La escritora india, Arundhati Roy, es
autora de la novela El dios de las pequeñas cosas (ganadora
del premio Booker, traducida a más de 40 idiomas) y activista en
la lucha contra las pruebas nucleares realizadas por el gobierno de su
país, contra las presas y a favor del medio ambiente (publicó
The cost of living, un libro con dos ensayos sobre estos temas).
La “narradora de historias” sobre “la
relación entre el poder y los que no tienen el poder, y el eterno
conflicto circular en el cual están involucrados”, fue invitada
por la Fundación Lannan para dialogar con el historiador estadunidense
Howard Zinn en Santa Fe, Nuevo México, el pasado
18 de septiembre. Presentamos lo que dijo en esa ocasión.
Los escritores imaginan que eligen historias
del mundo. Estoy comenzando a creer que la vanidad los hace pensar esto.
Que sucede precisamente lo contrario. Las historias eligen a los escritores
del mundo. Las historias se revelan ante nosotros. La narrativa pública,
la narrativa privada: nos colonizan. Nos comisionan. Insisten en ser contadas.
La ficción y la no–ficción son tan sólo diferentes
técnicas para contar historias. Debido a razones que no comprendo
totalmente, la ficción sale de mi bailando. La no–ficción
sale a fuerza, a causa del mundo roto, adolorido, al cual despierto cada
mañana.
El tema de gran parte de lo que escribo,
tanto ficción como no–ficción, es la relación entre
el poder y los que no tienen poder y el eterno conflicto circular en el
cual están involucrados. John Berger, ese maravilloso escritor,
una vez escribió: “Nunca más será contada una historia
como si fuese la única”. Nunca podrá haber una sola historia.
Sólo hay maneras de ver. Así que cuando cuento una historia,
no la cuento como una ideóloga que quiera enfrentar una ideología
absolutista contra otra, sino como una narradora de historias que quiere
compartir su manera de ver. Aunque parezca ser de otra manera, mi escritura
no trata sobre naciones e historia, trata sobre el poder. Sobre la paranoia
y la crueldad del poder. Sobre la física del poder. Yo creo que
la acumulación de un poder inmenso, sin límites, por parte
de un Estado o un país, una empresa o una institución –o
hasta un individuo, un cónyuge, un amigo o un hermano– sin importar
la ideología, lleva a excesos como los que aquí recuento.
Viviendo como yo lo hago, como millones
de nosotros lo hacemos, a la sombra del holocausto nuclear constantemente
prometido por los gobiernos de la India y Pakistán a su ciudadanía
“lavada del cerebro”; viviendo en el barrio global de la Guerra contra
el Terror (lo que el presidente Bush, un tanto bíblicamente, llama
“La Tarea Que Nunca Termina”), me descubro a mí misma pensando mucho
en la relación entre los Ciudadanos y el Estado.
En la India, aquellos de nosotros que hemos
expresado puntos de vista sobre las Bombas Nucleares, las Grandes Presas,
la Globalización Empresarial y la creciente amenaza del fascismo
comunal indio –puntos de vista que difieren con el del gobierno de la India–
somos etiquetados como “anti–nacionales”. Si bien esta acusación
no me llena de indignación, no es una descripción precisa
de lo que hago o de cómo pienso. Un “anti–nacional” es una persona
que está en contra de su nación y, por deducción,
está a favor de alguna otra. Pero no se necesita ser “anti–nacional”
para sospechar profundamente de todo nacionalismo, para ser anti–nacionalismo.
El nacionalismo, de uno u otro estilo, fue la causa de la mayor
parte del genocidio del siglo veintiuno. Las banderas son pedazos de tela
de colores que los gobiernos usan, primero para encoger–envolver las mentes
de las personas y después como manto ceremonial para enterrar a
los muertos. Cuando personas independientes, pensantes (y aquí no
incluyo a los grandes medios de comunicación) comienzan a reunirse
bajo banderas, cuando escritores, pintores, músicos, cineastas dejan
de tener juicio propio y ciegamente ponen su arte al servicio de la “Nación”,
es hora de que todos nosotros nos pongamos en alerta y nos preocupemos.
En la India vimos que esto sucedió poco después de las pruebas
nucleares de 1998 y durante la Guerra Kargil contra Pakistán en
1999. En Estados Unidos lo vimos durante la Guerra del Golfo y lo vemos
ahora, durante la “Guerra contra el Terror”. Esa ventisca de banderas estadunidenses
Hechas-en-China.
Recientemente, aquellos que han criticado
las acciones del gobierno estadunidense (incluyéndome a mí)
han sido nombrados “anti–estadunidenses”. El Anti–estadunidensismo está
en el proceso de ser consagrado como una ideología.
Ser anti–estadunidense
Normalmente, el término “anti–estadunidense” es usado por el establishment
estadunidense para desacreditar y, sin falsedad –pero, digamos que sin
precisión– definir a sus críticos. Una vez que alguien es
etiquetado como anti–estadunidense, lo más probable es que sea juzgado
antes de ser escuchado y el argumento se perderá en la confusión
del mellado orgullo nacional.
¿Qué significa el término
“anti–estadunidense”? ¿Significa que estás en contra del
jazz? ¿O que te opones a la libertad de expresión? ¿Que
no te deleitas con Toni Morrison o John Updike? ¿Que tienes algo
en contra del gigante Sequoias? ¿Significa que no admiras a los
cientos de miles de ciudadanos estadunidenses que marcharon contra las
armas nucleares, o a los miles que se opusieron a la guerra y que orillaron
a su gobierno a retirarse de Vietnam? ¿Significa que odias a todos
los estadunidenses?
