De forma recíproca, Dave Foreman, de Earth
First! formó parte, en 1996, de la junta directiva del Sierra Club.
Existe una gran ósmosis en las relaciones entre los conservacionistas
y los ecologistas radicales, ya que las ideologías tienden a ocupar
un segundo lugar en su preocupación compartida por la destrucción
incesante y multiforme de la naturaleza, pese a los agudos debates
y conflictos dentro de un movimiento tan grande y diversificado.
La movilización
local
La "movilización de las comunidades locales en defensa de su espacio",
contra la intrusión de los usos indeseables, constituye la forma
de acción ecologista de desarrollo más rápido y la que quizás enlaza
de forma más directa las preocupaciones inmediatas de la gente con
los temas más amplios del deterioro medioambiental [5]. Con frecuencia
etiquetados, con cierta malicia, como el movimiento "en mi
patio trasero, no", se desarrolló en los Estados Unidos en
primer lugar bajo la forma del movimiento contra los tóxicos, originado
en 1978 durante el vergonzoso incidente de Love Canal sobre vertidos
industriales tóxicos en Niagara Falls (Nueva York). Lois Gibbs,
el ama de casa que se hizo famosa debido a su lucha por defender
la salud de su hijo, así como el valor de su hogar, acabó estableciendo,
en 1981, la Citizens Clearinghouse for Hazardous Waste. Según los
recuentos de la Clearinghouse, en 1984 había 600 grupos locales
que luchaban contra los vertidos tóxicos en los Estados Unidos,
que aumentaron a 4.687 en 1988. Con el tiempo, las comunidades también
se movilizaron contra la construcción de autopistas, el desarrollo
excesivo y la localización de instalaciones peligrosas en su proximidad.
Aunque el movimiento es local, no es necesariamente localista, ya
que suele afirmar el derecho de los residentes a la calidad de vida
en oposición a los intereses de las empresas o burocracias. Sin
duda, la vida en sociedad se compone de equilibrios entre gente
como residentes, trabajadores, consumidores, personas que se desplazan
al trabajo y otros viajeros. Pero lo que estos movimientos cuestionan
es, por una parte, el sesgo de la localización de materiales o actividades
indeseables en comunidades de renta baja y zonas habitadas por minorías;
y por la otra, la falta de transparencia y participación en la toma
de decisiones sobre el uso del espacio. Así pues, los ciudadanos
demandan la extensión de la democracia local, una planificación
urbana responsable y equidad para compartir las cargas del desarrollo
urbano/industrial, a la vez que se impide la exposición a vertidos
o instalaciones peligrosos. Como concluye Epstein en su análisis
del movimiento:
La demanda del movimiento sobre tóxicos/justicia
medioambiental de un estado que tenga mayor poder para regular las
empresas, un estado que sea responsable ante el público más que
ante las empresas, parece muy apropiada y probablemente constituya
una base para la exigencia más amplia de que se reafirme y extienda
el poder estatal sobre las empresas y que se ejerza en nombre del
bienestar público y sobre todo del bienestar de quienes son más
vulnerables [6].
En otros casos, en los suburbios de
clase media, las movilizaciones de sus residentes se centraron más
en conservar su "status quo" contra el desarrollo indeseado. No
obstante, prescindiendo de su contenido de clase, todas las formas
de protesta aspiran a establecer un control sobre el entorno en
nombre de la comunidad local y, en este sentido, las movilizaciones
defensivas locales son, sin duda, un importante componente del movimiento
ecologista más amplio.
La vertiente
contracultural
El ecologismo también ha alimentado algunas de las contraculturas
que brotaron de los movimientos de los años sesenta y setenta. Por
contracultura entiendo el intento deliberado de vivir de acuerdo
con normas diferentes y hasta cierto punto contradictorias de las
aplicadas institucionalmente por la sociedad y de oponerse a esas
instituciones basándose en principios y creencias alternativos.
Algunas de las corrientes contraculturales más fuertes de nuestras
sociedades se expresan bajo la forma de guiarse sólo por las leyes
de la naturaleza, afirmando, de este modo, la prioridad del respeto
a la naturaleza sobre cualquier otra institución humana. Por eso
creo que tiene sentido incluir bajo la noción de "ecologismo contracultural"
expresiones tan aparentemente distintas como los ecologistas radicales
(tales como Earth First! o Sea Shepherds), el movimiento para la
liberación de los animales y el ecofeminismo [7]. De hecho, a pesar
de su diversidad y falta de coordinación, la mayoría de estos movimientos
comparten las ideas de los pensadores de la "ecología profunda",
representados, por ejemplo, por el escritor noruego Arne Naess.
