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El “Pueblo de Seattle”
- La izquierda y los globalizados -

por Luis Hernández Navarro   /   publicado en Masiosare

Detrás de la protesta del llamado “Pueblo de Seattle” se encuentra una convergencia de redes y coaliciones planetarias construidas a lo largo de dos décadas. Las modernas redes informáticas, la proliferación de centenares de ONG y las facilidades para viajar por el mundo han posibilitado la formación de bolsas de resistencia que traspasan las fronteras nacionales y que han generado un nuevo internacionalismo.
La revuelta de los globalizados es expresión de la nueva izquierda que comienza a formarse en el mundo.
El próximo ciclo de guerras que sobrevendrá con la agresión estadunidense a Irak anuncia que los primeros años del siglo XXI serán peores que los anteriores. En estos movimientos, en su disposición a generar una pedagogía de masas, en su capacidad de resistencia, en su vocación emancipatoria, está la clave para enfrentar la tormenta que se avecina.

El nuevo siglo nació bajo el signo de la confrontación entre globalizados y globalizadores. El neoliberalismo ha cambiado profundamente el modelo de organización productiva, la naturaleza de los Estados nacionales, el tejido comunitario, ha modificado las identidades sociales, propiciado una ola migratoria del Sur hacia el Norte y alterado los mecanismos de representación política. Como respuesta a estas transformaciones ha surgido un nuevo sujeto de transformación social: el “Pueblo de Seattle”.

Tres fechas (que en realidad son cuatro) marcan el inicio del siglo XXI. La primera es el 9 de noviembre de 1989, con la caída del Muro de Berlín y el fin del llamado socialismo real. La segunda (que en realidad es la tercera porque nace del 1 de enero de 1994 con el levantamiento indígena de Chiapas) es el 30 de noviembre de 1999, estreno de la revuelta de los globalizados en Seattle, Washington. Y, finalmente, el 11 de septiembre de 2001, día en el que confluyen un momento cumbre del terrorismo y el inicio “justificado” de un ciclo de reordenamiento planetario alrededor de la guerra.

Los acontecimientos vividos en estas fechas están profundamente imbricados entre sí. El derrumbe del bloque socialista, pero también el ascenso aparentemente imparable del neoliberalismo, representaron un fuerte golpe para la izquierda en todo el mundo, incluida aquella que criticó a esos regímenes por considerarlos burocráticos, autoritarios y ajenos al ideal socialista. La dejó, al menos temporalmente, sin horizonte, condenada a moverse en los márgenes del “fin de la historia”, lejana a su tradicional vocación emancipatoria. El famoso TINA (There is no alternative) de la ex primera ministra británica Margaret Thatcher se apoderó del imaginario colectivo de muchos que aspiraban a transformar la sociedad.

Hasta la socialdemocracia tradicional vio cómo sus paradigmas históricos de acción (pleno empleo y redes de seguridad social) entraban en crisis, y su gestión al frente de diversos gobiernos quedaba condenada a tratar de limar – a menudo en vano– las espinas más filosas del erizo neoliberal cuando no a implementar ella misma esos programas.

La revuelta de los globalizados
Seattle fue el gran estreno en “sociedad” de la resistencia mundial a un modelo de globalización a cargo de coaliciones transnacionales. Una resistencia anunciada por los rebeldes mexicanos que se levantaron en armas en Chiapas en enero de 1994 y que convocaron, dos años y medio después, al Encuentro Internacional por la Humanidad y contra el Neoliberalismo. Ecologistas, granjeros del primer mundo, sindicalistas, homosexuales, ONG de promoción al desarrollo, feministas, punks, activistas de derechos humanos, representantes de pueblos indígenas, jóvenes y no tan jóvenes, provenientes de Estados Unidos, Canadá, Europa, Latinoamérica, Europa y Asia, emprendieron una protesta pacífica en contra de la nueva Babilonia.

Más allá de su diversidad nacional o sus diferencias políticas, el conjunto de los manifestantes comparten su rechazo a la consigna de “¡Todo el poder a las corporaciones transnacionales!” presente en la agenda del libre comercio en abstracto. Consideran que detrás del culto al Dios–Mercado–creador–de–la–sociedaddel–futuro se esconde una coartada ideológica que pretende limitar las conquistas sociales, los niveles de bienestar, los estándares ambientales y los márgenes de intervención de políticas nacionales, en beneficio del gran capital financiero.

