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Tribuna de Oradores

Noticias sobre la sociedad ausente

por Redacción    /   publicado en Clarín

Mil millones de personas, la sexta parte de la humanidad, está desempleada o precarizada. Las regiones más azotadas son Asia y América latina. La Argentina duplicó la media de desempleo del continente. Qué cambios traerá para la condición humana la pérdida de la cultura del trabajo.

Tengo fiaca". En calzoncillos y atrincherado en su cama, Norman Brinsky esgrimía esa frase como un argumento imbatible a favor de su decisión de no ir a trabajar. Terminaban los 60. La sociedad de pleno empleo no era una utopía y la glorificación al trabajo permitía ese lujo: aspirar a trabajar menos. Treinta años después, los calzones caen en los mineros humillados de Full Monty. Y el cine no para de hablar de la metamorfosis del trabajo: cómo repercuten en la sociedad y la familia las decisiones empresariales (Recursos humanos); cómo genera enfermedad, culpa y desintegración social la falta de empleos (Soplando en el viento); cómo se le roba a los jóvenes la vida digna (Pizza, birra y fasos).

¿Hay una era laboral que está desapareciendo frente a nuestros propios ojos? El concepto del empleo full-time, de que un ciudadano tiene derecho a dedicar la mayor cantidad de su tiempo —por lo menos 8 horas diarias— a trabajar colapsó en todo el mundo. Todos los expertos coinciden con la afirmación tajante de Alberto Robles, profesor de Derecho del Trabajo en la UBA y director del Instituto Mundo del Trabajo. Cada vez más la vieja aspiración de empezar a trabajar desde que uno termina los estudios hasta que se jubila es una rareza. Como contrapartida crecen en el mundo el desempleo y el trabajo chatarra.

"Mil millones de personas están hoy desocupados o con empleos precarios en el mundo", anunció este año Juan Somavía, director general de la OIT. Argentina, en una crisis excepcional, registró 470.000 personas sin trabajo en 9 meses, sin posibilidades de reinserción.

Pero el fantasma del desempleo sacude a todo el mundo. La FIAT despedirá a 8.100 trabajadores. El mayor consorcio privado italiano pidió socorro al Estado saltando el dogma neoliberal que ve como pecado la intervención estatal. La Siemens alemana anunció que echará un total de 35.000 trabajadores de todas las filiales del mundo. El canciller Schroeder casi pierde las elecciones por el aumento del desempleo en su país y por no poder prometer nuevas fuentes de trabajo. El martes, el diario berlinés Der Tagesspiegel le puso cifras al drama: "las 30 mayores empresas líderes de la economía alemana eliminaron en el primer semestre de 2002 un total de 25.000 puestos de trabajo".

Los mismo sucede en Japón donde sólo entre las superempresas (compañías con ventas anuales superiores a los 805 millones de dólares) se cerraron este año 187 fábricas o en Estados Unidos donde sólo en los primeros cinco meses del 2001 hubo 650.000 despidos.

La falta de empleo no distingue áreas: compañías aéreas, sector financiero, laboratorios, industria de la construcción, automotrices. Ni hace diferencia entre grandes multinacionales o pequeñas empresas; entre el mundo del desarrollo o los países arrasados por la especulación y el capital aventurero. Los países de la ex Unión Soviética pasaron del pleno empleo a un promedio desocupacional del 30% (cifras benévolas del oficialismo). En el Sudeste de Asia, los desocupados se duplicaron entre 1990 y 2000. En la misma década, en América latina la falta de trabajo asoló a decenas de miles de familias en todos los países (menos México según cifras de la CEPAL). La Argentina, el fracaso más resonado de las políticas del FMI, tocó su record histórico: 21,5%.

El pleno empleo se ha vuelto económicamente imposible. Hoy, en los países industrializados el 45% de la población activa tiene trabajo temporal con intervalos de desempleo. Se estima que la tendencia va a crecer hasta el 75 % ¿cómo será esa sociedad del futuro donde la mayoría no tenga empleo fijo? ¿Qué formas tomará esa incertidumbre permanente? ¿Habrá un "salto civilizatorio" inteligente que nos ayude a todos a trabajar menos y mejor, (como augura el profesor Robles) o la falta de empleo permitirá la superexplotación de los que trabajan y la indignidad de los excluidos? ¿Qué sueños, qué organización familiar, qué lazos humanos se gestarán en un cambio que afecta especialmente a los que hoy son jóvenes?

Lo que sí se sabe es que las consecuencias actuales de los problemas laborales son terribles. En primer lugar, el hambre, la falta de salud, la deserción escolar. Además, condicionados culturalmente a considerar el trabajo como espina dorsal de nuestra vida personal y social, el no tenerlo resiente la autoestima, corroe los vínculos familiares y, muchas veces, empuja a la dependencia química (alcohol o drogas), a la pérdida de las raíces culturales, a la violencia y a la migración forzada.

En los 80 y 90 se amasó el cambio en las reglas del juego. En los 90, se hablaba de las nuevas condiciones del mercado de trabajo a las que debían adaptarse las leyes y los trabajadores, dijo a Zona la antropóloga Estela Grassi, especialista en políticas sociolaborales y de asistencia al desempleo y la pobreza. Por esa época varios autores europeos especulaban con el "fin del trabajo", concepto que para Grassi es una estrategia de lucha ideológica para cambiar las condiciones laborales y dejar al trabajador sin protección y sin recursos de derecho para disponer de su vida como un sujeto autónomo. La flexibilidad laboral hizo que se "inflexibilice" la vida familiar y social de las personas.

