Tres palabras nos reunen
aquí hoy: identidad, lengua y globalización. Armaré
algunos pensamientos sobre estos tres procesos, comenzando por
el que alude al contexto indispensable para ubicar los otros
dos en el momento que vivimos: la globalización.
¿Globalización?
Es cierto que la palabra "globalización" funciona
como un botón trililí que muchos aprietan para
encender lucecitas y provocar efectos sin precisar a qué
se refieren. Pero ese abuso del término no implica que
no signifique nada ni que se deba ignorar. La globalización
es un fenómeno de escala planetaria que comienza a mostrar
su perfil actual alrededor de la década del 70. La globalización
se relaciona con la génesis del sistema-mundo ("world
system") del capitalismo, sistema que según Immanuel
Wallerstein arranca junto al propio modo capitalista de producción
en Europa más o menos hacia la época del Renacimiento
entre los siglos 14 y 16. Ahora bien, la globalización
se monta sobre estos viejos procesos de mundialización
del capitalismo, pero no se la debe confundir con una mera secuela
o "part two" de lo ya conocido. La globalización
muestra rasgos inéditos, en lo económico, lo político
y lo cultural.
Globalización económica
y política
En lo económico suceden cosas nunca vistas. Si bien las
empresas capitalistas siempre han tendido a establecer lazos
más allá de fronteras nacionales y locales, mediante
la circulación internacional de las mercancias y los capitales,
lo que sucede ahora con la globalización va más
allá de un incremento en la cantidad de estas redes mundiales
y del volumen de intercambio. Con la globalización cada
vez más empresas dispersan por múltiples zonas
geográficas, según conveniencias fiscales, logísticas,
laborales, jurídicas o de otro tipo, no sólo sus
filiales, sino las distintas fases de sus actividades de investigación,
planificación, diseño, gerencia, promoción,
procesamiento y distribución de los productos. Todo esto
se monta sobre la revolución telemática y digital
en las tecnologías de comunicación, información
y control y el consiguiente colapso de las barreras de tiempo
y espacio en el planeta.
Consecuencia importante de todo lo anterior es que las economías
nacionales pierden su significado acostumbrado al verse desplazadas
por estas operaciones transnacionales que borran toda frontera
geográfica. Aquel lema publicitario de "este producto
es 100% del país" se convierte en una broma sin referencia
real: cada vez menos productos se generan íntegramente
en un país determinado. Cada vez más productos
son el resultado final de una conjunción de operaciones
de ensamblaje parcial, planes de diseño, estrategias de
publicidad y reclutamiento laboral generadas en las más
diversas partes del globo. Pronto consignas como la "sustitución
de importaciones" o "consumir lo que el país
produce" no tendrán sentido. La revista Time comentaba
hace poco que el conductor que cree haber comprado un carro americano
en muchos casos lo único americano que toca en su vehículo
es el guía o volante, pues lo más seguro es que
todas las demás piezas provengan de distintas partes del
mundo. Lo mismo sucede con el que cree haber comprado un auto
extranjero, basta con saber que hace dos meses la Volvo de Suecia
fue adquirida por la Ford Motor Company y que de ahora en adelante
todo Volvo es en parte un Ford. Estos productos no son ni extranjeros
ni nacionales, son globales. Aquí mismo en Puerto Rico
resulta cada vez más ridículo identificar una marca
tal o cual con la economía nacional. Por ejemplo, la cerveza
Medalla, símbolo de la puertorriqueñidad para muchos,
es producida según las especificaciones de cualquier otra
cerveza norteamericana por una empresa transnacional con cede
en Delaware cuyas operaciones, que incluyen la marca Bacardí
y muchas otras, se extienden por varios países.
Entre 1973 y 1993 la cantidad de empresas transnacionales de
este tipo aumentó de 7,000 a 37,000 y desde entonces se
han triplicado de nuevo. Esta economía global ejerce un
emorme poder, aparte de su puro ímpetu económico,
a través de organizaciones supraestatales como el NAFTA
o TLC, la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial y otras, que invalidan no sólo
el concepto mismo de economía nacional y sino el concepto
tradicional de soberanía del estado nacional. Es decir,
la globalización de la economía va pareja con la
globalización de la política.
La globalización es un fenómeno avasallador; abre
posibilidades nunca vistas y ofrece peligros muy temibles. Son
positivas las multiplicidades (las lógicas de lo diferente)
a las que se abre la gloabalización y son negativas las
uniformidades (las lógicas de lo único) que ésta
impone.
Con la globalización de la política pierden su
antigua validez nociones tales como la soberanía nacional
y la ciudadanía nacional. La soberanía real corresponde
a cuerpos transnacionales. Los ciudadanos pierden su tiempo si
invierten esfuerzos en delegar sus derechos a sus estados nacionales,
pues estos estados nacionales representan a sus ciudadanos cada
vez menos, al estar ellos mismos a merced de las estructuras
globales. Los estados nacionales obtienen una nueva función
en la globalización: sirven como estructuras que facilitan
los procesos más negativos de la globalización.
