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Tribuna de Oradores
Cuando muera el petróleo
por Jeremy Rifkin
/ publicado en Clarín
Europa busca abandonar los carburos fósiles en favor del hidrógeno, mientras EE.UU. se obstina en aquéllos. Una mira hacia el futuro; los otros, hacia el pasado.
Mientras Europa se moviliza en un intento por producir un cambio histórico librándose de los carburantes fósiles para dar lugar a un futuro a hidrógeno, Estados Unidos sigue empeñado en una búsqueda cada vez más desesperada por garantizar su acceso al petróleo.
El 26 de setiembre, el mundo tuvo una idea del futuro. General Motors presentó en el Mundial del automóvil de París su revolucionario Hy-Wire. El nuevo auto de GM funciona a hidrógeno, el elemento más liviano y más elemental del universo. Al quemarse, solamente emite agua y calor.
El auto mismo está construido sobre un chasis y una pila de combustible cuya duración es de 20 años. El modelo es a elección de los clientes. No tiene el volante clásico, ni pedales, ni freno, ni acelerador. Esta es la tecnología llamada drive-by-wire para la generación punto.com.
Si bien la financiación de este auto corre por cuenta de GM, es particularmente interesante señalar que la ingeniería, el diseño y la informática fueron desarrollados en gran medida en Europa. La Hy-Wire de GM marca el comienzo del fin de los motores de combustión interna y el paso de una civilización fundada en el petróleo a una era del hidrógeno.
Su presentación en Europa señala asimismo un enorme cambio en la forma en que Europa y Estados Unidos ven el futuro. La Unión Europea y Estados Unidos empiezan a discrepar en el nivel más fundamental de la organización de una sociedad: su sistema de energía. Donde más evidente se hizo la aparición de esta realidad fue en Johannesburgo, en ocasión de la reciente cumbre mundial. La Unión Europea hizo presión para que se adoptara el objetivo de llegar a un 15% de energía renovable de aquí a 2010 para el mundo entero, en tanto que Estados Unidos combatió la iniciativa.
La Unión Europea ya se había fijado el objetivo del 22% de energía renovable para la producción de electricidad y el 12% para la totalidad de la energía para 2010 como límite.
La diferencia de enfoque respecto del futuro en materia de energía no podía ser más patente. En tanto la Unión Europa ha movilizado a su sector industrial, sus institutos de investigación y la opinión pública para llevar a cabo un cambio histórico librándose de los carburantes a base de carbono y dar lugar así a los recursos renovables y un futuro a hidrógeno, Estados Unidos continúa una búsqueda cada vez más desesperada por asegurar su acceso al petróleo.
La obsesión casi fanática de George W. Bush por querer abrir la reserva natural inviolada de Alaska a sondeos para extraer petróleo, pese a las estimaciones más optimistas que establecen una producción que podría representar como mucho un pequeño 1% de la producción mundial, constituye la ilustración perfecta de esta postura.
En este momento, el presidente estadounidense parece resuelto a invadir Irak. El motivo aducido es que Saddam Hussein podría almacenar armas de destrucción masiva y constituir de ese modo una amenaza grave para la seguridad de sus vecinos y el resto del mundo. Es perfectamente posible que Bush tenga razón. Aun así, en los círculos políticos se plantea una problemática subyacente a la cual la Casa Blanca está indudablemente atenta: las reservas de petróleo más importantes del mundo, después de Arabia, se encuentran en territorio iraquí. Si una invasión estadounidense llegara a "liberar" los yacimientos petrolíferos, Estados Unidos dispondría de una nueva posición estratégica en el Golfo Pérsico rico en petróleo, lo cual le permitiría hacer contrapeso a la influencia saudita en la región.
Al mismo tiempo, ante la eventualidad de que la estrategia de la Casa Blanca en Oriente Medio fracase, Bush convocó a una reunión importante realizada en Houston el 1···de octubre y estableció los detalles de un acuerdo anterior, firmado en mayo con el presidente ruso Vladimir Putin, que garantiza a los norteamericanos el acceso al petróleo de Siberia. Lo que no se dice obviamente, en la euforia que rodea el descubrimiento de un posible sustituto del petróleo del Golfo Pérsico, es que las reservas rusas disminuyen rápidamente en la medida que las compañías petroleras rusas abastecen el mercado mundial.
