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Tribuna de Oradores

La literatura no existe si no es en libertad

por Salman Rushdie   /   publicado en Clarín

En Francia se juzga al escritor Michel Houellebecq por su novela "Plataforma", sin respetar la autonomía del arte.

He estado tratando de no escribir sobre Michel Houellebecq, aunque más no sea porque, en estos días, prácticamente todo escritor que entra en conflicto con los susceptibles custodios de los objetos sagrados islámicos se ve obligado a ponerse la camiseta del "nuevo Rushdie", lo cual resulta deprimente.

Pero resulta que Houellebecq fue llevado ante la justicia en Francia por cuatro organismos musulmanes —las mezquitas más grandes de París y Lyon, la Federación Nacional de musulmanes franceses y la Liga Islámica Mundial— acusado por "proferir un insulto racial" y por "incitar al odio religioso".

La gravedad de este proceso contra un escritor ganador de numerosos premios, ampliamente reconocido como uno de los nuevos talentos más refinados, aunque menos complacientes de Europa, obliga a todos los hombres de bien a ser leales con los suyos.

De hecho, varios intelectuales y editores franceses defendieron a Houellebecq. Pero muchos otros, no. La prestigiosa Liga de Derechos Humanos lo acusó de "islamofobia" y se puso del lado de sus acusadores; algunos escritores franceses izquierdistas lo consideran demasiado vulgar como para defenderlo; hasta su propia editorial, Flammarion, se distanció de él.

Mientras tanto, en un juicio paralelo de los medios, fue acusado de promocionarse a sí mismo y de presuntuoso. Vive en un remoto lugar de Irlanda y prefiere una vida recluida, pero según la prensa, lo hace simplemente por razones impositivas. Pese a su excelente reputación literaria y su enorme popularidad en Francia, es este ataque, y no el islámico, el que puede llegar a perjudicarlo de verdad.

Las acusaciones en su contra resultan ridículamente leves. El año pasado, en una entrevista publicada en la revista "Lire", Houellebecq calificó al islam de "la religión más tonta" y comparó el Corán de manera desfavorable con la Biblia, que "por lo menos está muy bien escrita porque los judíos tienen un talento literario enorme". Esta generalización puede crispar a más de uno o dos no musulmanes: ¿qué, todos los judíos? ¿Y los autores cristianos del Nuevo Testamento quedan deliberadamente excluidos de este cumplido poco afortunado?

Pero si un individuo en una sociedad libre ya no tiene el derecho de decir abiertamente que prefiere un libro a otro, entonces esa sociedad ya no tiene derecho a considerarse a sí misma libre. Probablemente cualquier musulmán que dijera que el Corán es mucho mejor que la Biblia también sería culpable, entonces, de un insulto, y reinaría el absurdo.

En cuanto a lo de "la religión más tonta", bueno, es un punto de vista. Y Houellebecq, ante la justicia, hizo la observación de que atacar las ideologías o los sistemas de creencias de los pueblos no implica atacar a los pueblos en sí.

No hay cercos
Este es uno de los principios fundacionales de una sociedad abierta. Los ciudadanos tienen derecho a quejarse de la discriminación contra sí mismos, pero no del desacuerdo con sus pensamientos. No pueden levantarse cercos en torno de las ideas, las filosofías, las actitudes o las creencias.

También se citó en el caso la novela de Houellebecq "Plataforma". En ella, el personaje central, también llamado Michel, se entera de que su padre fue asesinado por un musulmán y, en el transcurso del libro, hace observaciones duras y despreciativas sobre los musulmanes. Se señaló que en esas diatribas el autor se desquita por dificultades en su vida privada.

El verdadero nombre de Michel Houellebecq es Michel Thomas. Tomó el apellido de su abuela cuando su madre se casó con un musulmán y se convirtió al islam. En esta época nuestra de culto a la personalidad, en la cual se cree que la biografía de un escritor contiene la clave del sentido de sus novelas, en la que se cuestiona habitualmente lo ficticio de la ficción y se piensa que las novelas son la vida real disfrazada, este detalle de la vida de Houellebecq despertará —ha despertado— más de un ruidoso "Ajá".

Pero, y repito, pero. Toda aquella persona que se interesa por la literatura debería —cada vez que se oyen esos ajás— defender de inmediato la autonomía del texto literario, su derecho a ser considerado en sus propios términos, como si el autor fuera igual de anónimo que —bueno...— los autores de los textos sagrados.

Y dentro de un texto literario, debe ser posible crear personajes de todo tipo. Si los novelistas no pueden describir nazis o fanáticos sin ser acusados de ser nazis o fanáticos, no pueden hacer bien su trabajo.

Se ha dicho acertadamente que "Plataforma" es una novela a la que uno debe recurrir si quiere entender la Francia que hay más allá de la intelligentzia progresista, la Francia que le dio a la izquierda una bofetada tan grande en la última elección presidencial, y cuyos descontentos y prejuicios pudo explotar la extrema derecha. "Plataforma" es una buena novela y Houellebecq es un buen escritor que escribe por razones serias y ni él ni su libro merecen ser inculpados.

Sus acusadores sostienen que actúan en parte porque, en la atmósfera post-11 de setiembre, las expresiones y los escritos de Houellebecq pueden llegar a incrementar el antagonismo hacia los musulmanes en Occidente. En eso se equivocaron notablemente. No es Houellebecq, sino el ataque que ellos lanzan contra el escritor, el que corre el riesgo de generar esa consecuencia en estos tiempos sensibles. De modo que este es un caso que ambas partes ya perdieron.

La fama de Michel Houellebecq quedó dañada y sus adversarios islámicos demostraron, una vez más, que son contrarios al mundo desordenado de la libre expresión.

Los abogados de Houellebecq sostuvieron con considerable vehemencia que si la sentencia se pronunciara en contra de su cliente, se estaría introduciendo nuevamente en forma efectiva la ley contra la blasfemia. Mientras aguardamos el fallo del juez, lo único que podemos hacer es esperar que no dé un paso tan terriblemente retrógrado.

Copyright Clarín y The New York Times, 2002.
Traducción de Cristina Sardoy.

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