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Tribuna de Oradores

Gracias, mundo, por no apoyar a mi gobierno

por Jeremy Brecher   /   publicado en Masiosare

La gente de George W. Bush suele pensar en el mundo como en un juego de futbol, y su estrategia es tumbar a los que se interpongan en su camino. A la larga, debe haber un entendimiento global de que contener el poder estadunidense es una responsabilidad colectiva.
Estar a favor de contener la agresividad de la administración Bush es pro y no antiestadunidense.
Bloquear el ataque a Irak es un paso crucial, pero tan sólo es el primer paso, en contener las asombrosas aspiraciones de dominio global de Estados Unidos. Y quizá siente las bases para enfrentarse a otras amenazas a la seguridad colectiva como el calentamiento global, la pobreza, la crisis económica, el sida y las armas de destrucción masiva. Nada podría ser más genuino del interés del pueblo estadunidense.

Como estadounidense, quisiera darle las gracias a toda esas personas y países en el mundo entero que están ayudando a jalar a mi nación del borde de la guerra. Y quiero asegurarles que sus esfuerzos tienen un gran impacto en Estados Unidos.

Desafortunadamente, la afirmación de que la administración Bush está empeñada en realizar un ataque preventivo contra Irak ha sido confirmada una y otra vez –la última fue la declaración de Colin Powell a la BBC de que aún cuando el líder iraquí cumpliera totalmente con las inspecciones de armamento, Washington podría buscar un “cambio de régimen” en Irak (The Guardian, 25 de julio de 2002).

El bombardeo disuasivo, la clásica primera fase de una invasión, ya comenzó. También inició el traslado del personal y del material de guerra a la región del Golfo Pérsico. La campaña de mercadotecnia de guerra está en plena acción. Para parafrasear a Bertold Brecht, “cuando los líderes hablan de paz, es que ya se dieron las órdenes de movilización”.

En su meticulosa planeación, el equipo de George W. Bush asumía que para estas fechas ya contaría con los votos de la ONU y el Congreso que autorizaran los ataques estadunidenses sobre Irak, sentando las bases para obtener el permiso de usar a Arabia Saudita, Turquía, Pakistán, Jordania y otros países como bases para el ataque. Después del pronunciamiento del presidente Bush en la ONU, el Congreso de Estados Unidos estaba en posición de aprobar por una mayoría aplastante una resolución bipartisana que diese al Presidente un cheque en blanco para la guerra.

Pero ocurrió una cosa chistosa en el camino al campo de batalla. Durante meses, personas en el mundo entero han estado expresando su indignación. Abrumadoras mayorías en casi todos los países se han opuesto a los planes estadunidenses. Las elites políticas y nacionales, si bien aborrecen la idea de incitar la furia de sus patrones y protectores en Washington, están aún más aterrorizadas de las fuerzas que probablemente se desatarán como consecuencia de la obsesión irracional de la administración Bush.

Los efectos de esta oposición global a Estados Unidos han sido subestimados. Aquí hay un amplio apoyo a los esfuerzos internacionales para arreglar el asunto de las supuestas armas de destrucción masiva de Irak. Pero prácticamente no hay sector en la sociedad estadunidense que apoye un ataque preventivo unilateral contra Irak sin el apoyo internacional, a excepción de la pandilla de Bush, algunos miembros del Congreso en ambos partidos, y la Fuerza Aérea.

Se ha difundido ampliamente que los altos militares, a excepción de la Fuerza Aérea, se muestran extremadamente escépticos a un esfuerzo de este tipo. Este verano provocaron la furia de la pandilla pro-guerra al dar a conocer cálculos estimados de las necesidades de las tropas y un número de bajas tan alto que hacía que la guerra fuese demasiado costosa para llevarla a cabo. Si bien los oficiales del estado mayor no se han pronunciado públicamente contra un ataque unilateral, sus colegas jubilados sí lo han hecho, y con fuerza. Expertos militares republicanos, como Brent Scowcroft, muchos de ellos compinches del ex presidente George Bush y ex altos funcionarios de su administración, se han pronunciado contra un ataque unilateral.

En el campo del humor, Bush va perdiendo la batalla (parodias en Internet)
Este verano, el apoyo popular y del Congreso a los planes de guerra de Bush parecían abrumadores. Pero, conforme los miembros del Congreso visitaron sus distritos en agosto, fueron recibidos por delegaciones organizadas contra la guerra y por una profunda preocupación entre sus electores. Los líderes democráticos anunciaron audiencias y una política de guerra: “no nos apresuremos a emitir un juicio final”. En septiembre, mientras la administración lanzaba su campaña de mercadotecnia de guerra, oleadas de llamadas telefónicas y correos electrónicos dirigidas a los miembros del Congreso orillaron al ex candidato presidencial demócrata Al Gore y al liderazgo del Partido Demócrata en el Congreso a poner fin al silencio o a dar marcha atrás al apoyo explícito a las políticas de Bush.

