Irak debe sustituir a Arabia Saudí como gran base de EEUU en Oriente Próximo.
La constelación de bases militares en el extranjero con la que Estados Unidos sustentó su posición estratégica durante toda la guerra fría no respondía a una cuestión de diseño, sino de dónde estuvieron estacionadas las tropas aliadas al concluir la segunda guerra mundial y sus secuelas. EEUU se encontró con derechos de estacionamiento de tropas en Alemania occidental, Japón, Corea, el Mediterráneo oriental y otros lugares. En particular, nuestro antiguo archi- enemigo, Alemania, precisamente porque Norteamérica desempeñó un papel importante en el desmantelamiento de su régimen nazi, se convirtió en la principal plataforma de estacionamiento de las tropas de EEUU en Eurasia; hasta tal punto que dos generaciones de soldados norteamericanos se vincularon íntimamente a Alemania, aprendieron su idioma y, en muchos casos, se casaron con ciudadanas alemanas.
Tras la invasión de Irak, que es el lugar más lógico para reubicar las bases de EEUU en Oriente Próximo en el siglo XXI, se podría producir un escenario vagamente similar. Esta conclusión no es producto de un triunfalismo imperialista, sino al contrario: la comprensión no únicamente de que nuestras bases actuales en Arabia Saudí tienen un futuro poco prometedor, sino de que Oriente Próximo en general está a las puertas de un combate que marcará un hito y debilitará la influencia de EEUU en muchos lugares.
Presionar a Israel
Hay dos aspectos de la realidad actual que son particularmente inadmisibles: la presencia de tropas infieles impuras en el mismo reino saudí que se encarga de la protección de los lugares sagrados musulmanes y la dominación por parte de los caciques israelís de tres millones de palestinos en Cisjordania y Gaza. Ninguno de los dos se perpetuará indefinidamente. La negativa del presidente Bush a obligar a los israelís a retirarse de Cisjordania ha envalentonado a los neoconservadores, pero sólo se trata de un fenómeno temporal.
Sólo después de haber conseguido algo más decisivo en nuestra guerra contra Al Qaeda, o de haber acabado con el líder iraquí, o de ambas cosas, podremos presionar a los israelís para orquestar una retirada de los territorios ocupados. Si así fuera, lo haríamos desde una nueva posición de fuerza y no parecería que estuviéramos cediendo ante el chantaje de criminales de la categoría 11 de septiembre, los terroristas suicidas palestinos. Pero cuando los israelís hayan reducido la frecuencia de los atentados suicidas (sea cual sea la táctica que necesiten emplear), y después de, supongamos, la desaparición de la escena política de Ariel Sharon, si Bush consigue un segundo mandato y no se ve obligado a afrontar futuras elecciones, actuará.
Nuestra dictadura en Bagdad
Pero veamos primero la cuestión más inmediata: Irak. El nivel de represión en Irak iguala al de Rumanía bajo Ceausescu o al de la URSS bajo Stalin, por lo que la opinión pública es inescrutable. No obstante, en Irak destacan dos tendencias culturales históricas: el laicismo urbano y un sombrío servilismo. Siempre que he visitado Bagdad en el pasado, las expresiones de los oficinistas ante sus teclados de ordenador eran las que uno imagina en los esclavos mientras acarreaban baldes de barro subiendo las escaleras de los antiguos zigurats. Entre los especialistas en Oriente Próximo existe el cliché de que los iraquís son los alemanes del mundo árabe (y los egipcios son los italianos).
Irak está regido por una autocracia criminal de un solo hombre, por lo que el derrocamiento de Sadam amenazaría con desintegrar un país que ya está étnicamente dividido si no actuáramos rápida y pragmáticamente instalando a personas que puedan gobernar realmente. Por consiguiente, deberíamos abjurar de cualquier deseo evangélico de implementar de la noche a la mañana una democracia cualquiera en un país sin tradición democrática.
Nuestro objetivo en Irak debería ser una dictadura laica transitoria que uniera a las clases mercantiles por encima de las fronteras confesionales y pudiera, a su debido tiempo y tras la reconstrucción de las instituciones y la economía, conducir a una alternativa democrática. En particular, antes de nuestra invasión hay que negociar una relación deliberadamente ambigua entre el nuevo régimen iraquí y los kurdos, de manera que estos últimos puedan reclamar una autonomía real mientras el gobierno central de Bagdad alega a su vez que las áreas kurdas están bajo su control. Un régimen de transición nos conferiría el derecho a utilizar bases locales distintas de las existentes en la zona libre septentrional dominada por los kurdos.
Recordemos que Oriente Próximo es un laboratorio de política de fuerzas en estado puro. Por ejemplo, nada impresionó tanto a los iranís como nuestro derribo accidental de un avión civil de pasajeros iraní en 1988; ellos creyeron que no fue un accidente. La subsiguiente tregua de Irán con Irak se debió, en parte, a dicha creencia. Nuestro desmantelamiento del régimen iraquí podría centrar un poco más las intenciones de los líderes de Irán.