Detrás de la protesta de lo que los italianos llaman el “Pueblo de Seattle” se encuentra una convergencia de redes y coaliciones planetarias construidas a lo largo de dos décadas. Las modernas redes informáticas, la proliferación de centenares de ONG y las facilidades para viajar por el mundo han posibilitado la formación de bolsas de resistencia que traspasan las fronteras nacionales y que han generado un nuevo internacionalismo.

Como documentó la periodista canadiense Naomi Klein, las movilizaciones contra la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle fueron precedidas de centenares de luchas de nuevo tipo en todo el mundo: contra la degradación alimentaria promovida por las cadenas alimentarias de la agricultura industrial; en rechazo al comercio de los organismos genéticamente modificados; contra la discriminación y el racismo; en oposición a la pretensión de patentar formas de vida. En síntesis, a favor de la globalización de los derechos y la ciudadanía universal.

Según el italiano Renato Ruggiero –durante muchos años gerente de la empresa automotriz Fiat, antiguo director de la OMC y secretario de Relaciones Exteriores durante los primeros meses del gobierno de Silvio Berlusconi–, en las negociaciones del Acuerdo Multilateral de Inversiones se quería escribir “la nueva Constitución de la economía mundializada”.

Contra esta pretensión de acordar desde arriba las reglas del nuevo imperio planetario se han levantado multitud de ciudadanos en los países desarrollados. Piensan que lo que los grandes poderes buscan no es cómo construir un mundo más justo sino, tan sólo, tratan de ponerse de acuerdo en la forma de resolver sus contradicciones internas en el nuevo reparto del mundo. Las grandes cumbres de los organismos que buscan gobernar la globalización son –según ellos– tan sólo una especie de nueva Yalta, la famosa conferencia realizada después de la Segunda Guerra Mundial, en la que los países victoriosos pactaron su zona de influencia en el planeta.

La magnitud y beligerancia de la protesta protagonizada en las calles por los globalizados durante el encuentro de la OMC en Seattle, efectuado en diciembre de 1999, y la vivida después en Quebec, Génova o Barcelona, tomó por sorpresa a los funcionarios de los organismos multilaterales de desarrollo, al mundo de los negocios y la clase política creyente en el llamado Consenso de Washington. Su reacción instintiva no fue la de comprender la naturaleza de la movilización que asediaba sus reuniones internacionales y ponía en entredicho sus verdades económicas, sino la descalificación. No fueron los únicos: lo mismo sucedió con la izquierda tradicional.

El movimiento fue “explicado” desde la cúspide del poder como una expresión del malestar ludista finisecular de los nuevos globalizados que se oponían al progreso, como un reflejo proteccionista de quienes buscaban conservar “privilegios” sociales de otras épocas o como una versión combativa de un nuevo Woodstock. Se dijo además que no ofrecía nada más allá del rechazo a lo existente.

¿Quién es este nuevo actor? ¿Quiénes son los globalizados? Según Manuel Vázquez Montalbán son “todos aquellos que viven la alienación dentro de un sistema (similar a la de los obreros que viven de la venta de su fuerza de trabajo) al que sólo pueden enfrentar desde las solidaridades colectivas (...) La globalización convierte al globalizado en un consumidor de mercancías que no consume, o de un consumidor de cosas que no necesita, o consumidor de una democracia restringida y corrupta”.

Este movimiento, según el autor de Panfleto desde el planeta de los simios, “hereda y desarrolla una conciencia crítica contra la globalización”. Se trata de nuevos sujetos que “coinciden, en parte, con las características que tuvo el gran sujeto histórico del cambio de los siglos XIX y XX, que fue la clase obrera, pero no se reúnen en un sitio para trabajar” (La Jornada, 7 de febrero de 2002).

La destrucción del viejo Estado–Nación, la manufactura en gran escala de millones de nuevos excluidos y la ideología de la globalización neoliberal han producido un nuevo actor político transnacional antineoliberal y, muy frecuentemente, anticapitalista: los globalizados. La revuelta del “Pueblo de Seattle” anunció que su hora ha llegado.

La hora de la guerra
Las promesas de un mundo en paz y en perpetuo desarrollo que los vencedores de la guerra fría ofrecieron a la humanidad están lejos de ser una realidad. La inseguridad, la incertidumbre y la vulnerabilidad distan de ser situaciones que sólo se viven en los territorios en disputa por las grandes potencias o en las naciones pobres del planeta. Son, desde el 11 de septiembre, parte de la vida cotidiana de las sociedades de los países desarrollados.

