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Agua y miradas globalizadas

por Ferran Requejo   /   publicado en La Vanguardia

El petróleo es un problema para los países ricos. El agua lo es aún para muchos países pobres. De la resolución de ambos problemas depende en buena medida la política del futuro a escala global. Se trata de dos recursos que inciden en la seguridad, la estabilidad y en los procesos de desarrollo y democratización de buena parte de los países del globo. Fijémonos en el agua.

Se trata de un recurso que empieza a ser escaso a escala global. Los datos actuales de su distribución son tan abrumadores como alarmantes. Unos 1.100 millones de personas no tienen acceso a agua potable; unos 2.400 millones (40% de la población mundial) no poseen servicios de saneamiento. Son dos datos estremecedores por lo que suponen en ámbitos como la salud o por su relación con la pobreza endémica en los países más subdesarrollados. Asociada tradicionalmente a la vida, el agua está actualmente asociada también a la muerte. A veces se dispone de agua, pero está contaminada. El impacto en la mortalidad de los tres países más poblados de Asia -China, India e Indonesia- es mayor que el impacto del sida. Se calcula que unos 6.000 niños mueren cada día por enfermedades asociadas al acceso de agua en condiciones de falta de potabilidad (diarreas, cólera). Las imágenes de la "pobreza del agua" combinan la de zonas rurales resecas, por ejemplo, del África central y austral, con la de los suburbios de grandes ciudades, como Ciudad de México o Calcuta.

El agua fue una de las cinco áreas en la agenda de la pasada conferencia de Johannesburgo. El objetivo fijado en la conferencia fue que los datos actuales se hayan reducido a la mitad en el 2015. Para ello se preconizan toda una serie de medidas, tales como la creación o mejora de los sistemas de saneamiento, el aumento de los rendimientos en los riegos agrícolas, la educación en prácticas higiénicas básicas, etcétera. Pero para ello hace falta dinero, calculado en la misma conferencia en torno a los 50.000 millones de dólares anuales.

Y se deben considerar, además, cuatro factores que actúan en contra de la reducción de aquellas cifras: la tendencia a la escasez de agua dulce en el planeta, el aumento de la población, la relación práctica entre desarrollo y contaminación, y el aumento de la demanda (calculada por la Unión Europea en torno al 2% anual).

Podemos decir que, en la información sobre este tipo de cuestiones, estamos inmersos en una cierta globalización de la mirada. Una globalización que comporta una cierta uniformización sobre lo que hay que ver e, incluso, sobre "cómo hay que ver lo que se ve". Algunos sofistas de la Grecia clásica, como Calicles, ya dijeron claramente que la justicia sólo era una necesidad de los débiles. Los fuertes no la necesitan. O tal como nos recuerda Tucídides en el diálogo entre los melios y los atenienses: "En el cálculo humano, la justicia sólo se plantea entre fuerzas iguales". Pero existen miradas distintas. Superar esta visión de "estado de naturaleza" aún vigente en buena medida en el ámbito internacional es un deber de las democracias liberales desarrolladas, por el mero hecho de ser lo que son. En las cuestiones básicas que afectan a la dignidad individual -que son pocas en número y que están moralmente más acá de las diferencias culturales o de las contraposiciones entre partidos-, debería aplicarse un universalismo ético a escala global. Entre dichas cuestiones está el disponer de un mínimo de condiciones materiales

De hecho, la exigencia moral de la opinión pública en los países democráticos es hoy más exigente que en tiempos anteriores. Sin embargo, la mirada de los ciudadanos, aunque sea sesgada, siempre llega antes que la acción de sus gobiernos. Para los estados ricos, la pobreza mundial del agua no es una cuestión prioritaria. Cuando cuantificamos las ayudas interterritoriales comprobamos que las "colectividades de la solidaridad" siguen definidas, casi en su totalidad, en el interior de las fronteras estatales. Ello está dentro de la lógica de los estados en tanto que (todavía) los grupos particulares básicos de la acción política. Y ello es también válido para los estados democráticos. De manera que aquello de "pensar globalmente para actuar localmente" se queda generalmente en lo de "pensar" y, en el mejor de los casos, en subvencionar a terceros (aunque ambas cosas parcamente). Una situación que hace que las políticas del agua tengan aún mucho de fragmentario, concreto y escaso, a pesar de que sepamos, por ejemplo, que en el uso agrícola del agua a nivel mundial existe un margen en la mejora del rendimiento del 40%.

La ignorancia hoy ya no es una coartada. Se trata de encontrar soluciones más que de buscar culpables. Éste es un tema que justificaría una acción mucho más decisiva por parte de las Naciones Unidas en la línea de un protogobierno mundial sectorial. La Unión Europea tiene aquí una buena oportunidad para ir construyendo el papel de actor político global que debería desempeñar en el siglo que iniciamos. Para empezar, sería conveniente que hablase con una misma voz en los foros internacionales y que fomentara, a escala global, acciones vinculadas a los valores de su tradición humanística.

Hablar del agua y de la población mundial es hablar de algo que no tiene ya que ver solamente con el desarrollo, el crecimiento, la distribución o la ecología. Se trata de algo que afecta a la dignidad y a los derechos humanos de más de dos mil millones de personas.

Ferran Requejo, catedrático de Ciencia Política y miembro del Grup de Recerca en Teoria Política (GRTP) en la UPF.

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