Representativo de esta nueva ola laboral, el yuppy criminal de la novela American Psycho sintetiza los rasgos distintivos del "joven exitoso". Grandes marcas, comidas en restaurantes de autor y, muy especialmente, un trabajo inestable.

Como muchos ejecutivos de fin de siglo, el yuppy Pat Bateman cambia permanentemente de trabajo porque las empresas se disputan —o se roban— a los directivos como él. La movilidad en el trabajo a nivel gerencial se erige en un modelo laboral a imitar de la misma manera que el estilo de vida y la apariencia personal de los "jóvenes ganadores".

Esta arremetida cultural del neoliberalismo fue deglutida sin masticar por jóvenes (y padres) de casi todo el mundo quienes, creyendo que se entregaban al "éxito" terminaron en la "precariedad laboral". Muchos jóvenes aceptaron con convencimiento la flexibilización laboral, una nueva disciplina del trabajo que supone estar disponible siempre para lo que demande el puesto de empleo, por encima de cualquier otra necesidad familiar o social del sujeto, dice Grassi. Nadie pensó, continúa, en qué significaría esto para la sociabilidad, la estabilidad familiar, la creación de vínculos y sentido de pertenencia, para la vida cultural y social en general. En la Argentina se sumó otra falsedad. Se prometieron nuevos empleos. Pero se crearon poquísimos y se destruyeron muchos, especialmente en 1995.

¿Y la desocupación genera mayor delicuencia? Hay que ser muy cuidadosos con ese tema, enfatizan Robles y Grassi. Hace unos meses Noam Chomsky advertía que el aumento mundial de la pobreza genera problemas de control social que en muchos países suelen neutralizarse con escuadrones de la muerte y otros modos de violencia. El peligro de que los despojados de su mínimo derecho a trabajar y alimentarse sean criminalizados cuando marchan o cortan rutas también existe.

No se puede asociar desocupación y delincuencia. Esto puede llevar a prácticas discriminatorias y aumento del prejuicio, dijo Grassi. El culto al éxito; la impunidad desvergonzada de políticos, empresarios y sindicalistas; el comportamiento "rapiñero" de las corporaciones económicas; los medios de comunicación banalizando los problemas; el largo trabajo de desvalorización de la escuela (de la educación en general) y del pensamiento reflexivo por parte de un amplio arco ideológico y por varias décadas, todo esto contribuyó al desvalor de la participación creativa y productiva en la vida social.

La humanidad sigue atada a una estructura cultural que está colapsando y que dicta que el que no trabaja 8 horas es un vago, un despreciable agregó Robles.

El desocupado —continúa— queda expulsado de la sociedad, de la raza humana, del mapa. Pero el desempleo no genera un tipo social. Genera falta de lazos sociales entre la gente, ausencia de sociedad y donde pasa esto hay guerra. Si uno le dice a alguien que no es humano ¿te ataca, no? La exclusión hace sentir a la gente que perdió sus derechos y sus obligaciones. Entonces no tiene que llamarnos tanto la atención que mucha gente crea hoy que no tiene la obligación de respetar la vida o la propiedad de los demás.

Los jóvenes son los más golpeados por la incertidumbre laboral: el desempleo juvenil se duplicó en la última década. De cada 100 nuevos empleos, en América latina, 7 fueron ocupados por jóvenes y 93 por adultos, dice la OIT. Pero también son quienes más fácilmente se adaptan.

Cuando la generación joven hoy tenga 40 años, a diferencia de nosotros que hemos tenido muy pocos empleos en toda nuestra vida, va a haber pasado de la changa a trabajos de tiempo parcial, al pleno empleo por unos meses, entremezclado con períodos de desempleo, destaca a Zona Julio César Neffa, investigador del Conicet. Sin duda los valores van a ser otros. Ya hay cambios. Los jóvenes se ayudan mucho más que los adultos para conseguir empleo, se pasan el dato. Hay una solidaridad casi espontánea ante la precariedad que antes no había.

Si una era laboral está desapareciendo ante nuestros ojos estamos frente a una gran chance, piensa Robles. El trabajo es como el aire, dijo a Zona. Si empieza a faltar el que te lo dé puede hacer lo que quiera con vos y vos cualquier cosa por respirar. Es obvio que para evitar un caos hay que repartir equitativamente los metros cúbicos de aire. Con el trabajo es lo mismo. Para Robles es obvio que el neoliberalismno fracasó y que hoy es imprescindible un nuevo contrato social para armar un nuevo estilo de sociedad en la que estén todos adentro.

Estamos en condiciones de dar un salto civilizatorio, concluye Robles. Y explica por qué en esta revolución cultural las empresas juegan un papel clave. Algunas empresas piensan que sólo les incumbe lo que pasa adentro de sus paredes y eso se les vuelve en contra. Actúan como si la sociedad fuera una especie de basurero. Despiden a una persona y se la tiran a la sociedad para que resuelva el problema. Otras empresas se dieron cuenta de que la sociedad es un lugar donde la empresa vive, una especie de medio ambiente. Y si hay menos trabajo, no echan a nadie, simplemente hacen trabajar a todos menos horas. Así el desempleo puede ser cero.

Disminución del tiempo de trabajo; ingreso mínimo de subsistencia para todos e inclusión social plena, sería la gran apuesta para que la globalización generara humanos y no mutantes.

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