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Tribuna de Oradores

¿La aldea global, sin salida?

por Sergio Rodríguez   /   publicado en Clarín

Nos acosan preocupaciones e incertidumbres. Vivimos entre paradojas que muestran que a la par del progreso aumenta la voluntad destructora del hombre.

Siempre el ser humano vivió preocupado. O sea, sin saber cómo ocuparse de los problemas que suelen acosarlo. Resulta lógico, en tanto el hombre es una de las minoritarias especies que nace antes de estar preparada para sobrevivir por cuenta propia y es la única cuyos progenitores no vienen "programados" para saber bien cómo cuidar a sus "pichones" para que sobrevivan. Cuando tienen suerte, aprenden a hacerlo bajo la guía de la madre, la suegra o el pediatra. A partir de ahí, mucho será lo imprevisible.

Las otras especies animales "saben" instintivamente cómo encarar unas pocas situaciones. Cuando se encuentran con dificultades no codificadas en el "programa" de su instinto, sencillamente pierden. El ser humano busca con mayor o menor lucidez resolver las sorpresas. He ahí su fortaleza, que le permite reinar sobre las otras especies. También su debilidad, ya que dicha capacidad de conjetura lo transformó en la principal amenaza para el planeta y, en consecuencia, para sí mismo. Cuando no logra deducir cómo ocuparse adecuadamente para resolver una novedad, si no muere queda preocupado.

Hoy la mayor parte de los seres hablantes está preocupada. El pobre, por cómo conseguir la subsistencia diaria. El rico y los no tan pobres, por temor a caer presa de algún secuestro u otra forma de delito. El habitante del "tercer mundo", porque siente que éste se hunde sin remedio. El del "primer mundo", porque advierte que los de "tercera" se les vienen encima como inmigrantes imparables. Escándalos como los de Enron, Andersen, WorldCom, Johnson y Johnson proyectan una sombra que recorre la aldea global: no sólo en la Argentina los ahorristas pueden quedar acorralados y despojados.

Mientras, no dejan de tronar bombas y cañones como ominosa música de fondo. En la escenografía se distinguen inundaciones y sequías, productos del "efecto invernadero". En la coreografía, el cuerpo de bailarines de reparto está integrado por nocturnas sombras furtivas revolviendo basura, por chicos desnutridos acosados por moscas, por malabaristas y limpiadores de vidrios tratando de conseguir una moneda en cualquier esquina, o chicos que en vez de hacer cosas de chicos, apuntan con ¿su? "caño" a la cabeza de alguien que paró su auto respetando la luz roja. Mientras, centenares de viejitos recorren una vez más la zona bancaria reclamando al compás de las cacerolas sus ahorros expropiados por gobiernos "campeones del respeto a la propiedad privada". Por el foro aparecen hospitales sin medicamentos y escuelas sin equipamiento.

¿Qué está ocurriendo? Economistas de todas las tendencias dan respuestas diversas. Que falla la recaudación de impuestos, que se gasta más de lo que se tiene, que hay corrupción, que se abrieron demasiado las fronteras a la importación, que la paridad del dólar con el peso arruinó la industria nacional, a la que terminó de fundir una devaluación mal planteada. Politólogos denuncian el debilitamiento de las funciones reguladoras del Estado, mientras otros sostienen que aún es paquidérmico. Pero... ¿por qué tiembla Wall Street? Los consultores de Bolsa norteamericanos responden: porque se ha instalado la desconfianza de los inversores ante los fraudes contables de grandes corporaciones hechos para disimular sus balances negativos y hasta para encubrir quiebras latentes.

Parecidos y diferencias
Parecido a la Argentina. Economistas encabezados por Cavallo decían que el problema residía en la falta de confianza por parte de los inversores. La misma sombra que planea sobre Wall Street fundió a la Argentina. Otra vez: ¿qué pasa?

Una historia que enfoque la estructura formal en la repetición de hechos históricos registra que los imperios se debilitaron como producto de su propia expansión. Luego, fueron desmembrados. Entre los triunfadores, y por un tiempo, todo pareció que iba a cambiar. Los que finalmente terminaban apropiándose del poder de Estado y de otros poderes asociados le tomaban el gustito a su poderío y lo utilizaban en provecho propio, de sus amigos y de aliados ocasionales. Cada revolución culmina su vuelta cuando cumpliendo el giro de 360ø vuelve a su punto de partida: la corrupción en el poder y su contagio a la sociedad.