El fin de una cultura
Por lo tanto, es evidente que mientras Europa mira hacia el futuro, Estados Unidos se aferra desesperadamente al pasado. El mundo ingresa actualmente en el ocaso de la gran cultura de los carburantes fósiles que comenzó hace más de trescientos años con la explotación de las minas de carbón y la máquina a vapor. Es cierto que los petrogeólogos más eminentes no se ponen de acuerdo para predecir con exactitud en qué momento caerá la producción de petróleo. Es decir, cuando se haya agotado la mitad de las reservas petroleras conocidas o por descubrir. Posteriormente, el precio del bruto en el mercado mundial aumentará regularmente mientras que la producción seguirá la pendiente descendente de una curva de Gauss.
Para los agoreros, la caída de la producción se producirá muy probablemente ya a fines de esta década, y sin duda antes de 2020, mientras que los optimistas dicen que no antes de 2040. Lo más sorprendente es que apenas un período breve entre veinte y treinta años separa a ambos bandos. Pero los dos coinciden en que cuando la producción comience a disminuir, los dos tercios de las reservas petroleras restantes estarán en Oriente Medio, la región más inestable y más explosiva del globo.
Consecuencia: los países todavía dependientes del petróleo quedarán entonces atrapados en un combate geopolítico feroz para asegurar su acceso a los yacimientos petrolíferos todavía productivos de Oriente Medio, con todos los riesgos y repercusiones considerables que acompañan a esta simple realidad.
Las diferencias de perspectiva en Europa y Estados Unidos en este terreno se reflejan en la actitud de las compañías petroleras gigantes del mundo. Las que están radicadas en Europa, British Petroleum y Royal Dutch Shell, se comprometieron seriamente a abandonar progresivamente los carburantes fósiles e invierten sumas considerables en la investigación y el desarrollo relativo al hidrógeno y las tecnologías de energía renovable.
El nuevo eslogan de BP es "Después del petróleo". Philip Watts, presidente del directorio del grupo Royal Dutch Shell, anunció públicamente que su compañía se prepara actualmente para el fin de la era de los hidrocarburos y explora activamente las perspectivas de la economía con hidrógeno. Por el contrario, la compañía estadounidense Exxon Mobil se atiene con firmeza a su compromiso tradicional con los carburantes fósiles, con un mínimo de esfuerzos destinados a las energías renovables y a la exploración de las posibilidades que ofrece la investigación sobre el hidrógeno.
La Unión Europea se encuentra actualmente en una posición única para apostar al futuro convirtiéndose en la primera superpotencia que realizará el pasaje permanente de los carburantes fósiles a la era del hidrógeno. Un cambio de semejante magnitud en los sistemas energéticos a lo largo del próximo medio siglo tendrá sin duda un efecto tan profundo en la sociedad como el aprovechamiento del carbón y la máquina a vapor hace más de tres siglos.
La era de los carburantes fósiles cambió definitivamente nuestras formas de vida, nuestra concepción del comercio y el gobierno, así como nuestros sistemas de valores. Lo mismo sucederá con la economía del hidrógeno que se anticipa.
Llegará un momento en que se producirá el ingreso de Europa en un nuevo porvenir energético. Cuando suceda, las ondas expansivas pueden llegar a atravesar el océano como un gigantesco maremoto, obligando a Estados Unidos a rever su propio futuro energético.
La última vez que salió de su letargo fue en 1957, cuando los rusos enviaron su primer satélite al espacio. Tomados por sorpresa, convocamos a toda la sociedad estadounidense para ponernos a la altura de los rusos y aventajarlos. Tal vez haya llegado la hora de otro electroshock.
Jeremy Rifkin. Economista y especialista en biotecnología.
Copyright Clarín y Le Monde, 2002. Traducción de Cristina Sardoy.
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