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poco más de dos décadas, España yacía en el mismo pozo de arena del que ahora tratan de salir tantos países de América Latina. Como el perro hundido de Goya, cuyo hocico asoma en las honduras de un vacío amarillo y ocre, España parecía condenada a un destino de fracaso. Cuanto más se esforzaba en alcanzar la modernidad, tanto más se hundía en el pasado.
Ahora, en todos los rincones de la península la efervescencia de la riqueza despierta y, aunque las amenazas a su crecimiento no son despreciables (el terrorismo vasco insiste en seguir dando palos de ciego), la pasión de sus políticos por abrirse un lugar en la historia y la de sus empresarios por mantenerse a la altura de sus vecinos y socios de la Unión Europea han convertido a España en uno de los países de crecimiento más visible. En todos lados se construye, se abren nuevos centros industriales, se invierte y se discute con pasión el futuro.
Como era inevitable, esa alza formidable en la calidad de vida es un imán para las masas empobrecidas del norte de Africa y de América Latina. En el lapso de una semana, he podido observar de cerca los dos extremos de la historia y aprender, de paso, cómo se piensan los españoles a sí mismos y cómo ven el escenario de un mundo que cambia a velocidad de vértigo.
El paisaje de las grandes ciudades se ha modificado visiblemente en los últimos meses. Tanto en las veredas de la Gran Vía de Madrid como en las ramblas de Barcelona aparecen como por ensalmo vendedores de toda clase de baratijas que, no bien oyen el alerta de que la policía se acerca, levantan sus campamentos y desaparecen tan rápido como llegaron. En otros tiempos, los buhoneros eran árabes. Ahora son, en una vasta mayoría, ecuatorianos y argentinos. Muchos de ellos son técnicos y obreros calificados, sin trabajo en sus países (donde alguna vez conocieron un buen nivel de vida) e ilegales en cualquier parte. La economía neoliberal los ha transformado en parias sin destino.
Del rey abajo
Aunque un cálculo informal de la Oficina de Migraciones en Barajas supone que más de 100.000 argentinos desembarcaron para quedarse en España en los últimos diez meses, quizá la cifra sea mayor. Diego Arcos, coordinador del Casal Argentino de Cataluña, calcula que sólo en Barcelona son más de 30.000 y que tres de cada cuatro llegaron después de la crisis del 20 de diciembre último. Muchos de esos emigrados recientes duermen en la calle y la mayoría tropieza con un escollo que no esperaba: para conseguir cualquier trabajo es casi imprescindible conocer los principios elementales de la lengua catalana.
Una de las historias más desoladoras del éxodo es la que vivió Angela Duhart, cuyo marido llegó a Barcelona en junio con pasaporte alemán, dejándola en su casa de Banfield con cuatro hijos pequeños y un embarazo de tres meses. Angela había logrado salvar 3000 dólares del descalabro financiero y pudo cobrar deudas atrasadas por 500 más cuando se dispuso a viajar, a fines de octubre. Tres días antes del viaje alguien que quizá tenía noticia de esos ahorros le desvalijó la casa. Le quitaron todo lo que tenía de valor, salvo los pasajes para volar a España. Con entereza, Angela mendigó entre los vecinos y logró recaudar 700 pesos, poco menos de 200 dólares. Aun así, emprendió el viaje, invencible. En Barajas, se quebró. Cuando los oficiales de Migraciones empezaron con su rosario de preguntas, sufrió un desmayo. El temor de un parto prematuro les franqueó la entrada a ella y a toda la familia.