Esta astuta fusión de la cultura,
la música, la literatura estadunidense, la deslumbrante belleza
física del territorio, los placeres comunes y corrientes de la gente
común y corriente que critica la política exterior del gobierno
estadunidense (de la cual, gracias a la “prensa libre” de Estados Unidos,
tristemente la mayoría de los estadunidenses conocen poco) es una
deliberada y extremadamente efectiva estrategia. Es como un ejército
en retirada que busca resguardo en una ciudad densamente poblada, esperando
que la posibilidad de darle a blancos civiles disuada el fuego enemigo.
Hay muchos estadunidenses que estarían
mortificados de que se les asocie con las políticas de su gobierno.
Las críticas más eruditas, severas, incisivas e hilarantes
sobre la hipocresía y las contradicciones de la política
gubernamental estadunidense provienen de los ciudadanos estadunidenses.
Cuando el resto del mundo quiere saber qué trae entre manos el gobierno
estadunidense, buscamos a Noam Chomsky, Edward Said, Howard Zinn, Ed Herman,
Amy Goodman, Michael Albert, Chalmers Johnson, William Blum y Anthony Arnove
para que nos digan lo que realmente está pasando.
De la misma manera, en la India, no cientos, sino millones de nosotros estaríamos
avergonzados y ofendidos si de alguna manera se nos asociara con las políticas
fascistas del actual gobierno indio que, aparte de ejercer el terrorismo
de Estado en el valle de Cachemira (en nombre de la lucha contra el terrorismo),
también se ha hecho de la vista gorda respecto al reciente pogrom,
supervisado por el Estado, contra los musulmanes en Gujarat. Sería
absurdo pensar que aquellos que critican al gobierno de la India son “anti–indios”
–aunque el gobierno nunca duda en seguir esa línea–. Es peligroso
cederle al gobierno indio o al gobierno estadunidense o, en ese caso, a
cualquiera, el derecho a definir qué es, o debe ser, “India” o “Estados Unidos”.
Llamar a alguien “anti–estadunidense”,
de hecho, ser anti–estadunidense (o en ese caso, anti–indio, o anti–timbuktú),
no sólo es racista, es una falla de la imaginación. Una inhabilidad
de ver el mundo en términos distintos a los que el establishment
ha expuesto: Si no eres un Bushie, eres talibán. Si no nos amas,
nos odias. Si no eres Bueno, eres Malvado. Si no estás con nosotros,
estás con los terroristas.
El año pasado, cometí el
error, como lo hicieron muchos otros, de burlarme de esta retórica
pos-11 de Septiembre, desdeñándola como tonta y arrogante.
Me he dado cuenta de que de ninguna manera es tonta. De hecho, es un astuto
plan de reclutamiento para una guerra peligrosa y mal comprendida. Todos
los días me sorprendo de la cantidad de gente que cree que oponerse
a la guerra en Afganistán equivale a apoyar al terrorismo, o votar
a favor del Talibán. Ahora que la meta inicial de la guerra –capturar
a Osama Bin Laden (muerto o vivo)– parece haberse topado con mal clima,
los postes de la portería se han movido. Nos han explicado que todo
el sentido de la guerra era derribar al régimen Talibán y
liberar a las mujeres afganas de sus burkas. Nos están pidiendo
que creamos que los marines estadunidenses estaban en una misión
feminista. (Si es así, ¿su próxima parada será
el aliado militar de Estados Unidos, Arabia Saudita?) Piénsenlo
de esta manera: En la India hay algunas prácticas sociales bastante
censurables, en contra de los “intocables”, en contra de los cristianos
y los musulmanes, en contra de las mujeres. Pakistán y Bangladesh
tienen peores formas de lidiar con comunidades minoritarias y con las mujeres.
¿Deben ser bombardeados? ¿Deben ser destruidos Delhi, Islamabad
y Dhaka? ¿Es posible sacar el fanatismo a bombazos de la India?
¿Podemos bombardearnos el camino a un paraíso feminista?
¿Fue así como las mujeres ganaron el voto en Estados Unidos?
¿O como fue abolida la esclavitud? ¿Podemos reparar el genocidio
de millones de estadunidenses nativos, sobre cuyos cuerpos se fundó
Estados Unidos, bombardeando Santa Fe?
La pérdida
Ninguno de nosotros necesita aniversarios
que nos recuerden lo que no podemos olvidar. Así que no es más
que una co–incidencia que yo esté aquí, en suelo estadunidense,
en septiembre –este mes de terribles aniversarios–. Claro, en primer lugar,
en la mente de todo mundo, especialmente aquí en Estados Unidos,
está el horror de lo que ya se conoce como el Nueve Once. Casi 3
mil civiles perdieron su vida en aquel letal ataque terrorista. El dolor
aún es profundo. La ira aún aguda. Las lágrimas no
se han secado. Y una extraña, mortífera guerra se ha desatado
alrededor del mundo. Sin embargo, cada persona que ha perdido a un ser
amado seguramente sabe, secretamente, en lo más hondo, que ninguna
guerra, ningún acto de venganza, ninguna bomba daisy-cutter [corta-margaritas]
lanzada sobre los seres amados de alguien más o de los niños
de alguien más, limará el filo de su dolor o les traerá
a sus seres amados de regreso. La guerra no puede vengarse por aquellos
que murieron. La guerra es sólo una brutal profanación de
su memoria.