La mayoría de la oposición popular y de elite no está en contra de cualquier ataque contra Irak, sino de un ataque sin aliados. Poca de esta oposición hubiera existido si el resto del mundo hubiera cedido a las demandas de apoyo de la administración Bush. Pero el frente unido global contra la guerra estadunidense está modificando el balance de las fuerzas dentro de este país. Si bien los asustados demócratas en la Cámara de Representantes aprobaron una resolución moderada autorizando la guerra, la opinión estadunidense está claramente dividida; y la elite política, especialmente los militares que padecieron Vietnam, está fuertemente en contra de ir a la guerra sin un amplio apoyo popular. Si se mantiene el frente internacional, hay una posibilidad real de que se detenga un ataque estadunidense.

Si el Consejo de Seguridad se niega a autorizar una acción militar estadunidense y los inspectores de la ONU van a Irak, los promotores de la guerra de la administración Bush tendrán al menos dos grandes problemas. Es probable que ni la opinión pública ni la elite en Estados Unidos apoye un ataque unilateral no provocado. Será más probable que los Estados vecinos se muestren firmes en su resolución de no dejar que sus países sean usados como bases de los ataques estadunidenses a Irak. (El amigo de Bush, Ariel Sharon, también está facilitando que ellos simplemente digan “no” a las demandas estadunidenses).

Si un ataque a gran escala sobre Irak se vuelve insostenible, la administración Bush probablemente llevará a cabo tres tácticas. En primer lugar, hará todo lo posible por socavar y desacreditar el proceso de inspección de la ONU; la más pequeña muestra de no cooperación iraquí se topará con nuevos intentos por iniciar la guerra. En segundo lugar, extenderá el bombardeo que ya está llevando a cabo. En tercer lugar, buscará nuevas oportunidades para chantajear a otros países, para persuadirlos a seguir la línea establecida.

Esto revela cuáles necesitan ser los posibles pasos siguientes para contener la agresión estadunidense. La coalición tácita entre los pueblos y los Estados que se oponen a la guerra estadunidense en Irak, actuando a través de la ONU, debería de demandar que Estados Unidos deje de bombardear Irak mientras está en marcha el proceso de inspección. Por supuesto que Estados Unidos va a vetar esta resolución, pero la oposición internacional fortalecerá tanto a la oposición de la elite como a la popular en Estados Unidos. “Una no violencia apoyada por el Estado” –por ejemplo, poner a voluntarios extranjeros en Bagdad y en otras ciudades iraquíes con el apoyo de sus gobiernos nacionales– puede ser un impedimento al bombardeo estadunidense.

También es esencial que el proceso de inspección avance con éxito. Si bien es imposible saber exactamente qué llevó a Irak a readmitir a los inspectores, claramente hubo al menos un tácito quid pro quo a cambio de que otros países intentaran impedir un ataque estadunidense. Se debe hacer sentir a Irak que está más seguro si el proceso de inspección va por buen camino. Después de todo, Irak puede razonablemente sentir que al permitir la inspección de sus reales o imaginarias armas de destrucción masiva, está renunciando a una significativa fuerza de disuasión contra un ataque estadunidense. La coalición de contención debe señalar que tratará de proteger a Irak de un ataque estadunidense siempre y cuando avance el proceso de inspección, pero que lo podrá hacer en menor grado si la cooperación iraquí no es total.

Finalmente, es necesario bloquear los esfuerzos estadunidenses de chantajear a otros países para que lo apoyen. El desaire de la administración Bush al primer ministro alemán Gerhard Schroeder tras su relección es tan sólo la punta visible, pública, del iceberg del acoso de la administración Bush. Ha habido muchas referencias periodísticas respecto de otros países a los que se les ofrece una parte del botín de guerra –el petróleo de Irak, por ejemplo, o contratos para la reconstrucción tras la guerra– como un quid pro quo a cambio de unirse a Estados Unidos en la guerra.

Rusia ha mostrado interés en la aquiescencia estadunidense a un ataque ruso a Georgia, justificado como un medio para desterrar a los rebeldes chechenos. Parece que este es un precio que la administración Bush aún no está dispuesta a pagar. Los rusos, sin duda, lo interpretarían como una luz verde hacia la restauración del imperio ruso –estableciendo el derecho ruso a ignorar las nuevas fronteras nacionales que dividen su pasado-y-futuro imperio–. Pero no se sabe cuántos sobornos estaría dispuesta a ofrecer (la administración Bush) si se topa con el camino hacia la guerra exitosamente bloqueado.