Intimidar a Irán
Irán, con sus 66 millones de habitantes, es la articulación universal de Oriente Próximo. Su política interna es tan compleja que a veces el país parece tener tres gobiernos en competencia: el líder supremo, ayatolá Sayyed Ali Jamenei, y los matones del servicio de seguridad; el presidente Mohamed Jatami y su gobierno electo de tendencias occidentales; y el antiguo presidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, cuya base de poder bazaari le ha convertido en mediador entre los otros dos. Algunas veces, la política iraní es el resultado de sutiles componendas entre estas tres fuerzas; otras veces es consecuencia de la competencia.
Muchísimo más desarrollado políticamente que Irak, Irán posee un sistema, más que un mero régimen, aunque dicho sistema puede ser laberíntico e incómodo para nuestros propósitos. La diplomacia de salón del siglo XIX como la que Henry Kissinger empleó con éxito en la China de Mao Zedong y Chu En-lai no funcionará en Irán, simplemente porque hay demasiados actores políticos importantes. En efecto, puesto que muchas de las principales cuestiones son temas de negociación interna, el sistema iraní es la antítesis de un sistema dinámico.
Los líderes iranís se sintieron muy decepcionados al comprobar que, en 1991, después de que EEUU bombardeara Bagdad no se suscitaba ninguna iniciativa diplomática por parte norteamericana. Eso les causó un enorme impacto. También es muy probable que les haya impresionado el discurso del presidente George W. Bush sobre el eje del mal. La apertura a los moderados en el gobierno electo de Irán, como la Casa Blanca ya ha admitido, no nos ha ayudado; tendremos que tratar directamente con los radicales, y esto sólo se puede hacer a través de un enfrentamiento militar que afecte a sus cálculos sobre el equilibrio de poderes.
Lograr la modificación de la política exterior iraní sería justificación suficiente para desmantelar el régimen de Irak. Ello socavaría a una Hizbulá apoyada por los iranís en el Líbano; eliminaría una amenaza de misiles estratégicos para Israel; y empujaría a Siria hacia la moderación. Y permitiría la creación de una alianza informal, no árabe, de la periferia de Oriente Próximo que incluiría Irán, Israel, Turquía y Eritrea. Los turcos ya tienen una alianza militar con Israel. Los eritreos, cuya larga guerra con la antigua Etiopía marxista les ha inculcado un espíritu de aislamiento monacal respecto a sus vecinos inmediatos, también han desarrollado fuertes vínculos con Israel. Eritrea tiene una población secularizada y ofrece una ubicación estratégica con buenas instalaciones portuarias cerca del estrecho de Bab el Mandeb. Todo ello ayudaría a crear un contexto de apoyo a una retirada gradual israelí de Cisjordania y Gaza.
Un problema con que se encontró el plan de paz ideado por el presidente Bill Clinton y el primer ministro israelí Ehud Barak en verano del 2000 fue que llegó demasiado pronto, pues la retirada de Israel del Líbano fue percibida por muchos árabes como un acto de debilidad más que de fuerza. Por esta razón, Israel debe mejorar su posición estratégica antes de poder volver a ofertar una retirada de estas características.
En cuanto a Jordania y el resto de nuestros aliados, las administraciones de EEUU, tanto las republicanas como las demócratas, sencillamente van a tener que adaptarse, en los años venideros, a un estado de agitación ininterrumpida. No contarán con la simpatía de los medios o de una comunidad académica que suscribe la falacia de los buenos resultados con el argumento de que siempre habrá una alternativa mejor que dictadores como Hosni Mubarak en Egipto, la familia real saudí y Pervez Musharraf en Pakistán. No suele haber ninguna.
Una ola de inestabilidad
En el Pentágono hay voces interesadas por una estrategia de bases militares que nos proporcione opciones en toda Asia Central, aunque algunos países se desplomen y nos veamos obligados a tratar con kanatos étnicos. Pero nuestro éxito en la guerra contra el terrorismo vendrá definido por nuestra habilidad para conseguir que Afganistán y otros lugares se mantengan libres de terroristas antiamericanos. Y en muchas partes del mundo esta tarea será llevada a cabo con mayor eficacia por viejos caudillos fogueados en conflictos previos que por débiles gobiernos que imiten los modelos occidentales.
A finales del siglo XIX, el imperio otomano, a pesar de su debilidad, se tambaleó. Su caída tuvo que esperar al cataclismo que produjo la primera guerra mundial. Asimismo, Oriente Próximo se caracteriza por los muchos regímenes débiles que se tambalearán hasta el próximo cataclismo, que bien podría ser la invasión estadounidense de Irak. La cuestión real no reside en si el ejército norteamericano puede hacer que el régimen de Sadam se tambalee, sino en si el público norteamericano puede digerir una intervención imperial de unas características que no habían vuelto desde que EEUU ocupó Alemania y Japón.
c) The Atlantic Monthly Group.
Traducción de Xavier Nerín.
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