Los estados nacionales ayudan a implementar, a veces sin proponérselo,
las estrategias de control y poder desmedido de las corporaciones
transnacionales, al reprimir, dividir y disciplinar a sus poblaciones
y regular los movimientos migratorios. Hace poco un politólogo
conocido decía en la radio que en el mundo se debaten
dos fuerzas contrarias: la globalización y los nacionalismos.
Nada más equivocado y falso: el nacionalismo y la globalización
en sus aspectos negativos no son fuerzas contrarias sino mas
bien complementarias; para decirlo bien claro, el nacionalimo
contribuye a fortalecer la lógica monológica de
la globalización aunque según viejos esquemas esto
parezca contradictorio. Los poderes corporativos e imperiales
que representan a las élites dominantes necesitan controlar
y monopolizar los procesos de globalización y para ello
requieren dividir a las poblaciones subordinadas bajo su lógica
única y excluyente. Los separatismos nacionalistas ayudan
a mantener esas divisiones al segregar a los sectores populares.
La lógica del poder dominante es separar y regimentar
las razas, las clases, los géneros y las culturas para
mejor someterlos a su orden. El discurso nacionalista actual
aparenta oponerse al llamado neoliberalismo cuando en realidad
fomenta sus rasgos más negativos. Tómese el caso
del nacionalismo revolucionario cubano. La población es
sometida a un régimen represivo mientras se privatiza
el sistema telefónico cubano y se venden otros recursos
a empresas transnacionales y por otra parte se coloca la fuerza
laboral reprimida a la disposición de empresas transnacionales
hoteleras de las cuales el gobierno retiene el salario correspondiente
a los trabajadores para entregarles a éstos sólo
una parte ínfima del mismo. A los propios ciudadanos cubanos
no se les permite, por obvias razones raciales, entrar a los
resorts turísticos donde se solean turistas blancos europeos.
Ahora mismo la población de Cuba, a pesar de toda la retórica
nacionalista revolucionaria de sus dirigentes, está más
sometida a las fuerzas más negativas de la globalización
que países caribeños como Puerto Rico o Martinica,
que no son estados nacionales. Jóvenes intelectuales cubanos,
como Rafael Rojas han analizado el fracaso del nacionalismo duro,
monológico de los próceres cubanos y postulan,
como alternativa democrática, un patriotismo "suave"
ejemplificado por artistas, poetas y pensadores más libertarios
que aquellos que impusieron un nacionalismo estilo "patria
o muerte" en el que se perdió lo mejor de muchas
vidas y sólo se consiguió trepar a dictadores.
Dadas las caraterísticas de la globalización los
derechos humanos en el mundo actual cobran una urgencia y primacía
especial bajo el nuevo principio de la libre determinación
de los ciudadanos, el cual debe ahora prevalecer sobre el antiguo
principio de la autodeterminación y soberanía de
las naciones. El caso de Pinochet es un ejemplo perfecto. El
derecho a la justicia de los sobrevivientes de la víctimas
de Pinochet debe prevalecer sobre la soberanía de un estado
chileno que no protege esos derechos y defiende al criminal ex-dictador
contra la acción de los tribunales europeos. Otro caso
es el de Yugoslavia, donde el derecho a la vida de los ciudadanos
kosovares debe prevalecer sobre la soberanía de un estado
que está a cargo de una claque de gatilleros fascistas
que se enriquecen arrebatando las propiedades de las familias
kosovares a las cuales expulsan y asesinan.
Cultura e identidad en
la globalización
Las fuerzas de la multiplicidad de la globalización dinamizan
las culturas locales que proliferan a través de fronteras
y barreras de todo tipo gracias al acrecentamiento de las migraciones
y de los medios de comunicación. Este movimiento de mestizaje
y recombinación cultural traza nuevas zonas geograficas,
algunas más virtuales que territoriales. Gracias a la
globalización las subculturas juveniles y no tan juveniles
del reggae, el rock y la salsa, junto a sus estilos y sensibilidades
característicos trazan mapas que incluyen a Kingston,
San Juan, Hartford, París, Barcelona, Johanesburg en Africa
y Tokio. Lo mismo sucede con las subculturas ecologistas, de
sexualidades alternas y otras. Estas importantes experiencias
se transforman y sincretizan de manera abigarrada y creativa
en su interacción con las culturas locales.
