Dos
fenómenos centrales e imbricados caracterizan hoy a nuestro planeta:
por una parte, todos los Estados participan de la dinámica globalizadora
y, al mismo tiempo, el mundo asiste a la revolución de la información.
Se trata de un proceso importante, comparable al del paso de la
economía agraria al de la economía industrial. Vivimos una segunda
revolución capitalista, cuyo nombre es: globalization.
¿Y qué es en definitiva la globalización?
Se trata de la interdependencia y de la imbricación cada vez más
estrecha de las economías de numerosos países, sobre todo el sector
financiero, ya que la libertad de circulación de capitales, de flujos
financieros, es total y hace que este sector domine, muy ampliamente,
la esfera económica.
La globalización llega a todos los
rincones del planeta, ignorando o pasando por alto tanto los derechos
y reglas de individuos y empresas como la independencia de los pueblos
o la diversidad de regímenes políticos.
La globalización es la característica
principal del ciclo histórico inaugurado por la caída del muro de
Berlín, en noviembre de 1989, y la desaparición de la Unión Soviética,
en diciembre de 1991.
Su empuje y su potencia son tales,
que nos obligan a redefinir conceptos fundamentales sobre los que
reposaba el edificio político y democrático levantado a finales
del siglo dieciocho: conceptos como Estado-nación, soberanía, independencia,
fronteras, democracia, Estado benefactor y ciudadanía.
La globalización no apunta a conquistar
los países, sino los mercados. Su preocupación no es el control
físico de los cuerpos ni la conquista de territorios, como fue el
caso durante las invasiones o los periodos coloniales, sino el control
y la posesión de las riquezas. La consecuencia de la globalización
es la destrucción de lo colectivo, la apropiación de las esferas
pública y social por el mercado y el interés privado. Actúa como
una mecánica de selección permanente, en un contexto de competencia
generalizada. Existe competencia entre el capital y el trabajo,
pero -como los capitales circulan libremente y los seres humanos
son mucho menos móviles- el capital siempre gana.
Los fondos privados de los mercados
financieros tienen ahora en sus manos el destino de muchas empresas
nacionales y la soberanía de numerosas naciones y también, en cierta
medida, la suerte o el destino económico del mundo.
Los mercados financieros pueden dictar
sus leyes a las empresas y a los Estados. En este nuevo paisaje
político-económico, el financista se impone al empresario, lo global
a lo nacional y los mercados al Estado.
En una economía globalizada ni el
capital ni el trabajo, ni las materias primas constituyen en sí
mismos el factor económico determinante, sino que lo importante
resulta la relación óptima entre esos tres factores. Para establecer
esa relación, las grandes firmas globales no tienen en cuenta ni
las fronteras ni las reglamentaciones, sino solamente el tipo de
explotación inteligente que pueden realizar de la información, de
la organización del trabajo y de la revolución en los métodos de
gestión.
Esto comporta con frecuencia la ruptura
de la cadena de solidaridades en el interior de un país. Se llega
así al divorcio entre el interés de las grandes multinacionales
y el de las pequeñas y medianas (incluso grandes) empresas nacionales,
entre el interés de los accionistas de las grandes empresas y el
de la colectividad nacional, entre la lógica financiera y la lógica
democrática.
Las grandes empresas multinacionales
no se sienten concernidas, ni mucho menos responsables, por esta
situación, ya que subcontratan y venden en el mundo entero y reivindican
un carácter supranacional que les permite actuar con enorme libertad,
ya que no existen, por decirlo así, instituciones internacionales
capaces de reglamentar con eficacia su comportamiento.
La globalización constituye una inmensa
ruptura económica, política y cultural; somete a las empresas y
a los ciudadanos a un diktat único: "adaptarse", abdicar de su voluntad
para obedecer al mandato anónimo de los mercados financieros. La
globalización, tal como se desarrolla actualmente, es el economicismo
llevado al extremo.
