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Tribuna de Oradores
El mundo de las mujeres
por Remei Margarit
/ publicado en La Vanguardia
Quizás
porque nos hemos ocupado durante milenios de las menudencias de la vida cotidiana y la no tan menudencia del cuidado de los hijos, el mundo de las mujeres tiene una cualidad especial en lo que atañe al contacto con la realidad. El instinto jerárquico, inmanente en muchos hombres, nos es ajeno a las mujeres; cierto que existen casos especiales que copian esa distancia de clase, pero yo diría que no es el mundo común de las mujeres. La inmensa mayoría estamos por la labor en toda la extensión de la palabra. Y al hablar de labor no me refiero a las labores de la casa, sino a la labor de mantenimiento de nuestro entorno lo mejor posible. Y ello vale para el trabajo, las amistades, la familia y todo lo que nos rodea.
Es como una cadena consecuente que pasaría por la relación con nuestros propios sentidos, es decir, el amor a la sensualidad, a lo que los sentidos perciben y a cómo lo perciben, a hacer caso de ellos como los receptores privilegiados del mundo exterior que son, a escuchar ese sexto sentido que se despierta en nuestro interior y al que muchos nombran intuición. Hacemos menos caso de lo que sabemos que de lo que sentimos, y así puede ocurrirnos que por ejemplo entremos en un lugar y lo percibamos como hostil sin tener ni una sola razón para saber si es cierto o no; o al revés, que otro lugar nos acepte como una invitación afectuosa y nos sintamos como si formara parte de toda nuestra vida. Esa manera de ir por el mundo es muy diferente a la de la organización masculina. Parecería que lo masculino tiende a pasar por alto los detalles y que se acomoda -por lo menos exteriormente- a lo que encuentra aunque no se sienta bien con ello. Al hombre le cuesta bastante darse cuenta de lo que siente, para eso tiene que impactarle mucho en bien o en mal. Puede que eso tenga que ver con el estrés que el hombre acumula en su vida casi sin darse cuenta hasta que enferma.
En el mundo en que nos movemos las mujeres también existe el estrés, pero nos damos cuenta mucho antes. No lo damos por inamovible, sino que intentamos cambiar, en la medida de lo posible, lo que son factores estresantes. Puede que eso sea una cualidad necesaria para lograr que la vida siga fluyendo en todas direcciones. Las mujeres estamos muy conectadas con el tiempo, nos damos cuenta, -y de hecho lo decimos con frecuencia- de su paso veloz, y por ello celebramos todo lo celebrable, cumpleaños, onomásticas, aniversarios: cualquier cosa nos sirve para intentar detener el tiempo en su discurrir, como si una fiesta fuera un oasis de quietud en el que el tiempo se demora un poco. Sabemos que son cuatro días y que tres llueve, de manera que disponemos de nuestro tiempo como en una celebración perenne. Al hombre le cuesta entenderlo, porque él tiene tendencia a huir hacia delante como si con ello pudiera avanzarse al devenir del tiempo. El hombre
corre; nosotras preferimos dilatarlo cualitativamente en forma de celebraciones afectuosas.
Días atrás, yo iba por la calle y delante de mí caminaban un niño y una niña cogidos de la mano; tendrían unos tres años. La madre caminaba a su lado un poco separada llevando dos mochilas pequeñas idénticas, por lo que deduje que eran mellizos. La niña caminaba pisando fuerte y contenta, como si el mundo le debiera todo. El niño, en cambio, transmitía una clase de desamparo difícil de explicar; cogido de la mano de su hermanita, parecía como si aquella mano fuera lo único real con lo que podía contar. No lo sé, pero eran demasiado pequeños como para ya haberlo aprendido.
Remei Margarit, psicóloga y escritora
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