Dos
décadas atrás, si alguien hubiese leído que en los
ambientes urbanos se pueden conservar especies, seguramente dudaría
de la integridad del autor. Afortunadamente, nuestra visión está
cambiando lo suficiente como para considerar a las ciudades como focos
de conservación. Veamos.....
Anteriormente, la distinción era muy clara: ambientes
naturales (bosques mediterráneos, desiertos, humedales, etc.) y
ciudades. Las ciudades constituían una categoría totalmente
aparte, una zona destinada a las actividades humanas donde la naturaleza
tenía poco cabida. Pero, actualmente, dentro del enfoque de la ecología
general se intenta incluir el concepto de ciudad como un ecosistema más.
Un ecosistema con ciertas particularidades, pero sujeto a cambios y mejoras
para hacerlo más sostenible. Los medios urbanos se pueden localizar
en un gradiente de disturbio humano; en un extremo tenemos ambientes con
bajo disturbio (bosques vírgenes, por ejemplo), y en el otro extremo
hallamos las ciudades, ecosistemas con altos niveles de degradación.
Hoy en día se intenta reducir los niveles de disturbio en las ciudades,
incluyendo la flora y la fauna como elementos con potenciales beneficios
para el hombre urbano.
Pero, ¿por qué es tan necesario conservar
la naturaleza urbana? Quizá uno de los factores más importantes
que apoyen esta nueva perspectiva sea de tipo social; ya que en el año
2.000 la mitad de la población humana estará viviendo en
ciudades, y se estima un 60% para el año 2020 . Esto
supone un éxodo masivo desde las áreas rurales (con poca
solvencia económica) hacia los centros urbanos; los cuales estarán
sometidos a numerosos problemas: incremento poblacional desmedido, menor
disponibilidad de recursos económicos y sanitarios, agudización
de enfermedades, conflictos sociales, etc. Por otro lado, el diseño
actual de las ciudades no otorga a sus habitantes un nivel de vida decente;
debido a una alta densidad de personas. En consecuencia, se produce una
segregación social en cuanto a los espacios ocupados por distintos
niveles socioeconómicos, las personas con bajos recursos suelen
vivir en instalaciones provisionales, aumentando el nivel de mortalidad
infantil, enfermedades respiratorias, intestinales, etc.
Sumado a estas razones de tipo social, las ciudades presentan
una aguda problemática ambiental, que caracteriza su funcionamiento
como ecosistema. Profundicemos entonces en las características ecológicas,
biológicas, energéticas y climáticas de los ambientes
urbanos.
En primer término, intentemos por un momento pensar
en las ciudades como un sitio natural más, para a continuación
presentar las diferencias más elementales. Los componentes biológicos
se hallan distribuidos de una forma algo distinta. La mayor parte de la
biomasa la forma el hombre urbano, y muy relegados están
algunos ejemplos de animales que habitan en extrema relación con
él (generalmente considerados plagas urbanas, como ratas, cucarachas,
etc.) o bien aislados en parques o jardines (anfibios, reptiles, aves principalmente
y algunos pequeños mamíferos). Podríamos decir que
la diversidad (entendida en este caso como el número de especies)
de la mayoría de estas especies es baja, principalmente de
aquellas que son nativas y que presentan una alta sensibilidad al disturbio
humano, y que además existe una gran cantidad de especies vegetales
y animales introducidas.
A nivel de hábitat, el hombre basa sus actividades
en la construcción de grandes estructuras de cemento y otros materiales
(casas, edificios, rutas, etc.). Esto genera un alto grado de heterogeneidad
tanto horizontal como vertical (veredas, calles, monumentos, líneas
telefónicas, etc.), que es particularmente aprovechado por muchas
especies adaptadas a la vida del hombre (por ejemplo gorriones, palomas,
etc.). Sin embargo, la disponibilidad de hábitats naturales para
especies silvestres puede resultar sumamente escasa, si no existen programas
de protección de espacios verdes dentro de las ciudades. Esto se
torna particularmente importante cuando pensamos que muchos animales tienen
ciertas requerimientos de hábitat para sobrevivir y reproducirse
(algunos nidifican en huecos de árboles maduros, otros utilizan
arbustos para protegerse de los predadores, y algunos sólo se alimentan
de las ramas más pequeñas de ciertas especies de árboles).
Este panorama algo esquivo para las especies de flora y fauna autóctonas
implica que la biomasa silvestre sea no sólo reducida, sino que
también se concentre en puntos específicos, dando lugar a
un patrón espacial que podría sintetizarse como fragmentos
verdes (parques o jardines) aislados por una matriz de cemento.