Esta mundialización condena por adelantado,
en nombre del "realismo", cualquier veleidad de resistencia e, incluso,
de disidencia. Los pujos proteccionistas, la búsqueda de alternativas,
las tentativas de regulación democrática y las críticas a los mercados
financieros son considerados "arcaicos" o incluso oprobiosos.
La mundialización erige a la competencia
en única, exclusiva, fuerza motriz. Helmut Maucher, un ex presidente
de Nestlé, declaró por ejemplo en el Foro de Davos: "Tanto para
un individuo, como para una empresa o un país, lo importante para
sobrevivir en este mundo es ser más competitivo que el vecino".
Pobre del gobierno que no siga esta
línea. "Los mercados lo sancionarían de inmediato -advirtió Hans
Tietmeyer, ex presidente del Bundesbank alemán- ya que los políticos
están ahora bajo control de los mercados financieros". Marc Blondel,
secretario del sindicato francés Force Ouvrière, pudo verificar
esto en Davos, en 1996: "En el mejor de los casos, los poderes públicos
sólo son subcontratistas de las grandes multinacionales. El mercado
gobierna; el gobierno administra".
Boutros Boutros-Ghali, ex secretario
general de las Naciones Unidas, señaló por su parte: "La realidad
del poder mundial escapa ampliamente a los Estados. Esto es así
porque la gloabalización implica la emergencia de nuevos poderes,
que trascienden las estructuras estatales". ¿Y quiénes son, en este
siglo que comienza, esos "nuevos poderes", esos nuevos amos del
mundo? Por cierto, no constituyen, como algunos imaginan, una especie
de estado mayor clandestino que conspiran en las sombras para controlar
al mundo. Se trata más bien de fuerzas que se mueven a su antojo
gracias a la globalización, que obedecen a consignas precisas, cuyo
slogan totalitario podría ser: "todo el poder a los mercados".
George Soros, financista multimillonario,
sostiene que "los mercados votan todos los días, por cierto; fuerzan
a los gobiernos a adoptar medidas impopulares, pero indispensables.
Son los mercados los que tienen sentido del Estado".
Sin embargo, la globalización mata
al mercado nacional, en particular los de los países en desarrollo,
que es uno de los fundamentos del poder del Estado nación. Anulando
al mercado, modifica el capitalismo nacional y disminuye el papel
de las empresas locales y de los poderes públicos.
Las empresas locales, incluso los Estados,
ya no disponen de los medios para oponerse a los mercados. Quedan
desprovistas de instrumentos para frenar los formidables flujos
de capital, muchas veces puramente especulativos, o para oponerse
a la acción de los mercados contra sus intereses y los intereses
de los ciudadanos. En general, los gobiernos se someten a las consignas
de política económica definidas por organismos mundiales como el
Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la Organización
Mundial de Comercio, que ejercen una verdadera dictadura sobre la
política de los Estados.
La globalización no se reduce a la
simple apertura de fronteras; traduce sobre todo el creciente poder
de los mercados financieros, el retroceso de los Estados nacionales
y las dificultades para establecer poderes supranacionales capaces
de orientarla hacia el interés general.
Favoreciendo el libre flujo de capitales
y las privatizaciones masivas a lo largo de los dos últimos decenios,
los responsables políticos han permitido la transferencia de decisiones
capitales (en materia de inversiones, de empleo, de salud, de educación,
de cultura, de protección del medio ambiente), desde el ámbito público
nacional hacia el ámbito privado internacional. Es por eso que actualmente
más de la mitad de las doscientas primeras economías del mundo no
pertenecen a países, sino a empresas privadas.
Si consideramos la cifra de negocios
global de las doscientas principales empresas del planeta, vemos
que aquella representa más de un cuarto de la actividad económica
mundial. Sin embargo, esas doscientas firmas emplean menos del 0.75
por ciento de la mano de obra del planeta.