Alimentar todavía otra guerra –esta
vez contra Irak– a través de manipular cínicamente el dolor
de las personas, a través de empaquetarlo en especiales televisivos
patrocinados por empresas que venden detergente o tenis, es abaratar y
devaluar el dolor, vaciarlo de su sentido. Lo que ahora vemos es una vulgar
manifestación del negocio del dolor, el comercio del dolor,
el saqueo de hasta los más privados sentimientos humanos para un
propósito político. Es una cosa violenta, terrible, de un
Estado hacia su pueblo.
No es un tema muy inteligente del cual
hablar desde una plataforma pública, pero de lo que realmente me
gustaría hablar con ustedes es de la Pérdida. La Pérdida
y perder. El dolor, el fracaso, lo roto, lo entumecido, la incertidumbre,
el miedo, la muerte del sentimiento, la muerte del sueño. La absoluta,
despiadada, interminable, habitual injusticia del mundo. ¿Qué
significa la pérdida para los individuos? ¿Qué significa
para culturas completas, pueblos completos que han aprendido a vivir con
ella como una constante compañera?
Ya que estamos hablando del 11 de septiembre,
quizá venga al caso que recordemos lo que significa esa fecha, no
sólo para aquellos que el año pasado perdieron a seres amados
en Estados Unidos, sino también para todos aquellos a quienes, desde
hace mucho, esta fecha ha tenido un significado. Este “dragado” histórico
no se ofrece como una acusación o como una provocación. Sino
tan sólo para compartir el dolor de la historia. Para desvanecer
un poco la niebla. Para decirles a los ciudadanos de Estados Unidos, de
la manera más suave, más humana: Bienvenidos al mundo.
Los septiembres
Hace 29 años, en Chile, el 11 de septiembre de 1973, el general Pinochet
derrocó al gobierno elegido democráticamente de Salvador
Allende a través de un golpe de Estado apoyado por la CIA. “No se
debe dejar que Chile se vuelva marxista sólo porque su pueblo es
irresponsable”, dijo Henry Kissinger, Premio Nobel de la Paz, entonces
consejero en seguridad nacional del presidente Nixon.
Después del golpe, el presidente
Allende fue encontrado muerto dentro del palacio presidencial. Si lo mataron
o si él se mató a sí mismo, nunca lo sabremos. En
el régimen de terror que siguió, miles de personas fueron
asesinadas. Muchas más simplemente fueron “desaparecidas”. Escuadrones
de fuego condujeron ejecuciones públicas. En todo el país
se abrieron campos de concentración y cámaras de tortura.
Se enterraron a los muertos en pozos mineros y tumbas sin nombres. Durante
17 años, el pueblo de Chile vivió atemorizado de que tocaran
a la puerta de su casa a medianoche, de las “desapariciones” rutinarias,
de las aprehensiones repentinas y la tortura. Los chilenos cuentan la historia
de cómo le cortaron las manos al músico Víctor Jara
frente a una multitud en el Estadio de Santiago. Antes de dispararle, los
soldados de Pinochet le aventaron la guitarra y, en son de burla, le ordenaron
que la tocara.
En 1999, tras el arresto del general Pinochet
en Gran Bretaña, miles de documentos secretos fueron declasificados
por el gobierno estadunidense. Contienen evidencia inequívoca del
involucramiento de la CIA en el golpe de Estado, así como del hecho
de que el gobierno estadunidense tenía información detallada
sobre la situación en Chile durante el reino del general Pinochet.
Aún así, Kissinger le aseguró al general que contaba
con su apoyo: “En Estados Unidos, como usted sabe, simpatizamos con lo
que está tratando de hacer”, dijo; “le deseamos lo mejor a su gobierno”.
Aquellos de nosotros que sólo hemos
conocido la vida en una democracia, por más defectuosa que sea,
difícilmente podríamos imaginar lo que realmente significa
vivir en una dictadura y soportar la pérdida absoluta de la libertad.
No sólo se trata de aquellos a los cuales Pinochet asesinó,
también se debe tomar en cuenta las vidas que les robó a
los que estaban vivos.
Tristemente, Chile no fue el único
país en Sudamérica en ser seleccionado para recibir las atenciones
del gobierno estadunidense. Guatemala, Costa Rica, Ecuador, Brasil, Perú,
República Dominicana, Bolivia, Nicaragua, Honduras, Panamá,
El Salvador, México y Colombia: todos han sido el patio de recreo
para las operaciones cubiertas –y descubiertas– de la CIA. Cientos de miles
de latinoamericanos han sido asesinados, torturados o simplemente han desaparecido
bajo los regímenes despóticos y los dictadores de pacotilla,
los narcotraficantes y los comerciantes de armas que fueron apoyados en
sus países. (Muchos aprendieron su oficio en la tristemente célebre
Escuela de las Américas en Fort Benning, Georgia, fundada por el
gobierno, que ha producido 60 mil graduados.) Si esto no era suficiente
humillación, los pueblos de Sudamérica han tenido que cargar
con la cruz de ser etiquetados como pueblos incapaces de ejercer una democracia
–como si los golpes y las masacres fuesen parte de sus genes–.