El fin de la guerra fría y la caída del Muro no implicaron el fin de las guerras, sino su multiplicación. Las guerras no son un accidente de la modernidad, sino uno de los agentes de su promoción. Kosovo, el Golfo Pérsico, Somalia, el Cáucaso, Afganistán y el Medio Oriente no son excepciones sino reglas. Como lo ha señalado el filósofo español Eduardo Subirats, amparadas en iniciativas humanitarias de la misma manera en la que las Cruzadas eran justificadas por la fe, su pretendida función civilizatoria no hace sino esconder sus intereses básicos: ampliar el mercado y reordenar el mundo a partir de los intereses de los nuevos bloques del poder.

Pablo González Casanova ha caracterizado la nueva fase del capitalismo como Neoliberalismo de Guerra. En él, la guerra es parte del ciclo de expansión y consolidación de la globalización neoliberal y no un mero accidente propiciado por un grupo de fundamentalistas religiosos. Su objetivo es imponer un nuevo orden internacional unilateral; establecer, por la vía de los hechos, un gobierno de la globalización autoritario. El nuevo militarismo busca lo que un panel de expertos realizado antes de las elecciones presidenciales de Estados Unidos –entre los que se encontraba Condoleezza Rice, actual consejera de Seguridad– describió como “la manutención de la estabilidad y de la viabilidad de los grandes sistemas globales que son las redes comerciales, financieras, de transporte y energía, el medio ambiente”.

Tal y como lo ha señalado Ignacio Ramonet: “Todo esto supone que el orden internacional establecido en 1945 tras la Segunda Guerra Mundial y gobernado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) acaba de llegar a su fin. A diferencia de la situación que conoció el mundo durante 10 años, tras la caída del muro de Berlín (1989), Washington asume sin complejos su posición de ‘líder global’. Y lo que es más, lo hace con desprecio y arrogancia. La condición de imperio, que se consideraba una acusación típica de un ‘antiamericanismo primario’ es abiertamente reivindicada por los gavilanes que revolotean alrededor del presidente Bush”.

Todo ello, en una situación de recesión económica de los tres grandes bloques económicos planetarios, de escándalos en las grandes corporaciones por prácticas contables ilegítimas como el iniciado en Enron, de despidos masivos, de una ola de patrioterismo y xenofobia anti–inmigrante en los países del Primer Mundo, de desgaste y desprestigio de las Naciones Unidas y de retroceso en las libertades civiles.

Como parte de sus planes de dominio planetario, los halcones de Washington han pretendido asociar a los movimientos de resistencia a la globalización con el terrorismo, y la lucha en contra de éste como parte del combate a favor del libre mercado. Han fracasado. Sobreponiéndose a la ofensiva en su contra, estas convergencias se han colocado en la primera línea de la lucha por la paz. Las grandes jornadas contra la guerra en Estados Unidos, Europa y Australia han sido organizadas por las mismas fuerzas que rechazan la pretensión de condenar a la humanidad a un destino trazado por la unidimensionalidad de la dictadura del mercado.

La izquierda y los ciudadanos de Babel
Vivimos en Babel. Unos como ciudadanos, otros como parias. Las fronteras nacionales en Europa, que parecían definitivas hace apenas 10 años, se han vuelto a trazar, a veces sobre la base de acuerdos amistosos y en ocasiones a golpes de bombas y bayonetas. El acelerado movimiento de mercancías, capitales e información ha forzado la creación de un planeta ilusoriamente homogéneo. Los migrantes coloniales han invadido silenciosamente las metrópolis. Su presencia está lejos de ser un hecho provisional o anecdótico. En lugar de sumarse a la utopía del melting pot reivindican su diversidad. El hibridismo y la heterogeneidad de códigos de identidad y de culturas llegaron para quedarse.

Los pueblos originarios y las minorías reclaman, cada vez con mayor sonoridad, el reconocimiento de derechos específicos dentro de los Estados nacionales. A la aspiración de uniformidad de las fuerzas del libre mercado se le opone la resistencia de los particularismos. El mundo entero es una nueva Babel con reivindicaciones que no pueden ser encorsetadas en un programa máximo de viejo tipo. Baste ver, por ejemplo, el ascenso de la lucha étnica en América Latina o la batalla de los sin papeles en Europa.

