Desde hace tres décadas, sostiene
el autor, Estados Unidos ha entrado en un proceso de decadencia económica,
política y social. La única supremacía aún
incontestada que le queda es la militar.
Puesto que el vecino país del
norte está perdiendo la guerra económica frente a Europa
y Japón, ha decidido afianzar su control económico sobre
América Latina, concebida ahora como su espacio de dominación
en términos de expansión de sus mercados, de inversión
de sus capitales y de suministro seguro de materias primas para su economía.
En este contexto, Estados Unidos ha
acelerado el paso al proyecto del Area de Libre Comercio de las Américas
y ha inyectado más recursos al Plan Colombia.
A varios meses del trágico suceso del pasado 11 de septiembre,
resulta claro que uno de sus efectos principales ha sido el de provocar
un cambio profundo en cuanto al diseño global que Estados Unidos
intenta imprimirle al sistema del equilibrio general de la geopolítica
mundial. Pues con su impacto profundo, ese 11 de septiembre ha generado
la acentuación de la alternativa militarista y macartista que, desde
hace varios lustros, venía siendo impulsada con distinto éxito
por ciertos grupos económicos estadunidenses ligados a los intereses
de su propio complejo industrial–militar.
Desde hace tres décadas, Estados
Unidos ha entrado en la fase de decadencia de su rol como potencia hegemónica
del capitalismo mundial, siendo cada vez más superada en la guerra
económica por Japón y Europa Occidental. Y en estas circunstancias
de repliegue económico, la única supremacía aún
incontestada que le queda a Estados Unidos es su liderazgo como primera
potencia militar del planeta, lo que explica que algunos sectores conservadores
de sus clases dominantes hayan tratado de compensar este irrefrenable proceso
de decadencia económica, política y social, con la ostentación
amenazante de este liderazgo militar en todo el mundo.
Pero dado que ese complejo industrial militar
no es toda la economía de Estados Unidos, su éxito ha sido
muy diverso, imponiéndose en los gobiernos de Reagan, Bush padre
y Bush hijo, para replegarse bajo los gobiernos de Carter o de Clinton,
por ejemplo. El 11 de septiembre ha venido a otorgarle a dicha opción
guerrerista un efímero contexto particularmente propicio para su
despliegue. Asistimos a una clara contraofensiva macartista planetaria,
encaminada a reconstruir todo el equilibrio de fuerzas de la geopolítica
mundial en beneficio de ese complejo industrial militar norteamericano.
Proyecto macartista global que explica
tanto la injusta masacre de las poblaciones afganas o la intensificación
terrible del conflicto árabe–israelí, como la posible intervención
militar en Irak o el hostigamiento a los países del supuesto "eje
del mal". Pero también los fenómenos recientes en Latinoamérica,
desde la dura crisis de la economía argentina o las agresiones injustas
de Estados Unidos y México contra Cuba, hasta el golpe de Estado
en Venezuela, el fin de las pláticas de paz en Colombia o la parálisis
consciente del gobierno mexicano frente a Chiapas.
Contraofensiva macartista que se despliega
de manera desigual a lo largo y ancho del mundo. Porque en el Lejano Oriente,
Estados Unidos no puede intervenir demasiado, ya que esta zona está
hoy controlada por Japón, uno de sus rivales económicos.
Entonces, a pesar del temor que le inspira el papel cada vez mayor de China,
Estados Unidos se limita aquí a amenazar a futuro, hostilizando
a Corea del Norte y apoyando de modo incondicional a Taiwán.
Tampoco parece factible una intervención
más activa en Europa o Rusia, luego de la abierta intervención
en Kosovo, y en virtud de que Europa es el segundo gran rival económico
de Estados Unidos, mientras que Rusia aún posee el segundo mayor
arsenal militar. Ahí, la presencia norteamericana, sólo abarca
las presiones constantes por revitalizar a la OTAN –es decir, mantener
el dominio sobre los ejércitos de Europa Occidental–, y el apoyo
incondicional de Inglaterra.
Africa tampoco parece interesarle mucho
a Estados Unidos, dada su enorme pobreza, y el hecho de que décadas
de guerras parecen haberla dejado prácticamente exhausta.
Frente a estas vastas zonas de intervención
acotada Estados Unidos ha decidido concentrar hoy esos esfuerzos macartistas
en dos zonas de intervención activa y permanente: en primer lugar
la zona del Cercano y Medio Oriente, y en segunda instancia en América
Latina. La primera zona constituye un espacio vital para la declinante
economía norteamericana en razón de su enorme riqueza petrolera.
Lo que explica que Estados Unidos haya masacrado a Afganistán, azuzado
y apoyado a Israel contra Palestina, atizado el conflicto entre Pakistán
e India y amenazado con una nueva intervención en Irak.
