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Tribuna de Oradores

Chávez, del sueño a las pesadillas

por Oscar Raúl Cardoso   /   publicado en Clarín

La democracia venezolana, que con todas sus imperfecciones es una de las más antiguas y resistentes de la región, está otra vez en peligro.

Comenzó ya el imparable desliz de Venezuela hacia la violencia fratricida que muchos observadores le han anticipado en el último año? El único que, explicablemente, sostiene que la respuesta a esta pregunta es un no rotundo es Hugo Chávez. "Nadie se preocupe por los rumores de que Venezuela va directo a una guerra, porque nosotros queremos paz y no dictadura; la mayoría, civiles y militares unidos, queremos democracia verdadera", aseguró el controvertido presidente esta semana al celebrar el día del soldado mientras, al mismo tiempo, los opositores a su gobierno poblaban las calles de Caracas en número de varios cientos de miles y en ánimo mucho más que levantisco.

Por el momento solo Chávez puede estar seguro de su pronóstico optimista; apenas él puede creer en su propio discurso público. Para el resto de los venezolanos —y de las democracias latinoamericanas que miran con aprehensión el futuro de ese país— las perspectivas visibles son mucho más inquietantes. El poder económico, lo que resta en pie de la antigua dirigencia política y la vieja guardia sindical aparecen coaligados para lograr una separación de Chávez del poder, por las buenas si pueden, por las malas si no se da. El antecedente de la fallida intentona golpista de abril pasado es la incómoda luz que ilumina este clima de tensión.

Se habla de un paro cívico por tiempo indeterminado si Chávez no produce —para mediados de la semana próxima— un gesto taxativo que se traduzca en una renuncia al mandato que ganó originalmente en 1998 y revalidó luego, bajo una nueva constitución, en el 2000 o, al menos, en un adelantamiento significativo de la convocatoria a comicios nacionales.

La perspectiva de esa huelga general es realmente ominosa; una vez lanzada a funcionar nadie —ni los que la promueven— saben a ciencia cierta hacia dónde conducirá. Pero el hecho de que haya, operando abiertamente, un movimiento de militares disidentes —unos 70 que han sido separados de sus cargos, pero revistan en actividad— no augura nada bueno.

Los informes más comentados dicen, además, que los denominados "círculos bolivarianos", en los que Chávez ha agrupado a sus seguidores más empedernidos tienen entre 2500 y 3000 militantes armados. Otro militar de alta graduación, el vicealmirante Alvaro Martín Fossa, segundo jefe del Estado Mayor Conjunto, acaba de dar un portazo denunciando persecución y no sin antes advertirle a Chávez que la unidad de las fuerzas armadas no es la que al presidente le cuentan y en la que el parece creer. Esto tampoco alimenta el optimismo.

Si por un breve momento, después de los sucesos de abril pasado, pareció que Chávez y sus antagonistas convergirían en alguna formula de compromiso hoy toda negociación entre las partes en conflicto está poco menos que muerta. El secretario general de la OEA, César Gaviria, dejó hace pocos días Caracas convencido de que, en las presentes condiciones, todo intento de mediar en ese conflicto estaba condenado al fracaso. Los opositores a Chávez miran con enorme tentación la yugular del presidente y éste no quiere conceder ni un día de su mandato a las demandas. La democracia venezolana que, aunque imperfecta como muchas, es una de las más antiguas y resistentes de la región esta hoy en alto riesgo de sucumbir.

Polarización engañosa
Todo es demasiado engañoso en la convulsionada política venezolana. Chávez, que aseguró estar dispuesto a la autocrítica después de abril pasado, parece haber decidido ignorar aquel precedente proponiendo solo más medidas de control social cuyo impacto, a su vez, realimenta las acusaciones contra su presunta voluntad dictatorial. Hace un mes delimitó ocho amplias "zonas de seguridad" en Caracas, en las que prohibió las demostraciones populares y aun la compra y venta de la propiedad inmueble que no fuera aprobada previamente por su gobierno. Todo huele a limitación severa de los derechos básicos. Pero no es sólo Chávez quien oculta las cartas reales en el juego. La así llamada "Coordinadora Democrática" —que agrupa a la mayor parte de la disidencia— proclama que su activismo está destinado a construir una Venezuela más democrática y más justa.

De hecho habla de un "combate cívico contra la pobreza"—que en Venezuela azota al 80% de la población— y en favor de la creación de "nuevos puestos de trabajo". Este discurso parece constituir un avance respecto del que los mismos opositores emplearon en abril pasado. Pero hay más de una razón para dudar de su sinceridad: la presencia de la poderosa central empre saria Fedecámaras y de una dirigencia sindical que siempre fue peón del clientelismo político —tanto bajo la Democracia Cristiana (COPEI) como bajo la Socialdemocracia (Adeco)— insinúa que la naturaleza oligárquica de la oposición a Chávez no ha desaparecido, ni tanto menos.

Son esos opositores los que aborrecen las muchas propuestas socialmente constructivas que ha formulado Chávez —en particular de su visión que declara al neoliberalismo agotado en la región— y los que aparecen como responsables de los 15 mil millones de dólares en capital privado que se han fugado del país en los pasados dos años, según los cálculos más difundidos.

Esto no quiere decir que no haya hombres y mujeres bien intencionados en esa oposición; sucede que la fractura que se ha producido en la sociedad venezolana a partir de Chávez ha dejado prolijamente de un lado a quienes nada tienen y del otro a los que se benefician con la escandalosa cuota del león de la renta nacional. No hay en la Venezuela de estos días terreno intermedio que pueda contener a los dos bandos a un mismo tiempo, ni clase social que se ofrezca como vía de comunicación entre partes.

Para el resto de América latina el dilema que representa Venezuela hoy es el mismo que encarnó en abril pasado, solo que más grave. Para las democracias de la región otro golpe de Estado es un mal sueño que no quieren soñar y la posible fractura de los militares en un proceso interno violento la pesadilla innombrable. Por último, la perspectiva de que Estados Unidos, enfrascado en un discurso unilateralista —y quizá también hiperrealista sobre su propio poder en el mundo— acompañe o aún aliente con sordina a los golpistas no hace sino complicar el juego.

Pero, por otra parte, si Chávez declina hacia alguna forma de dictadura condicional estas democracias no van a poder sostener la tesis de su legitimidad durante mucho tiempo. En este contexto —y partiendo de la base según la cual sólo los venezolanos pueden realmente resolver los problemas de Venezuela— las posibilidades de asistir en la crisis son más que limitadas.

Algunos en la derecha pueden alegrarse anticipadamente por este estado de cosas. Están previendo que el tan temido, por ellos, "eje Caracas-Brasilia" —el que imaginan para cuando el brasileño Lula llegue al poder— se está desintegrando nonato. Y hasta pueden imaginar que la "revolución bolivariana" que anunció y pregona Chávez seguirá el mismo camino de destrucción que llevó, hace treinta años, a su cruento final al "camino pacífico hacia el socialismo" emprendido por Salvador Allende en Chile. Tal contento, si se da, es mezquino y conlleva el germen del autoengaño. Las condiciones que le abrieron el camino político a Chávez no desaparecerán con él ni de Venezuela ni de la región.

Copyright Clarín, 2002.

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