Según éste y George Sessions, los principios básicos de la "ecología
profunda" son:
Los principios de la "ecología profunda"
* El bienestar y florecimiento de la vida humana y no humana en
la Tierra tienen valor en sí mismos. Estos valores son independientes
de la utilidad del mundo no humano para los objetivos humanos.
* La riqueza y diversidad de las formas
de vida contribuyen a la percepción de estos valores y son también
valores en sí mismos.
* Los humanos no tienen derecho a reducir
esta riqueza y diversidad, salvo para satisfacer necesidades vitales.
* El florecimiento de la vida y cultura
humanas es compatible con un descenso sustancial de la población
humana. El florecimiento de la vida no humana requiere ese descenso.
* La interferencia humana actual en
el mundo no humano es excesiva y la situación empeora por momentos.
* Por lo tanto, deben cambiarse las
políticas. Estas políticas afectan a las estructuras económicas,
tecnológicas e ideológicas básicas. El estado de cosas resultante
será profundamente diferente del presente.
* El cambio ideológico consiste fundamentalmente
en apreciar la calidad de vida (vivir en situaciones de valor inherente)
más que adherirse a un nivel de vida cada vez más alto. Habrá una
profunda conciencia de la diferencia entre grande y excelente.
* Quienes suscriben los puntos precedentes
tienen la obligación directa o indirecta de tratar de llevar a cabo
los cambios necesarios [8].
Para responder a esa obligación, a
finales de la década de los setenta, varios ecologistas radicales,
encabezados por David Foreman, un ex marine convertido en ecoguerrero,
crearon en Nuevo México y Arizona Earth First!, un movimiento intransigente
que utilizó la desobediencia civil e incluso el "ecosabotaje"contra
la construcción de presas, la tala y otras agresiones a la naturaleza,
con lo que se enfrentó a procesos y cárcel. El movimiento, y otras
organizaciones diversas que siguieron su ejemplo, estaba completamente
descentralizado, formado por "tribus"autónomas que se
reunían de forma periódica, según los ritos y fechas de los indios
norteamericanos, para decidir sus acciones. La ecología profunda
era la base ideológica del movimiento y figura de forma prominente
en "The Earth First! Reader", publicado con un prefacio de David
Foreman [9]. Pero igualmente influyente, si no más, fue la novela
de Abbey "The Monkey Wrench Gang", acerca de un grupo contracultural
de ecoguerrillas que se convirtieron en modelos para muchos ecologistas
radicales. En efecto, "monkeywrenching" (utilizar la llave inglesa)
se convirtió en un sinónimo de ecosabotaje. En la década de los
noventa, el movimiento para la liberación de los animales, centrado
en la oposición abierta a la experimentación con animales, parece
ser el ala más militante del fundamentalismo ecológico.
El ecofeminismo
El ecofeminismo se distancia claramente de las tácticas "machistas"
de algunos de estos movimientos, pero comparte el principio del
respeto absoluto por la naturaleza como la base para la liberación
tanto del patriarcado como del industrialismo. Consideran a las
mujeres víctimas de la misma violencia patriarcal que se inflige
a la naturaleza. Y, por lo tanto, el restablecimiento de los derechos
naturales es inseparable de la liberación de la mujer. En palabras
de Judith Plant:
A lo largo de la historia, la mujer
no ha tenido un poder real en el mundo exterior, ni lugar en la
toma de decisiones. La vida intelectual, el trabajo de la mente,
no ha sido tradicionalmente accesible a las mujeres. Las mujeres
han solido ser pasivas, al igual que la naturaleza. Sin embargo,
hoy la ecología habla en favor de la tierra, en favor del "otro",
en las relaciones humanas/medioambientales. Y el ecofeminismo, al
hablar en favor de los otros originales, pretende comprender las
raíces interconectadas de toda dominación y los modos de resistencia
al cambio [10].
A algunas ecofeministas también las
inspiró la polémica reconstrucción histórica de Carolyn Merchant,
que se remonta a las sociedades prehistóricas y naturales, libres
de la dominación masculina, de una edad de oro matriarcal, donde
había armonía entre naturaleza y cultura, y donde tanto hombres
como mujeres adoraban a la naturaleza en forma de diosa [11]. También
ha habido, sobre todo durante la década de los setenta, una interesante
conexión entre el ecologismo, el feminismo espiritual y el neopaganismo,
algunas veces expresada en la militancia ecofeminista y la acción
directa no violenta de brujas pertenecientes a la Congregación de
Brujería [12].