El juego de futbol
La gente de Bush suele pensar en el mundo como en un juego de futbol, y su estrategia es tumbar, uno a la vez, a aquellos que se interpongan en su camino. A la larga, para contenerlos no sólo hará falta la oposición de naciones individuales, sino también algún tipo de seguridad colectiva más consciente. Necesita haber un entendimiento global de que contener el poder estadunidense es una responsabilidad colectiva. Esto se puede expresar, por ejemplo, en proveer de apoyo financiero o de otro tipo a países, como Jordania, que son amenazados con represalias estadunidenses si se rehusan a servir como bases en la guerra contra Irak.

Otro paso podría ser enérgicamente estigmatizar a cualquier país que se vendiera a la administración Bush por un pedazo del botín de guerra, alguna supuesta concesión geopolítica, o (para los países más pobres) dinero en efectivo. Para una analogía histórica, podemos recordar que los poderes del Occidente trataron de mantener a Rusia en la Primera Guerra Mundial a través de escandalosos tratados secretos, ofreciéndole pedazos de otros países que obtendría al finalizar la guerra. La revelación de esos tratados secretos puede que haya destruido más que cualquier otro acto único la legitimidad del régimen ruso.

Lo más importante es que continúe la presión popular sobre los gobiernos en todo el mundo. La presión del movimiento en Gran Bretaña ya orilló a Anthony Blair a distanciarse de Bush respecto al “cambio de régimen” y si continúa creciendo, hará que la participación británica en un ataque unilateral sea insostenible; el retiro del apoyo británico bien podría ser el último clavo en el ataúd para los planes de guerra estadunidenses. La oposición popular alemana cambió la elección; está orillando a que las elites en política estadunidense teman que las políticas de Bush están socavando la aquiescencia europea del dominio global estadunidense. El hecho de que ni un país, a excepción de Gran Bretaña, ha ofrecido ayudar a Estados Unidos a atacar Irak ha impactado mucho en la opinión estadunidense. ¡Por favor, sigan con el buen trabajo!

Una de las principales tareas de la coalición tácita de pueblos y Estados que se oponen a la guerra estadunidense contra Irak es ganarse los corazones y las mentes del pueblo estadunidense. Los estadunidenses aún están heridos y aterrorizados por los ataques del 11 de septiembre y fácilmente son convencidos de apoyar absurdas políticas que les venden como “anti-terroristas”. Sin embargo, sus puntos de vista son cambiantes y están en conflicto. En una encuesta realizada por CBS News el pasado 24 de septiembre, 57% quería que Estados Unidos le diera a la ONU más tiempo para llevar a los inspectores a Irak y 52% pensaba que Estados Unidos debería de acatar las recomendaciones de la ONU respecto de acciones contra Irak, en vez de emprender acciones por su cuenta (Encuestas de CBS News, “Encuesta: No hay prisa por ir a guerra”, 24 de septiembre de 2002).

Los líderes nacionales y los ciudadanos de a pie en todo el mundo necesitan dirigirse a los estadunidenses y ayudarlos a que su gobierno recobre la razón. Un ejemplo: una delegación de líderes religiosos británicos contra la guerra va a visitar Estados Unidos para compartir con las comunidades religiosas estadunidenses sus preocupaciones respecto de las amenazas estadunidenses contra Irak.

La contención de la agresión de la administración Bush es –y debe presentarse como– pro y no antiestadunidense.

A fin de cuentas, el asunto es mayor que un conflicto entre Estados Unidos e Irak. El nuevo documento de política de Bush, “La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos”, que codifica anuncios previos, refleja el alcance megalomaniaco de las ambiciones de la administración. El documenta señala: “Estados Unidos posee una fuerza sin precedentes –y sin par–”. Proclama que “no dudaremos en actuar solos, si es necesario, para ejercer nuestro derecho a defendernos actuando de manera preventiva”. Estados Unidos usará su poder para “convencer o forzar a Estados” a aceptar lo que llama “sus responsabilidades soberanas”.

Esta estrategia hacia la dominación global no está limitada a asuntos militares, sino que se propone modelar toda la sociedad y la política económica global. De hecho, el documento llega al extremo de declarar que hay “un solo modelo sustentable para el éxito nacional”.

Bloquear el ataque contra Irak es un paso crucial, pero sólo es el primer paso, para contener las asombrosas aspiraciones de dominio global de Estados Unidos. Representa el surgimiento de una tácita, pero real, política de seguridad colectiva para contener la agresividad estadunidense. Si tal seguridad colectiva puede sostenerse, puede ser posible contener “agresiones preventivas” en el futuro. Y quizá siente las bases para enfrentarse a otras amenazas a la seguridad colectiva, como el calentamiento global, la pobreza, la crisis económica, el sida y las armas de destrucción masiva.

Nada podría ser más genuino del interés del pueblo estadunidense.

Jeremy Brecher es historiador y autor de 12 libros, incluyendo 'Strike!' y 'Globalization from below'.

Traducción: Tania Molina Ramírez

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