La gente de George W. Bush suele pensar
en el mundo como en un juego de futbol, y su estrategia es tumbar a los
que se interpongan en su camino. A la larga, debe haber un entendimiento
global de que contener el poder estadunidense es una responsabilidad colectiva.
Estar a favor de contener la agresividad
de la administración Bush es pro y no antiestadunidense.
Bloquear el ataque a Irak es un paso
crucial, pero tan sólo es el primer paso, en contener las asombrosas
aspiraciones de dominio global de Estados Unidos. Y quizá siente
las bases para enfrentarse a otras amenazas a la seguridad colectiva como
el calentamiento global, la pobreza, la crisis económica, el sida
y las armas de destrucción masiva. Nada podría ser más
genuino del interés del pueblo estadunidense.
Como estadounidense, quisiera darle las gracias
a toda esas personas y países en el mundo entero que están
ayudando a jalar a mi nación del borde de la guerra. Y quiero asegurarles
que sus esfuerzos tienen un gran impacto en Estados Unidos.
Desafortunadamente, la afirmación
de que la administración Bush está empeñada en realizar
un ataque preventivo contra Irak ha sido confirmada una y otra vez –la
última fue la declaración de Colin Powell a la BBC de que
aún cuando el líder iraquí cumpliera totalmente con
las inspecciones de armamento, Washington podría buscar un “cambio
de régimen” en Irak (The Guardian, 25 de julio de 2002).
El bombardeo disuasivo, la clásica
primera fase de una invasión, ya comenzó. También
inició el traslado del personal y del material de guerra a la región
del Golfo Pérsico. La campaña de mercadotecnia de guerra
está en plena acción. Para parafrasear a Bertold Brecht,
“cuando los líderes hablan de paz, es que ya se dieron las órdenes
de movilización”.
En su meticulosa planeación, el
equipo de George W. Bush asumía que para estas fechas ya contaría
con los votos de la ONU y el Congreso que autorizaran los ataques estadunidenses
sobre Irak, sentando las bases para obtener el permiso de usar a Arabia
Saudita, Turquía, Pakistán, Jordania y otros países
como bases para el ataque. Después del pronunciamiento del presidente
Bush en la ONU, el Congreso de Estados Unidos estaba en posición
de aprobar por una mayoría aplastante una resolución bipartisana
que diese al Presidente un cheque en blanco para la guerra.
Pero ocurrió una cosa chistosa en
el camino al campo de batalla. Durante meses, personas en el mundo entero
han estado expresando su indignación. Abrumadoras mayorías
en casi todos los países se han opuesto a los planes estadunidenses.
Las elites políticas y nacionales, si bien aborrecen la idea de
incitar la furia de sus patrones y protectores en Washington, están
aún más aterrorizadas de las fuerzas que probablemente se
desatarán como consecuencia de la obsesión irracional de
la administración Bush.
Los efectos de esta oposición global
a Estados Unidos han sido subestimados. Aquí hay un amplio apoyo
a los esfuerzos internacionales para arreglar el asunto de las supuestas
armas de destrucción masiva de Irak. Pero prácticamente no
hay sector en la sociedad estadunidense que apoye un ataque preventivo
unilateral contra Irak sin el apoyo internacional, a excepción de
la pandilla de Bush, algunos miembros del Congreso en ambos partidos, y
la Fuerza Aérea.
Se ha difundido ampliamente que los altos
militares, a excepción de la Fuerza Aérea, se muestran extremadamente
escépticos a un esfuerzo de este tipo. Este verano provocaron la
furia de la pandilla pro-guerra al dar a conocer cálculos estimados
de las necesidades de las tropas y un número de bajas tan alto que
hacía que la guerra fuese demasiado costosa para llevarla a cabo.
Si bien los oficiales del estado mayor no se han pronunciado públicamente
contra un ataque unilateral, sus colegas jubilados sí lo han hecho,
y con fuerza. Expertos militares republicanos, como Brent Scowcroft, muchos
de ellos compinches del ex presidente George Bush y ex altos funcionarios
de su administración, se han pronunciado contra un ataque unilateral.
En el campo del humor, Bush va perdiendo la batalla (parodias en Internet)
Este verano, el apoyo popular y del Congreso
a los planes de guerra de Bush parecían abrumadores. Pero, conforme
los miembros del Congreso visitaron sus distritos en agosto, fueron recibidos
por delegaciones organizadas contra la guerra y por una profunda preocupación
entre sus electores. Los líderes democráticos anunciaron
audiencias y una política de guerra: “no nos apresuremos a emitir
un juicio final”. En septiembre, mientras la administración lanzaba
su campaña de mercadotecnia de guerra, oleadas de llamadas telefónicas
y correos electrónicos dirigidas a los miembros del Congreso orillaron
al ex candidato presidencial demócrata Al Gore y al liderazgo del
Partido Demócrata en el Congreso a poner fin al silencio o a dar
marcha atrás al apoyo explícito a las políticas de Bush.