Las “fallas geológicas”
Esta lista, claro, no incluye a los países
en Africa o Asia que sufrieron intervenciones militares –Vietnam, Corea,
Indonesia, Laos y Cambodia–. ¿Durante cuántos septiembres,
por décadas, han sido bombardeados, quemados, asesinados millones
de asiáticos? ¿Cuántos septiembres han transcurrido
desde agosto de 1945, cuando cientos de miles de japoneses comunes y corrientes
fueron borrados por los ataques nucleares a Hiroshima y Nagasaki? ¿Durante
cuántos septiembres han, los miles que tuvieron la mala fortuna
de sobrevivir a estos ataques, aguantado el infierno viviente que los visitó
a ellos, a sus niños por nacer, a los niños de sus niños,
a la tierra, al cielo, al viento, al agua, y a todas las criaturas que
nadan y caminan y se arrastran y vuelan? No lejos de aquí, en Albuquerque,
está el Museo Nacional Atómico donde el Hombre Gordo y el
Niño Pequeño (los apodos de cariño para las bombas
que dejaron caer sobre Hiroshima y Nagasaki) se podían conseguir
como aretes de recuerdo. Jóvenes funky se los ponían.
Una masacre colgando de cada oreja. Pero me estoy desviando del tema. Estamos
hablando de septiembre, no de agosto.
El 11 de septiembre también tiene
una resonancia trágica en Medio Oriente. El 11 de septiembre de
1922, ignorando la indignación árabe, el gobierno británico
proclamó un mandato en Palestina, como seguimiento de la Declaración
Balfour de 1917, promulgada por la Gran Bretaña Imperial, con su
ejército listo, afuera de las rejas de la ciudad de Gaza. La Declaración
Balfour le prometía a los sionistas europeos un hogar nacional para
el pueblo judío. (En aquel momento, el Imperio sobre el cual el
Sol Nunca Se Ponía era libre de arrebatar y legar los hogares nacionales
de la misma manera en que el niño mandón de la escuela distribuye
las canicas.) Dos años después de la declaración,
Lord Balfour, el secretario del Exterior británico, dijo: “En Palestina
no nos proponemos consultar los deseos de los habitantes actuales del país.
El sionismo, tenga o no razón, sea bueno o malo, está enraizado
en antiguas tradiciones, en necesidades actuales, en esperanzas futuras
de más profunda importancia que los deseos o prejuicios de 700 mil
árabes que ahora habitan esta antigua tierra”.
Qué descuidadamente decretó
el poder imperial las necesidades de quién eran profundas y las
de quién no las eran. Qué descuidadamente hizo una vivisección
de las civilizaciones antiguas. Palestina y Cachemira son los regalos,
que escurren sangre y supuran, de la Gran Bretaña Imperial al mundo
moderno. Ambos son las “fallas geológicas” de los imperantes conflictos
internacionales de hoy.
En 1937 Winston Churchill dijo de los palestinos:
“No estoy de acuerdo en que un perro en un pesebre tiene el derecho supremo
al pesebre, aunque haya estado ahí echado durante mucho tiempo.
No admito ese derecho. No admito, por ejemplo, que se le ha hecho un gran
mal a los indios rojos o a los negros en Australia. No admito que se haya
hecho algún mal a estas personas por el hecho de que una raza más
fuerte, una raza de más alto rango, una raza de más mundo,
por ponerlo de alguna manera, ha entrado y ha tomado su lugar”. Eso marcó
la pauta de la actitud del Estado israelí hacia los palestinos.
En 1969, la primer ministro israelí Golda Meir dijo: “Los palestinos
no existen”. Su sucesora, Levi Eshkol, dijo: “¿Qué son los
palestinos? Cuando yo llegué [a Palestina] había 250 mil
no judíos, principalmente árabes y beduinos. Era un desierto,
más que subdesarrollado. Nada”. El primer ministro Menachem Begin
llamó a los palestinos “bestias bípedas” El primer ministro
Yitzhak Shamir los llamó “grillos” que podían ser aplastados.
Este es el lenguaje de los Jefes de Estado, no de la gente común
y corriente.
En 1947 la ONU oficialmente partió
Palestina y asignó 55% de la tierra palestina a los sionistas. En
el lapso de un año habían capturado 78%. El 14 de mayo de
1948 se declaró el Estado de Israel. Minutos después de la
declaración, Estados Unidos reconoció a Israel. El Lado Oeste
fue anexado a Jordania. La franja de Gaza quedó bajo control militar
egipcio. Oficialmente, Palestina dejaba de existir, excepto dentro de las
mentes y corazones de cientos de miles de palestinos que se convirtieron
en refugiados.
En el verano de 1967, Israel ocupó
el Lado Oeste y la Franja de Gaza. A los asentados se les ofreció
subsidios estatales y apoyo de desarrollo, para que se trasladaran a los
territorios ocupados. Casi diario, más familias palestinas son orilladas
a dejar sus tierras y forzadas a los campos de refugiados. Los palestinos
que aún viven en Israel no tienen los mismos derechos que los israelíes
y viven como ciudadanos de segunda clase, en la que fue su tierra patria.
A lo largo de décadas ha habido
sublevaciones, guerras, intifadas. Se han perdido decenas de miles de vidas.
Se han firmado acuerdos y tratados. Se han declarado y violado ceses de
fuego. Pero el derrame de sangre no termina. Palestina aún permanece
ilegalmente ocupada. Su gente vive en condiciones infrahumanas, en virtuales
Bantustans, donde son sometidos a castigos colectivos, toques de queda
de 24 horas, donde son humillados y brutalizados a diario. No saben cuándo
va a ser demolida su casa, cuándo van a disparar contra sus niños,
cuándo cortarán sus preciosos árboles, cuándo
cerrarán sus calles, cuándo les permitirán caminar
al mercado a comprar comida y medicina. Y cuándo no. Viven sin el
menor rastro de dignidad. Con poca esperanza a la vista. No tienen control
sobre sus tierras, su seguridad, su movimiento, su comunicación,
su abastecimiento de agua. Así que cuando se firman acuerdos y se
difunden palabras como “autonomía” e incluso “Estado”, siempre vale
la pena preguntar: ¿Qué tipo de autonomía? ¿Qué
tipo de Estado? ¿Qué tipo de derechos tendrán sus
ciudadanos?
