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Tribuna de Oradores

Una Nueva Oportunidad para la Conservación

por Esteban Fernández   /   publicado en Globo Terraqueo

Dos décadas atrás, si alguien hubiese leído que en los ambientes urbanos se pueden conservar especies, seguramente dudaría de la integridad del autor. Afortunadamente, nuestra visión está cambiando lo suficiente como para considerar a las ciudades como focos de conservación. Veamos.....

Anteriormente, la distinción era muy clara: ambientes naturales (bosques mediterráneos, desiertos, humedales, etc.) y ciudades. Las ciudades constituían una categoría totalmente aparte, una zona destinada a las actividades humanas donde la naturaleza tenía poco cabida. Pero, actualmente, dentro del enfoque de la ecología general se intenta incluir el concepto de ciudad como un ecosistema más. Un ecosistema con ciertas particularidades, pero sujeto a cambios y mejoras para hacerlo más sostenible. Los medios urbanos se pueden localizar en un gradiente de disturbio humano; en un extremo tenemos ambientes con bajo disturbio (bosques vírgenes, por ejemplo), y en el otro extremo hallamos las ciudades, ecosistemas con altos niveles de degradación. Hoy en día se intenta reducir los niveles de disturbio en las ciudades, incluyendo la flora y la fauna como elementos con potenciales beneficios para el hombre urbano.

Pero, ¿por qué es tan necesario conservar la naturaleza urbana? Quizá uno de los factores más importantes que apoyen esta nueva perspectiva sea de tipo social; ya que en el año 2.000 la mitad de la población humana estará viviendo en ciudades, y se estima un 60% para el año 2020 . Esto supone un éxodo masivo desde las áreas rurales (con poca solvencia económica) hacia los centros urbanos; los cuales estarán sometidos a numerosos problemas: incremento poblacional desmedido, menor disponibilidad de recursos económicos y sanitarios, agudización de enfermedades, conflictos sociales, etc. Por otro lado, el diseño actual de las ciudades no otorga a sus habitantes un nivel de vida decente; debido a una alta densidad de personas. En consecuencia, se produce una segregación social en cuanto a los espacios ocupados por distintos niveles socioeconómicos, las personas con bajos recursos suelen vivir en instalaciones provisionales, aumentando el nivel de mortalidad infantil, enfermedades respiratorias, intestinales, etc.

Sumado a estas razones de tipo social, las ciudades presentan una aguda problemática ambiental, que caracteriza su funcionamiento como ecosistema. Profundicemos entonces en las características ecológicas, biológicas, energéticas y climáticas de los ambientes urbanos.

En primer término, intentemos por un momento pensar en las ciudades como un sitio natural más, para a continuación presentar las diferencias más elementales. Los componentes biológicos se hallan distribuidos de una forma algo distinta. La mayor parte de la biomasa la forma el hombre urbano, y muy relegados están algunos ejemplos de animales que habitan en extrema relación con él (generalmente considerados plagas urbanas, como ratas, cucarachas, etc.) o bien aislados en parques o jardines (anfibios, reptiles, aves principalmente y algunos pequeños mamíferos). Podríamos decir que la diversidad (entendida en este caso como el número de especies) de la mayoría de estas especies es baja, principalmente de aquellas que son nativas y que presentan una alta sensibilidad al disturbio humano, y que además existe una gran cantidad de especies vegetales y animales introducidas.

A nivel de hábitat, el hombre basa sus actividades en la construcción de grandes estructuras de cemento y otros materiales (casas, edificios, rutas, etc.). Esto genera un alto grado de heterogeneidad tanto horizontal como vertical (veredas, calles, monumentos, líneas telefónicas, etc.), que es particularmente aprovechado por muchas especies adaptadas a la vida del hombre (por ejemplo gorriones, palomas, etc.). Sin embargo, la disponibilidad de hábitats naturales para especies silvestres puede resultar sumamente escasa, si no existen programas de protección de espacios verdes dentro de las ciudades. Esto se torna particularmente importante cuando pensamos que muchos animales tienen ciertas requerimientos de hábitat para sobrevivir y reproducirse (algunos nidifican en huecos de árboles maduros, otros utilizan arbustos para protegerse de los predadores, y algunos sólo se alimentan de las ramas más pequeñas de ciertas especies de árboles). Este panorama algo esquivo para las especies de flora y fauna autóctonas implica que la biomasa silvestre sea no sólo reducida, sino que también se concentre en puntos específicos, dando lugar a un patrón espacial que podría sintetizarse como fragmentos verdes (parques o jardines) aislados por una matriz de cemento.