La mayoría de la oposición
popular y de elite no está en contra de cualquier ataque contra
Irak, sino de un ataque sin aliados. Poca de esta oposición hubiera
existido si el resto del mundo hubiera cedido a las demandas de apoyo de
la administración Bush. Pero el frente unido global contra la guerra
estadunidense está modificando el balance de las fuerzas dentro
de este país. Si bien los asustados demócratas en la Cámara
de Representantes aprobaron una resolución moderada autorizando
la guerra, la opinión estadunidense está claramente dividida;
y la elite política, especialmente los militares que padecieron
Vietnam, está fuertemente en contra de ir a la guerra sin un amplio
apoyo popular. Si se mantiene el frente internacional, hay una posibilidad
real de que se detenga un ataque estadunidense.
Si el Consejo de Seguridad se niega a autorizar
una acción militar estadunidense y los inspectores de la ONU van
a Irak, los promotores de la guerra de la administración Bush tendrán
al menos dos grandes problemas. Es probable que ni la opinión pública
ni la elite en Estados Unidos apoye un ataque unilateral no provocado.
Será más probable que los Estados vecinos se muestren firmes
en su resolución de no dejar que sus países sean usados como
bases de los ataques estadunidenses a Irak. (El amigo de Bush, Ariel Sharon,
también está facilitando que ellos simplemente digan “no”
a las demandas estadunidenses).
Si un ataque a gran escala sobre Irak se
vuelve insostenible, la administración Bush probablemente llevará
a cabo tres tácticas. En primer lugar, hará todo lo posible
por socavar y desacreditar el proceso de inspección de la ONU; la
más pequeña muestra de no cooperación iraquí
se topará con nuevos intentos por iniciar la guerra. En segundo
lugar, extenderá el bombardeo que ya está llevando a cabo.
En tercer lugar, buscará nuevas oportunidades para chantajear a
otros países, para persuadirlos a seguir la línea establecida.
Esto revela cuáles necesitan ser
los posibles pasos siguientes para contener la agresión estadunidense.
La coalición tácita entre los pueblos y los Estados que se
oponen a la guerra estadunidense en Irak, actuando a través de la
ONU, debería de demandar que Estados Unidos deje de bombardear Irak
mientras está en marcha el proceso de inspección. Por supuesto
que Estados Unidos va a vetar esta resolución, pero la oposición
internacional fortalecerá tanto a la oposición de la elite
como a la popular en Estados Unidos. “Una no violencia apoyada por el Estado”
–por ejemplo, poner a voluntarios extranjeros en Bagdad y en otras ciudades
iraquíes con el apoyo de sus gobiernos nacionales– puede ser un
impedimento al bombardeo estadunidense.
También es esencial que el proceso
de inspección avance con éxito. Si bien es imposible saber
exactamente qué llevó a Irak a readmitir a los inspectores,
claramente hubo al menos un tácito quid pro quo a cambio
de que otros países intentaran impedir un ataque estadunidense.
Se debe hacer sentir a Irak que está más seguro si el proceso
de inspección va por buen camino. Después de todo, Irak puede
razonablemente sentir que al permitir la inspección de sus reales
o imaginarias armas de destrucción masiva, está renunciando
a una significativa fuerza de disuasión contra un ataque estadunidense.
La coalición de contención debe señalar que tratará
de proteger a Irak de un ataque estadunidense siempre y cuando avance el
proceso de inspección, pero que lo podrá hacer en menor grado
si la cooperación iraquí no es total.
Finalmente, es necesario bloquear los esfuerzos
estadunidenses de chantajear a otros países para que lo apoyen.
El desaire de la administración Bush al primer ministro alemán
Gerhard Schroeder tras su relección es tan sólo la punta
visible, pública, del iceberg del acoso de la administración
Bush. Ha habido muchas referencias periodísticas respecto de otros
países a los que se les ofrece una parte del botín de guerra
–el petróleo de Irak, por ejemplo, o contratos para la reconstrucción
tras la guerra– como un quid pro quo a cambio de unirse a Estados Unidos
en la guerra.
Rusia ha mostrado interés en la
aquiescencia estadunidense a un ataque ruso a Georgia, justificado como
un medio para desterrar a los rebeldes chechenos. Parece que este es un
precio que la administración Bush aún no está dispuesta
a pagar. Los rusos, sin duda, lo interpretarían como una luz verde
hacia la restauración del imperio ruso –estableciendo el derecho
ruso a ignorar las nuevas fronteras nacionales que dividen su pasado-y-futuro
imperio–. Pero no se sabe cuántos sobornos estaría dispuesta
a ofrecer (la administración Bush) si se topa con el camino hacia
la guerra exitosamente bloqueado.
El juego de futbol
La gente de Bush suele pensar en el mundo como en un juego de futbol, y su
estrategia es tumbar, uno a la vez, a aquellos que se interpongan en su
camino. A la larga, para contenerlos no sólo hará falta la
oposición de naciones individuales, sino también algún
tipo de seguridad colectiva más consciente. Necesita haber un entendimiento
global de que contener el poder estadunidense es una responsabilidad colectiva.
