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Tribuna de Oradores

Infierno en Tucumán

por Abel Gilbert   /   publicado en El Periódico

"A ver, Roxy, muéstrale al señor lo que haces con el barro, cómo preparas tortillas y juegas a que eres cocinera, que cocinas y comes todos los días", le dice Gladys a su hija, y ella, que hace un día que no mastica nada, se esconde detrás de sus rulos para disimular la risa, que es otra forma del espanto.

Roxy vive en Aguilares, una localidad situada a 130 kilómetros de la capital de la provincia argentina de Tucumán. Tiene 5 años y los ojos de zafiro. La belleza se le marchitó precozmente y le dejó su armazón de muñeca inconclusa. Hace días que apenas toma mate cocido, una infusión a base de yerba.

Las tortillas de barro, más que un juego, parecen una plegaria, un conjuro contra el hambre que en esta provincia de tradición azucarera y una de las principales productoras de limones del mundo, ya se llevó a 359 criaturas en los primeros seis meses del año. Algunas de esas pequeñas víctimas no pesaban ni medio kilo al nacer.

La tragedia en Tucumán ha servido para hacer sonar la alerta de un problema y de un drama nacional que desde hace tiempo se está cubriendo con un tupido velo para tratar de esconder la cruda realidad, el hecho de que cada 25 minutos se muere un niño en el denominado granero del mundo por problemas de desnutrición y otras causas evitables. Un ritmo que suma 11.000 víctimas al cabo de un año.

Tucumán tiene 1,2 millones de habitantes. Un 64% de su población es pobre, 180.000 personas viven con 28 céntimos de euro diarios (50 céntimos de la vieja peseta). Emilio Buabse, pediatra con 50 años de experiencia docente, repite las estadísticas con la voz quebrada: "Esto escapa a toda norma de convivencia. Tucumán se parece cada vez más a África: tiene una mortalidad infantil del 25 por 1000".

Buabse toma un lápiz y empieza a sacar cuentas: "Tucumán no es la excepción, sino la regla. En Argentina cada niño recibe al año 14 pesos (cuatro euros o 664 pesetas) para planes sociales, y necesita 1,5 pesos diarios. O sea: la ayuda oficial le dura 14 días. Un atentado a la vida. Ya vamos por la tercera generación de desnutridos y, tal como están las cosas, me temo que no será la última que perdamos".

En el Hospital de Niños, los lamentos adquieren otro espesor. "¿Escucha cómo llora? Despacito, tragando el dolor, pobre. Hoy llora solo, pero a veces no. Son dos, tres, cuatro, los chicos que lloran en sus camas. Un coro infernal de ángeles caídos. Cuando salgo del hospital, las voces se me pegan, me golpean en la cabeza, como la garúa, que con el tiempo te perfora".

La enfermera abandona la sala de terapia intermedia sin saber aún que, a unos pocos metros de allí, en otra sala, acaba de morir uno de sus pacientes, de 9 meses, a causa de una septicemia. Se llamaba Rodolfo Ruíz.

La enfermera se ha acostumbrado a tantas derrotas que el sabor de una pequeña victoria tiene la fuerza de un triunfo irrevocable: Pablito Gómez ha engordado un kilo desde que entró la semana pasada al hospital. Ahora pesa nueve kilos. Tiene 4 años y carga el chupete como una cruz. Lo que queda de su cuerpo se retuerce en la cuna por las primeras cosquillas de su padre en una semana.

"Está comiendo de todo: pollito, sopita, polenta, hamburguesa, frijoles", dice Pablo, que no tuvo siquiera tiempo pare llorar la muerte de María Rosa, su hija de 6 años, porque los cuatro hijos que le quedan están desnutridos y en una situación crítica. A los 37 años, Pablo, el padre, abandonado a los 2 años y criado en la calle, albañil parado desde 1999, dice que va a hacer lo imposible por salvarlos, pero no sabe por dónde empezar.

En el Hospital de Niños no hay material, faltan los guantes de goma y el alcohol. Se atienden las emergencias en los pasillos. "La red de contención periférica ha sido sobrepasada: nos llega todo. Tenemos 400 casos en las guardias, 300 consultas diarias. El personal no da abasto. Está desesperanzado", dice su director, Lorenzo Marcos. Las últimas obras de infraestructura sanitaria de importancia se realizaron en Tucumán en la década de los 60, entre ellas el hospital que comanda este hombre en medio de la actual tormenta.