Mediante las fusiones, se multiplica
el número de firmas gigantes, cuyo peso es a veces superior al de
los Estados. La cifra de negocios de General Motors es superior
al Producto Interno Bruto de Dinamarca; la de Exxon-Mobil supera
el de Austria. Cada una de las 100 empresas multinacionales más
importantes vende más de lo que exporta cada uno de los 120 países
más pobres del planeta. Las 23 multinacionales más poderosas venden
más de lo que exportan algunos gigantes del sur del planeta, como
India, Brasil, Indonesia o México. Esas grandes firmas controlan
el 70 por ciento del comercio mundial y amenazan con asfixiar o
absorber a millares de pequeñas y medianas empresas en el mundo.
Los dirigentes de las multinacionales
y de los grandes grupos financieros y mediáticos mundiales detentan
la realidad del poder y, a través de sus poderosos lobbies,
se imponen sobre las decisiones políticas, confiscando en su beneficio
la economía y la democracia.
El volumen de la economía financiera
es 50 veces superior al de la economía real y sus principales actores
-los fondos de pensión estadounidenses, británicos y japoneses-
dominan los mercados financieros. Ante ellos, el peso de los Estados
y de las empresas locales, cualesquiera que sean, resulta casi despreciable.
Cada vez más países que han vendido
(muchas veces malvendido) sus empresas públicas al sector privado
internacional se han convertido de hecho en propiedad de los grandes
grupos multinacionales, que actualmente dominan sectores enteros
de la economía del sur, sirviéndose de los Estados locales para
ejercer presión sobre los foros internacionales y obtener las decisiones
políticas más favorables a su dominación global.
Las políticas de ajuste estructural
impuestas a los países en desarrollo en los años ochenta en el marco
del Consenso de Washington han dado resultados satisfactorios a
escala macroeconómica, pero han significado un costo social exorbitante
y contraproductivo. Los gobiernos han "saneado" las economías únicamente
para favorecer la inversión internacional y, al mismo tiempo, han
destruido las sociedades.
La aceleración de la globalización
y las crisis financieras de los años 1997 y 1998 aumentaron estos
perversos efectos. Provocaron una reducción de los gastos públicos
en salud y educación en nombre de la lucha contra el déficit fiscal
y un aumento de las desigualdades y de la pobreza. Es cierto que
en los países en desarrollo éstas no son producto exclusivo de las
políticas de ajuste, pero es innegable que esas políticas han contribuido
a acrecentarlas.
Actualmente, tanto las estructuras
de Estado como las económicas y sociales de los países en desarrollo
han sido barridas. El Estado se desploma un poco en todas partes.
Se desarrollan zonas donde no existe el derecho, una suerte de entidades
caóticas ingobernables al margen de toda legalidad donde se ha recaído
en un estado de barbarie en el que sólo las mafias imponen su ley.
Aparecen nuevos peligros: crimen organizado, delincuencia explosiva,
inseguridad generalizada, redes mafiosas, fanatismos étnicos o religiosos,
corrupción masiva, etcétera.
La abundancia de bienes y el progreso
de la técnica alcanzan niveles sin precedentes en los países ricos
y desarrollados, pero en los países en desarrollo el número de los
que no tienen techo, trabajo, medicamentos ni lo suficiente para
alimentarse, aumenta sin cesar. Sobre los 4,500 millones de personas
que viven en los países en desarrollo, más de un tercio (o sea 1,500
millones) no tiene acceso al agua potable. El 20 por ciento de los
niños no ingiere las calorías o proteínas suficientes y alrededor
de 2 mil millones de personas, un tercio de la humanidad, sufre
de anemia.
La globalización viene acompañada
de un impresionante proceso de destrucción. Desaparecen industrias
enteras en todas las regiones, con los sufrimientos sociales que
eso comporta: feroz explotación de hombres, mujeres y, más escandaloso
aún, de niños: 300 millones de niños son explotados en el mundo,
en condiciones de brutalidad sin precedentes.
La mundialización comporta también
devastación ecológica. Las grandes firmas pillan el medio ambiente
valiéndose de medios desmesurados; se aprovechan sin frenos ni escrúpulos
de riquezas naturales que representan el bien común de la humanidad.
Esto se acompaña asimismo de una criminalidad financiera ligada
a los negocios y a los grandes bancos, que reciclan sumas que superan
el millón de millones de dólares por año, es decir, 20 por ciento
de todo el comercio mundial y más que el PNB de un tercio de la
humanidad.
