La estrategia imperialista norteamericana va a sumir a Occidente en un ciclo infernal. Es necesario apelar al sentido de la civilización europea.
Lentamente, aunque con seguridad, la realidad de Europa desmiente cada día un
poco más los sueños y las utopías de ayer. En lo sucesivo,
las relaciones de fuerza europeas aparecerán al descubierto:
entre las multinacionales y las sociedades, entre las naciones
ricas y las menos ricas, entre los países grandes y los pequeños,
entre esta Europa indefinida, dividida, y el imperio norteamericano.
Tras el 11 de septiembre, el orden internacional que se ha
ido instaurando progresivamente sin que Europa haya tenido
derecho de voz, testimonia claramente la impotencia europea.
Por el contrario, EEUU, en lugar de extraer lecciones de las causas que produjeron el atentado terrorista de Nueva York, destruyendo las torres del World Trade Center, poniendo cerco al Pentágono y asesinando a varios miles de civiles, ha aprovechado el drama para intentar someter al planeta a su voluntad desenfrenada de conquista. Y prepara la invasión de Irak con el único objetivo de ganar los campos petrolíferos iraquís y la sumisión de toda la región, desde Turquía al Mar Caspio, a sus intereses. La tragedia no reside únicamente en esta guerra anunciada, que se presenta con los métodos más salvajes del imperialismo del siglo XIX; también reside en el hecho de que no hay nadie, realmente nadie, que pueda detener esta locura guerrera.
Ahora bien, Europa hubiera podido servir de parapeto. ¿Pero qué espectáculo da? Una Gran Bretaña convertida en caballo de Troya de Washington en el corazón de Europa; una España y una Italia subidas al carro americano-británico y que se han decantado, dirigidas por unos gobiernos conservadores, por el atlantismo liberal frente a la solidaridad europea; una Francia y una Alemania paralizadas por los apremios europeos y que difícilmente pueden hacer oír la idea de una Europa independiente de EEUU, abierta al este y al sur. Los mismos conflictos que afectan a los países miembros de la UE y a los estados extracomunitarios están ahora directamente regulados por el emperador de Washington: ¡sólo hay que prestar atención al triste y ridículo asunto de la isla Perejil!
Hay que mirar la realidad de frente: la Europa dividida redobla la impotencia de las naciones frente al imperio, tiene menos peso que la Europa de las naciones independientes de ayer, cuando los estados podían expresarse sin dejarse imponer limitaciones por unos vecinos que prefieren visiblemente la alianza con Norteamérica.
Frente a ello, está claro que vamos a asistir a reacciones rápidas. Pero en apariencia, de aquí en adelante todo pasará como si, en la actualidad, entráramos en un nuevo ciclo caracterizado por el retorno de las políticas nacionales. En Europa, la ampliación va a reforzar esta tendencia: los países del Este que pronto serán miembros de la Unión, están a la vez más celosos de su independencia y son más sensibles al atlantismo. Prefieren a la lejana Norteamérica que a la vecina Rusia. Tanto más difícil será convencerlos de la necesidad de construir una Europa europea. Es lo que se detecta cuando se intentan encontrar soluciones para una política de seguridad común.
Esta situación obligará a Francia y Alemania a avanzar sin reparar en obstáculos y sin tener siempre en cuenta los intereses de los demás países europeos. Esta dinámica nacional va a ser todavía más tajante en el mundo árabe y musulmán. Los ideólogos integristas norteamericanos, como Samuel Huntington, ya han elaborado la retórica guerrera del imperio contra el mundo musulmán: la del "conflicto de civilizaciones". Ahora bien, de hecho, la civilización occidental aparece en la actualidad, a los ojos de las poblaciones del mundo árabe y musulmán, como la expresión de la dominación violenta y de la hipocresía cínica. ¿Cómo explicarles que Occidente representa el progreso después de los salvajes bombardeos de Afganistán y cuándo vemos lo que sucede a diario en la Palestina ocupada?
En realidad, la estrategia imperialista norteamericana va a sumir a Occidente en un ciclo infernal. Se está iniciando un periodo de caos y regresiones. Es necesario, frente a la barbarie que se anuncia y que a diario es puesta en imágenes por la industria cultural norteamericana, reaccionar y apelar al sentido de la civilización de los pueblos europeos. Se trata de nuestro futuro, el de todos nosotros.
Sami Naïr es eurodiputado francés.
Traducción de Xavier Nerín.
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