Así pues, mediante formas variadas,
de las tácticas ecoguerrilleras al espiritualismo, pasando por la
ecología profunda y el ecofeminismo, los ecologistas radicales vinculan
la acción medioambiental y la revolución cultural, ampliando el
alcance de un movimiento ecologista abarcador, en su construcción
de la "ecotopía".
Greenpeace
Greenpeace es la organización ecologista mayor del mundo y probablemente
la que más ha popularizado los temas medioambientales globales mediante
sus acciones no violentas orientadas a los medios de comunicación
[13]. Fundada en Vancouver en 1971, en torno a la protesta antinuclear
frente a la costa de Alaska, estableció después su sede en Amsterdam,
convirtiéndose en una organización transnacional interconectada
que, en 1994, contaba con 6 millones de miembros a lo largo de todo
el mundo y unos ingresos anuales de más de 100 millones de dólares.
Su perfil tan característico como movimiento ecologista se deriva
de tres componentes principales. En primer lugar, un sentimiento
de urgencia en cuanto a la desaparición inminente de la vida en
el planeta, inspirado por una leyenda india norteamericana: "Cuando
la tierra esté enferma y los animales hayan desaparecido, llegará
una tribu de pueblos de todos los credos, colores y culturas que
crean en los hechos, no en las palabras, y que devolverán a la Tierra
su antigua belleza. La tribu se llamará los "Guerreros del Arco
iris" [14]. En segundo lugar, una actitud de inspiración cuáquera
de atestiguar, como principio de acción y como estrategia de comunicación.
En tercer lugar, una actitud pragmática y comercial, en buena medida
influida por el dirigente histórico y presidente de la junta directiva
de Greenpeace, David McTaggart, de "hacer las cosas".
No hay tiempo para discusiones filosóficas: los temas clave deben
identificarse utilizando el conocimiento y las técnicas de investigación
en todo el planeta; han de organizarse campañas sobre objetivos
específicos; seguirán acciones espectaculares destinadas a atraer
la atención de los medios de comunicación, con lo que un tema determinado
se expondrá a la mirada pública y se obligará a las empresas, gobiernos
e instituciones internacionales a tomar una determinación o afrontar
más publicidad perjudicial. Greenpeace es a la vez una organización
muy centralizada y una red global descentralizada. Está controlada
por un consejo de representantes de los países, un pequeño comité
ejecutivo y unos fideicomisarios regionales para Norteamérica, América
Latina, Europa y el Pacífico. Sus recursos se organizan en campañas,
cada una de ellas dividida por temas. A mediados de los años noventa,
las principales campañas eran: sustancias tóxicas, energía y atmósfera,
temas nucleares y ecología marina/terrestre. Sus sedes, situadas
en 30 países del mundo, sirven para coordinar las campañas globales
y recaudar fondos y apoyo nacional/local, pero la mayor parte de
la acción aspira a obtener una repercusión global, ya que los principales
problemas medioambientales son globales. Greenpeace considera su
adversario a un modelo de desarrollo caracterizado por la falta
de preocupación acerca de sus consecuencias sobre la vida del planeta.
Por consiguiente, se moviliza para aplicar el principio de la sostenibilidad
medioambiental como principio general, al que todas las demás políticas
y actividades deben subordinarse. Debido a la importancia de su
misión, los "guerreros del arco iris"no están inclinados
a participar en debates con los otros grupos ecologistas y no se
recrean en la contracultura, pese a las variaciones personales en
las actitudes de sus numerosos miembros. Son internacionalistas
resueltos y consideran al estado-nación el principal obstáculo para
lograr el control sobre el desarrollo actual, desenfrenado y destructivo.
Están en guerra contra un modelo de desarrollo ecosuicida y pretenden
obtener resultados inmediatos de cada frente de acción, desde la
conversión del sector frigorífico alemán a una tecnología de "congelación
verde", ayudando así a proteger la capa de ozono, hasta influir
en la restricción de la pesca de ballenas y la creación de un refugio
para ellas en la Antártida. Los "guerreros del arco iris"se
encuentran en la encrucijada de la ciencia para la vida, la tecnología
de la comunicación de redes globales y la solidaridad intergeneracional.