Rompiendo los frágiles equilibrios
que existían antes ahí, Estados Unidos ha configurado al
Medio y Cercano Oriente como su primera zona de intervención activa,
creando a mediano plazo una bomba de tiempo de enormes proporciones, cuya
magnitud se manifiesta ya de un modo terrible en los recientes sucesos
del conflicto árabe–israelí.
América Latina en la geopolítica actual
La segunda zona de intervención
inmediata y activa de Estados Unidos es América Latina. Aquí,
después del 11 de septiembre, se ha comenzado a desplegar una ofensiva
para rearticular la subordinación de América Latina; lo que
explica que Estados Unidos ha acelerado su impulso al proyecto del Area
de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que debe crear el nuevo
mecanismo económico para la regulación y control, por parte
de Estados Unidos, de América Latina.
Puesto que Estados Unidos está perdiendo
la guerra económica frente a Europa y Japón, ha decidido
afianzar su control económico sobre América Latina, concebida
ahora como su espacio de dominación incontestada en términos
de expansión de sus mercados, de inversión de sus capitales,
y de suministro seguro de materias primas para su economía.
El ALCA representa la creación de
ese espacio en donde habrán de venderse, en gran escala y en todos
los mercados latinoamericanos, la creciente masa de mercancías que
ya no encuentra salida, ni en el mercado interno norteamericano, ni en
sus antiguos mercados europeos y asiáticos, dominados hoy por sus
grandes rivales. Lo que, sin embargo, ignora el hecho de que las posibilidades
de absorción de esas mercancías dentro de estos mercados
latinoamericanos están limitadas por la pobreza y polarización
crecientes de nuestras economías, y por la estrechez relativa y
la fragilidad permanente de nuestros mercados internos.
Lo mismo sucede con el flujo de capital
excedente norteamericano, que al verse desplazado por el capital japonés
o europeo de sus anteriores destinos en Asia, Rusia y Europa, comienza
a dirigirse de nuevo hacia América Latina, en donde exige ciertas
condiciones de seguridad, rentabilidad y ausencia de conflicto social,
que son justamente parte de las regulaciones y acuerdos del ALCA.
En tercer lugar, el ALCA pretende redefinir
los términos de lo que deben ser en el futuro las actividades económicas
prioritarias de América Latina, concebidas en función de
los intereses norteamericanos. Pues si Estados Unidos nos invade con sus
capitales, para crear inmensos corredores de industrias maquiladoras en
toda América Latina, y si su industria es la que alimenta masivamente
a nuestros mercados de bienes intermedios y finales, entonces es previsible
una retracción de nuestras plantas industriales en toda América
Latina, junto a una promoción al primer plano, de nuestras agroindustrias
y ramas productoras de materias primas. Así, nuestra tarea será
la de seguir produciendo materias primas baratas para la economía
norteamericana, como lo hemos hecho durante 500 años para los sucesivos
centros hegemónicos del capitalismo mundial.
Por último, este ALCA también
pretende regular los cada vez mayores flujos de fuerza de trabajo latinoamericana
que migran hacia Estados Unidos. Se trata de imponer cantidades, tiempos,
condiciones y modalidades a ese flujo migratorio que hoy se da de manera
creciente, para adecuarlo a las exigencias del asimétrico y desigual
mercado de trabajo norteamericano. Regulación que dada la creciente
polarización y pobreza de América Latina, difícilmente
podrá tener éxito.
Es sobre este telón de fondo económico
de la imposición unilateral del ALCA a América Latina, que
se explican varios de los sucesos recientes de nuestra historia latinoamericana.
La imposición en América Latina
A esta luz, la crisis argentina se revela también como el intento
norteamericano de sabotear las posibilidades futuras del MERCOMUN de América
del Sur –proyecto alternativo y opuesto al ALCA–, demostrando a la par
el poder incrementado y las nuevas funciones intervencionistas que le están
siendo asignadas al FMI y al Banco Mundial. Estos organismos financieros,
junto con Estados Unidos, han dejado avanzar y hasta promovido la actual
quiebra de la economía argentina, en una tendencia que asesta un
golpe durísimo al MERCOMUN de América del Sur y depura en
cierta medida a esa economía de la presencia de capitales europeos,
preparando su sometimiento total a las expoliadoras condiciones que el
FMI quiera imponerle.
Porque el lugar que ahora abandonan los
capitales españoles o canadienses en Argentina, será mañana
ocupado por los capitales de Estados Unidos o por los préstamos
del FMI. Al mismo tiempo, la dramática situación de la economía
argentina, que desde finales del 2001 se ha hecho evidente, es utilizada
por Estados Unidos como demostración del enorme poder que tendrá
en el futuro el FMI, el que ahora se da el lujo de regatear el otorgamiento
de los 15 mil millones de dólares que necesita con urgencia Argentina,
para relanzar inicialmente su economía.