Oscar Hilal, el subdirector, no puede disimular su desconsuelo: "A nadie se le escapa que la culpa es de las camarillas políticas y sus negociados, pero también hay que decir que hay gente que ha perdido la capacidad de resistir, su dignidad: se resignó a esperar una bolsa de alimentos".

Tucumán es el primero en desocupación, desnutrición, inflación, tuberculosis, crisis educacional y corrupción, dicen en sus calles con una cuota de humor macabro. En esta provincia, que está a 1.200 kilómetros de Buenos Aires, donde se declaró en 1816 la independencia de la Corona española, circulan tantas monedas y equivalentes legales que no alcanzan los dedos de la mano para contarlas: el peso nacional, el Lecop, un bono nacional, el Bono Cancelación de Deudas de Tucumán, los Ticket prom, los Ticket canasta, para comprar comida, el Cheque diferido. Todas las cosas cuestan un 15% más si se pagan con las cuasimonedas que se cambian por pesos verdaderos en las cuevas financieras que, aseguran, pertenecen o están bajo control del gobernador, el peronista Julio Miranda.

"El problema es que somos 57 habitantes por metro cuadrado", dijo el gobernador, al explicar el reciente desastre. "¿Piensa lo que dijo?", lo apuró un periodista. "Sí", insistió Miranda. "¿Usted cree que puede haber 57 habitantes por metro cuadrado? Piense. Imagínese", lo corrigieron. "Perdón, perdón, 570 metros cuadrados. Pero es una cantidad inmensa, señor. La cifra correcta de la densidad de población en Tucumán es de 50,7 habitantes por kilómetro cuadrado", dijo el gobernador y después se escudó en el colapso económico nacional y en la devaluación para explicar el drama que se vive en la región.

Miranda fue dirigente sindical del petróleo en una provincia sin hidrocarburos. Apenas cursó el cuarto grado escolar. Y quiere seguir en el gobierno. Un sonado caso de presuntos sobornos a legisladores locales para habilitar la reforma constitucional es investigado por la justicia a paso de tortuga.

"Acá la política es más importante que la religión", dice Antonio Suárez, un piquetero (agrupaciones de parados) que salió a cortar la ruta 38 de Tucumán para protestar por la crisis social. Y cuando habla de política alude a la cultura de la prebenda y el negociado que echó tan profundas raíces. "A tal punto se ha llegado que en el actual Parlamento, de 40 legisladores, 27 están bajo sospecha de algún caso ilícito".

Ni los planes sociales se salvan de la red de favores y del lucro. En el año 2002, la provincia recibió un suplemento adicional de algo más de unos 500.000 euros por bimestre para enfrentar las carencias alimentarias. De los cuatro funcionarios que manejaron esos fondos en los últimos dos años uno está procesado, otro denunciado por malversación y violación de los deberes de funcionarios público y un tercero tiene a un excolaborador procesado y a otro con orden de captura.

Así como el Fondo Monetario Internacional y los organismos multilaterales no supervisaron nunca el destino de los fondos destinados a Argentina para la ayuda social, lo mismo sucede entre el poder central y las provincias. Lo que algunos llaman el círculo perfecto de la perversión. "Y encima pretenden responsabilizar al pueblo", se queja Suárez, y con una mano se cubre de un sol que es como una daga. Bajo esa luz alevosa se camina hacia el fondo de la noche en pleno día por la ruta 38. El sol calcina a los parados, a los indignados por las muertes de los niños, y sólo el fuego de esa bronca debe de ser más incandescente. A la vera de la ruta se ven las fábricas abandonadas: ingenios, tabacaleras, textiles. Y chabolas. Muchas chabolas. Chapa, basura y cartón, la trinidad del desamparo, flotando sobre una de las mejores tierras del país, equivalentes en algunas zonas a las de la Pampa Húmeda.

A Tucumán la llaman el Jardín de la República, aunque actualmente aún hiede. Las moscas se adueñaron del aire, atraviesan la capital tucumana como cardúmenes enloquecidos. La ciudad estuvo un mes con la basura en las calles por un conflicto entre la municipalidad y la empresa recolectora. El olor, al principio, fue insoportable. Después, la situación se convirtió en normal y los tucumanos se acostumbraron. Tucumán no era así antes del empeoramiento progresivo en el que dictaduras militares y gobiernos constitucionales se reparten las culpas.