Esto se puede expresar, por ejemplo, en proveer de apoyo financiero o de
otro tipo a países, como Jordania, que son amenazados con represalias
estadunidenses si se rehusan a servir como bases en la guerra contra Irak.
Otro paso podría ser enérgicamente
estigmatizar a cualquier país que se vendiera a la administración
Bush por un pedazo del botín de guerra, alguna supuesta concesión
geopolítica, o (para los países más pobres) dinero
en efectivo. Para una analogía histórica, podemos recordar
que los poderes del Occidente trataron de mantener a Rusia en la Primera
Guerra Mundial a través de escandalosos tratados secretos, ofreciéndole
pedazos de otros países que obtendría al finalizar la guerra.
La revelación de esos tratados secretos puede que haya destruido
más que cualquier otro acto único la legitimidad del régimen ruso.
Lo más importante es que continúe
la presión popular sobre los gobiernos en todo el mundo. La presión
del movimiento en Gran Bretaña ya orilló a Anthony Blair
a distanciarse de Bush respecto al “cambio de régimen” y si continúa
creciendo, hará que la participación británica en
un ataque unilateral sea insostenible; el retiro del apoyo británico
bien podría ser el último clavo en el ataúd para los
planes de guerra estadunidenses. La oposición popular alemana cambió
la elección; está orillando a que las elites en política
estadunidense teman que las políticas de Bush están socavando
la aquiescencia europea del dominio global estadunidense. El hecho de que
ni un país, a excepción de Gran Bretaña, ha ofrecido
ayudar a Estados Unidos a atacar Irak ha impactado mucho en la opinión
estadunidense. ¡Por favor, sigan con el buen trabajo!
Una de las principales tareas de la coalición
tácita de pueblos y Estados que se oponen a la guerra estadunidense
contra Irak es ganarse los corazones y las mentes del pueblo estadunidense.
Los estadunidenses aún están heridos y aterrorizados por
los ataques del 11 de septiembre y fácilmente son convencidos de
apoyar absurdas políticas que les venden como “anti-terroristas”.
Sin embargo, sus puntos de vista son cambiantes y están en conflicto.
En una encuesta realizada por CBS News el pasado 24 de septiembre, 57%
quería que Estados Unidos le diera a la ONU más tiempo para
llevar a los inspectores a Irak y 52% pensaba que Estados Unidos debería
de acatar las recomendaciones de la ONU respecto de acciones contra Irak,
en vez de emprender acciones por su cuenta (Encuestas de CBS News, “Encuesta:
No hay prisa por ir a guerra”, 24 de septiembre de 2002).
Los líderes nacionales y los ciudadanos
de a pie en todo el mundo necesitan dirigirse a los estadunidenses y ayudarlos
a que su gobierno recobre la razón. Un ejemplo: una delegación
de líderes religiosos británicos contra la guerra va a visitar
Estados Unidos para compartir con las comunidades religiosas estadunidenses
sus preocupaciones respecto de las amenazas estadunidenses contra Irak.
La contención de la agresión
de la administración Bush es –y debe presentarse como– pro y no
antiestadunidense.
A fin de cuentas, el asunto es mayor que
un conflicto entre Estados Unidos e Irak. El nuevo documento de política
de Bush, “La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos”, que codifica
anuncios previos, refleja el alcance megalomaniaco de las ambiciones de
la administración. El documenta señala: “Estados Unidos posee
una fuerza sin precedentes –y sin par–”. Proclama que “no dudaremos en
actuar solos, si es necesario, para ejercer nuestro derecho a defendernos
actuando de manera preventiva”. Estados Unidos usará su poder para
“convencer o forzar a Estados” a aceptar lo que llama “sus responsabilidades
soberanas”.
Esta estrategia hacia la dominación
global no está limitada a asuntos militares, sino que se propone
modelar toda la sociedad y la política económica global.
De hecho, el documento llega al extremo de declarar que hay “un solo modelo
sustentable para el éxito nacional”.
Bloquear el ataque contra Irak es un paso
crucial, pero sólo es el primer paso, para contener las asombrosas
aspiraciones de dominio global de Estados Unidos. Representa el surgimiento
de una tácita, pero real, política de seguridad colectiva
para contener la agresividad estadunidense. Si tal seguridad colectiva
puede sostenerse, puede ser posible contener “agresiones preventivas” en
el futuro. Y quizá siente las bases para enfrentarse a otras amenazas
a la seguridad colectiva, como el calentamiento global, la pobreza, la
crisis económica, el sida y las armas de destrucción masiva.
Nada podría ser más genuino
del interés del pueblo estadunidense.
Jeremy Brecher es historiador
y autor de 12 libros, incluyendo 'Strike!' y 'Globalization from below'.
Traducción: Tania Molina Ramírez
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