Y mientras a Argentina se le regatean hoy
15 mil millones de dólares, dejándola hundirse e imponiéndole
durísimas condiciones, a México le fueron otorgados, hace
pocos años, 50 mil millones de dólares para paliar una crisis
de la economía que habría podido llevar a México a
un escenario similar al que hoy vive Argentina. ¿Por qué
se salvó a México y se deja caer a Argentina? Porque México,
a cambio de esos 50 mil millones de dólares ha empeñado todo
su petróleo a Estados Unidos, lo que Argentina no puede hacer. Y
México tiene una frontera de 3 mil kilómetros con Estados
Unidos, que se volvería inexistente frente a una crisis similar
a la argentina, desencadenando un flujo migratorio de México a Estados
Unidos de proporciones incalculables. También, porque esa crisis
mexicana se presentó antes del rediseño macartista, belicoso
y prepotente que hoy caracteriza al intervencionismo norteamericano en
el mundo.
El FMI y Estados Unidos están usando
a Argentina como ejemplo del riesgo que corren los países latinoamericanos
que no se sometan a sus dictados. Y están también las presiones
que Estados Unidos ejerce sobre Brasil, país que se ha opuesto más
abiertamente al ALCA, insistiendo en negociar con más detalle y
punto por punto sus distintos rubros, reglas e implicaciones. Brasil es
la economía más grande, importante y avanzada de Latinoamérica
y sería la más afectada por la imposición unilateral
del ALCA, que pondría en jaque a toda su planta industrial, desmantelaría
ramas económicas hoy rentables, incrementaría masivamente
el desempleo y amenazaría con acelerar más la desigualdad
económica.
La voluntad norteamericana de acentuar
el dominio económico y geopolítico sobre América Latina
es también la que lo ha llevado a presionar al gobierno colombiano
para romper las pláticas de paz con la guerrilla, amenazando con
una futura intervención militar estadunidense. Inyectando así
más recursos al Plan Colombia, lo que Estados Unidos pretende es
aumentar su control y supervisión del hiperlucrativo negocio del
narcotráfico colombiano, a la par que reconquista el sur de Colombia,
puerta de entrada al Amazonas y zona de una riqueza biótica extraordinaria,
codiciada por las industrias farmacéuticas norteamericanas. Reimposición
hegemónica en Colombia, que se fortalece con el futuro gobierno
del derechista Alvaro Uribe, presidente recién electo.
Lógica de reordenamiento geopolítico
de América Latina, que subyace también al fallido reciente
golpe de Estado en Venezuela. Golpe que se explica como respuesta al suministro
venezolano de petróleo a Cuba y a los trabajos de cabildeo de Hugo
Chávez entre los países productores de petróleo del
Tercer Mundo, encaminados a revalorar el precio de ese petróleo
en el mercado mundial. Pero también a sus intentos mediadores en
Colombia y a su retórica política, demasiado "independiente"
para los criterios de los grupos militaristas hoy dominantes en la Casa
Blanca.
Y a pesar del carácter contradictorio
de ciertas posiciones de Chávez, y de ciertos rasgos suyos muy autoritarios,
no hay duda de que ha sido el importante respaldo popular del que aún
goza, el que ha revertido y anulado ese golpe de Estado, montado con el
beneplácito de Estados Unidos.
Este mismo intervencionismo norteamericano
es el que lo ha llevado a lanzar la reciente ofensiva múltiple contra
Cuba, que abarca desde las acusaciones de bioterrorismo hasta las ofensas
abiertas del gobierno de México a Fidel Castro, pasando por la demanda
de "reformas internas" de Bush Jr. al gobierno cubano, y por la extraña
provocación que representa la ubicación de presos talibanes
en Guantánamo.
Y en todo este proyecto de reordenamiento
geopolítico de América Latina, México ha sido el aliado
incondicional de Estados Unidos, impulsando el Plan Puebla-Panamá,
defendiendo enérgicamente el ALCA, y siendo un simple agente sometido,
encargado de llevar adelante el hostigamiento diplomático en contra
de Cuba.
Estados Unidos intenta, por enésima
vez, aislar a Cuba dentro del concierto internacional, tratando de deslegitimar
a un gobierno y a un pueblo que, por más de 40 años, han
mantenido una posición de soberanía radical y de abierta
independencia frente a ese rediseño norteamericano de la geopolítica
mundial. Soberanía e independencia de las que, en cambio, México
ha abdicado vergonzosa y voluntariamente frente a Estados Unidos, con las
nuevas políticas de relaciones internacionales instauradas a partir
de diciembre del año 2000.
Carlos Antonio Aguirre Rojas, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM
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