Los viejos y los que no lo son tanto recuerdan los tiempos en los que hubo una clase media extendida, 20.000 pequeños y medianos productores cañeros y un alto nivel cultural. De sus universidades salieron el escritor y periodista Tomás Eloy Martínez y el arquitecto César Pelli, constructor del World Financial Center de Nueva York, el Carnegie Hall, las Petronas Towers de Kuala Lumpur. El Jardín de la República no tiene torres que desafían al cielo, pero sí un barrio privado en el cual se refugian los ganadores de esta carrera desigual.

El barrio no podía tener un nombre más provocador: Yerba Buena. La mala se la toman en mate cocido estómagos crujientes como los del barrio de Colón, unos 100 kilómetros al oeste de la capital. El hambre los delata: los ojos vidriosos, las mejillas hundidas como calaveras, la sensación de náuseas, los mareos.

"A veces no tenemos qué darles. Ni el milagro de los panes y los peces alcanza: manejamos el mismo presupuesto de hace dos años, y durante este tiempo los precios aumentaron un 40% y ya tenemos 500 bocas que atender", dice María Magdalena, de la cooperativa del colegio Emilio Carmona.

Sin jeringuillas
Lejos de Colón, pero bien cerca de Yerba Buena, a 15 minutos de automóvil, Ernestina Yamila Ferreyra, de 3 meses, se despidió del mundo por una infección pulmonar. Había enfermado una semana antes. El médico de Santa Ana le dio a su madre, Susana Frías, una receta con medicamentos que ella no pudo comprar. Cuando logró el dinero y obtuvo los remedios, en el hospital de Santa Ana no había jeringuillas para inyectarlos. "La familia no tenía dinero ni para comprar una vela y velarla dignamente", dijo un vecino.

"Tucumán es un síntoma grotesco, sobredimensionado, de lo que nos sucede a nivel nacional. Esto es resultado de una política económica y social y también de su contracara: la corrupción", dice el diputado José Vitar, del partido Alternativa para una República de Iguales (ARI). La provincia siempre giró alrededor del azúcar. Pero con el neoliberalismo a ultranza de Carlos Menem, en los 90, la industria terminó por quebrar y se redujo a la insignificancia. Cada centavo que cayó el azúcar en el mercado mundial tuvo efectos devastadores.

La crisis incrementó las prácticas clientelistas. Por eso Vitar es escéptico ante una solución a corto plazo. "No hay posibilidad de una protesta social mayor: ésta es una provincia que fue devastada. La represión policial arrasó con una vieja tradición de lucha. Uno de cada mil tucumanos desapareció bajo la dictadura y otro tanto fue torturado y preso".

Melina Merkusa tiene 16 años y acaba de publicar en Tucumán su primera novela fantástica, El mundo de los sueños. Comenzó a escribirla cuando tenía 6 años, la misma edad en la que murió la hermana de Pablo. El mundo de Melina está poblado de dragones, unicornios, hadas y duendes y dos seres fantásticos: el unicordio Sandi y el perro Culer. "Escribo para crear una sensación de belleza en el lector", explica. Los monstruos de verdad están en otra parte.

La madre de Santiago Carrizo ha visto sus rostros cuando una enfermedad curable se llevó a su hijo. Ella cursaba cuarto año de la escuela secundaria y le gustaba leer. Hasta que fue expulsada hacia la marginalidad. "No queremos mercaderías --dice--. Queremos trabajo. Porque sin trabajo nunca viviremos dignamente. Yo espero que los hijos que me quedan puedan estudiar. Hablar de lo que me queda ya es terrible-"

Los argentinos se miran al espejo tucumano y descubren las semejanzas. El hambre corroe el horizonte del 55% de sus habitantes pobres. "La desnutrición es implacable", dice el doctor Buabse y enumera los síntomas de lo que puede venir en escala: de 0 a 5 años, provoca déficit de desarrollo intelectual, alteraciones cardiacas, enfermedades respiratorias agudas, infecciones y diarrea. De 6 a 12 años, es causa de ceguera, neuropatías, congestión pulmonar, raquitismo y parasitosis. De 13 a 20 años puede provocar retraso de desarrollo de la madurez, inflamación de la mucosa bucal, alteraciones cardiovasculares, raquitismo y alteraciones en la piel.

El doctor Buabse siente en lo más profundo de su ser que no habla de síntomas. Está leyendo el futuro y quisiera cerrar los ojos.

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