Al llegar a Barcelona, Angela supo que la empresa de construcción donde trabaja su marido lo había enviado por tres meses a Lille, en Francia. Desvalida, sin dinero para alimentar a los hijos y sin saber otra palabra en catalán que "gracias" (porque suena igual que en castellano), Angela encontró refugio en una iglesia de Sarriá, donde la familia se alimenta de las sopas de caridad que sirven a los feligreses menesterosos y duerme con su familia en la sacristía, a cambio de limpiar las capillas y renovar las flores. El parto puede sobrevenir de un momento a otro. En los pocos ratos que le quedan libres, averigua quién o quiénes, entre la muchedumbre de argentinos aventados por la desdicha, querrá hacerse cargo de los niños mientras ella esté en la maternidad de insolventes. Durante algunos días tuvo la esperanza de que los patrones de Lille concedieran una licencia al marido. Casi de inmediato llegó la decepción: si él deja la obra en construcción, perderá el trabajo. Y en España, a pesar de la prosperidad, las cifras de desocupación son demasiado altas para el promedio europeo. Los recién llegados, aun los legales, pagan el precio de esa crisis.
Desde el rey hasta los alcaldes de los municipios menores, no hay español con responsabilidades de gobierno que no sea consciente de ese infortunio global y haga lo que puede para remediarlo. Entre los empresarios se advierten más resistencias, y no falta quien habla de "las incomodidades" que crean los menesterosos, pero hay que tener el corazón de piedra para no sentir compasión ante los desastres que han ido dejando la aplicación servil y a ciegas de las recetas del Fondo Monetario Internacional y la estela de corrupción que fermentó al amparo de esas políticas.
Vientos esquivos
Pude oír algunas reflexiones sobre el tema en el Parador Nacional de Turismo de la milenaria ciudad de Toledo, donde se reunió a principios de mes un conjunto de entre cuarenta y cincuenta empresarios, políticos e intelectuales en el tercer encuentro del Foro Iberoamérica, que se abrió en México hace dos años y continuó en Buenos Aires en noviembre de 2001. Algunos de ellos representaban las mayores fortunas de este continente y de España; otros eran ex presidentes y primeros ministros, como un portugués de inteligencia asombrosa, Antonio Manuel de Oliveira Guterres, que fue jefe de Estado hasta diciembre último.
Muchas de las ideas que se formularon hubieran sido vetadas como transgresoras hace cinco o seis años. Por ejemplo, las constantes críticas a los acuerdos de Washington, que impusieron programas de ajuste y austeridad en vez de programas de desarrollo. O la certeza de que uno de los factores más imprevisibles de la política después de las agresiones del 11 de septiembre no está sólo en el terrorismo sino en las respuestas al terrorismo, basadas, según dijo Guterres, en un fanatismo casi religioso.
Algunos países hispanoamericanos han logrado mantenerse al margen de la crisis que afecta el continente entero y crecer. Son los casos de México y, sobre todo, de Chile. Pero el ex presidente español Felipe González advirtió que en el nuevo escenario mundial, cuando la única potencia hegemónica, Estados Unidos, ha modificado radicalmente sus prioridades, América Latina ha perdido relevancia, porque no es vista como una amenaza ni como un aliado significativo.
Aunque el Foro trató de encontrar vías de optimismo y las encontró, sobre todo en el territorio de la creación y de la cultura, donde Iberoamérica puede competir de igual a igual con cualquier otra región de desarrollo sofisticado, en el continente no hay una tradición de acuerdos entre las fuerzas políticas democráticas sino, por lo contrario, una cierta fuerza centrífuga que acentúa los feudalismos regionales.
Ciertos puntos encontraron en el Foro un inmediato consenso: el respeto a las minorías (raciales, religiosas, sexuales, políticas), el rechazo a la intolerancia xenófoba y la conversión de Iberoamérica en una zona de paz y de certidumbres, en la que haya seguridad para los inversores y para los destinos turísticos. "El Fondo Monetario Internacional también ha perdido credibilidad -dijo uno de los mayores empresarios del continente- y la noticia de que el Fondo Monetario concederá créditos a tal o cual país ya no garantiza nuevas inversiones, como en el pasado."
Estos son "tiempos de tormenta con vientos esquivos", como los definió el canciller brasileño, Celso Lafer, citando un verso de Camoens. Algunos países pueden navegar con inteligencia y llegar a puertos plácidos. Otros entregan sus habitantes a la fiereza de la tempestad y los condenan a un pozo de arena donde, como el perro de Goya, el futuro se hunde más cuanto más se lucha para salir adelante.
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