A nivel energético, la productividad de un ecosistema
urbano es negativa; ya que el sistema está sustentado por materia
y energía proveniente de otros ecosistemas (principalmente agroecosistemas).
Tomando como marco de referencia las entradas y salidas podemos ver este
punto con más claridad:
- Entradas: luz solar, agua, combustibles, alimentos,
materiales manufacturados, etc.
-
Salidas: basura sólida y líquida, agua contaminada,
calor y numerosos tipos de contaminantes (aéreos y terrestres).
En suma, una ciudad se caracteriza por dos cadenas tróficas,
una muy amplia basada en el hombre, y otra, bastante reducida basada en
la flora y fauna silvestres. Ambas cadenas comparten el hecho de ser simples,
con escasos eslabones.
Desde una perspectiva climática, el ambiente urbano
suele presentar, en relación a las zonas rurales circundantes, una
temperatura más elevada, mayor concentración de nubes, una
menor humedad media, y velocidad media del viento algo más reducida.
Esto refleja a grandes rasgos la capacidad del cemento de concentrar el
calor durante el día para irradiarlo de noche, mientras que la alta
densidad de edificaciones se comporta como un obstáculo, reduciendo
las corrientes de aire. Por otro lado, los niveles de ruido y de contaminación
atmosférica pueden llegar a producir trastornos leves y graves en
la salud humana. De la misma forma, la contaminación de las aguas
y del suelo va reduciendo lentamente el acceso a fuentes de agua potable,
con el consecuente aumento de enfermedades infecciosas.
Después de tantos comentarios negativos, a quién
puede interesar conservar un ambiente en tal grado de deterioro? La razón
es muy simple, las ciudades son focos de polución mundial,
y en ellas viviremos la mayor parte de nuestra vida en los próximos
años. Estos hechos nos llevan a considerar a las ciudades
como un hábitat sumamente importante para el hombre. Por lo
cual, la necesidad de lograr una solución a estos problemas ambientales
urbanos se transforma en una prioridad. El propósito final es, sin
duda, mejorar la calidad de vida del hombre.
Hay numerosas vías para llevar a cabo tal fin.
A través de programas de monitoreo ambiental, se pueden identificar
las sustancias contaminantes más nocivas en la atmósfera
para limitar su utilización por vías legales y educativas.
Los vertidos a los ríos cercanos a las ciudades también pueden
controlarse para mejorar la calidad de tales dispersores ecológicos.
El fomento del uso de transportes públicos puede reducir los niveles
de contaminación atmosférica y el ruido generado por una
gran cantidad de vehículos en las calles. Etc., etc., etc. Sin embargo,
una de las vías para mejorar nuestras ciudades, y que ha sido en
líneas generales poco estudiada y desarrollada, es la protección
de la naturaleza dentro de las urbes. Pero seamos más explícitos,
¿qué beneficios nos puede brindar preservar la flora
y fauna urbanas?
A nivel ecológico:
-
una mejor calidad del aire (las plantas podrían reabsorber
parte de los altos niveles de CO2),
-
una circulación más fluida de materiales permitiendo
el reciclado natural de muchas sustancias,
-
una mayor riqueza de especies, fundamental para lograr un
funcionamiento equilibrado del ecosistema, y de esta forma aprovechar ciertos
beneficios adicionales, como el control de plagas ciudadanas por la fauna
silvestre, etc.
Además existen beneficios sociales que surgen
de la conservación de las zonas verdes dentro de una ciudad que
merecen una mención especial:
-
permitiría aliviar el estrés diario,
-
promovería el interés de los niños por
lo "natural",
-
facilitaría el acceso a un gran número de especies
animales que sólo podríamos observar lejos de nuestros hogares,
-
brindaría una oportunidad para aprender y enseñar
sobre los valores de la conservación de la naturaleza,
-
sería un medio de dispersión y diversión,
etc.
Estos beneficios podrían surgir a partir de un esfuerzo
económico y logístico no muy elevado, basándose en
la participación de la ciudadanía, que debería plantear
su ciudad perfecta en función de sus necesidades y contexto cultural.
Tengamos en cuenta que para conservar las especies urbanas debemos partir
de la conservación de los hábitats naturales dentro de una
ciudad y por otro lado de la creación de nuevas zonas verdes, cuyo
diseño y conexión debe ser cuidadosamente planificado para
asegurar el movimiento y utilización de esos ambientes tanto por
parte de la fauna como del hombre. Pero esta es otra historia ...
Opina sobre este artículo
Arriba