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los casi trescientos millones de habitantes de los Estados Unidos estaban habilitados para votar doscientos millones.
Pero quienes lo hicieron sólo fueron poco más de setenta.
Entre éstos, sólo la mitad, o poco más de la mitad, votó por afirmar el actual régimen y al actual presidente del mundo.
Si el mundo tiene un padrón de unos mil quinientos millones de votantes de las distintas democracias, sistemas y países que lo integran, adviértase que esos cuarenta millones de estadounidenses que consagran a los republicanos de George W. Bush deciden el destino del padrón planetario.
La democracia, que siempre fue reconocida como el gobierno de las mayorías, concluye en el siglo XXI resumida en un gobierno de pocos con sede geográfica en un territorio que equivale apenas a una porción del 2 por ciento de la superficie de la Tierra. O sea que el dos por ciento de los habitantes del mundo que residen en el dos por ciento de su superficie son suficientes para darle un marco armónico, evolucionado, pacífico y justo que, de no ser así, sería infortunado.
El detalle adicional de que en diez años fueron elegidos padre e hijo como presidentes y otro hijo del primero y hermano del segundo como gobernador de un Estado prueba cómo la democracia produce un renovado surtido de oportunidades que la diferencian de aquellos reinos donde el poder es heredado familiarmente.
Mientras que los estadounidenses votan por el destino universal que más se asimile al que ellos diseñan y profesan, aquí los ciudadanos desorientados y cada vez más desviados y alejados del centro por efecto de alguna partícula del Big Bang que ha pifiado y nos ha disparado hacia un agujero negro desconocido, deberemos ir a las urnas como fueron aquéllos.
Horangel y Macbeth
Y aunque la materialización del trance cívico depende algo de nosotros, más depende del designio divino, del libro anual de Horangel, del dogma peronista de moda según la revelación que surja del dado que caiga en la mesa, y de fuerzas intangibles que nos acechan como aquellos enemigos temibles de Macbeth, camuflados en el bosque con ramas de árboles.
Hay alguna probabilidad en alguna parte de alguna zona de la sociedad todavía a salvo de las manipulaciones y de esos infalibles sondeos que acertarán como se acertaba el pronóstico del tiempo antes de la tecnología y el satélite.
Cualquier fórmula es posible. Como en uno de esos mostradores o barras de bar sin status, donde al cabo de la noche los borrachos se preparan sus tragos al capricho de su ebriedad, o según lo que va quedando en las botellas, la política argentina prepara sus batidos y mezclas de candidatos. Poco importan, en ese bebistrajo sin control, la armonía o el equilibrio de sabores y alcoholes rejuntados.
Tropicalismo macondero
La atmósfera incita a la fabulación, a la dipsomanía cotorrera. Los bocones mediáticos -desviación natural e incesante del periodismo como lo fueron las chismosas/os de barrio respecto de los vecinos estándar- se lanzan al delirio de crear y difundir probables duetos de aspirantes. Total no cuesta nada. Los tantean al azar entre los prodigiosos repertorios partidarios, explorando regiones con cierto tropicalismo "macondero", y abiertos al enredo, la intriga y la patraña se dejan llenar los oídos por capciosos operadores de bandos y de sectas.
El resultado es que acaban ofertando nombres al voleo. Si al final de este embrollo se recordaran las pavadas que los pavotes dicen -o decimos-, audiencias y lectores tendrían un balance histórico acerca de en qué parte del discurso fueron ingenuos, en cuál idiotas y en cuál cautivos de no haber puesto en acción el instinto que espanta mentiras como el ajo a los piojos.
No ha dejado de latir -aunque él ahoga su latido con el casco porque sabe que allí dentro resuena más que afuera- el nombre de ese corazón artificial que sigue latiendo por más que el portador haya proclamado su prescindencia. Luce inyectado por una extraña ensoñación o excitación colectiva que harta del tipo de político ancestral federal cree óptimo tratar de acertar con un político transgénico cuyo resultado futuro no lo sabe ni el biólogo más avanzado.
Atados al mundo con alambre, después de haber estado encarnados con obnubilado goce y reciprocidad de hielo, no queremos que nos desaten, pero tampoco que nos encarnen otra vez porque ya no tenemos ni nalgas ni trasero.
Sin ton ni son les dejo esta frase, leída en la página 307 de Siglo XX ( Our Times ) y adjudicada a David Sarmoff, pionero de la televisión comercial: "La competencia saca a la luz lo mejor de los productos y lo peor de las personas".
Aquí se ha sacado lo peor de las dos cosas. El rating y el voto requieren más esmero.
barone@house.com.ar
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