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Tribuna de Oradores
La hipocresía tras nuestra compasión
por Guy Verhofstadt
/ publicado en Reforma
Esta
carta abierta es un llamado a formular propuestas de acción y reforma que se comentarán el 26 de noviembre del 2002 en la Segunda Conferencia Internacional sobre Globalización a celebrarse en Lovaina Bélgica. Mientras el mundo espera cómo se desarrollará el conflicto iraquí, otros asuntos urgentes han desaparecido de la actualidad. ¿Alguien recuerda las agudas polémicas entre globalizadores y antiglobalizadores de hace apenas un año? ¿La pobreza como tema ha pasado de moda? Acaso no era éste el tema del siglo: ¿cómo evitar una lucha de clases violenta entre los más pobres y los más ricos del mundo? ¿Entre 2 mil millones de personas que día tras día intentan sobrevivir en su lucha contra el hambre y la enfermedad y quinientos millones de personas preocupadas esencialmente por la trama de su novela diaria? En este momento, los ingresos del segundo grupo son unas treinta veces superiores a los del primer grupo. El problema es que esta diferencia no disminuye, sino que crece.
Entre ambos grupos se sitúan unos tres mil millones de personas que se beneficiaron de la globalización. Pueblos, esencialmente en Asia, que en una sola generación han superado la lucha diaria por una vivienda, ropa y comida. Son la prueba de que la globalización, el mercado libre y el libre comercio son la mejor vía -la única vía comprobada- para erradicar la pobreza.
Sin embargo, los 2 mil millones de personas más pobres muestran que el libre comercio y la globalización en sí no bastan. En la Unión Europea deberíamos saberlo. Desde la fundación de la Unión, hemos contribuido a sacar a los nuevos Estados miembros de la pobreza (y en esta década vamos a intentar hacerlo con toda Europa Central y del Este). Mediante el libre comercio, pero también a través de una intensa colaboración, mediante apoyo financiero y sobre todo con la participación de los pueblos implicados.
Dejemos pues de correr de una megaconferencia a otra en Monterrey, Roma o Johannesburgo. Dejemos pues, europeos y estadounidense, de criticarnos y de discutir sobre lo que significa ser globalizador o antiglobalizador.
Lo que necesitamos es un consenso sobre un mayor desarrollo, un consenso a favor de mayores esfuerzos tanto de europeos como de estadounidenses. También en nuestro propio interés. El año pasado en Doha las negociaciones dentro de la Organización Mundial de Comercio dieron un giro prometedor hacia más libre comercio y más desarrollo. Pero no debemos esperar la OMC: los europeos podemos incrementar nuestros propios esfuerzos.
Ya ahora podemos fomentar el libre comercio. La iniciativa europea "Everything but Arms" de febrero 2001, en la que 48 de los países menos desarrollados obtuvieron acceso al mercado europeo libre de aranceles y cuotas, constituyó un paso importante.
Sin embargo, ¿no es hipócrita que precisamente los productos agrícolas esenciales para muchos países en vías de desarrollo -plátanos, arroz y azúcar- hayan quedado en gran parte excluidos de ese libre acceso a nuestro mercado hasta los años 2006 y 2009?
¿No es significativo que cierto número de países en vías de desarrollo, cuyo nivel de ingresos apenas supera el de los países más pobres, haya quedado excluido de esta medida europea? ¿Y no es lamentable que hasta la fecha la iniciativa europea apenas haya sido seguida por otras grandes potencias comerciales? ¿Dónde está, por ejemplo, Estados Unidos que parece distanciarse cada vez más de la problemática de la globalización y que recientemente introdujo aranceles de importación sobre el acero e incrementó las subvenciones a la agricultura y el textil?
Debemos hacer más. La agricultura es la clave. En los países en vías de desarrollo hasta el 70 por ciento de la gente vive de la agricultura. En el norte rico esta cifra casi nunca supera el 5 por ciento. Miles de millones de personas dependen de la agricultura para su sobrevivencia. A pesar de ello, los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico siguen manejando tarifas arancelarias sobre los productos agrícolas del 40 por ciento como media. Precisamente el 40 por ciento era la tarifa media para los bienes industriales a mediados del siglo pasado, cuando apenas existía el libre comercio. Ahora esa cifra es del 5 por ciento como media.
