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elecciones norteamericanas son el ejemplo más reciente de un fenómeno en expansión: el de gobiernos democráticos que no enfrentan el desafío efectivo de una oposición. Para ser más exactos, este fenómeno acrecienta el número de líderes políticos, elegidos democráticamente, que no enfrentan a dirigentes alternativos capaces de aunar a los descontentos en una oposición viable.
El fenómeno no se limita, en modo alguno, a la antigua derecha. Gran Bretaña experimenta hoy lo que casi podríamos llamar el suicidio de la oposición conservadora. Por tercera vez en siete años, los Tories están devorando a su propio líder, sin que se vislumbre por ninguna parte otro líder viable.
En Alemania, el ajustado triunfo de Gerhard Schršder se ve asegurado por el intenso examen de conciencia a que se está sometiendo la derrotada oposición democristiana y por el colapso moral del socio menor de ésta, el Partido Demócrata Liberal. En Francia e Italia encontramos un panorama de desequilibrio político aún más desolador: ni el presidente Jacques Chirac ni el primer ministro Silvio Berlusconi tienen por qué temer a sus contestatarios. En verdad, ni uno ni otro tienen un solo retador digno de mención.
Esta situación también se da fuera de Europa. Con el suicidio del Partido del Congreso, el gobierno de la India ya no tiene que inquietarse por ninguna amenaza política que pudiere surgir fuera de sus filas. En Rusia, el presidente Vladimir Putin domina la Duma, elegida por su pueblo, tal como Gulliver pasaba, de un tranco, por encima de los liliputienses.
¿Cómo ha sucedido esto y por qué? En particular, ¿cómo puede explicarse esta situación ante el hecho de que estos jefes de gobierno o, al menos, la mayoría de ellos, no son líderes sobresalientes cuyo carisma los protege de toda oposición? Una de las razones es la personalización de la política que viene dándose en el mundo entero.
Los votantes quieren un figurón, preferiblemente un "famoso", posea o no carisma. Su fama puede basarse en la personalidad (Tony Blair, Berlusconi) o las circunstancias (George W. Bush, Schršder, Putin), pero es parte integral de la nueva política basada en la atracción mediática.
Detrás de esto hay un cambio más profundo en la democracia. Se ha invocado tantas veces el fin de las ideologías que vacilamos en repetir la frase. No obstante, es un hecho comprobado que todos los países con gobiernos sin una oposición efectiva son países en los que no es fácil desafiar a los gobernantes formulando una política alternativa electoralmente viable.
El caso más extremo es, quizá, Putin, pero Blair y Berlusconi no le van muy en zaga como poseedores de esta "inmunidad política". Podrían coligarse con cualquiera, incluso entre sí (lo que no es poco), sea cual fuere su filiación política tradicional. Resulta difícil echarles una zancadilla proponiendo políticas alternativas en cualquier esfera.
Sin embargo, esta situación podría no ser duradera. Al menos en dos planos, comienzan a emerger opciones políticas alternativas que tal vez, algún día, dominarán el debate público. En lo interno, hay una diferencia obvia entre los partidarios de un "modelo europeo" de capitalismo, social y moral, y los adherentes al neoliberal Consenso de Washington, que propugna una Europa asociada al modelo económico norteamericano. En el plano internacional, el choque entre unilateralistas y multilateralistas va más allá de Estados Unidos. En las circunstancias actuales, algunos lo interpretan como un choque entre la paz negociada y la intervención activa, e incluso preventiva.
Irritación popular
Después están los grandes temas tácitos. La ley y el orden figuran en las agendas de la mayoría de los gobiernos, pero muchos votantes creen que aún no tienen la prominencia debida. Mucha gente ve en la inmigración una grave amenaza: de ahí la capacidad creciente de los demagogos de convocar y encauzar el resentimiento y el apoyo de las bases. En los Estados miembros más antiguos de la Unión Europea, la mayoría de los partidos políticos dan por sentada la integración, pero una parte considerable de sus electorados la pone en duda y, en los países que aspiran a ingresar, las dudas son aún más intensas.
Así pues, pese a la actual calma política, bajo la superficie podría ir cobrando fuerza un grave cisma entre los líderes aparentemente no cuestionados y el humor cambiante de los pueblos. Este desasosiego se expresa de varias maneras. Una es la apatía electoral. La mayoría de los gobernantes que hemos mencionado sólo disponen de una pequeña minoría de leales fervientes dentro de sus electorados totales, lo cual pone en duda su legitimidad.
Otra es la "oposición mediática". En varios países, hoy constituye un problema y, en algunos, ha inducido a los gobernantes a intentar coartar la libertad de expresión (Putin lo hizo recientemente). Luego está la reveladora aparición y desaparición de partidos de protesta, como los grupos holandeses que congregó el asesinado Pim Fortuyn. Ellos hablan del fracaso de las instituciones democráticas, en sus formas actuales. El papel, cada vez mayor, de "la calle" subraya todavía más esta historia con manifestaciones de irritación popular centradas en determinados temas pero que, en realidad, apuntan a los gobiernos sin oposición.
El resultado es una combinación inquietante de autoritarismo en cierne en los gobernantes y un desasosiego creciente en los gobernados. Como suele ocurrir, no hay un remedio específico contra este síndrome. Con todo, salta a la vista, y al oído, la necesidad de una oposición institucional efectiva, por lo común parlamentaria. Los gobiernos sin oposición plantean una amenaza a la democracia misma. Para defender nuestra libertad, necesitamos tener una democracia interna en igual medida, cuando menos, que estar preparados para atacar a las "fuerzas del mal" que pudieren existir en otras partes del mundo, sean cuales fueren.
Ralf Dahrendorf fue rector de la London School of Economics y director del St. Anthony´s College, en Oxford. Actualmente, integra la Cámara de los Lores.
© Project Syndicate y LA NACION
Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
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