La mercantilización generalizada de
las palabras y las cosas, de los cuerpos y los espíritus, de la
naturaleza y de la cultura, agrava las desigualdades.
Las diferencias de ingreso a escala
planetaria se ampliaron en proporciones sin precedentes en la historia.
La relación entre el país más rico y el más pobre era de alrededor
de 3 a 1 en 1816, cuando Argentina se declaró independiente. En
1950, era de 35 a 1, de 44 a 1 en 1973, de 72 a 1 en 1992 y de ¡82
a 1 en 1995! Si bien -gracias a un crecimiento sostenido y a los
beneficios de la llamada nueva economía- el mundo es globalmente
más rico, las políticas de ayuda a los más pobres resultan un fiasco
evidente. Entre 1990 y 1998, las progresión anual media del ingreso
por habitante fue negativa en 50 países en desarrollo. En más de
70 países, el ingreso medio por habitante es hoy menor que hace
20 años.
A escala planetaria, uno de cada dos
niños sufre de malnutrición. Más de 3 mil millones de personas,
la mitad de la humanidad, viven con menos de 2 dólares por día "Viven"
es una manera de decir, porque con dos dólares por día deben comer,
alojarse, curarse, vestirse, transportarse.
En América Latina, la pobreza alcanzaba
en 1980 al 35 por ciento de los hogares; en 1990, al 45 por ciento,
o sea que pasó de 135 a 200 millones de personas. En 1998, más de
50 millones de personas, que antes pertenecían a las clases medias,
habían pasado a la clase de "nuevos pobres".
La desigualdad aumenta entre países
ricos y pobres, en materia de acceso a medicamentos y de investigación
para el tratamiento de enfermedades prácticamente ausentes en los
países desarrollados. Aunque el mundo ha progresado mucho en materia
de una mejor salud para todos, esos avances son relativizados por
el peor de los escándalos: la gravísima desigualdad en el acceso
a la salud. La señora Brundtland, directora general de la Organización
Mundial de la Salud, constata que "más de mil millones de personas
abordan el siglo XXI sin haber gozado de la revolución sanitaria:
sus vidas siguen siendo breves y marcadas por la enfermedad" (1).
La globalización es cada vez más excluyente.
En nuestro planeta, el quinto más rico de la población dispone del
80 por ciento de los recursos, mientras el quinto más pobre dispone
de menos del 0.5 por ciento.
El número de personas que vive en la
pobreza es más grande que nunca y la distancia en términos relativos
entre los países desarrollados y en desarrollo nunca fue más importante.
La fosa que separa el Norte del Sur es hoy tan grande, que resulta
difícil imaginar cómo podría desaparecer. Las exportaciones mundiales
se han más que duplicado, pero la participación en ellas de los
países menos desarrollados pasó del 0.6 en 1980 al 0.5 en 1990 y
al 04 por ciento en 1997.
Podemos verificar con satisfacción
que en los últimos veinte años más de 100 países se desprendieron
de regímenes militares o de partido único y que, por primera vez
en la historia, la mayor parte de la humanidad vive en democracia.
Pero el desastre económico pone en cuestión el progreso de las libertades
civiles en muchos países en desarrollo. La pobreza disminuye el
sentido de la democracia.
Se podría estimar que la clase media
global reagrupa a los propietarios de automóviles, o sea alrededor
de 500 millones de personas. Si estimamos tres personas por coche,
eso hace 1,500 millones, o sea el 25 por ciento de la población
mundial, de las cuales cuatro quintas partes viven en el Norte y
consumen el 80 por ciento de los recursos del planeta. La comunidad
mundial de abonados a Internet conoce un crecimiento exponencial
y representa actualmente el 26 por ciento de la población de Estados
Unidos, pero menos del 1 por ciento del conjunto de los países en
desarrollo.