Pero hay más. Las subvenciones que antaño contribuyeron a que Europa pudiera solucionar su escasez alimentaria hoy expulsan a los campesinos en los países en vías de desarrollo de sus tierras. La producción de azúcar en Europa cuesta el doble que en Sudáfrica, pero es el azúcar europeo el que en el mercado local desbanca al azúcar nacional.
La importación de leche en polvo europea en Jamaica hizo descender en los últimos cinco años la producción lechera local en una tercera parte. Los pescadores europeos reciben tantas ayudas que con sus flotas modernas son capaces de vaciar los caladeros cada vez más escasos en las costas africanas. A pesar de las reformas, los campesinos y las explotaciones agrícolas europeos siguen recibiendo subvenciones para desplazar a sus competidores más pobres del mercado.
Cada año, Europa gasta 120 millones de euros en cooperación al desarrollo en Sudáfrica. Sin embargo, debido al dumping de azúcar europeo en su mercado, el país pierde cada año más de 100 millones de euros de potenciales ingresos de exportación. Los europeos combatimos la pobreza con una mano, pero evitamos que desaparezca con la otra. Paliamos la pobreza, pero al mismo tiempo la mantenemos.
Algunos países pobres intentan huir de la miseria rural. Intentan, por ejemplo, invertir en la producción de textil y ropa. Pero también el comercio de estos productos se ve obstaculizado por los aranceles de importación de los países industriales ricos. Tanto el consumidor occidental como el obrero asiático o africano pagan los platos rotos.
Los países más pobres necesitan más dinero. El dinero puede proceder de una reducción de las deudas, a condición de que los ingresos no vayan destinados a nuevas limusinas para la élite en el poder. La reforzada iniciativa PPME, que vincula la reducción de la deuda con un programa de lucha contra la pobreza y reformas económicas, sigue el buen camino aunque aún puede ampliarse a países más pobres.
Además, la iniciativa podría ejecutarse de manera acelerada vinculándola con los esfuerzos por una cooperación al desarrollo incrementada. ¿Y por qué no juntar todos los acreedores multilaterales, bilaterales y privados en el fondo PPME y vincularlo más fuertemente con los Objetivos de Desarrollo para el Milenio de la ONU?
El dinero también puede proceder de un aumento de la cooperación al desarrollo. En 1990, el Occidente rico ofrecía una media de 32 dólares de ayuda por africano. En este momento ese importe se ha reducido a casi la mitad. Debería doblarse, aunque bajo algunas condiciones.
Se impone una mayor rentabilidad de la cooperación al desarrollo, empezando por la UE. Los créditos se encuentran fragmentados en los presupuestos nacionales, están sujetos a impulsos de la era colonial y a aspiraciones de promoción comercial. A las ONG les pesa la burocratización. Buena parte de los fondos va destinada a su funcionamiento interno.
Las ONG occidentales y las instituciones occidentales encargadas de la cooperación se caracterizan a menudo por su paternalismo. A veces incluso se hacen con una parte del Gobierno de los países pobres, mientras que precisamente la emancipación de las personas en el país mismo resulta esencial para crear desarrollo y bienestar.
Por consiguiente, debemos procurar que la voz de los países pobres sea escuchada. A menudo formulan sus peticiones con insistencia, pero no las oímos.
Mi propuesta, que consiste en una estructura de poder político internacional basada en lazos de cooperación continentales, crear una concertación multipolar democrática a escala mundial, en la que la voz de los continentes más pobres se oirá más fuerte que antes.
En Europa ya podríamos intensificar nuestros lazos de colaboración con la Unión Africana, entre otras cosas a base del "New Partnership for Africa's Development" que incluye todos los elementos del nuevo consenso de desarrollo. La pobreza en el mundo exige un enfoque unánime.
El camino a seguir -libre comercio, pero no sólo libre comercio- hace tiempo que se conoce. Ha llegado el momento de actuar y de intervenir allí donde el mercado libre no baste. Como decía Benjamin Barber: "Si la justicia no puede distribuirse de manera igual, la injusticia se distribuirá de manera igual. Si todo el mundo no puede participar en la prosperidad, todos nos enfrentaremos al empobrecimiento, tanto en sentido material como espiritual. Esa es la dura lección que la interdependencia nos enseña". Este es el desafío que debemos aceptar, por nuestro propio interés.
Guy Verhofstadt es Primer Ministro de Bélgica.
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