A nivel energético, la productividad de un ecosistema urbano es negativa; ya que el sistema está sustentado por materia y energía proveniente de otros ecosistemas (principalmente agroecosistemas). Tomando como marco de referencia las entradas y salidas podemos ver este punto con más claridad:

  • Entradas: luz solar, agua, combustibles, alimentos, materiales manufacturados, etc.
  • Salidas: basura sólida y líquida, agua contaminada, calor y numerosos tipos de contaminantes (aéreos y terrestres).

En suma, una ciudad se caracteriza por dos cadenas tróficas, una muy amplia basada en el hombre, y otra, bastante reducida basada en la flora y fauna silvestres. Ambas cadenas comparten el hecho de ser simples, con escasos eslabones.

Desde una perspectiva climática, el ambiente urbano suele presentar, en relación a las zonas rurales circundantes, una temperatura más elevada, mayor concentración de nubes, una menor humedad media, y velocidad media del viento algo más reducida. Esto refleja a grandes rasgos la capacidad del cemento de concentrar el calor durante el día para irradiarlo de noche, mientras que la alta densidad de edificaciones se comporta como un obstáculo, reduciendo las corrientes de aire. Por otro lado, los niveles de ruido y de contaminación atmosférica pueden llegar a producir trastornos leves y graves en la salud humana. De la misma forma, la contaminación de las aguas y del suelo va reduciendo lentamente el acceso a fuentes de agua potable, con el consecuente aumento de enfermedades infecciosas.

Después de tantos comentarios negativos, a quién puede interesar conservar un ambiente en tal grado de deterioro? La razón es muy simple, las ciudades son focos de polución mundial, y en ellas viviremos la mayor parte de nuestra vida en los próximos años. Estos hechos nos llevan a considerar a las ciudades como un hábitat sumamente importante para el hombre. Por lo cual, la necesidad de lograr una solución a estos problemas ambientales urbanos se transforma en una prioridad. El propósito final es, sin duda, mejorar la calidad de vida del hombre.

Hay numerosas vías para llevar a cabo tal fin. A través de programas de monitoreo ambiental, se pueden identificar las sustancias contaminantes más nocivas en la atmósfera para limitar su utilización por vías legales y educativas. Los vertidos a los ríos cercanos a las ciudades también pueden controlarse para mejorar la calidad de tales dispersores ecológicos. El fomento del uso de transportes públicos puede reducir los niveles de contaminación atmosférica y el ruido generado por una gran cantidad de vehículos en las calles. Etc., etc., etc. Sin embargo, una de las vías para mejorar nuestras ciudades, y que ha sido en líneas generales poco estudiada y desarrollada, es la protección de la naturaleza dentro de las urbes. Pero seamos más explícitos, ¿qué beneficios nos puede brindar preservar la flora y fauna urbanas?

A nivel ecológico:

  • una mejor calidad del aire (las plantas podrían reabsorber parte de los altos niveles de CO2),
  • una circulación más fluida de materiales permitiendo el reciclado natural de muchas sustancias,
  • una mayor riqueza de especies, fundamental para lograr un funcionamiento equilibrado del ecosistema, y de esta forma aprovechar ciertos beneficios adicionales, como el control de plagas ciudadanas por la fauna silvestre, etc.

Además existen beneficios sociales que surgen de la conservación de las zonas verdes dentro de una ciudad que merecen una mención especial:

  • permitiría aliviar el estrés diario,
  • promovería el interés de los niños por lo "natural",
  • facilitaría el acceso a un gran número de especies animales que sólo podríamos observar lejos de nuestros hogares,
  • brindaría una oportunidad para aprender y enseñar sobre los valores de la conservación de la naturaleza,
  • sería un medio de dispersión y diversión, etc.

Estos beneficios podrían surgir a partir de un esfuerzo económico y logístico no muy elevado, basándose en la participación de la ciudadanía, que debería plantear su ciudad perfecta en función de sus necesidades y contexto cultural. Tengamos en cuenta que para conservar las especies urbanas debemos partir de la conservación de los hábitats naturales dentro de una ciudad y por otro lado de la creación de nuevas zonas verdes, cuyo diseño y conexión debe ser cuidadosamente planificado para asegurar el movimiento y utilización de esos ambientes tanto por parte de la fauna como del hombre. Pero esta es otra historia ...

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