A primera vista, la "política verde"
no parece ser un tipo de movimiento por sí mismo, sino más bien
una estrategia específica, a saber, entrar en el ámbito de la política
electoral en nombre del ecologismo. No obstante, un examen más atento
del ejemplo más importante de la política verde, Die Grünen, muestra
claramente que, en su origen, no era la política habitual [15].
El Partido Verde alemán, constituido el 13 de enero de 1980 a partir
de una coalición de movimientos populares, no es un movimiento ecologista
estrictamente hablando, aun cuando puede que haya sido más efectivo
para el avance de la causa medioambiental que ningún otro movimiento
europeo en su país. La principal fuerza subyacente en su formación
fueron las "iniciativas ciudadanas"de finales de los años
setenta, organizadas sobre todo en torno a las movilizaciones pacifistas
y antinucleares. Reunió, excepcionalmente, a los veteranos de los
movimientos de los años sesenta con las feministas, que se descubrieron
como tales al reflexionar precisamente sobre el sexismo de los hombres
revolucionarios de la década de los sesenta, y con la juventud y
las clases medias cultas preocupadas por la paz, la energía nuclear,
el entorno (la muerte de los bosques, Waldsterben), el estado del
mundo, la libertad individual y la democracia de base.
La creación y el rápido éxito de Los
Verdes (entraron en el parlamento nacional en 1983) tuvieron su
origen en circunstancias muy excepcionales. En primer lugar, no
había expresiones políticas reales para la protesta social en Alemania
más allá de los tres partidos principales que se habían alternado
en el poder y que incluso formaron una coalición en los años sesenta:
en 1976, más del 99% de los votos fueron a los tres partidos (democristianos,
socialdemócratas y liberales). Por lo tanto, existía un voto desafecto
potencial, sobre todo entre la juventud, que esperaba la posibilidad
de expresarse. Los escándalos sobre la financiación política (el
caso Flick) habían puesto en entredicho la reputación de todos los
partidos políticos y sugerido que se sostenían con las aportaciones
de la industria. Además, lo que los politólogos denominan la "estructura
de oportunidades políticas"apoyaba la estrategia de formar
un partido y mantener la unidad entre sus constituyentes: entre
otros elementos, el movimiento podía obtener cuantiosos fondos gubernamentales
si llegaba, con arreglo a la ley electoral alemana, al 5% de los
votos, porcentaje necesario para entrar en el parlamento. Esto contribuyó
a unir a Los Verdes, antes fraccionados. La mayor parte de los votantes
verdes eran jóvenes, estudiantes, profesores o miembros de otras
categorías alejadas de la producción, ya fueran desempleados (pero
subsidiados por el gobierno) o trabajadores gubernamentales. Su
agenda incluía ecología, paz, defensa de las libertades, protección
de las minorías y los inmigrantes, feminismo y democracia participativa.
Dos tercios de los dirigentes del Partido Verde eran participantes
activos en varios movimientos sociales en los años ochenta. En efecto,
Die Grünen se presentaba, en palabras de Petra Kelly, como un &laqno;partido
antipartido» que pretendía &laqno;una política basada en una nueva
concepción del poder, un "contrapoder" que es natural y común a
todos, que ha de ser compartido por todos y utilizado por todos
para todos» [16]. En consecuencia, los representantes elegidos para
los cargos rotaban y tomaban la mayoría de las decisiones en asamblea,
siguiendo la tradición anarquista que inspiró a Los Verdes más de
lo que admitirían. La prueba de fuego de la política pragmática
deshizo estos experimentos unos cuantos años después, sobre todo
tras el fracaso electoral de 1990, motivado fundamentalmente por
su total incomprensión de la importancia de la unificación alemana,
en una actitud coherente con su oposición al nacionalismo. El conflicto
latente entre los "Realos" (dirigentes pragmáticos que trataban
de potenciar la agenda verde mediante las instituciones) y los "Fundis"
(leales a los principios básicos de la democracia de base y el ecologismo)
estalló abiertamente en 1991, dejando el control del partido a una
alianza de centristas y pragmáticos. Reorientado y reorganizado,
el Partido Verde alemán recobró su fortaleza en la década de los
noventa, volvió al parlamento y obtuvo posiciones fuertes en los
gobiernos locales y regionales, sobre todo en Berlín, Frankfurt,
Bremen y Hamburgo, algunas veces gobernando en alianza con los socialdemócratas.