Los jóvenes palestinos que no pueden
contener su enojo se transforman a sí mismos en bombas humanas y
atormentan las calles y lugares públicos de Israel, explotándose,
matando a gente común y corriente, inyectándole terror a
la vida cotidiana, y eventualmente endureciendo el odio mutuo y la sospecha
entre ambas sociedades. Cada bombardeo invita a despiadadas revanchas y
a más sufrimiento para los palestinos. Pero una bomba suicida es
un acto de desesperación individual, no una táctica revolucionaria.
A pesar de que los ataques palestinos atemorizan a los civiles israelíes,
proveen de la cubierta perfecta para las incursiones diarias del gobierno
israelí a territorio palestino, la excusa perfecta para un colonialismo
del siglo diecinueve, fuera de moda, arreglada para parecer como una “guerra”
a la moda, del siglo veintiuno.
El sufrimiento, ¿mecha de la crueldad?
El aliado político y militar más fiel de Israel es, y siempre
ha sido, el gobierno estadunidense. El gobierno estadunidense ha bloqueado,
junto con Israel, casi todas las resoluciones de la ONU que buscaban una
solución pacífica, equitativa, al conflicto. Ha apoyado casi
todas las guerras que Israel ha luchado. Cuando Israel ataca a los palestinos,
misiles estadunidenses son los que perforan sus hogares. Y cada año
Israel recibe varios miles de millones de dólares de Estados Unidos.
¿Qué lecciones debemos extraer
de este trágico conflicto? ¿Es realmente imposible que el
pueblo judío que sufrió tan cruelmente –más cruelmente,
quizá, que ningún otro pueblo en la historia– comprenda la
vulnerabilidad y la añoranza de aquellos a los que ellos desplazaron?
¿El extremo sufrimiento también enciende la crueldad? ¿Qué
esperanza le deja a la humanidad? ¿Qué sucederá con
el pueblo palestino si obtiene la victoria? Cuando una nación sin
Estado eventualmente proclama un Estado, ¿qué tipo de Estado
será? ¿Qué horrores se perpetrarán bajo su
bandera? ¿Deberíamos estar luchando por un Estado separado
o por el derecho a una vida con libertad y dignidad para todos, sin importar
origen étnico o religión?
Palestina fue un baluarte secular en el
Medio Oriente. Pero ahora la débil, no–democrática y definitivamente
corrupta, pero declarada no sectaria, OLP [Organización para la
Liberación de Palestina], está perdiendo terreno ante Hamas,
que está casado con una ideología abiertamente sectaria y
lucha en nombre del Islam. Cito de su manifiesto: “Seremos sus soldados,
y la leña de su fuego, que quemará a los enemigos”.
El mundo está llamado a condenar
a los bombas suicidas. Pero, ¿podemos ignorar el largo camino que
anduvieron antes de llegar a este destino? Del 11 de septiembre de 1922
al 11 de septiembre de 2002 –80 años es un largo, largo tiempo para
estar librando una guerra–. ¿Hay algún consejo que el mundo
le pueda dar al pueblo de Palestina? ¿Algún retazo de esperanza
que podamos ofrecer? ¿Deberían de simplemente conformarse
con las moronas que les avientan y comportarse como los grillos o las bestias
bípedas, como los han descrito? ¿Deberían de simplemente
escuchar la sugerencia de Golda Meir y hacer un verdadero esfuerzo por
no existir?
El pecado de Saddam
En otro lugar del Medio Oriente, el 11
de septiembre trae a la memoria algo más reciente. Fue el 11 de
septiembre de 1990 cuando George Bush Padre, entonces presidente de Estados
Unidos, dio un discurso en una sesión conjunta del Congreso anunciando
la decisión de su gobierno de emprender la guerra contra Irak.
El gobierno estadunidense dice que Saddam
Hussein es un criminal de guerra, un cruel militar déspota que ha
cometido genocidio contra su propio pueblo. Esa es una descripción
bastante acertada del hombre. En 1988 arrasó con cientos de pueblos
al norte de Irak y usó armas químicas y ametralladoras para
matar a miles de kurdos. Hoy sabemos que ese mismo año el gobierno
estadunidense le otorgó 500 millones de dólares en subsidios
para comprar productos agrícolas estadunidenses. El siguiente año,
tras haber completado con éxito su campaña genocida, el gobierno
estadunidense duplicó el subsidio a mil millones de dólares.
También le dio una semilla madre de alta calidad para ántrax,
así como helicópteros y material de uso dual que podría
ser usado para manufacturar armas químicas y biológicas.
Así que resulta que mientras Saddam
Hussein llevaba a cabo sus peores atrocidades, los gobiernos estadunidense
y británico eran sus aliados más cercanos. Incluso hoy, el
gobierno turco, que tiene uno de los más espantosos récords
de derechos humanos en el mundo, es uno de los más cercanos aliados
del gobierno estadunidense. El hecho de que durante años el gobierno
turco ha oprimido y asesinado a kurdos no ha evitado que el gobierno estadunidense
supla a Turquía de armas y Apoyo para el Desarrollo. Evidentemente,
la preocupación por el pueblo kurdo no fue lo que motivó
el discurso del presidente Bush en el Congreso.