Por otra parte las fuerzas de la uniformidad centralizan poderosos
medios de comunicación controlados por unas pocas transnacionales
de telecomunicaciones. El canal de televisión CNN, por
ejemplo, alega ser un canal global y gracias a su audiencia planetaria
lo es, pero permanece como un foco de uniformidad provinciana
que proyecta sobre todo el planeta la visión estrecha
de una élite anglosajona dominante. Lo mismo sucede con
el cine de Hollywood y otras industrias culturales de esa categoría.
Faltaría globalizar de verdad el producto monocultural
de la industria mundial de telecomunicaciones, introduciendo
en ésta la hibridez contagiosa de nuestros tiempos. Para
esto hay que desconstruir las prácticas separatistas y
monológicas de la cultura, en las cuales coinciden tanto
las élites transnacionales como los movimientos nacionalistas
de carácter retardatario que reaccionan mecánicamente
contra los cambios postmodernos. Como sugiere el excepcional
artista de performance Guillermo Gómez Peña, autor
de The New World Border, tan separatista y reaccionaria
es una industria de telecomunicaciones que insiste en imponer
un modelo monocultural sobre audiencias pretendidamente pasivas
a través del mundo como lo es un gobierno nacionalista
que reprime a los migrantes y las manifestaciones de diferencia
e hibridez cultural y lingüística en un territorio
determinado. De hecho, si seguimos la idea del artista chicano
Gómez Peña, podemos decir que la industria norteamericana
de telecomunicaciones practica una especie de separatismo y nacionalismo
global. La vida y la paz prosperan en el cultivo civilizado de
la hibridez y el mestizaje desde las grandes ciudades de Estados
Unidos y Europa hasta las zonas más remotas de la periferia.
Los mitos de la pureza racial, cultural y lingüística
sólo conducen a la exclusión, la guerra y el genocidio,
como podemos observar hoy en Yugoslavia.
La postmodernidad se abre a la multiplicación de las identidades,
el individuo se articula día a día en respuesta
a una diversidad de identidades que lo interpelan:
1) identidades de género y sexo (masculino o femenino
o distintas mezclas creativas de uno u otro).
(De hecho, como se puede observar en la moda juvenil, nos dirigimos
hacia una sociedad andrógina donde los hombres imitan
cada vez más a las mujeres y las mujeres imitan a los
hombres. No lo digo con intención crítica sino
en reconocimiento del porvenir.)
2) identidades étnicas y raciales
3) identidades generacionales y de roles familiares
4) identidades adscritas a estilos de vida y actividades
de ocio y creatividad
5) identidades relacionadas con preferencias profesionales
6) identidades espirituales o religiosas
7) identidades nacionales
Hasta hace pocas décadas
esas identidades se le imponían al individuo por medio
de una cultura tradicionalista y autoritaria. De ahora en adelante
el individuo debera ejercer cada vez mayor libertad para escoger
las identidades que le interesen y combinarlas o rechazar aquellas
que no le interesen. En esa pluralidad abierta y sin restricciones
se debe articular libremente la identidad nacional del individuo,
como una identidad más entre otras, si es que el tema
le interesa, sin imposiciones de la ideología o del estado.
Nadie debe arrogarse el derecho a excluir, regañar y amenazar
a otros por el mero hecho de que no les interese obedecer a lo
que un poder dicta que es la identidad correcta.
La lengua y la globalización
El inglés es la primera lengua que ha alcanzado una dimensión
global en la historia de la humanidad. Hay otras lenguas internacionales
como el español, el francés y el portugués,
que con la diáspora colonizadora se establecieron por
extensas regiones del mundo, pero el inglés es la primera
lengua de la historia que cobra un uso generalizado a escala
planetaria acompañando no sólo el movimiento colonizador
de siglos pasados sino gran parte de los procesos modernos de
expansión económica, tecnocientífica y cultural.
No sólo las telecomunicaciones y la industria cultural
(vídeo, cd, software, cine, libros) se inundan de productos
que de una manera u otra instalan el inglés en el imaginario
de culturas diversas, sino que las universidades y las actividades
económicas preparan año tras año profesionales,
artistas y técnicos del mundo entero que emplean el inglés
como lengua franca en sus actividades diarias y a su vez lo introducen
en sus ámbitos locales.
La lengua de Shakespeare ha dejado de ser una lengua nacional.
Por un tiempo el inglés fue lengua "nacional"
de Inglaterra, luego fue lengua oficial de facto de Irlanda,
Escocia y Estados Unidos, pero desde este siglo ha ido convirtiéndose
en lengua oficial, ya sea de facto o de jure, sola
o en forma compartida con otras, de unos 113 países de
Europa, Asia, Africa, América y el Océano Pacífico.
