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Tribuna de Oradores
Iraq sin Saddam Hussein
por Said K. Aburish
/ publicado en La Vanguardia
No
es probable que Saddam Hussein, que celebró en abril su sexagésimo quinto aniversario, vaya a celebrar otro aniversario más. El Gobierno estadounidense ha dejado clara su intención de derrocarlo pase lo que pase. Se le acusa de poseer armas no convencionales que constituyen un peligro para Oriente Próximo y el resto del mundo.
Los recientes acontecimientos hacen que la situación actual sea diferente a la de la guerra del Golfo de 1991. La Administración de George W. Bush se muestra desdeñosa ante el rechazo árabe y de otros gobiernos a sus planes para derribar a Saddam Hussein. Además, el aparato de seguridad de Saddam, uno de los más férreamente organizados y eficaces del mundo, ha logrado neutralizar la oposición al régimen, una oposición patrocinada por Estados Unidos, sin objetivos, dividida y corrupta.
La guerra del Golfo fue la respuesta a la ocupación de Kuwait llevada a cabo por Saddam. La coalición de 34 países encabezada por Estados Unidos liberó ese país rico en petróleo en cuestión de días; y Saddam debe el hecho de continuar en el poder al fracaso de la coalición a la hora de ampliar su mandato para que incluyera su derrocamiento. Esta vez, el objetivo es el propio Saddam; pero deshacerse de él no va a ser fácil: dirige un ejército de 600.000 soldados y, paradójicamente, es posible que quien venga después sea aún peor que el principal criminal del planeta.
Iraq está compuesto étnicamente por árabes, kurdos y turcomanos; y religiosamente, por shiíes y suníes. Sin Saddam o sin un gobierno fuerte que lo mantenga unido podría dividirse en tres países. Los kurdos siempre han deseado tener un país propio en el norte de Iraq. Es posible que los shiíes, el 60 por ciento de la población, deseen hacer lo mismo en el sur. El centro podría quedar en manos de los suníes.
La segunda posibilidad acerca de lo que podría venir después de Saddam es una nueva dictadura dirigida por un oficial desconocido. Eso significaría el saddamismo sin Saddam, un régimen sanguinario que recurriría a la fuerza para mantener unido al país. La tercera perspectiva es una toma de todo Iraq por parte de los fundamentalistas islámicos shiíes. Ello conduciría a una guerra civil y supondría una mayor amenaza que la actual para los vecinos de Iraq. Los shiíes de Kuwait y Arabia Saudí podrían querer seguir ese ejemplo.
Las posibilidades de establecer una democracia en Iraq no son más que ilusiones. Los defensores de un régimen democrático son desconocidos para los iraquíes, y el país ni siquiera fue nunca democrático antes de Saddam. Además, un régimen democrático podría resultar contagioso y poner en peligro los gobiernos prooccidentales de Arabia Saudí y la región del Golfo.
Lo cierto es que los vecinos de Saddam se sienten seguros con él en el poder. "El Carnicero de Bagdad" representa una amenaza menor que un nuevo régimen lleno de energía o que un régimen fundamentalista musulmán. En el interior de Iraq, los habitantes están más preocupados por conseguir alimentos y medicinas que por un cambio de gobierno. No se les ha ofrecido incentivos para alzarse contra el tirano. Por el contrario, tienen muy presente la pasada experiencia de 1991, cuando respondieron a los llamamientos estadounidenses para rebelarse contra Saddam y luego fueron abandonados a su suerte por temor a lo que podría venir después.
La opción estadounidense de invadir Iraq y derrocar a Saddam debe entenderse como una medida desesperada. Confirma que el derrocamiento desde dentro del país o por medio de una oposición patrocinada por Estados Unidos no ha funcionado y no es probable que funcione. También demuestra que la Administración Bush se ha mostrado incapaz de dar con una alternativa inteligente a la costosa iniciativa de atacar e invadir Iraq.
Por fortuna o por desgracia, los gobiernos árabes no son lo bastante fuertes para apoyar el plan estadounidense. Saddam es popular; los árabes ven en él al único dirigente árabe que ha plantado cara a Occidente. Son totalmente contrarios a la invasión y podrían alzarse contra sus gobiernos en caso de que éstos respaldaran a Estados Unidos. No les preocupa la brutalidad del régimen de Saddam, porque no lo han vivido ni han sufrido su opresión.
Cuando llegue la hora de la verdad -y los observadores están convencidos de que llegará-, todo Oriente Próximo quedará desestabilizado. Se hará inevitable un enfrentamiento entre la población árabe y sus dirigentes. Los fundamentalistas islámicos encabezarán disturbios callejeros en Jordania, Egipto, Arabia Saudí y los demás regímenes prooccidentales. Será difícil contener el caos resultante.
No es fácil predecir el futuro que espera a Iraq y al resto de Oriente Próximo. Entre otras cosas, no hay forma de especular acerca de los planes de la Administración Bush tras el derrocamiento de Saddam. Y tampoco hay forma de predecir la reacción final del pueblo iraquí. Ni de prever el resultado de un enfrentamiento entre la población árabe y sus dirigentes.
He hablado recientemente con más de una docena de miembros de la oposición iraquí. Ninguno de ellos ha mostrado entusiasmo ante la posibilidad de una invasión estadounidense de Iraq. Como declaró uno de ellos, la iniciativa "podría desestabilizar Oriente Próximo más que el problema palestino". Se trata de una perspectiva que Estados Unidos y sus aliados británicos harían bien en tomar en consideración. Aunque ello no parece probable. Los acontecimientos del 11-S han dañado la capacidad estadounidense de ver con claridad.
La única certeza en la situación actual es que Saddam se comportará como es habitual en él. Esto significa que, si se ve acorralado, recurrirá al uso de armas químicas y biológicas. En otras palabras, es posible que las consecuencias de una invasión estadounidense sean precisamente aquellas que Estados Unidos quería evitar. Saddam obtendría así lo que siempre ha deseado, un lugar en la historia árabe. La reacción emocional de Estados Unidos a lo sucedido el 11-S es comprensible, pero superficial y peligrosa. La marcha de la locura se ha apoderado de nosotros y no hay luz al final del túnel.
Said K. Aburish, escritor. Biógrafo de Saddam Hussein. Su último libro es "Saddam Hussein: la política de la venganza" Traducción: Juan Gabriel López Guix
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