¿Qué cambió? En agosto
de 1990, Saddam Hussein invadió Kuwait. Su pecado no fue tanto que
cometiera un acto de guerra, sino que actuó con independencia, sin
recibir órdenes de sus amos. Esta demostración de independencia
fue suficiente para desbalancear la ecuación del poder en el Golfo.
Así que se llegó a la decisión de que Saddam Hussein
debía ser exterminado, como una mascota que ha durado más
que el afecto de su dueño.
El primer ataque aliado sobre Irak tuvo
lugar en enero de 1991. El mundo miró la guerra en horario estelar
mientras era jugada por televisión. (En la India, en aquellos días,
tenías que ir al lobby de un hotel de cinco estrellas para
ver CNN.) Decenas de miles de personas fueron asesinadas en un mes de bombardeo
devastador. Lo que muchos no saben es que la guerra no terminó ahí.
La furia inicial se fue diluyendo hasta convertirse en el más largo
ataque aéreo perpetrado contra un país desde la Guerra de
Vietnam. Durante la pasada década, las fuerzas estadunidenses y
británicas dispararon miles de misiles y bombas sobre Irak. Los
campos y tierras agrícolas de Irak fueron bombardeadas con 300 toneladas
de uranio empobrecido. En países como Gran Bretaña y Estados
Unidos, las bombas de uranio empobrecido son probadas en túneles
de concreto construidas con ese propósito. Los residuos radiactivos
son limpiados, sellados en cemento y tirados en el océano (lo cual,
en sí mismo, está mal). En Irak, estas bombas son dirigidas
–deliberadamente, con mala intención– hacia la comida y el abasto
de agua de la gente. En sus bombardeos, los aliados apuntaron hacia, y
destruyeron, las plantas tratadoras de agua, totalmente conscientes del
hecho de que no podían ser reparadas sin asistencia extranjera.
En el sur de Irak se cuadruplicó el cáncer entre los niños.
En la década de sanciones económicas que siguió a
la guerra, le negaron a los civiles iraquíes alimentos, medicina,
equipo médico, ambulancias, agua potable –lo básico–.
Alrededor de medio millón de niños
iraquíes han muerto como resultado de las sanciones. Sobre estos
niños, Madeleine Albright, entonces embajadora de Estados Unidos
en las Naciones Unidas, dijo la famosa frase: “Es una decisión difícil,
pero creemos que es un precio que vale la pena pagar”. “Equivalencia moral”,
fue el término que fue usado para denunciar a aquellos que criticaron
la guerra en Afganistán. Madeleine Albright no puede ser acusada
de equivalencia moral. Lo que ella dijo fue simple y llano álgebra.
Una década de bombardeo no ha logrado echar a Saddam Hussein, la
“bestia de Bagdad”. Ahora, a casi 12 años, el presidente George
W. Bush ha escalado la retórica. Propone una guerra total cuya meta
es al menos un cambio de régimen. The New York Times dice
que la administración Bush está “llevando a cabo una estrategia
meticulosamente planeada para persuadir al público, al Congreso
y a sus aliados de la necesidad de enfrentar la amenaza de Saddam Hussein”.
Andrew H. Card, el jefe del gabinete de la Casa Blanca, describió
cómo la administración está acelerando sus planes
de guerra para este otoño: “Desde un punto de vista de la mercadotecnia”,
dijo, “no presentas nuevos productos en agosto”. Esta vez, la frase–gancho
para el “nuevo producto” de Washington no es la difícil situación
del pueblo kuwaití, sino la afirmación de que Irak tiene
armas de destrucción masiva. Olvídate de la “irresponsable
moralización de los cabildeadores de la ‘paz’”, escribió
Richard Perle, presidente del Defense Policy Board, “si es necesario, Estados
Unidos actuará solo” y usará un “ataque preventivo” si determina
que es en el mejor interés de Estados Unidos.
Los inspectores de armas tienen informes
contradictorios respecto al estado de las armas de destrucción masiva
de Irak, y muchos claramente han dicho que su arsenal ha sido desmantelado
y que no tiene la capacidad para construir uno. Sin embargo, no hay confusión
respecto a la extensión y alcance del arsenal de armas nucleares
y químicas de Estados Unidos. ¿Estados Unidos daría
la bienvenida a inspectores de armas? ¿Lo haría el Reino
Unido? ¿O Israel?
¿Qué tal si Irak sí
tiene un arma nuclear?, ¿justifica esto un ataque preventivo? Estados
Unidos tiene el arsenal más grande de armas nucleares del mundo.
Es el único país en el mundo que las ha utilizado contra
la población civil. Si se justifica que Estados Unidos lance un
ataque preventivo contra Irak, entonces, se justifica que cualquier poder
nuclear lleve a cabo un ataque preventivo contra cualquier otro. La India
podría atacar Pakistán, o viceversa. Si al gobierno estadunidense
le provoca una aversión el primer ministro de la India, ¿puede
simplemente “quitarlo” a través de un ataque preventivo?
Hace poco Estados Unidos jugó un
papel importante en jalar a la India y a Pakistán del borde de la
guerra. ¿Es tan difícil que siga sus propios consejos? ¿Quién
es culpable de la irresponsable moralización? ¿De sermonear
por la paz mientras hace la guerra? Estados Unidos, que George Bush ha
llamado “la nación más pacífica sobre la Tierra”,
ha estado en guerra contra uno u otro país en cada uno de los 50
años pasados.
