I
La Gran Guerra contra el Terrorismo, desatada hace un año para vengar el ataque terrorista a Estados Unidos y las trágicas consecuencias mundiales, medidas en vidas y en pérdidas económicas durante este tiempo, redujo la cobertura de comunicación masiva sobre millones de miserables centroamericanos abatidos por el hambre.
Siguen muriendo lentamente, consumidos por la desnutrición, centenares de centroamericanos; el número de este ejército moribundo sigue engrosándose, sus pasos siguen llevándoles en una ruta de frustradas esperanzas a las ciudades, a plantones donde siguen clamando por trabajo, pan y justicia, o al menos por solidaridad cristiana.
II
Si a un campesino guatemalteco o nica le preguntaran por Bin Laden, o Saddam Hussein, probablemente solo contestaría indagando sobre si pueden darles trabajo o si traen alimentos.
Ellos ni se han enterado de Afganistán, ni de Irak, porque no tienen como darse cuenta que estos nombres corresponden a hombres que son el blanco de un inmenso, multimillonario, y para unos pocos, altamente rentable ataque militar.
Ellos sienten hambre y su visión no está puesta más allá de subsistir este día.
III
El sistema neoliberal y su hija, la desnutrición, sigue asesinando, o mutilando intelectualmente, a miles de niños. Mas de la mitad (casi el 70%) de los niños de Guatemala, Nicaragua, Honduras y El Salvador, desde hace siglos a duras penas sobreviven en la miseria.
Ellos no han conocido mas que los escombros de las guerras, los asolados ranchos del campo y los pobres asentamientos de las ciudades.
El éxodo de campesinos expulsados del campo a consecuencia de pavorosas lluvias, de prolongadas sequías y de la caída de los precios del café, pusieron el año pasado esta tragedia silenciosa ante los ojos de la opinión mundial, quizás sin que se comprendiera cabalmente tan crueles consecuencias.
IV
En nuestra tierra se ha vuelto a ver en letra impresa su tragedia y hasta el muertecito de mañana fue retratado ayer, asomando al periódico sus ojos tristes antes de cerrarse para siempre.
Están de nuevo en los titulares locales. Madres que perdieron hijos en caseríos remotos son otra vez protagonistas, sus hijos murieron con la única comida disponible: tortillas, mango celeque y muchas veces nada. “Murió de tos”, “se lo llevó una calentura”, “murió de hambre”.
Fueron enterrados en silencio al pie de las chozas, en soledad. Otros quedaron a la orilla de los caminos, comidos por un sistema económico rebosante de avitaminosis. A duras penas agregan un número más a la trágica estadística diaria, que, por no ser oficial, no se toma en cuenta.
V
Ajenos a la movilización mundial contra el terrorismo, siguen sufriendo en carne propia otros males antiguos.
Campesinos de machete, caite y sombrero raído deambulan sin futuro por los caminos en travesías petitorias que no difieren mucho sean en Guatemala, Honduras, Nicaragua o El Salvador.
Muchos de estos hermanos desplazados subsisten en los Plantones en caminos y carreteras, clamando la atención oficial, tratando de que no se queden en retórica y papel, los planes para desterrar la pobreza.
VI
Estos cuatro países de América Central son víctimas de seis largos años de circunstancias adversas, sumados a centurias de injusticia. Sequías, huracanes, inundaciones. Caída de los precios de sus productos, falta de financiamiento. Para colmo el inicuo desvío de la ayuda internacional a bolsillos particulares.
Las penurias siguen castigando a los pequeños productores, a los trabajadores de las fincas cafetaleras, asoladas por los decaídos precios del café. Millares de hambrientos van sumando cadáveres de niños y ancianos, víctimas inocentes del terrorismo global poco denunciado y, por falta de rentabilidad, dejados en paz, en esa paz del sepulcro.
VII
El problema es estructural. Son siglos de desgobiernos, vivimos en el ojo del huracán donde la misma pobreza nos obliga a seguir pobres.
Seguimos condenados a vender materias primas con cuotas y precios establecidos desde afuera y castigados a comprar a precios impuestos, a observar medidas económicas foráneas que equilibran la economía internacional a costa de nuestras propias vidas.
Hoy también estamos reducidos al rincón de la historia mientras se desarrolla la nueva guerra, que ya se ha dicho será de duración indefinida.
VIII
Hemos leído sobre las actuales negociaciones con el FMI, nos dicen que estamos obligados a sus términos, lo que significa que venderemos los derechos patrios de nuestros monopolios de servicios públicos, mantendremos al INSS en su quiebra técnica. Para los gringos nuestra esperanza no tiene valor comercial, menos mal, es lo único que nos queda y con esa esperanza es que estamos escribiendo esto y pidiendo que nos unamos
Creemos que si nos unimos estaremos reforzando nuestra capacidad técnica y negociadora para no dejarnos imponer esos términos. Conseguir una posición nacional sólida, un frente unido en beneficio de todos.
Dios se apiade de nosotros, pero apiadémonos de nosotros mismos, no sigamos guardando silencio, lloremos nuestros muertos pero hagamos algo por detener la plaga que sigue matando a nuestros pueblos: el hambre.
Podemos unir nuestras voces a la de los que no tienen voz. ¡Hagámoslo ya!
Miembros del Centro Nicaragüense de Escritores
Dirección electrónica: elsavogl@ibw.com.ni
Opina sobre este artículo
Arriba