En muchos de estos lugares se desarrollan variantes dialectales
que difieren mucho del llamado Standard English. (Según
Tom McArthur, ya hay 8 idiomas distintos derivados del inglés,
a saber: scots, krio, tok pisin, kam tok, sranan, saramaccan,
creolés y patwa.) Ya el inglés no es el idioma
representativo de la élite blanca anglosajona, sino de
muchas razas y culturas mestizas. Cada grupo hablante reclama
el derecho de hacer suyo el inglés y a establecer normas
locales propias. Como dice el lingüista belga Diego Marani,
el inglés está implosionando, sometido a las multiplicidades
de la globalización. Lo interesante de todo esto es que
la proliferación del inglés, paradójicamente,
contribuye a la multiplicidad y la diferencia, pues desbanca
el concepto de una lengua uniforme y única a la cual deba
adscribirse una sola identidad nacional o racial. Esta implosión
del inglés en una diversidad de dialectos e idiomas distintos
y mestizos anuncia, 1) la imposibilidad de la monolengua
y 2) la apertura a los bilingïsmos o la bilengua:
1) La imposibilidad del inglés global unitario implica,
entre otras cosas, que el monolingüismo compulsorio, en
cualquier lengua, es un anacronismo en nuestra era postmoderna.
El movimiento English Only de Estados Unidos es una aberración
fascista. La opción democrática de la era global
es el bilingüismo o multilingüismo generalizado. De
igual forma, los hablantes de español en paises hispanoparlantes
como Puerto Rico, debemos evitar las trampas del monolingüismo,
ya que éste nos conduciría a una calle sin salida
al aliarse a las fuerzas conservadoras y uniformizantes enemigas
de la diversidad lingüística y del español.
Para afirmar la presencia del español en todo espacio
público y privado importante, en cualquier lugar en que
haya hablantes del español, hay que partir de principios
democráticos y bilingües.
2) No hay que temerle al bilingüismo. Afirma el filósofo
Jacques Derrida que toda lengua es en el fondo bilingüe,
es decir, una bilengua, pues contiene los gérmenes
de otras lenguas posibles. En el sentido concreto y empíricamente
verificable, ninguna lengua existe en el estado unitario que
proyectan las instituciones educativas, lo que existe son anárquicas
prácticas del habla en constante cambio y contacto con
otras lenguas. Gran parte de las lenguas modernas han surgido
y se han desarrollado en ambientes intensamente bilingües.
Los ambientes bilingües no atentan por sí mismos
contra la existencia de las lenguas implicadas. El enemigo de
la riqueza lingüística es el monolingüismo,
especialmente si se impone como política estatal. Por
ejemplo, de la misma forma en que el español o el inglés
surgieron cada uno en ambientes de intensa mezcla multilingüe
en el Londres o la Castilla de la Edad Media, es posible que
de las mezclas actuales como el spanglish o espanglés
surja alguna lengua que alcance en el próximo milenio
tanta aceptación como los anteriores.
Por otra parte toda lengua se transforma en otra lengua, despacio
pero seguro. Ninguna lengua es eterna o pura ni lo será
nunca. El contacto multilingüe, la hibridez y el mestizaje
son los generadores principales del cambio lingüístico
en nuestra era global. Según muchos lingüistas las
variedades del español más vivas y dinámicas
del español son los dialectos caribeños de Cuba,
República Dominicana y Puerto Rico, precisamente por su
apertura al mestizaje y a la creatividad popular. Todos hablamos
algún dialecto, nadie habla la inexistente lengua
en sí. Ademas ningún dialecto, ni siquiera
el dialecto "culto" es intrínsecamente superior
a otro. Hace siglos los que hablamos español en Puerto
Rico y otros países de América no tenemos por qué
seguir el modelo de España. Las llamadas "cunas"
de las lenguas colonizadoras ya son irrelevantes. Las formas
ingobernables del habla popular son más inventivas que
la estreñida jerga de muchos académicos hispanófilos.
La globalización vivida como multiplicidad, no como uniformidad,
nos brinda una apertura a la apropiación lingúística
libertaria, sin imposiciones del estado ni de las academias de
la lengua, las cuales no pasan de ser reliquias aristocráticas
del pasado feudal europeo. Los pueblos caribeños mestizos
nos alimentamos de la hibridez en todos sus sentidos, ella nunca
nos ha hecho daño. Si queremos la diferencia en la cual
estamos seguros de que proliferará el español mientras
querramos hablarlo, debemos asumir nuestro deseo de diferencia
como la fuerza democrática misma que neutralizará
todo intento de imposición lingüística. No
necesitamos internarnos en una reservación monolingüe
para afirmar el español. El español no requiere
reductos o ghettos monolingües para prosperar; más
bien precisa políticas democráticas de la lengua
en un mundo multilingüe en plena hibridización. Así
nuestra lengua continuará su curso libre de transformación
y nosotros nos transformaremos con ella de modo abierto y creativo
en esta sociedad global.
Opina sobre este artículo
Arriba