El puño oculto
Las guerras nunca han sido peleadas por
razones altruistas. Normalmente se pelean por hegemonía, por negocios.
Y, claro, también está el negocio de la guerra. Para la política
exterior estadunidense es fundamental proteger su control sobre el petróleo
del mundo. Las recientes intervenciones militares del gobierno estadunidense
en los Balcanes y Asia Central tienen que ver con el petróleo. Se
dice que Hamid Karzai, el presidente marioneta de Afganistán, impuesto
por Estados Unidos, es ex empleado de Unocal, una compañía
petrolera con base en Estados Unidos. El paranoico patrullaje del gobierno
estadunidense en el Medio Oriente se debe a que esta región tiene
dos tercios de las reservas petroleras del mundo. El petróleo mantiene
los motores de Estados Unidos ronroneando dulcemente. El petróleo
mantiene el Libre Mercado andando. Quien controle el petróleo del
mundo controla el mercado mundial. Y, ¿cómo controlas el
petróleo?
Nadie lo explica de manera más elegante
que el columnista de The New York Times Thomas Friedman. En un artículo
llamado “La locura paga” dice que “Estados Unidos le tiene que dejar claro
a Irak y a los aliados de Estados Unidos que ... Estados Unidos usará
la fuerza sin negociación, titubeo o la aprobación de la
ONU”. Su consejo fue escuchado. En las guerras contra Irak y Afganistán,
así como en la prácticamente diaria humillación del
gobierno estadunidense a la ONU. En su libro sobre globalización,
The lexus and the olive tree, Friedman dice: “La mano oculta del mercado
nunca funcionará sin un puño oculto. McDonald’s no puede
florecer sin McDonnell Douglas... Y el puño oculto que mantiene
al mundo seguro para que las tecnologías de Silicon Valley florezcan
se llama el ejército estadunidense, la fuerza Aérea, la Naval,
y los Marines”. Quizá esto fue escrito en un momento de vulnerabilidad,
pero ciertamente es la más sucinta, precisa descripción del
proyecto de Globalización Empresarial que jamás he leído.
Tras el 11 de septiembre de 2001 y la Guerra
contra el Terror, la mano y el puño ocultos han quedado al descubierto
–y ahora tenemos una clara visión del otro arma de Estados Unidos
–el Libre Mercado– acechando sobre el Mundo en Desarrollo, con una apretada
sonrisa que no sonríe. La Tarea que Nunca Termina es la guerra perfecta
de Estados Unidos, el vehículo perfecto para la expansión
sin fin del Imperialismo Estadunidense. En urdu, la palabra para ganancia
es fayda. Al Qaida significa La Palabra, La Palabra de Dios, La
Ley. Así que en la India algunos llamamos a la Guerra Contra el
Terror, Al Qaida vs Al Fayda –La Palabra contra La Ganancia (no se pretende
hacer un juego de palabras)–.
Por ahora parece que Al Fayda lleva la de ganar. Pero nunca se sabe...
Imagina que no hay países...
En los pasados 10 años de desbocada
Globalización Empresarial, el ingreso total del mundo se ha incrementado
en un 2.5% anual. Y sin embargo el número de pobres en el mundo
se ha incrementado en 100 millones. De las 100 economías más
grandes, 51 son empresas, no países. El 1% más alto del mundo
tiene el mismo ingreso combinado del 57% más bajo y la disparidad
va en aumento. Ahora, bajo la bóveda en expansión de la Guerra
Contra el Terror, este proceso es empujado hacia adelante. Los hombres
de traje tienen una prisa desmedida. Mientras nos llueven bombas, y los
misiles navegan por los cielos, mientras las armas nucleares se apilan
para hacer del mundo un lugar más seguro, se firman contratos, se
registran patentes, se construyen oleoductos, se saquean los recursos naturales,
se privatiza el agua y se socavan las democracias.
En un país como la India, el “ajuste
estructural” del proyecto de la Globalización Empresarial está
destrozando las vidas de las personas. Los proyectos de “desarrollo”, la
privatización masiva, y las “reformas” laborales están empujando
a la gente de sus tierras y de sus trabajos, resultando en una especie
de bárbaro despojo que tiene pocos paralelos en la historia. En
todo el mundo, mientras el “Mercado Libre” descaradamente protege los mercados
occidentales y fuerza a los países en desarrollo a quitar sus barreras
comerciales, los pobres se vuelven más pobres y los ricos más
ricos. El descontento civil ha comenzado a hacer erupción en la
aldea global. En países como Argentina, Brasil, México, Bolivia,
la India, los movimientos de resistencia contra la Globalización
Empresarial crecen. Para contenerlos, los gobiernos aprietan su control.
Los manifestantes son etiquetados como “terroristas” y luego son tratados
como tales. Pero el descontento civil no sólo significa marchas
y manifestaciones y protestas contra la globalización. Desafortunadamente
también significa una desesperada espiral descendiente, hacia el
crimen y el caos y todo tipo de desesperación y desilusión
que, como sabemos por la historia (y por lo que vemos desatándose
ante nuestros ojos), gradualmente se torna en un campo fértil para
cosas terribles –nacionalismo cultural, fanatismo religioso, fascismo,
y claro, terrorismo–.
Todos estos van de la mano con la Globalización Empresarial.
Hay una idea que está ganando crédito:
el Libre Mercado rompe las barreras nacionales, y el destino final de la
Globalización Empresarial es un paraíso hippie donde
el corazón es el único pasaporte y todos vivimos felices
juntos, dentro de la canción de John Lennon (Imagina que no hay
países...) Esto es una patraña.