Se considera que el número de utilizadores
de Internet, estimado en 142 millones en 1998, debería ser de 500
millones en 2003. La gran batalla del porvenir será entre empresas
estadunidenses, europeas y japonesas por controlar las redes. Los
países en desarrollo y sus empresas, salvo alguna excepción, están
por completo al margen de esta nueva fuente de riquezas y apenas
recogerán unas migas del comercio electrónico. Embrionario en 1998,
con apenas 8 mil millones de dólares de intercambio, el comercio
electrónico llegará a 40 mil millones este año y superará los 80
mil millones en 2002.
Pero en la edad de la globalización,
incluso los países ricos no garantizan un nivel de desarrollo humano
satisfactorio a todos sus habitantes. Sectores enteros de la sociedad
quedan al margen de la aparente prosperidad económica. En Estados
Unidos, el 16 por ciento de la población, o sea una persona de cada
seis, sufre de exclusión social. El número de niños sin cobertura
médica satisfactoria llega el 37 por ciento. En Texas, el estado
de George Bush, llega al 46 por ciento. En la primera potencia económica
del mundo, 32 millones de personas tienen una esperanza de vida
inferior a los 60 años; 44 millones están privadas de toda asistencia
médica; 46 millones viven por debajo de los niveles de pobreza y
hay 52 millones de iletrados. En el Reino Unido, un cuarto de los
niños vive por debajo de los niveles de pobreza; más de la mitad
de las mujeres trabaja en condiciones precarias y, en el plano de
la asistencia médica, Gran Bretaña está en la última posición en
la Unión Europea, después de Grecia, Portugal e Irlanda.
Hay a quien estas cifras parezcan asombrosas
o desmesuradas...
A escala mundial, los países en desarrollo
necesitarían una 80 mil millones de dólares por año (casi la mitad
de la deuda externa argentina) para asegurar servicios de base para
todos. Por todas partes, la regla es la pobreza y el confort la
excepción. La desigualdad creciente es una de las características
estructurales de la mundialización. Estimaciones recientes de la
ONU señalan que en 1999 la fortuna acumulada por las 200 personas
más ricas del mundo representa más de un millón de millones de dólares.
A título comparativo, digamos que los 582 millones de habitantes
de los 43 países menos desarrollados totalizaron un ingreso de 146
mil millones de dólares.
Existen individuos más ricos que los
Estados: el patrimonio de las 15 personas más ricas supera el PIB
del conjunto del Africa subsahariana. La riqueza de las tres personas
más ricas del mundo es superior a la suma del Producto Nacional
Bruto de todos los países menos desarrollados, o sea 600 millones
de personas.
La globalización ha favorecido una
gigantesca dilatación de la esfera financiera: el monto de las transacciones
del mercado de divisas se multiplicó por cinco desde 1980, para
llegar a cerca de ¡dos millones de millones de dólares por día!
El monto de las transacciones financieras internacionales es 50
veces más importante que el valor del comercio internacional de
bienes y servicios. El monto de los activos en poder de los inversionistas
institucionales (compañías de seguros, fondos de pensión, etc.)
supera los 25 millones de millones de dólares, o sea más que la
totalidad de las riquezas producidas anualmente en todo el mundo.
Y las autoridades no pueden hacer
gran cosa ante el poder de la especulación. Por ejemplo Japón, país
que posee la más importante reserva de divisas del mundo (más de
200 mil millones de dólares), no es nada ante el poder financiero
de los tres primeros fondos de pensión de Estados Unidos: ¡más de
500 mil millones de dólares! Si un gobierno democrático desea proteger
sus empresas nacionales y realizar una política favorable al crecimiento
y al empleo reduciendo las ganancias de las grandes empresas y tolerando
un pequeño aumento de la inflación, los inversionistas internacionales
lo acusarán de inmediato de proteccionismo y sancionarán al país,
sea atacando su moneda, sea vendiendo masivamente las acciones de
sus empresas. Esta reacción brutal provoca una crisis y hace imposible
la aplicación de una política que ha sido democráticamente elegida
por los ciudadanos.