La paradoja, entonces, consiste en que mientras más se "progresa" no sólo aumenta la capacidad constructora de los seres parlantes, sino también la destructiva. Pestes y baños de sangre fueron "resolviendo" dicha paradoja y creando condiciones para reciclar desde sus restos cada civilización.

Pero la aldea global trae novedades. La expansión tecnológica es de un orden completamente distinto a la invención de la rueda o de la máquina de vapor. Se despliega por todo el quehacer humano. Duplicó la expectativa de vida generando el dilema de cómo mantener a los que sobreviven, pero que ya no están en condiciones de trabajar. Por otra parte, mientras en los países más poderosos económicamente la estadística de aumento de la población es en "sarcófago" —menos nacimientos y menos muertes—, en los más pobres se tornan incontenibles la reproducción y el aumento de densidad poblacional. Multiplicó, geométricamente, por guerras y por medios de producción deteriorantes, la capacidad de destruir el ecosistema. El "progreso de las máquinas" generó una potencialidad robótica que permite en una serie de industrias ya, y en otras prospectivamente, reducir a niveles inimaginables la mano de obra.

Esto plantea otra paradoja, de la que la voracidad sin sesos, caras ni patronímicos de las grandes corporaciones reniega, mirando para otro lado. Cada expulsado de un puesto de trabajo es un cliente menos. Por lo tanto, el aprovechamiento irracional del desarrollo para aumentar las ganancias asegura a corto o mediano plazo un planeta donde todos pierdan.

La globalización es imparable, como lo fue la máquina de vapor. Ni ella ni el progreso son de por sí malos. Lo malo está en la miopía de quienes se apropian de él para su exclusivo beneficio. Esa miopía no sólo es mala, también es tonta, pues no advierte que no sólo les cava la fosa a otros, sino a los dueños de esos ojos, o en perspectiva, a sus descendientes.

Tras la escena, tramoya la comunicación. La comunicación humana también resulta paradojal. Por un lado, gracias a la posesión de su capacidad metafórica ha permitido al hombre ir mucho más allá que cualquier otro animal en el terreno productivo. Pero porque no es omnipotente, ni en relación al conocimiento de las cosas ni de las personas, encuentra límites imposibles de atravesar. Asimismo, por la capacidad que tiene para generar la ilusión de que se puede saber todo, forja una gran dificultad para reconocer esos límites. Tiene la particularidad, claramente advertible en relación a lo que está ocurriendo con el ecosistema, de inventar sin poder calcular todos los efectos adversos que puede traer la invención.

La transformación de la aldea global en un conventillo supercomunicado acentúa el autoengaño de la especie porque ésta, mientras cree que gracias a la fibra óptica, el satélite, la televisión y la democracia vivimos la "era de la transparencia", no advierte que estamos ante una mera transparencia de esmeril.

Es común que cuando uno se encuentra con amigos extranjeros, éstos espeten: "¿Cómo no se daban cuenta de que la convertibilidad no era más que ficción?" Suelo contestar: "De la misma manera que los norteamericanos, aun tiempo después de la abrupta caída del índice Nasdaq, seguían creyendo en los aplausos y carcajadas que se ven en el balcón de Wall Street cada vez que el maestro de ceremonias de turno cierra con un martillazo la rueda de ese día". La transparencia de la CNN y de la televisión velan y develan muchas veces en un solo y mismo acto.

Estas nuevas condiciones engendran la posibilidad de que la especie no se encuentre con las paradojas que plantearon la caída de cualquier civilización. Amenazada por el fracaso de las tres alternativas que puso en la vidriera del siglo XX —democracia capitalista, comunismo dictatorial, nacionalismos fascistas— y ante la inexistencia de alternativas de reemplazo, podría estar entrando en una aporía. Tal como dice el psicoanalista Rodolfo Satke —coincidiendo con Derrida— en el último número de la revista psiche-navegante, "la aporía es el camino sin salida. Cuando Aristóteles está estudiando el tema del tiempo, no puede encajarlo ni en la categoría del ente, ni en la de no ente. Comienza a gritar ''aporeio, aporeio'' (estoy encerrado, no tengo salida)".

Sergio Rodríguez es psicoanalista.

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