Lo que el Libre Mercado socava no es la
soberanía nacional, sino la democracia. Conforme crece la disparidad
entre los ricos y los pobres, el puño oculto tiene su trabajo trazado.
Las multinacionales, –al acecho de “negocios queridos” que les den enormes
ganancias–, no pueden llevar a buen término los negocios y administrar
esos proyectos en países en desarrollo sin la activa connivencia
de la maquinaria estatal –la policía, las cortes, a veces incluso
el ejército–. Hoy, la globalización empresarial requiere
de una confederación internacional de gobiernos leales, corruptos,
preferentemente autoritarios en países más pobres, para que
empujen las reformas impopulares y sofoquen los motines. Necesita de una
prensa que finja ser libre. Necesita cortes que finjan repartir justicia.
Necesita bombas nucleares, ejércitos, leyes más estrictas
de inmigración, y vigilantes patrullas costeras para asegurarse
de que sólo el dinero, los bienes, las patentes y los servicios
se globalicen–no el libre movimiento de las personas, no el respeto a los
derechos humanos, no los tratados internacionales sobre discriminación
racial o armas químicas y nucleares, o emisiones de gases de efecto
invernadero, o cambio climático, o ni lo mande dios, la justicia–.
Es como si un solo gesto hacia una rendición de cuentas internacional
pudiera echar a perder toda la empresa.
Cerca de un año después de
que oficialmente se dio el banderazo de salida de la Guerra Contra el Terror
en las ruinas de Afganistán, en un país tras otro, las libertades
son reducidas en nombre de la protección a la libertad, las libertades
civiles son suspendidas en nombre de la protección a la democracia.
Todo tipo de disenso es definido como “terrorismo”. Se están aprobando
toda clase de leyes para lidiar con él. Parece que Osama Bin Laden
desapareció. Se dice que el mula Omar escapó en una motocicleta.
(Podrían haber mandado a Tin–Tin tras él). Puede ser que
el Talibán haya desaparecido, pero su espíritu y su sistema
de justicia sumaria está emergiendo en los lugares menos esperados.
En la India, en Pakistán, en Nigeria, en Estados Unidos, en todas
las Repúblicas Centroasiáticas encabezadas por todo tipo
de déspotas, y claro, en Afganistán bajo la Alianza del Norte
apoyada por Estados Unidos.
El momento ha llegado
Mientras tanto, en el centro comercial
hay una barata de mitad de temporada. Todo está en descuento –océanos,
ríos, petróleo, bancos genéticos, avispas polinizadoras
de higos, flores, infancia, fábricas de aluminio, compañías
telefónicas, sabiduría, lo silvestre, derechos civiles, ecosistemas,
aire– toda la evolución de 4 mil 600 millones de años. Está
empacado, sellado, etiquetado, valuado, y listo en el anaquel. No se aceptan
devoluciones. En cuanto a la justicia, me dicen que también está
en oferta. Puedes obtener lo mejor que el dinero puede comprar.
Donald Rumsfeld dijo que su misión
en la Guerra Contra el Terror era convencer al mundo de que se debe permitir
a los estadunidenses continuar con su estilo de vida. Cuando el enloquecido
rey golpea el suelo, los esclavos tiemblan en sus cuarteles. Así
que hoy, aquí parada, me es difícil decir esto, pero el “Estilo
de Vida Estadunidense” (The American Way of Life) simplemente no
se puede sostener. Porque no reconoce que hay un mundo más allá
de Estados Unidos.
Afortunadamente, el poder tiene vida de
estante. Cuando llegue el momento, quizá este poderoso imperio,
como muchos otros antes de él, se rebasará a sí mismo
y hará implosión desde dentro de sí mismo. Parece
que ya comenzaron a aparecer grietas estructurales. Conforme la Guerra
Contra el Terror expande su red más y más lejos, el corazón
empresarial de Estados Unidos sangra más y más. A pesar de
toda la vacía habladuría sin fin sobre la democracia, hoy
el mundo es gobernado por tres de las instituciones más sigilosas
del mundo: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización
Mundial del Comercio; estas tres, a su vez, están dominadas por
Estados Unidos. Sus decisiones se toman en secreto. Las personas que las
encabezan son designadas tras puertas cerradas. Nadie sabe realmente nada
sobre ellos, sus políticas, sus creencias, sus intenciones. Nadie
los eligió. Nadie dijo que podían tomar decisiones por nosotros.
Un mundo gobernado por un puñado de banqueros y directores ejecutivos
empresariales egoístas que nadie eligió seguramente no puede
durar.
El comunismo estilo soviético fracasó,
no porque fuese intrínsecamente malvado, sino porque tenía
fallas. Permitía que demasiados pocos usurparan demasiado poder.
El capitalismo de mercado del siglo veintiuno, estilo estadunidense, fallará
debido a las mismas razones. Ambos son construcciones de la inteligencia
humana, deshechos por la naturaleza humana.
El momento ha llegado, dijo la Morsa. Quizá
las cosas empeoren y luego mejoren. Quizá haya una pequeña
diosa allá arriba, en el cielo, alistándose para nosotros.
Otro mundo no sólo es posible, ya está en camino. Quizá
muchos de nosotros no estemos aquí para darle la bienvenida, pero
en un día tranquilo, si escucho con atención, la oigo respirar.
El texto se reproduce con autorización de la escritora.
Traducción: Tania Molina Ramírez
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