Rubens Recúpero, secretario general
de la Comisión de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo,
acaba de lanzar el siguiente grito de alarma: "Es necesario controlar
los movimientos de capital volátil. La economía mundial es hoy más
inestable que nunca desde la Segunda Guerra Mundial. Los países
en vías de desarrollo son los más vulnerables. La reforma de la
arquitectura financiera planetaria debe ser la primera prioridad
mundial" (2).
James Wolfensohn, presidente del Banco
Mundial, admitió el fracaso de una cierta política, a punto tal
que declaró en Ginebra, el 26 de junio pasado: "Sabemos ahora que
la estabilidad macroeconómica, la liberalización y las privatizaciones
son importantes, pero no suficientes. El desarrollo tiene múltiples
facetas. Hacer funcionar los mercados, apunta a reducir la pobreza,
pero demanda un entorno social sólido. La pobreza es multidimensional:
una mejor calidad de vida no se traduce solamente por ingresos más
elevados, sino que debe representar asimismo más libertades civiles
y políticas, más seguridad y participación a la vida pública, más
educación, alimentación y salud, un medio ambiente más protegido
y un aparato de Estado que funcione realmente" (3).
En conclusión, la globalización construye
sociedades duales: de un lado un grupo de privilegiados e hiperactivos
y, del otro, una inmensa masa de precarios, desempleados y marginados.
Los años noventa son los años de la
exclusión social, con todos los riesgos que ello supone, ya que
el crecimiento de la pobreza y la desaparición de toda esperanza
de salir de ella favorece el aumento de la violencia en los países
en desarrollo. En algunos de ellos, la violencia ha adquirido la
dimensión de una verdadera guerra. En Brasil, por ejemplo, alrededor
de 600 mil personas han muerto asesinadas en los últimos 20 años.
En países como Japón o Francia, el
número de personas asesinadas es, respectivamente, de 2 y 3 por
cada 100 mil personas. En Brasil, es de 58 y en Colombia ¡de 78
personas asesinadas por cada 100 mil! En ciertas ciudades esa proporción
es aún más trágica: en Cali es de 88, y en ciertos barrios de San
Pablo ¡de 102! Y la tendencia es al agravamiento. En 1988, fueron
asesinadas en Brasil 21 mil personas; en 1999, 42 mil, o sea el
doble, sin contar los robos, las agresiones, violaciones y secuestros.
Alrededor de 2,500 personas son secuestradas
anualmente en Colombia; cientos en Brasil, México, Guatemala. En
ciertas ciudades de América Latina, más del 50 por ciento de las
personas interrogadas declaran que ya no salen de su casa por la
noche, lo que comporta un desastre económico para muchos comercios
y empresas.
¿Cuándo acabaremos por comprender,
por aceptar, que la equidad y la justicia social, lejos de constituir
frenos al desarrollo, son por el contrario favorables a mediano
y largo plazo a la eficacia económica, a la expansión del comercio
y a la prosperidad de las empresas? Hay que tomar medidas redistributivas,
destinadas a facilitar el acceso de los pobres a la renta, y poner
en práctica políticas que estimulen la participación de los pobres
en la vida social y económica. Lo verdaderamente importante sería
reducir el peso del servicio de la deuda externa y liberar esos
recursos para la inversión productiva y el gasto social. El pago
de la deuda es, en algunos países, la mayor partida del gasto gubernamental
y llega a consumir hasta el 30 y el 40 por ciento del mismo. En
el plano internacional, se requiere ante todo un entorno de estabilidad
que favorezca el crecimiento económico y marcos reguladores que
limiten los flujos especulativos y eliminen la volatilidad financiera
asociada a la globalización. También es clave la apertura comercial
de los países industrializados, a través de una nueva ronda de negociaciones
multilaterales, pero ésta sólo contribuirá a mejoras sociales si
va acompañada de cláusulas sociales y ambientales. Solo así conseguiremos
humanizar la globalización y hacerla compatible con una concepción
elevada de la democracia y de la dignidad humana.
Info ATTAC - Asociación por una
Tasa sobre las Transacciones especulativas para Ayuda a los Ciudadanos
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