Engolosinada con la lucha electoral y la toma del poder, anclada en las viejas formas de concebir la política, adoradora de la forma partido y sin una lectura del significado de la revuelta del “Pueblo de Seattle”, la vieja izquierda no ha podido analizar la dinámica del multiculturalismo democrático presente en las luchas actuales. En lugar de buscar comprender su naturaleza y explicar su actualidad, ha optado por explicarlas como una nueva versión de anarquismo decimonónico.

La revuelta de los globalizados es expresión de la nueva izquierda que comienza a formarse en todo el mundo. Son de izquierda porque, tal y como lo dice André Gorz, se sienten “ligados a todos aquellos que luchan por la propia liberación, que no aceptan sin más la determinación desde arriba de metas y objetivos y luchan, juntos o solos, por la eliminación de todas las formas de dominio y por el derrocamiento de todo aparato de poder”.

Pero lo son de una manera novedosa. Una forma en la que se muestra no el mundo de las ideas luchando contra sí mismas en sí mismas sino las condiciones en las que se expresa la producción y reproducción de su vida material.

El neoliberalismo ha cambiado el modelo de organización productiva promoviendo la precarización del trabajo; ha modificado profundamente la naturaleza de los Estados nacionales adelgazando las redes de protección social y limitando su soberanía; ha desgarrado el tejido social fomentando su fragmentación y el abandono de las prácticas solidarias, y ha modificado el papel de representación de los partidos políticos. El movimiento contra la globalización neoliberal es, en parte, producto y respuesta a estas transformaciones.

Como lo han señalado Toni Negri y Michael Hardt, el mercado mundial, bajo la influencia de la revolución informática, se ha globalizado más allá de la capacidad de los Estados–Nación para afectarlo. La soberanía de éstos se está desvaneciendo y está siendo reemplazada por una nueva soberanía global emergente o “Imperio”, que surge de la fusión de “una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos bajo una única lógica de dominación”, sin ninguna jerarquía internacional clara.

Durante el último siglo, el salario implicó percibir ingresos y servicios que iban más allá de la mera retribución por la labor efectuada. El recibir un salario era acompañado de la asignación de un conjunto de derechos y prestaciones y ampliaba las posibilidades de participación, movilidad y progreso social. Esto difícilmente existe más. De aquel paisaje en el que el trabajo gozaba de centralidad en una sociedad de inclusión con un Estado preocupado por la seguridad social y donde existía la posibilidad de un futuro mejor, se ha pasado a un mercado laboral flexible y a un “trabajo” que no legitima. La precarización laboral, la vulnerabilidad social y la desocupación rompen los proyectos de futuro al privar de ingresos al trabajador, quebrar sus rutinas, y hacerles perder su función social. Los puntos de identidad, las certezas, las referencias culturales que fueron parte del mundo del trabajo se han vuelto sumamente frágiles.

Los trabajadores precarios son aquellos que deben laborar en empleos eventuales, poco remunerados y calificados, sin las prestaciones laborales de que disponen los trabajadores de overol azul o los empleados de cuello blanco. En su gran mayoría son jóvenes con pocas perspectivas de cambiar su situación. Se encuentran por afuera de las redes de protección social de la que disfrutan los obreros sindicalizados. No están representados por los sindicatos ni tienen acceso a los beneficios de los contratos colectivos. Son producto de lo que se ha llamado el postfordismo, es decir, de la flexibilización e “informalidad” laboral con la que el capitalismo moderno crece. Estos trabajadores no encuentran en los viejos partidos obreros a su representación de clase.

La mayoría de los sindicatos tradicionales en el Primer Mundo, incluso muchos de los que proponen una política de clase, se han debilitado o han sido asimilados. Sobreviven expresando los intereses de una capa de trabajadores asalariados y sus dirigentes. Aunque la tendencia se ha modificado en los últimos años (como el caso de COBAS en Italia o de la AFL–CIO en Estados Unidos), por lo regular, son incapaces de comprender las exigencias que se desprenden de las demandas de ciudadanía universal surgidas de la nueva Babel. Lejos de enfrentar la migración sobre la base de la solidaridad y la cooperación la viven como una competencia a las conquistas sociales de la fuerza de trabajo a la que representan.

Pero esto no es exclusivo de las organizaciones gremiales. La vieja izquierda tiende a ver a los nuevos migrantes como un desafío al Estado de Bienestar, e incluso, cuando estos provienen de países de cultura musulmana, a la misma democracia.