No obstante, no era el mismo partido: se había convertido en un
partido político. Además, este partido ya no poseía el monopolio
de la agenda medioambiental puesto que los socialdemócratas, e incluso
los liberales, se abrieron mucho más a las nuevas ideas planteadas
por los movimientos sociales. Y lo que es más, la Alemania de la
década de los noventa era un país muy diferente. No había peligro
de guerra, sino de declive económico. El desempleo generalizado
entre los jóvenes y la reducción del estado de bienestar se convirtieron
en temas más acuciantes para los votantes verdes "canosos"
que la revolución cultural. El asesinato de Petra Kelly en 1992,
probablemente a manos de su compañero, que luego se suicidó, tocó
una fibra sensible, sugiriendo los límites de la huida de la sociedad
en la vida cotidiana, mientras se dejan intactas estructuras fundamentales
económicas, políticas y psicológicas. Sin embargo, mediante la política
verde, el Partido Verde se consolidó como la izquierda coherente
de la Alemania de fin de siglo y la generación rebelde de los años
setenta siguió conservando la mayoría de sus valores mientras envejecía
y los transmitió a sus hijos a través de su modo de vida. Así pues,
del experimento de la política verde surgió una Alemania muy diferente,
tanto desde el punto de vista cultural como desde el político. Pero
la imposibilidad de integrar partido y movimiento sin conducir al
totalitarismo (leninismo) o al reformismo a expensas del movimiento
(socialdemocracia) recibió otra confirmación histórica como ley
de hierro del cambio social.
La conservación de la naturaleza, la
búsqueda de la calidad medioambiental y un planteamiento ecológico
de la vida son ideas decimonónicas que, en su expresión más definida,
permanecieron durante largo tiempo confinadas a las élites ilustradas
de los países dominantes [17]. Con frecuencia fueron el dominio
exclusivo de una alta burguesía abrumada por la industrialización,
como en el caso de los orígenes de la Audubon Society en los Estados
Unidos. Otras veces, un componente comunal y utópico fue la cuna
de los primeros ecologistas políticos, como en el caso de Kropotkin,
que enlazó para siempre el anarquismo y la ecología, en una tradición
bien representada en nuestro tiempo por Murray Bookchin. Pero en
todos los casos, y durante más de un siglo, se mantuvo como una
tendencia intelectual restringida, que aspiraba fundamentalmente
a influir en la conciencia de las personas influyentes que podían
fomentar la legislación conservacionista o donar sus bienes a la
buena causa de la naturaleza. Aun cuando se forjaron alianzas sociales
(por ejemplo, entre Robert Marshall y Catherine Bauer en los Estados
Unidos durante los años treinta), sus resultados políticos se presentaron
de un modo en que las preocupaciones económicas y de bienestar social
eran lo primordial [18]. Aunque hubo pioneros influyentes y valerosos,
como Alice Hamilton y Rachel Carson en los Estados Unidos, hasta
finales de los años sesenta no surgió un movimiento de masas, tanto
en las bases como en la opinión pública, en los Estados Unidos,
Alemania y Europa Occidental, que luego se difundió rápidamente
al resto del mundo. ¿Por qué fue así? ¿Por qué las ideas ecologistas
prendieron de repente en las secas praderas del sin sentido planetario?
Propongo la hipótesis de que existe una correspondencia directa
entre los temas planteados por el movimiento ecologista y las dimensiones
fundamentales de la nueva estructura social, la sociedad red, que
surgió a partir de los años setenta: la ciencia y la tecnología
como medios y objetivos básicos de la economía y la sociedad; la
transformación del espacio y del tiempo; y la dominación de la identidad
cultural por los flujos globales y abstractos de riqueza, poder
e información, que construyen la virtualidad real mediante las redes
de medios de comunicación. Sin duda, en el universo caótico del
ecologismo podemos encontrar todos estos temas en en general y ninguno
de ellos en particular. Sin embargo, sostengo que hay implícito
un discurso ecológico coherente que transciende diversas orientaciones
políticas y orígenes sociales dentro del movimiento y que proporciona
el marco desde el cual se destacan temas diferentes en momentos
distintos y para fines diversos [19]. Naturalmente, existen conflictos
pronunciados y fuertes desacuerdos entre los componentes del movimiento
ecologista. No obstante, estos desacuerdos suelen ser más sobre
tácticas, prioridades y lenguaje que sobre la ofensiva básica de
vincular la defensa de entornos específicos a nuevos valores humanos.
A riesgo de simplificar demasiado, sintetizaré las principales líneas
del discurso presente en el movimiento ecologista en cuatro temas
principales.
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