En este contexto, los partidos políticos que aspiraban a representar a clases sociales difícilmente existen más. Su afán por ganar el centro político y ganar la mayor cantidad de votos ha provocado su desdibujamiento. No todos son iguales pero, salvo excepciones notables, cada vez son menos diferentes entre sí. Los grandes consensos sociales se generan por afuera de ellos. Los particularismos se han rebelado y se niegan a seguir a vanguardia alguna. Las nuevas identidades se forjan más en el terreno de los circuitos culturales que en las telarañas de la mediación política parlamentaria. Basta asomarse a las elecciones holandesas o austriacas para ver, nítidamente, cómo la xenofobia, incubada socialmente, es cosechada por fuerzas políticas que se resisten a ocupar el centro del espectro político.

Los nuevos ejes
En una era en la que se segrega y excluye sistemáticamente, en la que se crean estamentos, los nuevos movimientos reivindican el ejercicio de la imaginación para cambiar el mundo. Invisibles y vulnerables, se visten de monos blancos, se cubren el rostro o se inmolan para hacer oír su voz, para conquistar la dignidad en una sociedad basada en su negación. Dignidad, entendida no como una abstracción, sino como el rechazo a aceptar la humillación y la deshumanización, como la negativa a conformarse, como la no aceptación del trato basado en los rangos, las preferencias y las distinciones, como la exigencia de ser juzgado por cualquiera.

Los movimientos contra la globalización neoliberal han hecho aportes invaluables a la lucha por la democracia y la transformación social. Parte fundamental de ellos, los pueblos indios y los migrantes, se han metido de lleno a la disputa por el futuro, han facilitado la conversión de los invisibles en actores políticos, han potenciado la influencia de la sociedad civil, se han convertido en un polo de atracción y coherencia para los excluidos del sistema, han sentado las bases para la recomposición de la izquierda y han creado condiciones para la regeneración de la política desde una perspectiva ética.

Estos movimientos son parte de una protesta social extraparlamentaria mucho más amplia. El campo de la “política informal” se ha desarrollado con una rapidez vertiginosa en muchas partes del mundo, especialmente en América Latina. Mientras la mayoría de los partidos de izquierda han renunciado a sus programas históricos y se zambullen de lleno en las aguas del gatopardismo centrista, la acción callejera de la multitud ha modificado la correlación de fuerzas en varios países. Como lo ha indicado James Petras, en los últimos años las movilizaciones de masas han derrocado a cuatro presidentes en Argentina –en el lapso de un mes–, dos presidentes en Ecuador, y uno en Venezuela, Brasil y Colombia. En México, los zapatistas y el Congreso Nacional Indígena protagonizaron a comienzos de 2001 las jornadas por los derechos civiles del país más significativas en años.

En todo el continente, una amplia coalición de organizaciones sociales, grupos religiosos de base y ONG han promovido la realización de consultas populares (como la de Brasil en la que participaron 10 millones de personas) y jornadas de educación cívica para rechazar el Area de Libre Comercio para las Américas. Consideran que el proceso de integración económica promovida por el acuerdo, lejos de crear las condiciones para el desarrollo, amplifica la exclusión social y subordinación de las naciones del sur hacia Estados Unidos.

Algunas de estas fuerzas han incursionado también en el campo electoral. Los condenados de la tierra se han presentado en distintos procesos electorales y los han ganado o casi ganado en Venezuela, Brasil, Bolivia y Ecuador. Evo Morales, Hugo Chávez, Lula y Lucio Gutiérrez son la expresión de un nuevo fenómeno en nuestro continente: los jodidos han conquistado espacios claves de la política institucional, después de modificar sus sociedades y regiones.

Ello no significa que estos movimientos no tengan fuertes limitaciones. Sería un absurdo pretender negarlas. Frecuentemente sus luchas son defensivas y carecen de una visión acabada sobre cómo transformar el mundo. Son capaces de hacer retroceder a los gobiernos de sus países en asuntos claves pero no de mantener la iniciativa política. Las grandes protestas se diluyen después de su realización. Tienen, sin embargo, la virtud de creer que, como se ha definido en Porto Alegre, otro mundo es posible.

El próximo ciclo de guerras que sobrevendrá con la agresión estadunidense a Irak anuncia que los primeros años del siglo XXI serán peores de lo que ya han sido. En estos movimientos, en su disposición a generar una pedagogía de masas, en su capacidad de resistencia, en su vocación emancipatoria, está la clave para enfrentar la tormenta que se avecina.

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